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9.4.14

La naturaleza de la realidad

por Paul Davies

Hasta el momento hemos sido bastante imprecisos con nociones como «el mundo real» y la «existencia» de ondas de materia o superespacio. En este capítulo nos enfrentaremos cara a cara con las preguntas fundamentales que plantea la revolución cuántica y examinaremos en qué medida estos conceptos poco habituales se suponen aplicables a algo verdaderamente objetivo o bien si tan sólo son complicadas maquinaciones de los físicos para calcular matemáticamente los resultados de medir entidades más concretas y conocidas.
Debe subrayarse desde un principio que de ninguna manera hay acuerdo unánime entre los físicos, y menos entre los filósofos, sobre la naturaleza ni sobre la existencia de la realidad, ni siquiera sobre su misma significación ni sobre en qué medida las características cuánticas la socavan. Sin embargo, desde hace alrededor de cincuenta años, están en el aire determinados problemas y paradojas y, aunque no se han resuelto a satisfacción de todo el mundo, resaltan las cualidades profundamente extrañas que la teoría cuántica ha aportado a nuestro mundo.
La mayor parte de la gente tiene una imagen intuitiva de la realidad según los siguientes principios. El mundo está lleno de cosas (estrellas, nubes, árboles, rocas...) entre las cuales hay observadores conscientes (personas, delfines, marcianos (?)...) independientemente de si han sido descubiertos o de si podemos experimentar con ellos o medirlos en un futuro. En resumen: hay un mundo «exterior». En la vida cotidiana no ponemos en cuestión tal creencia. El monte Everest y la nebulosa de Andrómeda existían con toda seguridad antes de que existiera nadie para comentar tal hecho; los electrones zumbaban por el universo originario al margen de si, en último término, aparecería el hombre en el cosmos, etcétera.
Puesto que los científicos han revelado y creen en las leyes de la naturaleza, se acepta que el universo «late» por sí solo, sin ayuda y ajeno a nuestra participación en él. Lo evidente de todo lo dicho hace aún más sorprendente descubrir que carece de fundamento.
Es evidente que el mundo que una persona realmente experimenta no puede ser del todo objetivo, puesto que experimentamos el mundo en una acción recíproca. El acto de la experiencia requiere dos componentes: el observador y lo observado. La mutua interacción entre ambos nos proporciona la sensación de la «realidad» que nos envuelve.
Asimismo es obvio que nuestra versión de esta «realidad» estará coloreada por nuestro modelo del mundo según lo ha erigido la experiencia anterior, la predisposición emocional, las expectativas, etcétera. Evidentemente, pues, en la vida cotidiana no experimentamos en absoluto una realidad objetiva, sino una especie de cóctel de perspectivas internas y externas.
El objetivo de las ciencias físicas ha sido desprenderse de esta visión personalizada y semisubjetiva del mundo y construir un modelo de la realidad que sea «independiente» del observador. Los procedimientos tradicionales para alcanzar esta meta son los experimentos repetibles, la medición mediante máquinas, la formulación matemática, etc. ¿Hasta qué punto es logrado el modelo que ha proporcionado la ciencia? ¿Puede verdaderamente describir un mundo que existe con independencia de las personas que lo perciben?
Antes de ocuparnos de la teoría cuántica, es interesante volver a las ideas de la mecánica de Newton, con sus imágenes de un universo mecánico habitado por observadores que son meros autómatas, para ver hasta dónde se puede llegar en la construcción de un modelo de este mundo. En el capítulo 3 hemos visto que es imposible hacer ninguna observación sin perturbar el sistema que se observa. Para adquirir información sobre algo es necesario que alguna clase de influencia se desplace desde el sistema que interesa al cerebro del observador, quizás a través de una compleja cadena de aparatos. Esta influencia siempre tiene una reacción refleja sobre el sistema de acuerdo con el principio de acción y reacción de Newton, con lo que perturba ligeramente su estado. Ya hemos citado un ejemplo sobre el movimiento de los planetas en el sistema solar, cuyas órbitas son infinitésima pero inevitablemente perturbadas por la luz con que los vemos. Podría pensarse que las perturbaciones debidas al observador suponen un golpe mortal para la idea de que el universo es una máquina, pero no es así. El cuerpo del observador –cerebro, órganos de los sentidos, sistema nervioso, etc.– puede considerarse formando íntegramente parte de la gran maquinaria cósmica, entendiendo el sistema total (observador más observado) como una gran máquina que determina la inevitabilidad del resultado de todas las mediciones.
En esta imagen newtoniana del universo, los observadores desempeñan papeles predeterminados en la comedia sin iniciativa alguna.
Tampoco es necesario, según esta teoría, que todos los sistemas y todos los procesos sean realmente observados para que existan: ¿quién negaría que los eclipses ocurren aunque no haya nadie que los vea?
Las leyes de la mecánica de Newton permiten calcular la actividad de cuerpos invisibles, desde los átomos hasta las galaxias, y comprobar las predicciones mediante meras observaciones esporádicas.
El hecho de que los sistemas parezcan funcionar según estas predicciones matemáticas refuerza la creencia de que eso es realmente «exterior», que opera por sí mismo, sin necesitar que nuestra constante inspección lo haga latir.
Un rasgo central de esta visión newtoniana del mundo real es la existencia de «cosas» identificables a las que, coherentemente, se pueden adscribir atributos intrínsecos. En la vida cotidiana no tenemos dificultad en aceptar, por ejemplo, que un balón de fútbol es un balón de fútbol, una cosa concreta con propiedades fijas (redondo, de cuero, hueco...). No es una casa ni una nube ni una estrella. El mundo se percibe como una colección de objetos distintos en mutua interacción. No obstante, esta idea no es más que aproximada.
Los objetos son distintos en la medida en que su mutua interacción es, en un sentido vago, pequeña.
Cuando una gota de líquido cae en el océano interacciona fuertemente con la gran masa de agua y queda absorbida por ésta, perdiendo por completo su identidad. Tomando otro ejemplo, el feto sólo gradualmente adquiere una identidad distinta de la madre conforme crece en el vientre. Hablando en términos generales, cuando los objetos están a gran distancia los concebimos distintos: los planetas del sistema solar, los átomos de Londres y Nueva York, etc. Esto se debe a que todas las fuerzas interactivas conocidas disminuyen rápidamente con la distancia, de tal modo que las entidades bien separadas se comportan casi con independencia.
Desde luego, nunca son completamente independientes –siempre hay un ensamblaje residual entre todas las cosas–, pero la noción de objetos distintos y separados es muy útil en la práctica.
Hay una dificultad filosófica para atribuir identidad a las cosas, como la de que el balón de fútbol es el mismo balón en todos los momentos. Cuando se le da una patada pierde parte del cuero, gana barro y betún de la bota, expele algo de aire, adquiere fuerza y rotación, etcétera. ¿Por qué pensamos en el balón chutado como «el» balón? Del mismo modo, es una práctica habitual atribuir identidades fijas a las personas, aunque todos los días parte de sus células corporales son sustituidas, y su personalidad, emociones y recuerdos son alterados por las nuevas experiencias de las últimas veinticuatro horas. No se trata exactamente de la misma persona que conocimos ayer. En un plano aún más básico, el balón de fútbol observado no puede ser precisamente el mismo que el no observado como consecuencia de las perturbaciones provocadas por el mismo acto de la observación.
La solución a estas dificultades parece ser que el universo, en cuanto conjunto, es en realidad indivisible, pero podemos dividirlo de forma muy aproximada en muchas pequeñas cosas cuasiautónomas cuya diferenciada identidad, si bien susceptible de polémicas filosóficas, rara vez se pone en duda en la vida ordinaria. Tanto si se considera el cosmos una máquina única como si se considera una colección de máquinas laxamente acopladas, su realidad parece estar sólidamente fundada por lo que respecta a la física de Newton.
Aunque estamos incrustados en esta realidad, la concebimos independiente de nosotros y existente antes y después de nuestra existencia personal.
Debe mencionarse que esta concepción de la realidad ha sido criticada por la escuela filosófica denominada positivismo lógico, que cree, por así decirlo, que las proposiciones sobre el mundo que no pueden ser verificadas por los seres humanos carecen de sentido.
Por ejemplo, afirmar que los eclipses ocurrían antes de que hubiera nadie que pudiese verlos se considera una proposición sin sentido. ¿Cómo podrá verificarse alguna vez su realidad? Para el positivismo extremo, la realidad se limita a lo que realmente se percibe: no hay un mundo exterior que exista con independencia del observador. Aunque se conceda que es imposible establecer la realidad de los acontecimientos no observados por ningún medio operativo, tampoco, en ese mismo sentido, puede demostrarse su irrealidad. Ambas nociones deben considerarse carentes de sentido. La concepción positivista del mundo, al menos en su forma extrema, no concuerda con la concepción de sentido común, y pocos científicos se adhirieron a sus principios fundamentales. Además, ha de hacer frente a sus propias objeciones filosóficas (por ejemplo, ¿cómo es posible verificar la afirmación de que las proposiciones inverificables carecen de sentido?). En lo que sigue supondremos que tiene sentido cierta noción del mundo exterior, independiente de nosotros, y que las cosas existen aun cuando quizás ocurra que nosotros nada sepamos de ellas.
Retomando ahora la teoría cuántica, ya podemos vislumbrar algunos de los problemas que surgen en relación con la naturaleza de la realidad. Si bien un balón de fútbol observado se diferencia infinitésimamente de un balón de fútbol no observado, cuando llegamos a las partículas subatómicas el acto de la observación tiene efectos drásticos. Como hemos señalado en el capítulo 3, cualquier medición llevada a cabo sobre un electrón, por ejemplo, es probable que tenga como resultado un retroceso grande e incontrolado de éste. No obstante, el que se produzca una inevitable perturbación como ésta no socava la idea de realidad; pero no hay modo de saber, ni siquiera en teoría, los detalles de tal perturbación. No es posible, por ejemplo, atribuir simultáneamente las propiedades de una exacta localización y un exacto movimiento a los electrones. Existe también una profunda dificultad en relación con la viabilidad de atribuir existencia independiente a los miembros individuales de una masa de partículas subatómicas.
Puesto que todos los electrones son intrínsecamente idénticos, cuando se acercan mucho no es posible decir cuál es cuál, pues su localización puede ser más insegura que las distancias mutuas. Tampoco, como expusimos en el capítulo 3, es siempre posible decir por qué ranura de una pantalla pasa «en realidad» un fotón o un electrón.
A pesar de esto, podría suponerse que es posible imaginar un microcosmos donde los electrones y las demás partículas «realmente» ocupen posiciones ciertas y se muevan según trayectos bien definidos, aun cuando nosotros seamos incapaces de asegurar cuáles son en la práctica.
A primera vista, parece que la tan importante incertidumbre la introduce de hecho el acto de la medición, como si de alguna manera el aparato utilizado para sondear el microsistema inevitablemente lo hiciera vibrar un poco. En cualquier caso, es evidente que el efecto vibratorio debe seguir operando incluso sin nuestra interferencia directa, pues de lo contrario los átomos que no estuvieran bajo observación directa no obedecerían las leyes cuánticas y deberían desmoronarse sobre sí mismos.
Todavía es posible conjurar un cuadro en el que todas las partículas subatómicas realmente ocupen una posición determinada y tengan una velocidad concreta, aun cuando estén en plena actividad. Después de todo, sabemos que las moléculas de un gas, por ejemplo, se agitan en rápido movimiento, actividad ésta que es la causa de la presión del gas. Es imposible para nosotros seguir las complicadas maniobras de miles de millones de pequeñas moléculas, de modo que, para fines prácticos, existe una profunda incertidumbre sobre cómo se comportarán las moléculas individuales de gas. Esta indeterminación de los movimientos de las moléculas se debe meramente a nuestra ignorancia sobre sus condiciones exactas y es similar a la incertidumbre del cara–y–cruz de que nos hemos ocupado en el capítulo 1. En tales circunstancias, a los científicos no les queda más remedio que utilizar métodos estadísticos, pues aunque el decurso de cada molécula individual pueda ser muy inseguro, las propiedades medias de una gran masa sí son posibles de estudiar, lo mismo que los hábitos deambulatorios de los visitantes del parque presentan un orden colectivo a pesar de la incertidumbre individual.
De este modo es posible calcular con exactitud las probabilidades de las caras y de las cruces, o bien la probabilidad de que dos gases distintos se entremezclen en un minuto, etc. Tal descripción de los sistemas compuestos de elementos caóticos y aleatorios, hecha en términos de probabilidades, parece aproximarse mucho a la descripción cuántica de las partículas subatómicas individuales que se desplazan de manera probabilística. Por tanto, es natural preguntarse si el comportamiento impredecible de, pongamos, un electrón tiene su origen en fenómenos similares a los que hacen inseguro el comportamiento global de la moneda lanzada al aire y de la caja de gases. ¿No sería posible que el electrón y sus colegas subatómicos no fueran el nivel ínfimo de toda la estructura física, sino que estuvieran sometidos a influencias ultramicroscópicas que los hacen tambalearse? Si tal fuera el caso, la incertidumbre cuántica podría atribuirse exclusivamente a nuestra ignorancia de los detalles exactos de este substrato de fuerzas caóticas.
Cierto número de físicos han intentado construir una teoría de los fenómenos cuánticos basada en esta idea, en la que las fluctuaciones en apariencia caprichosas y aleatorias de los microsistemas no representan una indeterminación intrínseca de la naturaleza, sino que son simples manifestaciones de un nivel oculto de la estructura donde fuerzas complicadas, pero absolutamente determinadas, hacen bambolearse a los electrones y demás partículas. La indeterminación de los sistemas cuánticos, pues, tendría el mismo origen que la indeterminación del tiempo atmosférico, que sólo puede predecirse sobre bases probabilísticas (es decir, hay un cincuenta por ciento de probabilidades de que llueva mañana) y plantearse en términos generales con la ayuda de la estadística.
Hay dos razones por las que esta explicación de la indeterminación cuántica no ha recibido el aplauso general. La primera es que necesariamente introduce una gran complicación en la teoría porque, aparte de los electrones y demás materia subatómica, necesitaríamos entender los detalles de esas misteriosas fuerzas que hacen tambalearse a las partículas. ¿Cuál es su origen, cómo actúan, qué leyes, a su vez, obedecen? La segunda razón es mucho más fundamental y toca el auténtico meollo de la revolución cuántica y de toda tentativa de otorgar realidad objetiva al mundo de la materia subatómica.
Buena parte de este capítulo se dedicará a analizar las portentosas conclusiones que parecen ser insoslayables, cuando se examina la naturaleza de la realidad a la luz de determinados experimentos subatómicos. El más famoso de estos experimentos fue ideado en principio por Albert Einstein en colaboración con Nathan Rosen y Boris Podolsky, ya en 1935, pero sólo en los últimos años ha avanzado la tecnología de laboratorio hasta el punto de poder comprobar sus ideas.
Los experimentos han confirmado que, al menos en forma simple, la posibilidad de que la incertidumbre cuántica nazca exclusivamente de un substrato de oscilaciones no es viable.
El principio que subyace a la «paradoja» de Einstein–RosenPodolsky, como se ha venido a denominar, puede comprenderse imaginando que se ha disparado un proyectil, pongamos por una pistola.
La experiencia demuestra que la pistola retrocede, de tal modo que la fuerza hacia adelante de la bala queda exactamente equilibrada por una fuerza igual y en dirección contraria de la pistola. Si la pistola y la bala tuviesen la misma masa, ambas saldrían lanzadas en direcciones contrarias a la misma velocidad. Ahora bien, si el proyectil se lanza de tal modo que adquiera una rotación, el mismo principio exige que la pistola rote en sentido contrario. Tanto el movimiento hacia adelante como el rotatorio de la bala reaccionan con la pistola en el momento del lanzamiento impartiéndole un empuje en sentido contrario.
Hay partículas subatómicas que emiten proyectiles rotatorios y sufren retrocesos, y los experimentos demuestran que las reglas conocidas de la mecánica también se aplican a estos movimientos. Las partículas incluso pueden desintegrarse en una doble progenie idéntica, que sale lanzada en direcciones opuestas y rotando en sentidos contrarios. Por ejemplo, el mesón pi, que es eléctricamente neutro y no tiene «spin», explota en una diezmillonésima de billonésima de segundo en dos fotones que se desplazan en direcciones opuestas, uno de los cuales rota en el sentido de las agujas del reloj a lo largo de su trayectoria, mientras el otro lo hace al revés.
Las reglas de la teoría cuántica exigen que sea igual de probable que el fotón rote en cualquier sentido, puesto que por simetría, no hay ninguna razón para que ningún sentido rotatorio tenga preferencia sobre el otro. Así pues, si se mueven en dirección norte–sur, el que se dirige hacia el norte tiene las mismas probabilidades de rotar en el sentido de las agujas del reloj como en sentido contrario.
No obstante, si el fotón orientado hacia el norte rota en el sentido de las agujas del reloj, el orientado hacia el sur debe hacerlo, para cumplir las leyes de la mecánica mencionadas, en sentido contrario a las agujas del reloj, y viceversa.
Debido a esta insoslayable correlación entre las direcciones de los dos fotones, la medición del sentido en que gira uno de ellos aporta inmediatamente la información sobre el sentido en que lo hace el otro.
Lo esencial de este ejemplo es que, tras la desintegración del cuerpo progenitor, las dos partículas resultantes pueden alejarse a gran distancia. En realidad, si la explosión ocurriera en el espacio exterior, las partículas podrían seguir alejándose hasta distanciarse millones de años luz. Si medimos el «spin», la observación local del sentido en que gira una de las partículas aporta de inmediato la información correspondiente sobre la otra partícula, que puede estar muy lejos. Ahora bien, de acuerdo con la teoría de la relatividad, la información no puede trasladarse a mayor velocidad que la luz, de tal modo que la adquisición instantánea de un conocimiento sobre la partícula situada en un lugar muy lejano podría quebrantar este principio fundamental. En el caso de la bala y la pistola, el sentido común nos dice que, mucho antes de que se observe el sentido de la rotación, la bala ya está «realmente» rotando, pongamos, en el sentido de las agujas del reloj y la pistola en sentido contrario, y el único efecto de la medición consiste en hacer ese conocimiento accesible al observador. Lo cual no equivale verdaderamente a enviar una señal a mayor velocidad que la luz, puesto que ninguna influencia física se desplaza entre los dos cuerpos. De modo que, contando con la existencia de un mundo real, independiente de nuestro conocimiento y de nuestra intención de hacer una observación, que contiene objetos reales (pistolas, balas) con atributos fijos y significativos (rotación, alejamiento), no hay conflicto entre los principios de la relatividad y la incapacidad para enviar señales a una velocidad mayor que la de la luz.
Resulta asimismo natural extender esta imagen al terreno subatómico y suponer que las dos partículas están «realmente» rotando en tal y cuál sentido, con independencia de si nosotros tratamos de descubrirlo mediante un experimento. Ahora se demostrará que la naturaleza ondulatoria de las partículas subatómicas derriba toda tentativa directa de defender que tales entidades se están «realmente» comportando de una determinada manera antes de que las observemos.
Escojamos como las dos partículas que se alejan dos fotones de luz. En lugar de ocuparnos de su «spin», como antes, es más fácil estudiar una propiedad emparentada llamada polarización, pues es conocida en la vida cotidiana y se trata asimismo de una cualidad que los físicos han medido realmente y que permite verificar experimentalmente lo que a continuación describiremos. Las gafas de sol modernas suelen llevar cristales polarizados y comprender su funcionamiento es, en esencia, todo cuanto se precisa para entender por qué el mundo no es tan real como podría parecer. La luz es una vibración electromagnética y cabe preguntarse en qué dirección vibra el campo electromagnético. Un estudio matemático, o bien algunos sencillos experimentos, demuestran que si la onda se desplaza, pongamos, verticalmente, entonces las vibraciones siempre son horizontales; el movimiento de la onda es transversal a la dirección de desplazamiento. Por razones de simetría, un rayo de luz vertical elegido al azar no mostrará ninguna preferencia por ningún plano horizontal especial en el que vibrar; puede hacerlo de norte a sur o de este a oeste o en cualquier otra dirección intermedia. Lo que importa en los cristales polarizados es que sólo son transparentes a la luz que vibra en un determinado plano. Al examinar la luz que brota de tal polarizador, encontramos que toda vibra en un plano concreto, de manera que éste actúa como un filtro que sólo permite el paso de la luz que vibra en el plano elegido. Esta luz se denomina «polarizada». Como es natural, somos libres de elegir el plano de polarización girando el polarizador.
Supongamos ahora que colocamos un segundo polarizador detrás del primero. Si sus dos planos se sitúan en paralelo, toda la luz que pasa por el primero también atraviesa el segundo, puesto que este último acepta la luz con su misma polarización. Por el contrario, cuando el segundo polarizador se sitúa perpendicularmente al primero no pasa ninguna luz.
Por último, si el segundo polarizador se coloca en ángulo agudo entre ambas posiciones extremas, entonces parte de la luz, pero no toda, atravesará el segundo polarizador. Esta es la razón, dicho sea de paso, de que se utilicen polarizadores en las gafas de sol, porque una buena parte del brillo que se refleja en el cristal o en el agua, y también parte del brillo del cielo, queda parcialmente polarizado por el proceso de la reflexión, de modo que, a menos que las gafas de sol se sitúen en el plano de esta luz polarizada, bloquean una buena parte de la misma.
La razón de que el polarizador siga aceptando por lo menos una fracción de la luz que vibra oblicuamente con respecto a él puede entenderse mediante una analogía con la acción de empujar un coche (véase capítulo 3). La vibración de la luz también es un vector y, si coincide con el ángulo del polarizador, entonces lo atraviesa, pero si es perpendicular, no pasa:
la luz queda bloqueada. Lo que importa aquí es que es posible empujar un coche con moderada eficacia mediante una fuerza oblicua, pongamos, al tiempo que se apoya uno contra la puerta del conductor con objeto de poder manejar el volante.
Cuanto más cerrado sea el ángulo de empuje con respecto a la línea de movimiento, más eficaz será la respuesta del vehículo. Del mismo modo, la luz oblicuamente polarizada también tiene efectos parciales: una parte de la luz pasa.
Considerar que el vector está compuesto de dos componentes, ayuda a entender este logro parcial. En el caso de la luz, esto significa considerar que la onda luminosa consta de dos ondas superpuestas, una de las cuales vibra paralelamente al plano del polarizador mientras la otra ondula en posición vertical. Cuanto más cerrado es el ángulo de polarización con respecto al plano del polarizador, mayor será la proporción de la primera onda a expensas de la segunda. El paso de una fracción de luz oblicuamente polarizada a través del polarizador resulta ahora fácil de entender: la onda de la componente paralela lo atraviesa íntegramente, pero toda la onda perpendicular queda bloqueada.
Estos experimentos tan razonables adoptan un aspecto algo peculiar cuando se tiene en cuenta la naturaleza cuántica de la luz, pues el rayo de luz consiste en realidad en una corriente de fotones, cada uno de los cuales tiene su propio plano de polarización. Como sabemos que ningún fotón individual se puede dividir en dos componentes, debemos concluir que el fotón oblicuamente polarizado pasa o es bloqueado según una cierta probabilidad. Por ejemplo, un fotón de 45” tiene el cincuenta por ciento de probabilidades de pasar. Sin embargo –y esto es de crucial importancia–, una vez que ha pasado el fotón debe emerger con una polarización paralela a la del polarizador puesto que, como ya hemos visto, la luz que ha atravesado el polarizador emerge completamente polarizada en el mismo plano.
La conclusión es que, cuando el fotón interacciona con el polarizador, su plano de polarización cambia para adaptarse al del polarizador. Podemos hacerlo pasar (con una cierta probabilidad) por un segundo, un tercero o más polarizadores, cada uno de ellos relativamente inclinado con respecto al anterior, y cada vez, al atravesarlos, el fotón saldrá con un nuevo plano de polarización. De hecho, se puede inclinar el plano hasta hacerlo perpendicular al plano original. Es como si cada vez que el fotón chocase con el polarizador, fuera golpeado o arrojado a una nueva condición de polarización. Si consideramos el polarizador como un burdo instrumento de medir o un detector de fotones, podemos decir que existen dos posibles resultados de la medición: o bien el fotón pasa o bien queda bloqueado. Todo lo que sabemos con seguridad es el estado del fotón una vez aceptado, pues entonces sabemos que está polarizado en el mismo plano que el polarizador. Si nos preguntamos cuál es la polarización del fotón antes de hacer la medición, es decir, antes de que emerja del polarizador, entonces se plantea una dificultad, pues al parecer el polarizador ha perturbado el estado del fotón e impuesto su propio plano. Sin embargo, se podría seguir argumentando que el fotón tenía «realmente» un determinado estado de polarización antes de la medición, pero que debido a la tosquedad del polarizador esa información se esfumó cuando el fotón chocó con el polarizador.
Considérese, por ejemplo, un fotón de 45” que tiene el cincuenta por ciento de probabilidades de atravesar el polarizador. Da la impresión de que el polarizador tiene éxito en corregir por término medio a la mitad de los fotones; los restantes quedan descartados y no lo atraviesan.
Llegamos ahora al punto central del razonamiento de Einstein–Podolsky–Rosen. Supongamos que, en lugar de un fotón, estudiamos dos que se desplazan en sentidos contrarios, emitidos como consecuencia de la desintegración de otra partícula, o de la descomposición de un átomo. Así como las leyes fundamentales de la mecánica exigen que los dos fotones roten uno en el sentido de las agujas del reloj y otro en el sentido contrario, también las polarizaciones deben estar correlacionadas: por ejemplo, pueden ser paralelas. Esto significa que la medición de la polarización de un fotón nos dice inmediatamente la del otro, sin que importe la distancia a que se encuentre situado en el tiempo. Pero ya hemos visto que el resultado de una medición sólo puede ser «sí» o «no», según que el fotón pase o no pase a través de un polarizador. Sólo podemos afirmar el estado en que se halla el fotón «después» de que haya tenido lugar la medición, es decir, cuando emerge del polarizador, y eso es cierto cualquiera que sea el ángulo en que situemos el polarizador. Sólo podemos detectar los fotones en uno de estos dos estados: paralelos o perpendiculares al polarizador (que corresponden a «sí» y «no»). No obstante, la elección de «cuáles» dos estados dependen absolutamente de nosotros; el polarizador puede orientarse arbitrariamente. Las consecuencias verdaderamente desconcertantes de esta libertad resultan patentes si utilizamos dos polarizadores paralelamente orientados e interponemos uno de ellos en la trayectoria de cada uno de los fotones correlacionados. Puesto que imponemos polarizaciones paralelas, cualquiera que sea la medida de la polarización del fotón en uno estamos obligados a encontrar la misma en el otro, pero como en realidad sólo hay dos estados de polarización medibles (es decir, paralelo y perpendicular), la decisión «sí»–«no» de un polarizador debe ser idéntica a la del otro.
Es decir, cada vez que uno de los fotones pasa por un polarizador, el otro «debe» permitir que también lo atraviese el otro fotón, y siempre que se bloquee uno de los fotones, lo mismo debe ocurrirle al otro. Por singulares que puedan parecer estas ideas, han sido cuidadosamente comprobadas mediante experimentos de laboratorio y se han comprobado los detalles aquí descritos.
La profunda peculiaridad de este resultado es evidente cuando se comprende que los fotones pueden haberse alejado millones de kilómetros en el momento en que chocan con los respectivos polarizadores, pero que sin embargo siguen cooperando en cuanto a su comportamiento. El misterio consiste en ¿cómo «sabe» el segundo polarizador que el primero ha dejado pasar el fotón, para poder hacer lo mismo?
Los experimentos pueden realizarse simultáneamente, en cuyo caso estamos seguros, basándonos en la teoría de la relatividad, de que ningún mensaje puede transmitirse a mayor velocidad de la que se mueven los propios fotones entre los polarizadores que diga: «déjesele pasar». De hecho, situando los polarizadores a distintas distancias del átomo en desintegración podemos arreglárnoslas para que un experimento ocurra antes que el otro, descartando en consecuencia toda posibilidad de que un polarizador transmita la señal al otro o dé lugar a que éste acepte o rechace el fotón. En realidad, la teoría de la relatividad permite que observadores en distintas condiciones de movimiento estén en desacuerdo sobre el orden temporal de dos acontecimientos muy alejados, de modo que si se alegara que el polarizador A hace que el B acepte o rechace como consecuencia de su propia decisión, ¡quien se moviera de distinta manera podría ver que B acepta o rechaza a A «antes» de que tan siquiera sepa qué hacer con su fotón!
Estas observaciones ponen en claro que la indeterminación del micromundo no puede ser obra del aparato de medición, ni tampoco de los bamboleos aleatorios que sufren los fotones en su camino, pues entonces no habría ninguna razón para que dos polarizadores distintos cooperaran de esta llamativa manera en bloquear o dejar pasar al unísono a sus respectivos fotones. Si cada fotón recibiera su plano de polarización al azar, no habría razón para que llegasen a sus respectivos polarizadores situados exactamente en el mismo plano.
Sería de esperar que, como media, la mitad de los fotones fueran aceptados por un polarizador cuando el otro rechaza su fotón, pero esto está en clara contradicción con las anteriores predicciones de la teoría cuántica y con los experimentos que las han verificado. La conclusión debe ser que la incertidumbre subatómica no es una mera consecuencia de nuestra ignorancia sobre las microfuerzas, sino que es inherente a la naturaleza: una absoluta indeterminación del universo.
El experimento Einstein–Rosen–Podolsky tiene asombrosas implicaciones sobre la naturaleza de la realidad si se toma literalmente. Sólo es posible retener un último vestigio de sentido común alegando que, cuando ambos polarizadores colaboran misteriosamente en aceptar simultáneamente a los fotones, será porque tales fotones están en todo momento «realmente» polarizados de forma exactamente paralela a los polarizadores, lo que asegura su paso final por los respectivos polarizadores, y que los bloqueados estaban «realmente» vibrando siempre perpendicularmente a los polarizadores. Pero el absurdo de este último y desesperado intento de aferrarse al mundo «real» no radica únicamente en el hecho de que el átomo original debe estar obligado a saber en qué ángulo se colocan los polarizadores, sino que incluso podemos alterar ese ángulo después de que los fotones hayan sido emitidos. Es difícil de concebir que el comportamiento del átomo pueda estar influido por nuestra decisión de experimentar en algún momento futuro sobre el fotón que emite. Como todos los demás átomos emiten afortunadamente fotones con toda clase de polarizaciones, de modo perfectamente aleatorio cuesta creer que nuestros caprichos experimentales afecten a uno en concreto, sobre todo teniendo en cuenta que podemos elegir detectar fotones de átomos situados a millones de años luz de distancia, al final del universo.
Si no bastaran estas objeciones, es posible demostrar matemáticamente que si los fotones estuvieran realmente «o bien» en un estado (paralelo a los polarizadores) «o bien» en el otro (perpendicular), entonces la cooperación «sí, no» fallaría. La correlación entre los dos polarizadores sólo puede lograrse si la onda que describe el fotón es una genuina superposición de ambas alternativas.
La naturaleza ondulatoria de los procesos cuánticos participa en todo esto de manera vital. Para eliminar absurdos como que los átomos prevean nuestros experimentos, supongamos que disponemos de un rayo de fotones polarizado en un plano concreto por el sistema de haberlo hecho pasar previamente por un polarizador. Cuando los fotones se aproximan a otro polarizador que está inclinado con respecto al primero, pueden ser aceptados o bien rechazados, según una determinada probabilidad que depende de manera aritméticamente simple del ángulo de inclinación. Si es de 45” pasarán por término medio la mitad de los fotones. Desde esta perspectiva, cabe imaginar que el rayo polarizado está compuesto de dos ondas de la misma fuerza, una paralela y otra perpendicular al segundo polarizador. Estas dos ondas deben ir «juntas» con objeto de constituir la onda original polarizada sin inclinación. Los efectos de interferencia entre las dos ondas desempeñan una función esencial. No es posible decir que la onda paralela ni la perpendicular existan solas, pues eso contradice el hecho que ya conocemos de que la onda no está polarizada paralela ni perpendicularmente al segundo polarizador, sino con un ángulo de 45”. Cuando se trata de un único fotón las implicaciones son fantásticas. No es posible decir que este fotón tenga una polarización paralela ni perpendicular respecto al polarizador, pero, puesto que la interferencia de la onda sigue existiendo incluso para una sola partícula, «ambas» posibilidades deben coexistir y superponerse. Además, el ángulo del polarizador, y de ahí la combinación relativa de las dos alternativas, ¡depende por completo del control del experimentador! Hay que subrayar que la indeterminación cuántica no significa simplemente que no podamos saber cuál es el plano de polarización que realmente posee el fotón: significa que la idea de un fotón con un plano concreto de polarización es algo que no existe. Hay una incertidumbre inherente en la «identidad» del mismo fotón, no sólo en nuestro conocimiento del fotón. Del mismo modo, cuando se dice que no estamos seguros de la localización de un electrón, no se trata simplemente de que el electrón «esté» en un sitio u otro, que nosotros no podemos asegurar. La incertidumbre se refiere a la misma identidad del «electrón–en–un–sitio».
Dentro del espíritu de la idea de superespacio, podemos considerar las ondas de los fotones como representaciones de dos mundos, uno en el que el segundo polarizador acepta el fotón y otro en el que es rechazado. Además, estos dos mundos pueden ser muy distintos, pues el fotón aceptado puede proseguir y disparar, por ejemplo, un detonador que haga explotar una bomba de hidrógeno. No obstante –y ésta es la culminación del largo análisis de este capítulo–, estos dos mundos no son realidades independientes. No son mundos «alternativos»; se «superponen» entre sí. Es decir, los cruciales efectos de interferencia causados por la superposición de las dos ondas demuestran que, antes de que el segundo polarizador decida sobre el sino del fotón, «ambos» mundos están combinados. Sólo cuando por fin el polarizador decide, los dos mundos se convierten en alternativas distintas de «realidad». El efecto de la medición Por el segundo polarizador consiste en separar los mundos superpuestos en dos realidades alternativas desconectadas.
Hemos llegado ahora a una cierta idea de la naturaleza de la realidad concorde con las interpretaciones habituales de la teoría cuántica, pero se trata de una pálida sombra de la imagen de sentido común. La indeterminación del micromundo no es una mera consecuencia de nuestra ignorancia (como ocurre con el clima) sino que es absoluta. No nos encontramos con una simple elección entre alternativas, tal como la imprevisibilidad del cara/cruz en la vida diaria, sino con un genuino híbrido de ambas posibilidades. Hasta que hemos hecho una observación concreta del mundo, carece de sentido adscribirle una realidad concreta (o incluso diversas alternativas), pues se trata de una superposición de diversos mundos. En palabras de Niels Bohr, uno de los fundadores de la teoría cuántica, hay «limitaciones básicas, que percibe la física atómica, en la existencia objetiva de fenómenos independientes de los medios con que son observados». Sólo cuando se ha hecho la observación se reduce este estado esquizofrénico a algo que pueda llamarse verdaderamente real.
En el capítulo anterior se explicó cómo el mundo que observamos es un corte o una proyección de un superespacio de infinitas dimensiones, de una inmensa masa de mundos alternativos. Vemos ahora que el mundo que observamos no es exactamente una selección aleatoria del superespacio, sino que depende de modo crucial de todos los demás mundos que no vemos. Así como la correlación «sí»/«no» entre los dos polarizadores separados depende crucialmente de la interferencia entre el mundo del «sí» y el mundo del «no», del mismo modo en cualquier otra interacción, en cada átomo perdido, en cada microsegundo, todos los mundos–que–nunca–existieron dejan un vestigio de su realidad putativa en nuestro propio mundo por su efecto sobre las probabilidades de todos estos procesos subatómicos. Sin los otros mundos del superespacio, el cuanto fallaría y el universo se desintegraría; estas innumerables alternativas que se disputan la realidad ayudan a dirigir nuestro propio destino.
Según estas ideas, la realidad sólo tiene sentido dentro del contexto de una medición u observación prescrita. Por regla general, no podemos decir que un electrón, ni un fotón ni un átomo, se estaba comportando realmente de tal o cual modo antes de haberlo medido. La única realidad es el sistema total de partículas subatómicas más el aparato y el experimentador, pues cuando el experimentador decide, por ejemplo, girar su polarizador, cambia los mundos alternativos.
Cada vez que alguien con gafas polarizadas hace un movimiento de cabeza, reordena la selección de mundos del superespacio. Puede optar entre crear un mundo de fotones orientados de norte a sur, de este a oeste o cualquier otro que se le ocurra.
De ahí se deduce que el observador está inserto en la realidad de una manera fundamental: al elegir el experimento, elige las alternativas que se ofrecen. Cuando cambia de idea, cambia la selección de los mundos posibles. Por supuesto, el experimentador no puede seleccionar exactamente el mundo que quiere, pues los mundos siguen sometidos a las leyes probabilísticas, pero puede influir en la selección disponible. En suma, no podemos cargar los dados, pero sí decidir a qué queremos jugar.
Hay que aceptar pues que la participación del observador en su propia realidad es mucho más profunda que la clásica imagen newtoniana del mundo en la que el observador está incrustado en la realidad pero sólo como un autómata cuyos actos vienen totalmente determinados por las leyes de la mecánica. En la versión cuántica, hay una indeterminación inherente y la realidad concreta sólo aparece dentro del contexto de un tipo concreto de medición u observación.
Sólo cuando se ha especificado el montaje experimental (por ejemplo, qué ángulo se escoge darle al polarizador) pueden especificarse las posibles realidades. Algunos científicos han sugerido que al desacreditar la idea newtoniana de un universo mecánico habitado por observadores que son meros autómatas, la teoría cuántica restaura la posibilidad del libre albedrío. Si en cierto sentido el observador escoge su propia realidad, ¿no equivale eso a la libertad de elección y a la capacidad de reestructurar el mundo según nuestro capricho? Aunque la respuesta puede ser afirmativa, debemos recordar que en la teoría cuántica el observador (o experimentador) no puede determinar, por regla general, el resultado de ningún experimento concreto. Como ya hemos subrayado, la única elección de que disponemos es entre varios resultados alternativos, no sobre cuál de las alternativas se realizará. Así pues, es posible decidir la creación de un mundo en que unos fotones estén polarizados de norte a sur o de este a oeste, o bien otro mundo en que estén polarizados de nordeste a sudoeste o de noroeste a sudeste, etc. No obstante, no se puede elegir cuál de las dos posibilidades ocurrirá en cada caso. No nos es posible obligar a un fotón polarizado de manera aleatoria a que lo esté de norte a sur en lugar de estarlo de este a oeste, porque no podemos obligarlo a pasar por un polarizador orientado de norte a sur. Del mismo modo, podemos elegir medir la posición o el impulso de una partícula, pero no ambas cosas. Después de la medición, la partícula tendrá un valor bien determinado de una u otra cosa, según el experimento que hayamos elegido.
Al parecer nos encontramos en una situación en que el universo está en una especie de estado esquizofrénico latente hasta que alguien lleva a cabo una observación, pues entonces se «colapsa» repentinamente en realidad. Además, como ha subrayado el dilatado tratamiento anterior de los dos fotones correlacionados que se desplazan en direcciones opuestas, el colapso en realidad no ocurre únicamente en el plano local (es decir, en el laboratorio), sino también, súbita e instantáneamente, en regiones distantes del universo.
Sabemos por la teoría de la relatividad que observadores distintos suelen estar en desacuerdo sobre qué es lo instantáneo, de modo que el acceso a la realidad parece ser exclusivamente una cuestión individual. En consecuencia, no es posible utilizar este colapso como instrumento para transmitir señales entre dos observadores distantes.
Según la relatividad, toda señal enviada a mayor velocidad que la de la luz amenazaría el principio de causalidad, pues en ese caso no sólo sería posible enviar una señal de respuesta instantánea desde el punto de vista del otro observador, sino incluso enviar señales al propio pasado. Esta posibilidad plantea horribles paradojas en relación con las máquinas «autocidas» que están programadas para autodestruirse a las dos en punto si reciben a la una una señal que ellas mismas han transmitido a las tres. Si se destruyen a las dos, no pueden transmitir a las tres, de tal modo que no se recibe ninguna señal y no se produce ninguna destrucción.
Pero si no se produce ninguna destrucción, entonces se «envía» la señal y se produce la destrucción.
Esta evidente contradicción parece regir la comunicación que retrocede en el tiempo y, por tanto, los mensajes más rápidos que la luz.
En el caso cuántico, hemos visto que el paso de un fotón por un polarizador en un lugar, puede asegurar el paso de otro fotón por otro polarizador situado en otro lugar, quizás a miles de kilómetros de distancia, en el mismo momento (en relación con un experimento concreto) o bien, de hecho, incluso «antes» de ese momento. A pesar de esta sorprendente propiedad, el experimentador no tiene control sobre ninguno de los fotones individuales, debido a la incertidumbre cuántica, de manera que no le es posible convenir con un colega distante que, por ejemplo, el paso de tres fotones consecutivos por el polarizador significa que el Everton ha ganado la Copa de fútbol. Por tanto, la teoría de la relatividad se mantiene intacta y la posibilidad de comunicarse por el universo a mayor velocidad que la luz, con su consiguiente amenaza a la causalidad, sigue siendo ilusoria.
Aunque los sistemas distantes, como el de nuestros dos fotones y polarizadores, no pueden vincularse mediante ningún tipo convencional de canal comunicativo, tampoco se pueden considerar entidades separadas. Aunque los dos polarizadores estén en distintas galaxias, inevitablemente constituyen un único dispositivo experimental y una única versión de la realidad.
En la concepción intuitiva del mundo consideramos que dos cosas tienen identidades distintas cuando están tan alejadas que su mutua influencia es despreciable. Dos personas o dos planetas, por ejemplo, se consideran cosas distintas, cada cual con sus propios atributos. Por el contrario, la teoría cuántica propone que, al menos hasta haber hecho la observación, el sistema que nos interesa no se puede considerar un conjunto de cosas distintas sino un todo unificado e indivisible. Así pues, los dos polarizadores distantes y sus respectivos fotones no son realmente dos sistemas aislados con propiedades independientes, sino que están enigmáticamente vinculados por los procesos cuánticos.
Sólo una vez hecha la observación puede considerarse que el fotón lejano adquiere identidad diferenciada y existencia independiente.
Además, ya hemos visto cuán falto de sentido es asignar propiedades a los sistemas subatómicos en ausencia de un dispositivo experimental preciso. No podemos decir que un fotón tenga «realmente» tal o cual polarización antes de haberla medido. Por tanto, es incorrecto considerar la polarización del fotón como una propiedad del fotón; es más bien un atributo que debe asignarse a ambos fotones y al dispositivo macroscópico experimental.
De ahí se deduce que el micromundo sólo tiene propiedades en la medida que las «comparte» con el macromundo de nuestra experiencia.
La verdadera amenaza a nuestra concepción intuitiva de la realidad se produce cuando se tiene en cuenta la naturaleza atómica de toda la materia. Podríamos tener la sensación de que los resultados de los oscuros experimentos sobre fotones polarizados tienen escasa relevancia para nuestra vida cotidiana, pero todas las cosas conocidas que nos rodean –todos los cuerpos materiales– están compuestos de átomos, sujetos a las leyes de la teoría cuántica. En cualquier puñado de materia ordinaria hay miles de millones de billones de átomos, que chocan entre sí a razón de millones de veces por segundo.
De acuerdo con las ideas que hemos esbozado, cuando dos partículas microscópicas se influyen mutuamente, aunque se separen, no pueden considerarse cosas reales independientes, sino que están correlacionadas, aunque habitualmente de manera mucho más compleja que los dos fotones de que nos hemos ocupado. De ahí se sigue que, a todo lo ancho del universo, los sistemas cuánticos están emparejados de este extraño modo en una gigantesca congregación indivisible. La creencia original de los antiguos griegos de que toda la materia está compuesta de átomos individuales e independientes parece ser una burda simplificación, pues los átomos no tienen realidad considerados de uno en uno. Sólo en el contexto de nuestras observaciones macroscópicas tiene sentido su realidad. Pero nuestras observaciones están enormemente limitadas, tanto a los rasgos más toscos de la materia –pues rara vez observamos los átomos individuales, excepto en experimentos especiales como a nuestra pequeña parcela del universo. Llegamos, pues, a una imagen en la que la inmensa mayor parte del universo no puede considerarse real, en el sentido tradicional de la palabra. De hecho, John Wheeler ha llegado a afirmar que el observador crea literalmente el universo con sus observaciones:

¿Ha de resultar el propio mecanismo de la existencia del universo sin sentido o inviable, o ambas cosas, a no ser que el universo tenga la garantía de producir vida, conciencia y observación en alguna parte y durante algún breve período de su historia futura? La teoría cuántica demuestra que, en un cierto sentido, lo que el observador haga en el futuro determina lo que ocurre en el pasado, incluso en un pasado tan remoto en que no existía la vida, y aún demuestra más: que la «observación» es un requisito previo de cualquier versión útil de la «realidad».

No es necesario decir que estas ideas radicales sobre la realidad incorporadas en la teoría cuántica han dado lugar a décadas de controversia y polémica. Si bien quedan pocas dudas sobre el éxito alcanzado por la teoría en el plano operativo –los físicos no tienen dudas sobre cómo calcular realmente las propiedades de los átomos, las moléculas y la materia subatómica utilizando esta teoría–, sin embargo, los aspectos epistemológicos y metafísicos de la física cuántica siguen causando nerviosismo. La interpretación descrita en este capítulo se debe principalmente a Niels Bohr, que fue uno de los creadores de la teoría cuántica.
Se le suele denominar la interpretación de la escuela de Copenhage, por el grupo de Bohr radicado en Dinamarca, y es probablemente una de las más aceptadas por los físicos. No obstante, algunos han entendido que contiene ideas paradójicas, incompletas o insensatas. Albert Einstein, en especial, pensaba que la teoría era incompleta porque no podía comprender cómo un fotón y un polarizador lejanos podían ser inducidos a responder de acuerdo con el comportamiento de un fotón y un polarizador cercanos. ¿Cómo puede «saber» el lejano si debe aceptar o rechazar el fotón sin algún complicado mecanismo que se lo indique, que necesariamente quebrantaría los principios de la teoría de la relatividad del propio Einstein al ser más rápido que la luz?
En réplica al rechazo de Einstein, Bohr sostuvo que los sistemas microscópicos no tienen propiedades intrínsecas de ninguna clase, de modo que es innecesario considerar que el estado de un fotón le sea indicado a otro, pues después de todo un fotón aislado no tiene en absoluto estado. Sólo el experimento global tiene sentido.
Bohr propuso que la única realidad verdadera es la que puede comunicarse en lenguaje llano entre las personas, como es la descripción del clic de un contador Geiger o el paso de un fotón por un polarizador. Todo planteamiento sobre lo que está «realmente» haciendo un fotón, un átomo, etc., sólo puede afrontarse en el marco de un dispositivo experimental concreto y real. Refiriéndose a estas condiciones experimentales, que determinan el tipo de propiedades que se pueden medir, Bohr sostuvo que «constituyen un elemento inherente de... la realidad física». De este modo eludió las objeciones de Einstein.
A pesar del atractivo de la interpretación de Copenhage y de los habilidosos argumentos de Bohr, algunos físicos siguen encontrando las ideas en cuestión paradójicas, porque basan la realidad en los conceptos clásicos de los aparatos experimentales que en sí mismos están desacreditados por la teoría cuántica. La física newtoniana clásica –la física del lenguaje llano y diario, de los objetos de sentido común que Bohr desea utilizar– sabemos que es falsa. Utilizar un lenguaje llano para definir la realidad microscópica parece, pues, una incoherencia. En el próximo capítulo veremos que se han propuesto otras interpretaciones de la teoría cuántica con consecuencias aún más fantásticas.


Capítulo VI de Otros mundos

15.2.14

Superespacio


Paul Davies

En el terreno de los cuantos, el mundo en apariencia concreto de la experiencia se disuelve en el barullo de las transmutaciones subatómicas. El caos se sitúa en el corazón de la materia; cambios aleatorios, únicamente condicionados por leyes probabilísticas, dotan al tejido del universo de características parecidas a las de la ruleta. Pero, ¿qué puede decirse del propio terreno de juego donde se desarrolla esta partida de azar, el telón de fondo del espaciotiempo sobre el que las partículas insustanciales e indisciplinadas de la materia llevan a cabo sus cabriolas? En el capítulo 2 vimos que el mismo espaciotiempo no es absoluto o inmodificable tal como tradicionalmente se pensaba. También el espaciotiempo tiene características dinámicas, que le hacen curvarse y distorsionarse, evolucionar y mutar. Estos cambios del espacio y del tiempo ocurren tanto localmente, en las vecindades de la Tierra, como globalmente conforme el universo se dilata al expansionarse. Los científicos han reconocido hace mucho tiempo que las ideas de la teoría cuántica deben aplicarse a la dinámica del espaciotiempo a la vez que a la materia, hecho éste que da lugar a las más extraordinarias consecuencias.
Uno de los resultados más estimulantes de la teoría de la gravedad de Einstein –la llamada teoría de la relatividad generales la posibilidad de que haya ondas gravitatorias. La fuerza de la gravedad es, en algunos aspectos, parecida a la fuerza eléctrica entre partículas cargadas o a la atracción entre imanes, pero con las masas desempeñando el papel de las cargas. Cuando las cargas eléctricas se alteran violentamente, como ocurre en los transmisores de radio, se generan ondas electromagnéticas. La razón de que ocurra esto es fácil de visualizar.
Si concebimos que la carga eléctrica está rodeada por un campo eléctrico, entonces cuando la carga se mueve también el campo debe adaptarse a la nueva posición. No obstante, no puede hacerlo instantáneamente: la teoría de la relatividad prohíbe que ninguna información se desplace a mayor velocidad que la de la luz, de tal modo que las regiones exteriores del campo no saben que la carga se ha movido hasta al menos transcurrido el tiempo que tarda la luz en desplazarse hasta ellas desde la carga. De ahí se sigue que el campo se riza o distorsiona, puesto que cuando la carga comienza a moverse las regiones lejanas del campo no cambian mientras que el campo situado en las proximidades de la carga responde rápidamente. El efecto es el envío de una pulsación de fuerza eléctrica y magnética que se desplaza hacia el exterior atravesando el campo a la velocidad de la luz. Esta radiación electromagnética transporta energía desde la carga hacia el espacio que la rodea. Si la carga oscila adelante y atrás de modo sistemático, la distorsión del campo oscila de la misma manera, y la pulsación que lo recorre adopta la forma de una onda. Las ondas electromagnéticas de este tipo las conocemos experimentalmente en forma de luz visible, ondas de radio, radiación de calor, rayos X, etcétera, según cuál sea la longitud de onda.
De modo análogo a como se producen las ondas electromagnéticas, cabría esperar que las perturbaciones de los cuerpos masivos dieran lugar a pulsaciones en los campos gravitatorios que los rodean. En este caso, sin embargo, los rizos son pulsaciones del espacio mismo, puesto que según la teoría de Einstein la gravedad es una manifestación de la distorsión del espaciotiempo. Las ondas gravitatorias pueden, pues, visualizarse como ondulaciones del espacio que se irradian desde la fuente de la perturbación.
Cuando el físico británico del siglo pasado James Clerk Maxwell propuso por primera vez, basándose en el análisis matemático de la electricidad y el magnetismo, que las ondas electromagnéticas podían producirse mediante la aceleración de cargas eléctricas, se puso gran interés en producir y detectar ondas de radio en el laboratorio. El resultado de los estudios matemáticos de Maxwell han sido la radio, la televisión y las telecomunicaciones en general. En apariencia, las ondas gravitatorias deberían resultar igualmente importantes. Por desgracia, la gravedad es tan débil que sólo las ondas que transportan una enorme cantidad de energía tienen algún efecto detectable por nuestra actual tecnología. Es necesario que ocurran cataclismos de dimensiones astronómicas para que se detecten las ondas gravitatorias. Por ejemplo, si el Sol explotara o cayese en un agujero negro, los instrumentos actuales registrarían fácilmente las perturbaciones gravitatorias, pero incluso acontecimientos tan violentos como la explosión de una supernova en otra parte de nuestra galaxia se mantienen más o menos en los límites de lo detectable.
Los detectores de ondas gravitatorias, como los receptores de radio, operan según un principio muy simple: los rizos espaciales, al recorrer el laboratorio, dan lugar a vibraciones en todos los objetos. Los rizos actúan ensanchando y encogiendo alternativamente el espacio en una determinada dirección, de manera que todos los objetos que encuentran en su camino se ensanchan y estrujan en una medida diminuta, con la consecuencia de que pueden inducirse oscilaciones por simpatía en barras metálicas y en cristales inverosímilmente puros del adecuado tamaño y forma. Estos objetos se sostienen con suma delicadeza y se aíslan de otras fuentes más habituales de perturbación, como son las ondas sísmicas a los vehículos a motor. Persiguiendo vibraciones diminutas, los físicos han intentado detectar el paso de la radiación gravitatoria. La tecnología utilizada es muy avanzada: consiste en barras de puro cristal de zafiro tan grandes como el brazo y detectores de oscilaciones tan sensibles que son capaces de registrar un movimiento de la barra inferior al tamaño de un núcleo atómico.
A pesar de esta impresionante instrumentación, las ondas gravitatorias todavía no han sido detectadas sobre la Tierra a satisfacción de todo el mundo. No obstante, en 1974, se descubrió un tipo peculiar de objeto astronómico que proporcionó la oportunidad única de observar ondas gravitatorias en acción. Este objeto es el llamado púlsar binario, ya mencionado en el capítulo 2 a propósito de la velocidad de la luz. Es tal la exactitud con que los astrónomos pueden controlar las pulsaciones de radio que la menor perturbación de la órbita de los púlsares resulta detectable. Entre tales perturbaciones se cuenta un pequeño efecto debido a la emisión de ondas gravitatorias. Dado que las dos inmensas estrellas colapsadas giran la una alrededor de la otra, crean una intensa perturbación gravitatoria, con la consecuencia de que expulsan gran cantidad de radiación gravitatoria. Las ondas gravitatorias siguen siendo demasiado débiles para ser detectadas, pero su efecto sobre el sistema binario resulta medible. Dado que las ondas transportan energía fuera del sistema, la pérdida debe pagarla la energía orbital de las dos estrellas, dando lugar a que su órbita vaya lentamente frenándose, y esto es lo que han observado los astrónomos. La situación se parece bastante a la de observar el contador de la electricidad cuando la radio está enchufada: no se trata de la detección directa de las ondas de radio, sino de un efecto secundario atribuible a esas ondas.
El motivo de esta digresión sobre el tema de las ondas gravitatorias es que sus primas –las ondas electromagnéticas– fueron el punto de partida de la teoría cuántica. Como se explicó en el capítulo 1, Max Planck descubrió que la radiación electromagnética sólo puede emitirse o absorberse en paquetes discretos o cuantos, llamados fotones. Por tanto, es de esperar que las ondas gravitatorias se comporten de manera similar y que existan «gravitones» discretos con propiedades similares a las de los fotones. Los físicos defienden los gravitones con razones de mayor peso que la simple analogía con los fotones: todos los demás campos conocidos poseen cuantos y, si la gravedad fuera una excepción, sería posible transgredir las reglas de la teoría cuántica haciendo que esos otros sistemas interaccionaran con la gravedad.
Suponiendo que los gravitones existieran, estarían sometidos a las habituales incertidumbres e indeterminaciones que caracterizan a todos los sistemas cuánticos. Por ejemplo, únicamente sería posible afirmar que el gravitón ha sido emitido o absorbido según una determinada probabilidad. Lo cual significa que la presencia de un gravitón representaría, hablando sin rigor, un pequeño rizo del espaciotiempo, de manera que la incertidumbre sobre la presencia o ausencia de un gravitón supondría una incertidumbre sobre la forma del espacio y la duración del tiempo. De ahí se deduce que no sólo la materia está sometida a impredecibles fluctuaciones, sino que también lo está el mismo terreno de juego que es el espaciotiempo. Así pues, el espaciotiempo no es meramente el foro del juego aleatorio de la naturaleza, sino que es de por sí uno de los jugadores.
Puede parecer sorprendente que el espacio en que habitamos adopte los rasgos de una gelatina temblequeante, pero tampoco percibimos nada de los alborotos cuánticos en nuestra vida cotidiana. Aunque ni siquiera los sofisticados experimentos subatómicos ponen de manifiesto sacudidas aleatorias e indeterminadas del espaciotiempo dentro del átomo; no se han detectado ninguna clase de fuerzas gravitatorias súbitas e impredecibles.
El análisis matemático demuestra que tampoco son de esperar: la gravedad es una fuerza tan débil que sólo cuando se concentran inmensas energías gravitatorias se distorsiona el espacio–tiempo hasta el punto de que podamos constatarlo. Recuérdese que toda la masa del Sol sólo distorsiona las imágenes de las estrellas lejanas en un grado casi imperceptible. A escala subatómica, las concentraciones temporales de masa–energía pueden «tomarse prestadas» gracias al mecanismo de incertidumbre de Heisenberg, de modo que resulta sencillo calcular la duración de un préstamo de masa–energía suficiente para abollar el espacio. El principio de Heisenberg exige que cuanto mayor sea la energía más corto resulte el préstamo, con lo cual, dada la relativa debilidad de la gravedad y la correspondiente intensidad del paquete de energía necesario, de hecho sólo cabe la posibilidad de un préstamo muy breve. La respuesta resulta ser el intervalo de tiempo más corto que jamás se haya considerado físicamente significativo: conocido a veces como «jiffy» (periquete), un segundo contiene un uno seguido de cuarenta y tres ceros (escrito 1043) de «jiffies», duración tan corta que la misma luz sólo puede recorrer una milmillonésima de billonésima de billonésima de centímetro en un «jiffy», que es diez elevado a veinte veces menor que el núcleo atómico. Poco puede sorprender que no encontremos fluctuaciones cuánticas del espaciotiempo en la vida cotidiana ni en los experimentos de laboratorio.
Pese al hecho de que el espaciotiempo cuántico habita en un mundo dentro de nosotros cuya pequeñez es más lejana aún que los límites del universo con toda su inmensidad, sus efectos dan pie a las consecuencias más espectaculares. La imagen de sentido común del espacio y del tiempo viene a ser la de una especie de marco dentro del cual está pintada la actividad del mundo. Einstein demostró que el propio marco puede moverse y sufrir distorsiones: el espaciotiempo adquirió vida. La teoría cuántica predice que si pudiéramos examinar la superficie del marco con un supermicroscopio observaríamos que no es liso, sino que tiene una textura granulosa producto de las distorsiones cuánticas aleatorias e imperceptibles del tejido del espaciotiempo a escala ultramicroscópica.
Descendiendo al tamaño del «jiffy» aparecería una estructura aún más espectacular. Las distorsiones y las abolladuras son tan pronunciadas que se retuercen y ligan entre sí formando una red de «puentes» y «galerías». John Wheeler, el principal arquitecto de este extravagante mundo de Jiffylandia describe la situación como similar a la de un aviador que vuela a gran altura sobre el océano. A gran altitud sólo le llegan los rasgos más sobresalientes y ve la superficie del mar plana y homogénea, pero si observa desde más cerca verá ondulaciones que indican alguna clase de perturbación local: ésta es la escala de la curvatura gravitatoria del espaciotiempo. Descendiendo más, notará las perturbaciones irregulares a pequeña escala: los rizos y las olas superpuestas a la ondulación general: éstos son los campos gravitatorios locales. Por último, con ayuda de un telescopio percibiría que, en realidad, a muy pequeña escala, estos rizos están tan distorsionados que se deshacen en espuma. La superficie pulida y en apariencia sin quiebras es en realidad una masa hirviente de espuma y burbujas: que son las galerías y los puentes de Jiffylandia.
Según esta descripción, el espacio no es ni uniforme ni informe sino, descendiendo a esos increíbles tamaños y duraciones, un complicado laberinto de agujeros y túneles, de burbujas y telas de araña, que se crean y destruyen en una incesante actividad. Antes de que estas ideas se pusieran en circulación, muchos científicos suponían tácitamente que el espacio y el tiempo eran continuos hasta una escala arbitrariamente pequeña. La gravedad cuántica sugiere que el marco de nuestro mundo no sólo tiene una textura, sino una estructura espumosa o de esponja, lo que indica que los intervalos o duraciones no pueden dividirse infinitamente.
Una gran mistificación suele envolver el problema de qué constituye los «agujeros» del tejido.
Después de todo, el espacio se supone vacío; luego, ¿cómo puede haber agujeros en algo que ya está vacío? Para responder a esta cuestión lo mejor es imaginar, en lugar de los agujeros de Wheeler, agujeros del espaciotiempo lo bastante grandes para afectar a la experiencia cotidiana. Supóngase que hubiera un agujero espacial en medio de Piccadilly Circus, en el centro de Londres. Cualquier turista despistado podría desaparecer súbitamente al encontrarse con este fenómeno, probablemente para nunca más volver. Nosotros no podríamos decir lo que ha sido de él, porque nuestras leyes de la naturaleza se limitan al universo, es decir, al espacio y al tiempo, y nada dicen de las regiones más allá de sus fronteras. De modo similar, no podemos predecir qué puede salir de un agujero del tiempo, ni siquiera qué clase de luz. Si del agujero no puede surgir absolutamente nada, aparecerá simplemente como una mancha negra.
No hay ninguna razón especial para que nuestro universo esté o no esté infestado de agujeros e incluso de auténticos bordes. Ha–
blando metafóricamente, Dios podría aplicar unas tijeras al espaciotiempo y despedazarlo. Si bien no tenemos pruebas de que esto haya sucedido a escala de Piccadilly, algo por el estilo puede haber ocurrido en Jiffylandia.
Un adecuado estudio de la rama de las matemáticas conocida como topología (los grandes rasgos y estructuras del espacio) revela que los agujeros espaciales no conducen necesariamente a la brusca desaparición de los objetos del espacio.
Esto resulta fácil de ver comparando el espacio con una superficie bidimensional, o una hoja de papel, como hemos hecho en el caso de las metáforas del cuadro y del océano.
En una, el agujero está cortado en el centro de una hoja aproximadamente plana: la hoja también tiene bordes. La línea quebrada dibujada sobre la hoja representa la trayectoria de los exploradores que, al igual que los desdichados navegantes de los siglos pasados, se desvanecen en el borde del mundo (o sea en el agujero). En el segundo ejemplo, la hoja está curvada y se cierra sobre sí misma en forma de donut, forma que los matemáticos denominan toro. El toro también tiene un agujero en el centro, pero su relación con la hoja es bastante distinta. Concretamente, no hay un borde abrupto alrededor del agujero ni en los extremos, de modo que los exploradores pueden arrastrarse por toda la superficie sin riesgo de caerse de ella: es un espacio cerrado y finito pero sin bordes y, desde el punto de vista matemático, se aproxima más a la espuma de Jiffylandia.
Es absolutamente posible que el universo a «gran» escala no se extendería interminablemente, sino que se curvaría sobre sí mismo. Por supuesto, puede no tener un gran agujero en el centro –puede ser más parecido a una esfera–, pero en principio sería posible desplazarse a todo su alrededor y visitar todas las regiones. En lengua coloquial, podríamos «ver» todo el universo en una especie de viaje cósmico cerrado. Y al igual que los trotamundos terrícolas suelen salir de Londres hacia Moscú y regresar por Nueva York, así nuestros intrépidos cosmonautas podrían rodear el cosmos siguiendo lo que ellos considerarían un trayecto fijo y en línea recta, regresando por la dirección opuesta a aquella en que hubiesen partido.
La topología del universo podría ser mucho más complicada que la de un simple «toro» o la de una «esfera», y contener toda una red de túneles y puentes. Cabe imaginar que se parezca bastante a un queso de gruyere donde el queso sería el espaciotiempo y los agujeros aportarían la complicada topología. Además, debe recordarse que toda esta monstruosidad se expande al mismo tiempo. El espacio y el tiempo se conectarían, pues, de un modo desconcertante. Sería posible, por ejemplo, ir de un lugar a otro por una diversidad de rutas –en apariencia todas ellas trayectos en línea recta– abriéndose paso por el laberinto de puentes. La idea de que un puente espacial permitiera el paso casi instantáneo a alguna galaxia lejana es muy del gusto de los autores de ciencia–ficción. La posibilidad de eludir la larga ruta a través del espacio intergaláctico resulta de lo más atractiva si en realidad hay gigantescos agujeros que ensartan el universo. Tomando el ejemplo de una tela, tal agujero se representaría curvando la tela en forma de U y uniendo los dos extremos en un determinado punto mediante un túnel. Por desgracia, no hay la menor prueba de la existencia real de ninguno de tales rasgos, pero tampoco se pueden descartar. En principio, nuestros telescopios deberían revelar cuál es la forma del universo, pero en la actualidad es demasiado difícil desenredar estos efectos geométricos de otras distorsiones más comunes.
Cabe pensar en posibilidades aún más extravagantes. Al «conectarse» nuestra superficie (es decir, el espacio) consigo misma, podría ocurrir una torsión, como la famosa cinta de Moebius. En tal caso, no sería posible distinguir la derecha de la izquierda. De hecho, el circumnavegante cósmico regresaría en forma de imagen reflejada de sí mismo, ¡con la mano izquierda y la derecha intercambiadas!
Es importante comprender que todos estos rasgos espectaculares y poco habituales del espacio podrían deducirlos sus habitantes a partir exclusivamente de observaciones hechas desde su interior. Así como no es necesario salir de la Tierra para llegar a la conclusión de que es redonda y finita, tampoco necesitamos la perspectiva de una dimensión superior desde donde ver, pongamos, el «agujero» del centro del universo en forma de «donut» para deducir que existe. Su existencia tiene consecuencias para el espacio sin necesidad de preocuparse interminablemente de lo que hay «en» el agujero ni de lo que hay «fuera» del universo finito. De manera que considerar que el espacio está lleno de agujeros no exige especificar qué son físicamente tales agujeros: están fuera de nuestro universo físico y su naturaleza es irrelevante para la física que realmente podemos observar.
Lo mismo que puede haber agujeros en el espacio, puede haberlos en el tiempo. Un corte brusco del tiempo es de presumir que se manifestaría en forma de súbito cese del universo, pero una posibilidad más compleja consistiría en el tiempo cerrado, análogo al espacio esférico o toroidal. Una buena forma de visualizar el tiempo cerrado es representar el tiempo por una línea: cada punto de la línea corresponde a un momento del tiempo. Según la concepción habitual, la línea se prolonga en ambas direcciones ilimitadamente, pero más adelante veremos que la línea tiene un extremo o bien dos: es decir, un comienzo o final del tiempo. No obstante, la línea puede ser finita en longitud sin por eso tener extremos, por ejemplo, cerrándose en forma de círculo. Si el tiempo realmente fuera así, sería posible decir cuántas horas componen toda la duración del tiempo. Muchas veces el tiempo cerrado se describe diciendo que el universo es cíclico, repitiéndose todos los incidentes «ad infinitum», pero esta imagen presupone la discutible noción de un flujo de tiempo que nos arrastra una vez tras otra alrededor del círculo. Como no hay modo de distinguir cada vuelta de la siguiente, en realidad no es correcto calificar tal estructura de cíclica.
En el mundo del tiempo cerrado, el pasado sería también el futuro, lo que abriría la perspectiva de una anarquía causal y de las paradojas temporales de que tanto se han ocupado los autores de ciencia–ficción. Lo que es peor, si el tiempo se uniera a sí mismo no sería posible distinguir de ninguna manera el avance del retroceso temporal, por lo mismo que no se puede distinguir entre la derecha y la izquierda en un espacio de tipo Moebius. No está claro sin embargo que fuéramos capaces de apreciar unas características del tiempo tan extravagantes. Quizá nuestro cerebro, con objeto de ordenar nuestras experiencias de modo significativo, fuera incapaz de percibir esta gimnasia temporal.
Aunque los bordes y los agujeros del espacio y del tiempo puedan parecer una enloquecida pesadilla matemática, son tomados muy en serio por los físicos, quienes consideran que muy bien pueden existir tales estructuras. No hay prueba alguna del «despedazamiento» del espaciotiempo, pero hay fuertes indicios de que el espacio y el tiempo pueden ir desplegando bordes o límites, de tal modo que más que saltar insospechadamente por el extremo de la creación, iríamos siendo conscientes, dolorosamente y, en resumidas cuentas, suicidamente, de nuestra próxima partida («agujeros con dientes»). Es evidente que el agujero, que es un simple corte en el espacio, se abre abruptamente. No hay rasgos que adviertan la proximidad del borde y anuncien la inminente discontinuidad. Igual ocurre con los agujeros similares del tiempo: nada anunciaría el fallecimiento del universo o de una porción del universo. En consecuencia, nuestra física no puede predecir (ni rebatir) la existencia de tales agujeros. No obstante, es posible predecir los agujeros y los bordes que se despliegan gradualmente en el espaciotiempo «ordinario» y de hecho los predicen firmes principios físicos que muchos científicos aceptan.
La superficie es una estructura similar a un cono que se afila lenta pero incesantemente hacia un punto denominado cúspide: hablando sin rigor, la punta es infinitamente aguda, de manera que nada puede «doblar» la punta y descender por el otro lado. El objeto que se acerque a la punta comenzará a sentirse incómodo presionado por la creciente curvatura y constreñido a un espacio cada vez menor. Cuando esté cerca de la punta, el objeto será progresivamente estrujado y no podrá alcanzar la punta propiamente dicha –quedándose comprimido hasta reducirse a nada– puesto que la punta no tiene tamaño. El precio de visitar la punta es la destrucción de toda extensión y toda estructura; el objeto nunca volverá.
Estos extremos en forma de cúspide del espaciotiempo de los que ningún viajero puede retornar fueron predichos por la teoría de la relatividad de Einstein y se conocen con el nombre de singularidades. La creciente curvatura de sus inmediaciones corresponde físicamente a fuerzas gravitatorias que descuartizarían a cualquier cuerpo y lo aplastarían progresivamente hasta un volumen nulo. Una de las circunstancias en que podría presentarse tal rasgo es como consecuencia del colapso gravitatorio de una estrella apagada. Cuando se agota el combustible de una estrella, ésta pierde calor y no puede mantener la suficiente presión interior para soportar su propio peso, y por lo tanto se encoge. En las estrellas suficientemente grandes, la contracción se produce con tal rapidez que equivale a una súbita explosión hacia dentro y la estrella se encoge, quizás ilimitadamente. Se forma una singularidad espaciotemporal y por ahí puede desaparecer buena parte de la estrella e incluso toda. Aun cuando no ocurra eso, los curiosos observadores que sigan su desenvolvimiento es posible que sean arrastrados hacia la singularidad. Existe la extendida creencia de que si se produce una singularidad, se localizará dentro de un agujero negro donde no será posible verla sin caer en su interior y salir del universo.
Otro tipo de singularidad podría haber existido en el nacimiento del universo. Muchos astrónomos creen que el Big Bang representa los residuos en erupción de una singularidad que constituyó literalmente la creación del universo.
La singularidad del Big Bang podría equivaler al extremo temporal pasado del cosmos: un comienzo del tiempo, así como del espacio, además del origen de toda la materia. De manera similar, puede haber un extremo del tiempo en el futuro, en el que todo el universo desaparezca para siempre –y con él el espacio y el tiempo– luego de las consabidas compresiones y subsiguiente aniquilación. Otras imágenes del final del universo pueden verse en mi libro «The Runaway Universe» (El universo huidizo).
Una vez descritos algunos de los rasgos más extraordinarios que la física moderna atribuye al espacio y al tiempo, merece la pena que volvamos a Jiffylandia y a las nociones de la teoría cuántica con objeto de entender qué es lo que en realidad significa la subestructura espumosa. En los capítulos 1 y 3 hemos explicado que los electrones y demás partículas subatómicas no se mueven sencillamente de A a B.
Por el contrario, su movimiento está controlado por una onda que puede extenderse, en ocasiones, por territorios muy alejados del camino recto. La onda no es una sustancia, sino una onda probabilística donde la perturbación de la onda es pequeña (por ejemplo, lejos de la línea recta) las probabilidades de encontrar la partícula son escasas.
La mayor parte del movimiento de la onda se concentra siguiendo el camino clásico de Newton, que por tanto constituye la trayectoria más probable. Este efecto de agrupamiento resulta pronunciadísimo en los objetos macroscópicos, como en las bolas de billar, cuya dispersión en forma de ondas nunca percibimos.
Si disparamos un haz de electrones (o incluso un único electrón), podemos escribir la formulación matemática de la onda, que avanza según la famosa ecuación de Schrödinger. La onda muestra la importante propiedad, característica de las ondas, de interferirse en el caso de que, por ejemplo, el haz choque con dos ranuras de una pantalla: pasará por ambas y la perturbación bifurcada se recombinará en forma de crestas y vientres. La onda no describe un mundo sino una infinitud de mundos, cada uno de los cuales contiene una trayectoria distinta. Estos mundos no son todos independientes; el fenómeno de la interferencia demuestra que se superponen y «entrometen en sus caminos». Sólo una medición directa puede mostrar cuál de estos infinitos mundos potenciales es el real. Lo cual plantea delicadas y profundas cuestiones sobre el significado de lo «real» y sobre qué constituye una medición, cuestiones de las que nos ocuparemos ampliamente en los siguientes capítulos, pero de momento nos limitaremos a señalar que cuando un físico desea describir el movimiento de los electrones, o en general cómo cambia el mundo, se enfrenta a la onda y estudia su movimiento. La onda contiene codificada toda la información disponible sobre el comportamiento de los electrones.
Si imaginamos ahora todos los mundos posibles –cada uno de ellos con una trayectoria distinta del electrón– como una especie de gigantesco supermundo pluridimensional en el que las alternativas se sitúan paralelamente en igualdad de condiciones, entonces podemos considerar que el mundo que resulta «real» para la observación es una proyección tridimensional o una sección de este supermundo. En qué medida puede considerarse que el supermundo existe en realidad lo expondremos a su debido tiempo.
Básicamente, necesitamos un mundo distinto para cada trayectoria del electrón, lo que habitualmente significa que necesitamos una infinidad de mundos, y similares infinidades de mundos para cada átomo o partícula subatómica, cada fotón y cada gravitón que exista. Es evidente que este supermundo es un mundo muy grande, en realidad con las infinitas dimensiones del infinito.
La idea de que el mundo que observamos pudiera ser una tajada tridimensional o proyección de un supermundo de infinitas dimensiones tal vez no sea fácil de entender.
Un humilde ejemplo de proyección puede servir de ayuda. Imagínese una pantalla iluminada que se utiliza para proyectar la silueta de un objeto simple, como una patata. La imagen de la pantalla presenta una proyección bidimensional de lo que en realidad es una forma tridimensional, es decir, de la patata. Cambiando la orientación de la patata se puede obtener una infinita variedad de siluetas, cada una de las cuales representa una proyección distinta del espacio mayor. Igualmente, el mundo que nosotros observamos está conformado como una proyección del supermundo; cuál proyección es un problema de matemáticas y estadística. A primera vista podría parecer que reducir el mundo a una serie de proyecciones aleatorias fuera una receta en pro del caos, donde cada momento sucesivo presentaría a nuestros sentidos un panorama completamente nuevo, pero los dados están muy cargados a favor de los cambios bien ordenados y acordes con las leyes de Newton, de modo que las fluctuaciones espasmódicas, que existen sin ningún género de dudas, quedan enterradas a buen recaudo entre los escondrijos microscópicos de la materia, manifestándose tan sólo a escala subatómica.
Al igual que la partícula newtoniana se mueve de tal modo que minimiza su acción y la onda cuántica se arracima alrededor de una trayectoria de mínima acción, cuando se trata de la gravedad encontramos que el espacio también minimiza su acción. La espuma cuántica de Jiffylandia perturba algo el movimiento mínimo, pero sólo en la escala absurdamente pequeña de que hemos hablado en la primera parte de este capítulo. Por tanto, el mismo espacio puede describirse como una onda y esta onda espacial también poseerá las propiedades de interferencia. Además, del mismo modo que podemos construir mundos distintos para la trayectoria de cada electrón, también es posible construir mundos distintos para cada forma del espacio. Combinados todos juntos nos encontramos con un «superespacio» de infinitas dimensiones. El superespacio contiene todos los espacios posibles –donuts, esferas, espacios con túneles y puentes–, cada uno de ellos con una estructura diferente, con una espuma distinta; una infinidad de formas geométricas y topológicas.
Cada uno de los espacios del superespacio contiene su propio supermundo de todas las posibles organizaciones de las partículas. El mundo de nuestros sentidos, al parecer, es un elemento tridimensional único proyectado desde este superespacio infinito.
Nos hemos alejado tanto de la noción de sentido común del espacio y del tiempo que merece la pena detenernos a hacer inventario. La ruta hacia el superespacio es difícil de seguir, pues exige a cada paso renunciar a alguna idea muy querida o bien a aceptar algún concepto desconocido. La mayor parte de la gente considera el espacio y el tiempo como características tan básicas de la existencia que no pone en duda sus propiedades. De hecho, el espacio suele imaginarse como completamente carente de propiedades: un vacío desocupado y sin forma. La idea más difícil de aceptar es que el espacio tenga forma. Los cuerpos materiales tienen forma «en» el espacio, pero el espacio en sí parece ser más bien un contenedor que un cuerpo.
A todo lo largo de la historia ha habido dos escuelas filosóficas que se han ocupado de la naturaleza del espacio. Una escuela, de la que formó parte el propio Newton, enseña que el espacio es una sustancia que no sólo tiene geometría, sino que también puede presentar características mecánicas. Newton creía que la fuerza de la inercia estaba causada por la reacción del espacio frente a un cuerpo acelerado. Por ejemplo, cuando un niño da vueltas en un tiovivo siente la fuerza centrífuga; el origen de esta fuerza lo adscribe Newton al espacio envolvente. Ideas similares se han propuesto de vez en cuando, en las que la analogía con el fluir del río implica una más estrecha asociación con la materia.
En contraposición a estas imágenes, otra escuela niega que el espacio y el tiempo sean cosas, sino meras relaciones entre los cuerpos materiales y los acontecimientos. Filósofos como Leibniz y Ernst Mach negaron que el espacio actuara sobre la materia y sostuvieron que todas las fuerzas se debían a otros cuerpos materiales.
Mach opinaba que la fuerza centrífuga que opera sobre el niño montado en el tiovivo se debe al movimiento relativo entre el niño y la materia lejana del universo. El niño siente una fuerza porque las remotísimas galaxias presionan contra él, resistiéndose al movimiento.
Según estas ideas, el tratamiento del espacio y el tiempo es una mera conveniencia lingüística que nos permite describir las relaciones entre los objetos materiales. Por ejemplo, decir que hay algo más de 300.000 km. de espacio entre la Tierra y la Luna es simplemente una forma útil de decir que la distancia de la Tierra a la Luna es de algo más de 300.000 km.
Si la Luna no estuviera allí, ni tuviéramos otros objetos o rayos luminosos que manipular, resultaría imposible saber hasta dónde se extiende un determinado trecho de espacio. La medición de distancias o de ángulos en el espacio requiere varas de medir, teodolitos, señales de radar o algún otro instrumento material. Por eso se considera que el espacio no es más material que la nacionalidad. Ambas cosas son descripciones de relaciones que existen entre las cosas, entre las cosas materiales y entre los ciudadanos, respectivamente.
Ideas similares se han aplicado a la noción de tiempo. ¿Es necesario considerar el tiempo como una cosa o como una conveniencia lingüística para expresar las relaciones entre los acontecimientos?
Por ejemplo, decir que uno espera desde hace rato el autobús sólo significa, en realidad, que el intervalo entre la llegada a la parada del autobús y la comparecencia del autobús se ha prolongado más de lo habitual. La duración del tiempo es una forma coloquial de describir la relación temporal entre estos dos acontecimientos.
Cuando nos acercamos a la idea del espaciotiempo curvo, indudablemente resulta más útil adoptar la primera perspectiva, en la que el espacio y el tiempo se tratan como sustancias. Esto puede no ser estrictamente necesario desde un punto de vista lógico, pero sirve para ayudar a la intuición. Visualizar el espacio como un bloque de caucho aporta una vívida imagen de lo que se entiende por un espacio que se dobla y estira. El rasgo fundamental de la teoría de la relatividad general de Einstein es que el espaciotiempo, que tiene esta curiosa cualidad, se mueve, es decir, cambia de forma, siendo la causa de este movimiento la presencia de materia y energía. Una vez aprehendida la noción de un espaciotiempo dinámico, los aspectos cuánticos resultan más significativos.
Cuando los conceptos de la teoría cuántica se aplican al espacio–tiempo, aumenta la extrañeza porque se complica la estructura, ya de por sí desconcertante, de un espaciotiempo dinámico con los fantásticos rasgos de la teoría cuántica. La mecánica cuántica implica que no basta con considerar un espaciotiempo, sino una infinidad de ellos, con distintas formas y topologías. Todos estos espaciotiempos encajan entre sí según el modelo ondulatorio, interfiriéndose mutuamente. La fuerza de la onda es la medida de la probabilidad de que un espacio con esa forma concreta aparezca como la representación del universo real cuando se hace una observación. Los espacios evolucionan, como ocurre al expandirse el universo, y el sobrecogedor número de estos mundos alternativos aumentará de modo similar.
No obstante, hay algunos que fluctúan muy lejos de la trayectoria principal, al igual que los niños en el parque de que hemos hablado. La fuerza de la onda de estos mundos descarriados es muy pequeña, de modo que sólo hay una infinitésima probabilidad de que realmente se puedan observar. Pero a la escala de Jiffylandia, estas fluctuaciones se hacen mucho más pronunciadas y ocurren con frecuencia desviaciones del espacio pulido y terso.
Al afrontar la existencia de un superespacio donde miríadas de mundos se mantienen cosidos entre sí mediante una curiosa superposición de carácter ondulatorio, el mundo concreto de la vida cotidiana parece situarse a años luz. Con conceptos tan abstractos y sorprendentes como éstos, uno se ve obligado a preguntarse hasta qué punto el superespacio es «real».
¿Existen en realidad estos mundos alternativos o son meros términos de algunas fórmulas matemáticas que supuestamente representan la realidad? ¿Cuál es el significado de las misteriosas ondas que rigen el movimiento de la materia a la vez que del espaciotiempo y que determinan las probabilidades de que exista un determinado mundo concreto? En cualquier caso, ¿qué es la «existencia» en medio de semejante cenagal de conceptos sin sustancia? ¿Dónde encajamos nosotros –los observadores– dentro de este esquema? Estas son algunas de las preguntas sobre las que volveremos. Veremos que el juego cósmico del azar es mucho más sutil y extravagante que la simple ruleta.


Capítulo V de Otros mundos

23.12.13

Los extraños mundos de los cuantos


Paul Davies

Debemos, pues, reconocer que el microcosmos no está regido por leyes deterministas que regulen con exactitud el comportamiento de los átomos y de sus componentes, sino por el azar y la indeterminación.
Así, una partícula como el electrón tiene un comportamiento ondulatorio, a la vez que las ondas electromagnéticas también presentan características corpusculares. No existe contrapartida cotidiana a la dualidad «onda–partícula», de manera que el microcosmos no es una mera versión liliputiense del macrocosmos, sino algo cualitativamente distinto, casi paradójicamente distinto. En este extraño mundo de los cuantos, la intuición nos abandona y pueden ocurrir cosas aparentemente absurdas o milagrosas. En este capítulo examinaremos algunas de las consecuencias de la teoría cuántica y describiremos la naturaleza verdaderamente insustancial del, en apariencia, concreto mundo de la materia.
El principio de incertidumbre de Heisenberg pone restricciones a la exactitud con que se puede determinar la localización y el movimiento de las partículas, pero estas dos magnitudes no son las únicas que pueden medirse. Por ejemplo, podríamos estar más interesados por la velocidad del «spin» de un átomo o por su orientación.
O bien, podríamos necesitar medir su energía o el tiempo que tarda en pasar a un nuevo estado energético.
Es posible analizar las observaciones de estas magnitudes de la misma manera que se utilizó el microscopio de rayos gamma, descrito en el capítulo anterior, para estimar la incertidumbre de la posición y del impulso.
Para ilustrar estas nuevas posibilidades, supongamos que queremos determinar la energía de un fotón de luz. De acuerdo con la hipótesis cuántica original de Planck, la energía de un fotón es directamente proporcional a la frecuencia de la luz: al doble de frecuencia corresponde el doble de energía. Un procedimiento práctico de medirla consiste, pues, en medir la frecuencia de la onda luminosa, lo que puede hacerse contando el número de oscilaciones (es decir, de crestas y vientres de la onda) que pasan en un determinado intervalo de tiempo. Para la luz visible es grandísimo: alrededor de mil billones por segundo. Para que la operación tenga éxito es menester evidentemente que al menos se produzca una oscilación de la onda, y a ser posible varias, pero cada oscilación requiere un intervalo de tiempo determinado. La onda debe pasar desde la cresta al vientre y de nuevo a la cresta. Medir la frecuencia de la luz en una fracción de tiempo inferior a ésta es a todas luces imposible, incluso en teoría. En el caso de la luz visible, la duración necesaria es muy breve (una milbillonésima de segundo). Las ondas electromagnéticas con longitudes de onda mayores y menor frecuencia, tales como las ondas radiofónicas, pueden precisar algunas milésimas de segundo para cada oscilación. Consiguientemente los fotones de las ondas de radio tienen muy poca energía. Por el contrario, los rayos gamma oscilan centenares de veces más de prisa que la luz y la energía de sus fotones es cientos de veces mayor.

11.10.13

El caos subatómico

por Paul Davies

A todo lo largo de la historia el hombre ha visto sus relaciones con el mundo de dos maneras: como observador y como participante.
Nosotros somos conscientes de los procesos físicos que tienen lugar a nuestro alrededor, interpretándolos mediante modelos mentales internos que reflejan esa actividad exterior. Además, nos vemos motivados a actuar sobre el mundo exterior, en pequeña escala mientras vivimos la vida cotidiana y en gran escala, colectivamente, cuando utilizamos la tecnología para modificar el medio ambiente. A pesar de tener un alcance bastante modesto en comparación con las grandes fuerzas cósmicas, nuestra tecnología demuestra, no obstante, que la existencia de la especie biológica llamada homo sapiens desempeña un papel en la conformación del universo, aunque de momento tan sólo sea en una pequeña escala. Con la revolución newtoniana, la participación del hombre pareció quedar algo vacía, porque, aunque difícil de negar, en un universo mecánico, el hombre mecánicamente motivado no se distingue de sus máquinas: Desde el esfuerzo por transformar el medio ambiente hasta el mínimo movimiento de un dedo, las acciones humanas parecen estar tan rígidamente predeterminadas y ser tan involuntarias como los movimientos de los planetas.
Examinemos ahora la visión newtoniana del hombre como observador.
¿A qué nos referimos en realidad con el acto de observar?

14.8.13

Las cosas no siempre son lo que parecen

por Paul Davies

En el último capítulo hemos visto hasta qué punto es central en nuestra visión del mundo la idea newtoniana de un tiempo matemáticamente exacto, que fluye uniforme y universalmente del pasado hacia el futuro. No vemos el mundo en forma estática, sino evolucionando, desarrollándose, cambiando de un momento al siguiente. En una época se creyó que el futuro estado del mundo, al desenvolverse de este modo, estaría predeterminado por su estado presente, pero la revolución cuántica derrocó tal idea. En lugar de eso, el futuro es inherentemente incierto. La teoría cuántica derribó el edificio de la mecánica de Newton, pero ¿qué fue de su modelo del tiempo y del espacio?
Éste también se hundió, en una revolución tan profunda como la cuántica pero que la precedió en algunos años.
En 1905, Albert Einstein publicó una nueva teoría del espacio, del tiempo y del movimiento llamada la relatividad especial.
Ponía en cuestión algunos de los supuestos más apreciados y habituales sobre la naturaleza del espacio y del tiempo. Desde su primera publicación, la teoría se ha comprobado repetidas veces en experimentos de laboratorio y en la actualidad es aceptada casi unánimemente por los físicos. Entre las predicciones más espectaculares de la teoría se cuenta la existencia de antimateria y los viajes en el tiempo, la elasticidad del espacio y del tiempo, la equivalencia de la masa y la energía y la aniquilación de la materia. Como ampliación de su trabajo de 1905, Einstein publicó en 1915 la llamada teoría general de la relatividad. Aunque no tan bien fundada experimentalmente, sus predicciones son igual de fantásticas: espacio y tiempo curvos, agujeros negros, la posibilidad de un universo finito pero ilimitado, e incluso la posibilidad de que el tiempo y el espacio se disuelvan en la inexistencia.
La teoría de la relatividad se aventura en estas extraordinarias posibilidades adoptando una perspectiva radicalmente nueva sobre qué es exactamente el mundo. Según las ideas de Newton, que son la perspectiva de sentido común que adopta la gente normal en la vida cotidiana, el mundo cambia a cada momento. En cualquier momento dado, el mundo supone un estado determinado (aunque no por completo conocido) de todo el universo.
Inevitablemente pensamos en todas las demás personas, en todos los demás planetas y estrellas, en las otras galaxias, en todas las cosas que nos interesan, y las imaginamos en determinadas condiciones concretas en este momento, es decir, ahora. El mundo, pues, se ve como la totalidad de todos estos objetos en un momento concreto. La mayor parte de la gente no duda de la existencia de un «mismo momento» universal (ni tampoco lo dudaba Newton).
La defunción de esta habitual manera de concebir el tiempo la pone de manifiesto un curioso fenómeno. Entre las constelaciones de Águila y de Sagitario hay un prodigioso objeto astronómico denominado un púlsar binario. En apariencia, consiste en dos estrellas derrumbadas o colapsadas que orbitan una alrededor de la otra a muy corta distancia. Se cree que estas estrellas son tan compactas que incluso sus átomos se han desplomado en forma de neutrones por obra de su propio peso debido a la enorme gravedad. A resultas de la gran densidad –las estrellas tienen unos pocos kilómetros de diámetro– giran a la formidable velocidad de varias veces por segundo. Una de las estrellas está sin duda rodeada por un campo magnético, pues cada vez que gira emite una pulsación de ondas de radio (de donde el nombre de púlsar), y durante los últimos cinco años los astrónomos han estado controlando estas vibraciones con el gigantesco radiotelescopio de Arecibo, en Puerto Rico. La regularidad de la rotación de la estrella de neutrones se refleja en la exacta regularidad de las emisiones, que en consecuencia pueden utilizarse como un reloj estelar preciso, al mismo tiempo que permite seguir el movimiento de la estrella.
La regularidad de las pulsaciones proporciona un ejemplo gráfico de la imperfección del tiempo de sentido común. Al ser tan masivas y estar tan juntas, las dos estrellas de neutrones bailan la una alrededor de la otra a una velocidad fenomenal, tardando únicamente ocho horas en cada revolución orbital: un «año» de ocho horas. Por tanto, el púlsar se mueve a una considerable fracción de la velocidad de la luz, que es la misma que la velocidad de las pulsaciones de radio. (La luz, las ondas de radio y otras radiaciones, como el calor infrarrojo, los rayos ultravioleta, los rayos X y los gamma son ejemplos del mismo fenómeno básico: las ondas electromagnéticas). Al girar el púlsar alrededor de su compañero, a veces se acerca a la Tierra y a veces se aleja, según la dirección momentánea del movimiento. El sentido común pensaría que cuando el púlsar se acerca, las pulsaciones de radio se aceleran, puesto que reciben el empuje adicional, en dirección a nosotros, del propio movimiento de la estrella, como lanzada por una honda. Por la misma razón las pulsaciones deberían desacelerarse al retroceder la estrella. De ser así, la primera serie de pulsaciones debería llegar mucho antes que la segunda, puesto que recorrerían la enorme distancia que las separa de la Tierra a mayor velocidad. En realidad, la recepción de las pulsaciones de toda la órbita debería extenderse por un intervalo de muchos años, entremezclándose pues las pulsaciones de miles de órbitas en una complicada maraña. Sin embargo, la observación muestra algo absolutamente distinto: desde todas las posiciones orbitales llega una pauta regular de pulsaciones limpiamente dispuestas en correcto orden.
La conclusión parece enigmática: no hay pulsaciones rápidas que adelanten a las pulsaciones lentas.
Todas llegan a la misma velocidad, espaciadas entre sí de manera regular. Esto parece estar en flagrante contradicción con el hecho de que el púlsar se esté moviendo, y una vívida demostración de la contradicción la proporciona el hecho de que las pulsaciones que llegan a velocidad inalterada también transportan información directa de que el púlsar se mueve a gran velocidad. La información en cuestión va codificada en las características de las mismas ondas de radio, que tienen mayor frecuencia cuando el púlsar está retrocediendo que cuando se está acercando. Esta variación de la frecuencia, similar al cambio del ruido de un motor cuando un automóvil acelera, la utilizan los radares de la policía para medir la velocidad de los coches. La misma técnica demuestra que el púlsar va disparado por el espacio, y sin embargo sus pulsaciones alcanzan la Tierra a una velocidad constante.
Hace un siglo, observaciones como ésta hubieran causado consternación, pero hoy se cuenta con ellas. Ya en 1905, Einstein predijo tales efectos basándose en su teoría de la relatividad. Una combinación de teoría matemática y de experimentación condujo a Einstein a una notable –y en realidad difícilmente creíble– conclusión:
la velocidad de la luz es la misma en todas partes y para todos los cuerpos, y esto es así independientemente de la velocidad a la que se muevan. En aquellos días, las razones que respaldaban su críptica afirmación se referían a las propiedades de las partículas eléctricas en movimiento y a la incapacidad de los físicos para medir la velocidad de la Tierra utilizando señales luminosas. No nos detendremos aquí en los detalles técnicos, salvo para decir que la velocidad de la Tierra resultó carecer por completo de sentido, puesto que sólo los movimientos relativos (de donde el apelativo de «relatividad») se pueden medir. En lugar de eso, concentrémonos en la significación y las consecuencias de la fructífera afirmación de Einstein.
Si un objeto retrocede con respecto a nosotros y comenzamos a perseguirlo, es de esperar que esta maniobra tenga como resultado disminuir la rapidez con que retrocede. De hecho, si se pone el bastante empeño en la persecución, incluso es posible llegar a coger el objeto. De manera que la velocidad relativa entre uno y el objeto depende claramente del propio estado de movimiento. No obstante, si el objeto es una pulsación luminosa, no ocurre lo mismo. Aunque pueda parecer increíble, cualquiera que sea el empeño que se ponga en perseguirla nunca se ganará ni un kilómetro por hora a la pulsación luminosa. En verdad, la luz se mueve muy de prisa (300.000 kilómetros por segundo), pero incluso si viajáramos en un cohete al 99,9 por ciento de la velocidad de la luz, nunca se conseguiría disminuir la velocidad a la que se aparta de nosotros, por potentes que fueran los motores del cohete.
Estas afirmaciones probablemente parezcan puro sinsentido. Si alguien que permaneciera en la Tierra observara la persecución y viera la onda luminosa alejándose a 300.000 kilómetros por segundo y al cohete persiguiéndola a una velocidad casi igual, «debería» ver la distancia que los separa ensancharse a tan sólo una fracción de la velocidad de la luz. Sin embargo, de aceptar la propuesta de Einstein (y los experimentos confirman que es correcta), el individuo situado en el cohete vería la misma onda luminosa alejarse de él 300.000 kilómetros por segundo.
La única manera de reconciliar estas observaciones aparentemente contradictorias es suponer que, desde el cohete, el mundo se ve y se comporta de muy distinto modo que visto desde la Tierra.
Una sorprendente demostración de esta diferencia aparece si el astronauta hace un experimento con ondas luminosas dentro de la cabina espacial en el momento en que pasa por encima de sus colegas situados en la Tierra. En este momento se las arregla para lanzar dos impulsos de luz en direcciones contrarias desde el centro exacto del cohete, una hacia adelante y otra hacia atrás. Naturalmente, él ve cómo ambos impulsos alcanzan los extremos opuestos del cohete simultáneamente. Recuérdese que la inmensa velocidad hacia adelante del cohete, con respecto a la Tierra, no tiene ninguna clase de efectos sobre la velocidad de los impulsos luminosos tal como se observan desde el cohete. No obstante, estos hechos tal y como se presencian desde la Tierra no pueden ser los mismos.
Durante el breve intervalo de tiempo que tardan las ondas en recorrer la longitud del cohete, el propio cohete avanza hacia adelante ostensiblemente. El observador situado en la Tierra también ve que los dos impulsos se mueven a la misma velocidad respecto a «él», pero desde su marco de referencias el cohete está en movimiento: el extremo frontal del cohete parece retroceder con relación al impulso luminoso y el extremo trasero parece avanzar a su encuentro. El resultado inevitable es que el impulso dirigido hacia atrás llega antes. Ambos acontecimientos no son simultáneos según se observa desde la Tierra, pero sí lo son cuando se ven desde el cohete.
¿Cuál de las dos versiones es la correcta?
La respuesta es que ambas son correctas. El concepto de simultaneidad –el mismo momento en dos lugares distintos– no tiene significación universal. Lo que un observador considera el «ahora» puede estar en el pasado o en el futuro según la determinación de otro. A primera vista tal conclusión parece alarmante. Si el presente de una persona es el pasado de otra persona y aún el futuro de una tercera, ¿no podrían hacerse señales entre sí y permitir la predicción del futuro? ¿Qué ocurriría entonces si el observador una vez informado actuara para cambiar ese futuro ya observado? Por suerte para la coherencia de la física, no parece que esta situación pueda presentarse. Por ejemplo, en el caso del experimento del cohete, los observadores sólo pueden saber que los impulsos luminosos han llegado cuando reciben alguna clase de mensaje. Pero el mensaje necesita un determinado tiempo para desplazarse. Para derrotar a la causalidad y convertir el futuro en pasado (o viceversa), evidentemente este mensaje debería desplazarse a mayor velocidad que la luz utilizada en el experimento. Pero, por lo que parece, no hay nada que pueda moverse a mayor velocidad que la luz. Si lo hubiese, entonces la estructura causal del mundo quedaría amenazada. Así pues, vemos que «pasado» y «futuro» no son en realidad conceptos universales, sino que sólo sirven para acontecimientos que puedan ponerse en conexión mediante señales luminosas.
Podríamos preguntarnos por qué no puede ocurrir, sencillamente, que un cohete vaya progresivamente acelerando y, por tanto, pueda observarse desde la Tierra que atrapa a la luz. Einstein demostró que eso es imposible. Conforme se aproxima a la barrera de la luz, el cohete y sus ocupantes comienzan a hacerse cada vez más pesados. Cada vez es necesaria una mayor cantidad de energía para superar la inercia adicional y poder ir más rápido.
El aumento de velocidad disminuye regularmente y nunca se alcanza la velocidad de la luz, por mucho que se insista. Naturalmente, el astronauta no se ve a sí mismo ganando peso; en lugar de eso, el mundo que lo rodea aparece extrañamente distorsionado. Hablando en términos simplistas, las distancias en el sentido del avance parecen contraerse. En consecuencia, visto desde el cohete, el astronauta sí que parece estar yendo cada vez más de prisa, puesto que parece tener menos distancia que recorrer en un tiempo dado.
Un astronauta en un cohete que se moviera al 99,9 por ciento de la velocidad de la luz, vería el Sol a sólo seis millones de kilómetros de la Tierra y lo alcanzaría en únicamente 22 segundos.
Aunque parezca increíble, los observadores situados en la Tierra, que no percibirían tal contracción, medirían la distancia al Sol en 150 millones de kilómetros y la duración de este viaje muy largo sería de más de ocho minutos. La conclusión parece ser que el tiempo, según se percibe desde el cohete, avanzaría a una lentitud veintidós veces mayor que en la Tierra. La verdadera sorpresa, empero, llega cuando el astronauta vuelve la mirada hacia la Tierra.
Si realmente los acontecimientos suceden en el cohete con veintidós veces más lentitud que en la Tierra, entonces podría parecer que si el astronauta mirase hacia la Tierra con un telescopio tendría que ver las cosas ocurriendo veintidós veces más de prisa que lo normal. En realidad, en lugar de ver acelerarse veintidós veces los acontecimientos, vería exactamente lo contrario: una Tierra a cámara lenta. «Ambos» observadores verían el tiempo del otro como transcurriendo con lentitud. Esta relación simétrica entre los observadores en movimiento se halla en el corazón de la teoría de la relatividad, que sólo asigna significado al movimiento en relación con otros observadores. Por tanto, es imposible decir que el cohete se mueve y la Tierra permanece quieta, o viceversa, de manera que todo efecto presenciado por uno de ellos debe presenciarlo también el otro.
No existe ninguna incoherencia real en el hecho de que cada observador vea lentificarse el tiempo del otro si recordamos que están muy en desacuerdo sobre qué momento del marco de referencias del otro debe considerarse el correspondiente al «presente». Sólo pueden comparar los tiempos mediante el dilatado proceso de enviarse señales entre sí, lo que al menos lleva el tiempo que tarda la luz en ir del uno al otro.
La realidad del efecto de dilatación del tiempo se pone de manifiesto si el cohete regresa a la Tierra y se comparan directamente los relojes de la Tierra con los del cohete. El asombroso descubrimiento es que los dos tiempos de los observadores han estado en todo momento desacompasados. Lo que puede haber sido un viaje de pocas horas para el astronauta, habrá supuesto días en el tiempo terráqueo. Tampoco se trata de un extraño efecto fisiológico: el cohete sólo habrá percibido unas pocas horas de duración en los varios días transcurridos en la Tierra.
La idea del tiempo elástico dio lugar a un verdadero escándalo cuando Einstein la dio a conocer en 1905, pero desde entonces muchos experimentos han confirmado su realidad. El más preciso de estos experimentos utiliza partículas subatómicas porque son muy fáciles de acelerar hasta cerca de la velocidad de la luz y suelen llevar un reloj incorporado. Se pueden crear mesones mu o, dicho en breve, muones en las colisiones subatómicas controladas, que tienen una vida de unos dos microsegundos antes de desintegrarse en partículas materiales más conocidas, como los electrones. Cuando se mueven a cerca de la velocidad de la luz, la dilatación del tiempo aumenta su vida, según nuestras mediciones, varias veces. Por supuesto, dentro de su propio marco de referencias siguen durando dos microsegundos.
Una buena comprobación del efecto se realizó en el laboratorio acelerador de partículas del CERN (Ginebra) a comienzos de 1977, cuando se creó un rayo de muones a alta velocidad y se colocó dentro de un anillo magnético, de tal forma que se pudiera medir su duración. El experimento confirmó la cifra de dilatación temporal prevista por la teoría de la relatividad con una exactitud del 0,2 por ciento.
Una posibilidad sugestiva que abre el efecto de dilatación del tiempo es el viaje en el tiempo.
Conforme se acerca a la velocidad de la luz, la escala temporal del astronauta se distorsiona cada vez más con respecto al universo. Por ejemplo, lanzado a un centenar de kilómetros por hora menos que la velocidad de la luz, podría realizar un viaje a la estrella más próxima (a más de cuatro años luz de distancia) en menos de un día, aunque el mismo viaje, medido desde la Tierra, supondría más de cuatro años. El ritmo de su reloj viene a ser unas 1800 veces más lento cuando se observa desde la Tierra que cuando se observa desde el interior del cohete. A una milla por hora por debajo de la velocidad de la luz, la dilatación temporal es de 18.000 veces y el viaje, visto desde el cohete, parece un trayecto de autobús, aunque sigue durando varios años desde el punto de vista de la Tierra. A esta colosal velocidad, el astronauta podría rodear toda la galaxia en pocos años (en tiempo del cohete) ¡y regresar a la Tierra para encontrarse en el siglo cuatro mil! Aunque las hazañas de tales viajes deben quedar definitivamente en el reino de la ciencia–ficción (consumirían una cantidad de energía suficiente para alimentar toda nuestra tecnología actual durante millones de años), la dilatación del tiempo constituye un hecho científico comprobado.
El objeto de mencionar estos extraordinarios efectos es subrayar que las nociones de espacio y de tiempo no son como las piensa la mayor parte de la gente. El elemento esencial que ha inyectado en la física la teoría de la relatividad es la subjetividad. Las cosas fundamentales, como la duración, la longitud, el pasado, el presente y el futuro, ya no pueden considerarse un marco sólido dentro del cual vivimos nuestra vida. Por el contrario, son cualidades elásticas y flexibles, y sus valores dependen precisamente de quién los mida. En este sentido, el observador comienza a desempeñar un papel bastante central en la naturaleza del mundo. Ha perdido todo sentido preguntar qué reloj es el que va «realmente» bien o cuál es la distancia «real» entre dos lugares o qué es lo que ocurre en Marte «ahora». No existen duración, extensión ni presente común «reales».
Al principio de este capítulo veíamos que la relatividad adopta una perspectiva absolutamente nueva con respecto a lo que «en realidad» es el mundo. En la vieja imagen newtoniana, el universo consiste en una colección de «cosas», localizadas aquí y en otros lugares en este momento. La relatividad, por su parte, revela que las «cosas» no siempre son lo que parecen, mientras que los lugares y los momentos están sometidos a reinterpretación.
La imagen relativista de la realidad es un mundo compuesto de «acontecimientos» y no de cosas.
Los acontecimientos son puntos en el espacio y el tiempo, sin extensión ni duración: las cinco en punto en el centro exacto de Piccadilly Circus es un acontecimiento (aunque probablemente muy poco interesante). Los acontecimientos cuentan con la universal aquiescencia de todos los observadores, aunque por lo general habrá desacuerdo sobre cómo o cuándo ocurren los acontecimientos.
A pesar de la relatividad de lo que se consideraban formalmente cualidades absolutas y concretas, queda todavía alguna clase de organización espacio–temporal acorde con el sentido común. Por ejemplo, las discrepancias entre el «momento presente» interpretado por diversos observadores y el alargamiento elástico del tiempo no pueden ser tan violentas que en realidad lancen el pasado en el futuro de tal forma que pueda verlo un mismo observador. Es decir que, aunque algunos acontecimientos pueden ser considerados pasados para un observador, futuros para otro y presentes para un tercero, la secuencia de dos acontecimientos causalmente conectados siempre será presenciada en el mismo orden. Si el disparo de la pistola destruye el blanco, entonces ningún observador, cualquiera que sea su estado de movilidad, verá destrozarse el blanco antes de que dispare la pistola.
Empero, la correcta relación causal sólo se mantiene debido a la norma de que los observadores no pueden superar la barrera de la luz y desplazarse a mayor velocidad.
Si esto fuera posible, causa y efecto podrían intercambiarse y el astronauta retrocedería en el tiempo lo mismo que penetraría en el futuro. Entonces nos encontraríamos con un sino similar al de la señorita Brillo, que
viajaba mucho más de prisa que la luz.
Un día se marchó, de manera relativa, y regresó la noche anterior.

El caos causal que surgiría de visitar el propio pasado parece ser únicamente una posibilidad novelesca.
En un mundo de cambiantes perspectivas espaciotemporales, se precisa un nuevo lenguaje y una nueva geometría que tenga en cuenta al observador de manera fundamental. Los conceptos newtonianos del tiempo y el espacio eran extensiones naturales de nuestras experiencias cotidianas. La teoría de la relatividad, por su parte, exige algo más abstracto, pero también, creen muchos, más elegante y revelador. En 1908, Hermann Minkowski señaló que efectos peculiares como la contracción del tamaño y la dilatación del tiempo no parecerían tan antinaturales si dejáramos de pensar en el espacio y en el tiempo y, en su lugar, pensáramos en el «espaciotiempo». No se trata de una mera monstruosidad cuatridimensional inventada por los matemáticos para confundir a la gente, sino de un modelo del mundo mucho más exacto y de hecho más simple que el de Newton. Su sentido resulta visible en ejemplos sencillos como la extensión espaciotemporal del cuerpo humano. Es obvio que éste tiene una extensión en el espacio (de alrededor de 1,80 cm) y una duración en el tiempo (de unos setenta años), de manera que tiene extensión en el espaciotiempo. Lo que hace que esta afirmación sea algo más que una perogrullada es que las dos extensiones, la espacial y la temporal, no son independientes. Lo cual no quiere decir que las personas altas vivan más tiempo ni nada por el estilo, sino que, visto desde un cohete situado sobre la Tierra, el hombre podría parecer que mide un metro y que vive ciento cuarenta años. Una manera elegante de considerar lo anterior es pensar que el tamaño físico y la duración de la vida son meras «proyecciones» en el espacio y en el tiempo, respectivamente, de la más fundamental extensión espaciotemporal. Como siempre ocurre con las proyecciones, la extensión de la imagen depende del ángulo con respecto al objeto, lo cual sigue siendo cierto en el espaciotiempo lo mismo que en el espacio. De donde resulta que los cambios de velocidad actúan de manera muy parecida a las rotaciones en el espaciotiempo; concretamente, al alterar la propia velocidad, estamos girando nuestro cuerpo cuatridimensional alejándolo del espacio y acercándolo al tiempo, o viceversa. Así pues, la extensión espaciotemporal del terrícola se mantiene inalterada cuando se ve desde un cohete:
¡tiene sencillamente noventa centímetros de la longitud de su cuerpo convertidos en setenta años de vida!
Haciendo algunos números se descubre que una pequeña longitud temporal vale por una enorme cantidad de distancia. No será tampoco sorprendente, teniendo en cuenta su papel fundamental en la teoría, que la velocidad de la luz actúe como factor de conversión.
Por tanto, un año de tiempo corresponde a un año luz (unos diez billones de kilómetros) de espacio; un pie (30 centímetros) resulta aproximadamente en un nanosegundo (una mil millonésima de segundo).
El espaciotiempo es algo más que una forma cómoda de visualizar la dilatación del tiempo y la contracción de la longitud. Para el relativista, el mundo es espaciotiempo, y ya no piensa en objetos que se mueven en el tiempo, sino que se extienden por el espaciotiempo. Dado que no pueden dibujarse las cuatro dimensiones sobre una hoja de papel, sólo se muestran dos dimensiones del espacio; el tiempo discurre verticalmente hacia arriba y el espacio horizontalmente. La línea serpenteante muestra la trayectoria de un cuerpo en movimiento. Para no recargar el diagrama, se ha reducido la extensión espacial del cuerpo de modo que se representa con una línea en lugar de con un tubo.
Si el cuerpo permanece en reposo, la línea será recta y vertical. Cuando se acelera, la línea se curva. La partícula primero se mueve brevemente hacia la derecha para volver hacia atrás, luego más hacia la derecha, para disminuir la velocidad y regresar al estado anterior. Estos trayectos en el espaciotiempo se llaman líneas de universo y representan la historia completa del sistema de objetos.
Si el diagrama se ampliara hasta abarcar todo el espaciotiempo (todo el universo durante toda la eternidad), sería una imagen de la totalidad de los acontecimientos y contendría todo lo que la física puede decir del mundo. Volviendo a la espinosa cuestión de qué es realmente el mundo, vemos que para un relativista es espacio–tiempo y líneas de universo. Según esta imagen del universo, el pasado y el futuro son tan absolutamente reales como el presente; de hecho, no es posible hacer ninguna distinción universal entre pasado, presente y futuro. De donde se deduce que las cosas no «ocurren» en el espaciotiempo, sino que simplemente «son».
¿Cómo hemos de reconciliar el carácter estático, de una vez por todas, del universo relativista con el mundo de nuestra experiencia donde ocurren acontecimientos, las cosas cambian y nuestro medio ambiente evoluciona? Nosotros no percibimos el mundo como una plancha de espaciotiempo surcada de líneas, de manera que ¿qué es lo que falla?
Nuestra percepción real del tiempo parece diferenciarse en dos aspectos esenciales del modelo del tiempo tal como lo concibe esta teoría. El primero es la aparente existencia de un «ahora» o instante presente. El segundo es el flujo o movimiento del tiempo desde el pasado hacia el futuro. Comencemos por examinar qué es lo que se entiende por «ahora». El presente desempeña dos papeles; separa el pasado del futuro y proporciona el filo con que nuestra conciencia se abre paso por el tiempo desde el pasado hacia el futuro. Como la proa de un barco, el presente arrastra tras de sí una estela de sucesos y experiencias recordados, mientras delante están las aguas desconocidas. Estas observaciones parecen tan naturales como para estar por encima de toda sospecha, pero un atento examen pone de manifiesto varios fallos. Desde luego, no puede existir «el» presente porque cada momento del tiempo es el momento presente «cuando ocurre». Lo que quiere decir que hay ahoras pasados, ahoras futuros y ahora. Pero al no haber ninguna cualidad externa con la que calibrarlo, muy poco puede decirse sobre el «presente» que no sea tautológico.
Una analogía popular es considerar al observador como una línea de universo en el espaciotiempo, dotada de una lucecita. La luz se mueve ascendiendo lenta y regularmente por la línea conforme el observador toma conciencia de los sucesivos momentos posteriores. No obstante, este artilugio es un verdadero fraude, puesto que utiliza la idea de movimiento en el tiempo y, en cuanto tal, intuitivamente, implica otro tiempo, externo al espaciotiempo, en relación con el cual se miden sus progresos. Todo esto parece conllevar que «ahora» no es más que otra manera de etiquetar los instantes y que hay tantos ahoras como instantes. Ya hemos visto que «ahora» no es, de ninguna manera, una caracterización universal y que distintos observadores discreparían sobre cuáles acontecimientos son o no son simultáneos, pero parece ser que, incluso para un único observador, la noción del presente no tiene demasiado sentido.
Idéntico cenagal de contradicciones y tautologías se presenta al examinar la idea del flujo del tiempo. Tenemos la profunda sensación psicológica de que el tiempo avanza del pasado hacia el futuro, según un progreso que borra el pasado de nuestra existencia y da lugar al futuro. En la literatura pueden encontrarse muchos ejemplos que describen esta sensación: el río del tiempo, el tiempo que corre, el tiempo que vuela, el tiempo por venir, el tiempo ido, el tiempo que no espera a nadie... San Agustín lo veía de este modo:

El tiempo es como un río compuesto de los acontecimientos que ocurren y su corriente es fuerte; tan pronto algo aparece, ya ha sido arrastrado.

Tan fuerte es esta sensación cinética que si hay un candidato a ser nuestra vivencia más fundamental éste es el tiempo «como» actividad. Pero, ¿dónde está el río en nuestro diagrama espaciotemporal?
Si el tiempo fluye, ¿a qué velocidad avanza? Un segundo por segundo, un día por día: la pregunta carece de sentido. Cuando observamos un objeto que se mueve por el espacio utilizamos el tiempo para medir la velocidad a la que pasa, pero ¿qué se puede utilizar para medir la velocidad con que pasa el propio tiempo? Sería asombrosa la pregunta: ¿pasa el tiempo? Sin embargo, nada que objetivamente pueda medirlo en el mundo que nos rodea demuestra que pase. No hay ningún instrumento que pueda recoger el flujo del tiempo ni medir la velocidad a que avanza. Es un error general creer que ésa es precisamente la función del reloj. Pues el reloj mide los intervalos del tiempo, no la velocidad del tiempo, una diferencia que es análoga a la diferencia que hay entre una regla y un velocímetro. El mundo objetivo es el espaciotiempo, que incluye todos los acontecimientos de todos los tiempos. No hay presente, pasado ni futuro.
Una de las fascinaciones del tiempo es la gran disparidad entre nuestra percepción como observadores conscientes y sus propiedades físicas objetivas. No podemos eludir la conclusión de que las cualidades del tiempo que nosotros consideramos más vitales –la división en pasado, presente y futuro, y el movimiento hacia adelante de cada una de estas divisiones– son puramente subjetivas. Es nuestra propia existencia la que otorga al tiempo vida y movimiento.
En un mundo sin observadores conscientes, el río del tiempo dejaría de fluir. A veces el flujo del tiempo se atribuye a una ilusión fruto de una confusión profundamente enraizada en la estructura temporal de nuestro lenguaje. Posiblemente, una inteligencia extraterrestre sería absolutamente incapaz de comprender la idea misma.
Por otra parte, la confusión de nuestro lenguaje (que indudablemente existe) bien puede ser el resultado de la antes mencionada incompatibilidad entre el tiempo objetivo y el subjetivo. Es decir, puede ser que nuestra sensación de un tiempo que fluye no sea el resultado del barullo del lenguaje y del pensamiento, sino viceversa: un intento de utilizar el vocabulario enraizado en nuestra fundamental vivencia psicológica del tiempo para describir el mundo físico objetivo. Quizás existan «realmente» dos tipos de tiempo –el psicológico y el objetivo– y debamos desarrollar dos modos de descripción para hablar de ellos.
He escrito «realmente» entre comillas porque la cuestión de qué se entiende aquí por «real» es importante. Muchas personas defenderían que la verdadera realidad debe ser independiente de la conciencia del observador, de manera que al tiempo subjetivo o psicológico, por su misma naturaleza individual, no puede atribuírsele la dignidad de «real». Sin embargo, esta experiencia individual parece ser que la comparten todos los observadores conscientes que pueden comunicarse entre sí, de modo que quizá sea tan real como el hambre, la lujuria y los celos.
No debemos suponer que en el espaciotiempo objetivo desaparece todo vestigio de pasado–futuro.
Sin duda se puede determinar qué hechos concretos se sitúan en el pasado o en el futuro de otros, y comprobar esta relación con los instrumentos de laboratorio.
Nuestro diagrama del espaciotiempo tiene un arriba (futuro) y un abajo (pasado) bien definidos y asimétricamente relacionados entre sí, como demostrará un sencillo ejemplo. Es un típico ejemplo de un cambio de tiempo asimétrico, porque es irreversible: la película cinematográfica de la explosión pasada al revés inmediatamente delataría la trampa porque mostraría la milagrosa autoorganización de los fragmentos en un sistema bien ordenado. Del mismo modo, al invertir el diagrama (i) se produce la misma secuencia imposible. El mundo está repleto de influencias perturbadoras como ésta que proporcionan una diferenciación material y objetiva entre el pasado y el futuro. No obstante, no definen el pasado ni el futuro. La distinción es la misma que la asimetría entre la mano izquierda y la derecha: la Tierra rota en sentido contrario a las agujas del reloj en el Polo Norte, de manera que siempre va hacia la izquierda, por así decirlo, lo que aporta una auténtica distinción entre izquierda y derecha. Sin embargo, sabemos que es absurdo preguntar qué parte de la Tierra está más a la izquierda y qué país se sitúa a mitad de camino entre la derecha y la izquierda.
Derecha e izquierda definen direcciones, no lugares. Del mismo modo, pasado y futuro definen direcciones temporales y no momentos.
Las direcciones en o a través del tiempo tienen objetivamente significado, pero no el calificar los acontecimientos de pasados o futuros. En el capítulo 10 se examinará con mayor atención la naturaleza del tiempo y nuestras percepciones del mismo.
La contraposición entre el tiempo físico y nuestra vivencia del tiempo subraya el fundamental papel que juega la conciencia del observador en la organización de nuestras percepciones del mundo.
En la antigua visión newtoniana, el observador no parecía desempeñar ningún papel importante: el mecanismo de relojería iba dando vueltas adelante, por completo indiferente a si alguien o a quién lo observaba. La visión del relativista es diferente. Las relaciones entre acontecimientos tales como el pasado y el futuro, la simultaneidad, la longitud y el intervalo resultan estar en función de la persona que los percibe, y sensaciones tan entrañables como el presente y el paso del tiempo se desvanecen por completo del mundo «exterior» para alojarse exclusivamente en nuestra conciencia. La división entre lo real y lo subjetivo ya no aparece tan claramente trazada y uno comienza a albergar sospechas de que la entera idea de un «mundo real exterior» puede desmoronarse por completo. Los capítulos posteriores mostrarán cómo la teoría cuántica exige la incorporación del observador al mundo físico de una forma aún más esencial.
La teoría de la relatividad que expuso Einstein en 1905 trastocó muchas concepciones sobre el espacio, el tiempo y el movimiento, pero sólo fue el principio. En 1915 publicó una teoría ampliada –la llamada teoría de la relatividad general– en la que proponía posibilidades aún más extraordinarias. Hemos visto que el espacio y el tiempo no son fijos, sino en cierto sentido elásticos; pueden ensancharse y encogerse según quién los observe. A pesar de esto, el espaciotiempo, la síntesis cuatridimensional del espacio y del tiempo, se suponía rígido. En 1915, Einstein planteó que el propio espaciotiempo era elástico, de modo que podía estirarse, doblarse, retorcerse y cerrarse. Así pues, en lugar de limitarse a proporcionar el escenario donde los cuerpos materiales representan sus papeles, el espaciotiempo es en realidad uno de los actores. Naturalmente, no nos resulta fácil visualizar cómo es una curvatura en cuatro dimensiones, pero matemáticamente una curvatura en cuatro dimensiones no es más especial que una línea curva (una dimensión) o una superficie curva (dos dimensiones).
Como todas las verdaderas teorías físicas, la relatividad general no se limita a predecir que el espaciotiempo puede distorsionarse, sino que aporta un conjunto explícito de ecuaciones que nos dicen cuándo, cómo y cuánto.
El origen de la curvatura del espaciotiempo es la materia y la energía, y las llamadas ecuaciones de campo de Einstein permiten calcular cuánta curvatura hay en un punto del espacio dentro y alrededor de una distribución dada de materia y energía. Como cabía esperar, la curvatura del espaciotiempo tiene profundas consecuencias sobre las líneas universales de materia que lo atraviesan.
Al curvarse el espaciotiempo, las líneas de universo se curvan con él, y surge el problema de qué efectos físicos experimentaría un cuerpo a resultas de esta reordenación de su línea de universo. Se ha explicado, que la curvatura de la línea de universo corresponde a la aceleración del cuerpo representado por la línea, de modo que el efecto de la curvatura del espaciotiempo consiste en alterar los movimientos de los cuerpos en él situados. Por regla general consideramos que toda alteración del movimiento está causada por alguna fuerza, de tal modo que la curvatura manifiesta de por sí la presencia de alguna clase de fuerza. Puesto que todos los cuerpos, sea cual sea su masa o estructura interna, sufrirán igual distorsión, esta fuerza debe tener la propiedad distintiva de afectar indiscriminadamente a toda la materia sin tener en cuenta su naturaleza. La fuerza física que tiene exactamente estas características la conocemos todos: la gravedad.
Tal como descubrió Galileo y desde entonces se ha confirmado con extraordinaria exactitud, todos los objetos son acelerados a la misma velocidad por la gravedad, cualquiera que sea su masa o constitución, lo que implica que la gravedad es más bien una propiedad del espacio envolvente que de los cuerpos que lo recorren. En palabras de John Wheeler, el físico norteamericano que ha hecho progresar enormemente la teoría de la relatividad, la materia recibe sus «órdenes de movimiento» directamente del mismo espacio, de tal modo que, más que considerar la gravedad como una fuerza, debería verse como una geometría. Así pues, «el espacio dice a la materia cómo debe moverse y la materia dice al espacio cómo debe curvarse». La relatividad general es, por tanto, una explicación de la gravedad como distorsión de la geometría del espaciotiempo.
Cierto número de famosos experimentos han medido la distorsión del espaciotiempo en el sistema solar. Se sabía desde hace mucho que el planeta Mercurio sufría misteriosas perturbaciones en su movimiento: dicho sencillamente, su órbita se desplaza cuarenta y tres segundos del arco cada siglo.
Aunque mínimo, un desplazamiento de esta magnitud era fácil de medir y la aplicación directa de la teoría de la gravedad de Newton no lo explicaba. Cuando se publicó, el artículo de Einstein predijo pequeñas correcciones en la teoría de Newton como consecuencia de la curvatura del espaciotiempo, y éstas resultaron ser precisamente de cuarenta y tres segundos de arco por siglo en el caso de Mercurio.
Fue un gran triunfo, pero aún los habría mayores. En 1919, el astrónomo Sir Arthur Eddington comprobó la teoría del espaciotiempo curvo apuntando a las estrellas en la dirección del Sol durante un eclipse total (el eclipse permitió que las estrellas fueran visibles durante el día aun cuando se situaran en el cielo cerca del Sol).
Encontró, tal como estaba previsto, una pequeña pero constatable distorsión en sus posiciones cuando se contemplaban en las proximidades del Sol en comparación con sus posiciones cuando el Sol está en otra parte del firmamento. Por tanto, conforme el Sol se desplaza por el zodíaco curva la imagen que tenemos del telón de fondo estelar.
Una última y crucial comprobación de la teoría se realizó de la manera más elegante utilizando la gravedad de la Tierra. De acuerdo con la relatividad general, el tiempo se alarga o contrae por efecto de la gravedad del mismo modo que por un movimiento rápido.
Por tanto, los relojes situados en la superficie de la Tierra deben retrasarse con respecto a los relojes situados a mayor altitud, donde la gravedad es ligeramente inferior. El efecto es en realidad mínimo –una cien mil millonésima por ciento de reducción de la velocidad del reloj para cada kilómetro vertical–, pero es tal la precisión de la tecnología moderna que incluso esta diferencia puede detectarse. En 1959, los científicos de la Universidad de Harvard utilizaron las vibraciones internas naturales de un núcleo de hierro radiactivo. Un determinado isótopo del hierro se desintegra mediante la emisión de rayos gamma, que son fotones de luz con una frecuencia interna de unos tres mil millones de megaciclos. Los rayos gamma eran disparados a lo largo de una torre vertical de 22,5 metros de altura, donde chocaban con nuevos núcleos de hierro. Normalmente, estos núcleos reabsorbían los rayos gamma, pero, dado que el tiempo «corría más de prisa» en lo alto de la torre, los rayos gamma se encontraban con que las vibraciones de los núcleos de hierro ya no se ajustaban a sus propias frecuencias, tal como ocurría en la base de la torre. Se inhibía, pues, la absorción. De este modo pudo medirse el alargamiento del tiempo debido a la gravedad de la Tierra.
Más recientemente, la distorsión del tiempo por la gravedad de la Tierra ha sido comprobada haciendo volar un máser de hidrógeno en un cohete espacial. Máser es la sigla en inglés de «amplificación de microondas mediante emisiones estimuladas de radiación», y es una versión del láser que hace oscilar frecuencias de radio de onda corta de una forma enormemente estable.
Utilizando los ciclos del máser como marcapasos de reloj, los científicos controlaron el tiempo de la nave espacial en relación a la Tierra, comparándolo con máseres situados en el suelo. A diez mil kilómetros de altura, el tiempo debe aumentar en alrededor de la mitad de una mil millonésima parte en comparación con su velocidad en la superficie terrestre. Aunque mínimo, este significativo efecto fue constatado por los máseres y la teoría se confirmó. El tiempo corre realmente más de prisa en el espacio.
El efecto de alargamiento del tiempo resulta más llamativo a medida que aumenta la gravedad. En la superficie de una estrella de neutrones, la disparidad entre la velocidad de un reloj situado en la superficie y otro situado a gran distancia llega a ser del uno por ciento. Las estrellas con masa algo superior a la de las estrellas de neutrones se habrán contraído aún más y su gravedad será todavía mayor. Si una estrella con una masa equivalente a la del Sol se contrajera hasta unos pocos kilómetros de diámetro, la distorsión del tiempo a su alrededor sería enorme. Además la estrella sería incapaz de resistir su propio peso y se desmoronaría violentamente, contrayéndose hasta convertirse en nada en un microsegundo. Su gravedad se volvería tan intensa que, en el espacio situado en las inmediaciones del objeto colapsado, el tiempo se lentificaría hasta literalmente detenerse en comparación con puntos alejados.
Un observador remoto deduciría que los relojes en esta superficie están completamente parados. En realidad le sería imposible ver los relojes, puesto que también estaría parada la salida de luz de la superficie. El agujero espacial dejado por el retraimiento de la estrella es pues negro: un agujero negro. Muchos astrónomos creen que los agujeros negros son el sino rutinario de las estrellas con una masa algo mayor que la de nuestro Sol.
Por supuesto, el observador que cayera en el agujero negro atravesando esta «superficie congelada» no vería el tiempo comportándose de manera anormal. En su marco de referencias, los acontecimientos ocurrirían con su habitual regularidad, de tal modo que su escala temporal se haría cada vez más discordante con la del universo lejano. En el momento de alcanzar la superficie, lo que a él sólo le parecería la duración de unos microsegundos podría ser el paso de toda la eternidad y la desaparición del cosmos en otros lugares. La dislocación temporal crece sin límites, de tal modo que cuando por fin entrara en la región del agujero negro, estaría más allá del tiempo en lo que respecta al mundo exterior, una de cuyas consecuencias sería que nunca podría regresar del agujero negro a nuestro universo. Volver significaría retroceder en el tiempo, reapareciendo del agujero antes de haber caído en su interior.
Aunque está más allá de la eternidad, el interior del agujero negro es una región del espaciotiempo muy parecida a cualquier otra por lo que se refiere a sus propiedades locales. Naturalmente, la intensidad de la gravedad hace que la caída del observador resulte un poco molesta, dado que los pies tratarán de caer a distinta velocidad que la cabeza, pero el paso del tiempo es absolutamente normal.
El problema del destino del observador es muy curioso. Cabe pensar que atraviese el agujero y emerja a otro universo completamente distinto, aunque los escasos datos de que disponemos indican que no ocurriría así. Si no puede regresar a nuestro universo, ni puede llegar a otro, ni puede evitar seguir cayendo dentro, ¿a dónde va? En el capítulo 5 veremos que está obligado a abandonar por completo el espaciotiempo y dejar de existir en lo que se refiere al mundo físico conocido. Los agujeros negros también desempeñan un importante papel en los capítulos posteriores en relación con la cuestión de si el universo es muy especial.
La introducción de la gravedad en la teoría de la relatividad socava, además, la concreción del mundo. El espaciotiempo, en lugar de ser un mero terreno de juego, se vuelve ahora dinámico, con movilidad, cambio, curvatura y giro.
No podemos seguir adoptando la perspectiva newtoniana de tratar de comprender la evolución del mundo en el tiempo, sino que debemos tener en cuenta también los cambios del propio tejido del espaciotiempo. El precio a pagar por disponer de un espaciotiempo mutable es que éste, en realidad, puede ingeniárselas para disolverse en la inexistencia. Siguiendo un complicado movimiento que está íntimamente entretejido con las condiciones de la materia y la energía, las ecuaciones de Einstein predicen que son posibles situaciones (como las del centro de un agujero negro) donde el espacio–tiempo concentre su curvatura ilimitadamente. Con el aumento de la gravedad, la violenta distorsión del espaciotiempo se hace cada vez mayor hasta que inevitablemente se desgarra por las costuras. Algunos astrónomos creen que esto es lo que le ocurrirá en último término a todo el universo: una catastrófica y suicida zambullida en la extinción.
La gravedad es una fuerza acumulativa, de modo que no es sorprendente que sus efectos sean más pronunciados en cuestiones cosmológicas: las estructuras a gran escala del universo. En dos sentidos puede ser importante la elasticidad del espaciotiempo. El primero, señalado originalmente por el propio Einstein, es que el espacio podría no ser infinito en extensión, sino, como la superficie de la Tierra, curvado «alrededor de la otra cara» del universo de tal forma que constituyera una hiperesfera: una versión en más dimensiones de la superficie esférica.
No nos es posible visualizar mentalmente una hiperesfera, pero podemos calcular sus propiedades, una de las cuales sería la posibilidad de dar la vuelta al cosmos avanzando siempre en la misma dirección hasta regresar al punto de partida desde la dirección contraria. Otra es que, si bien el volumen del espacio es limitado, en ninguna parte existe una barrera o límite, como tampoco hay ningún centro ni borde.
(Todas estas propiedades las comparte la superficie esférica).
Pero de momento no sabemos si hay en el universo suficiente materia para producir este cierre topológico completo.
La segunda posibilidad del espaciotiempo elástico es que, a escala cosmológica (es decir, en distancias mucho mayores que las galaxias) el espacio no sea estático, sino que se ensanche o encoja. A finales de la década de 1920 el astrónomo norteamericano Edwin Hubble descubrió que el universo, en realidad, se está expandiendo; es decir, que el espacio se ensancha por todas partes, al parecer, de manera muy uniforme, un hecho de cierta significación sobre el que volveremos más adelante. Hubble se dio cuenta de que las galaxias lejanas parecen retroceder con respecto a nosotros y a todas las demás galaxias, conforme las va estirando la expansión del espacio.
La prueba de este fenómeno se encuentra en la modificación de la longitud de onda de la luz, de la que ya nos hemos ocupado al hablar del púlsar binario. En el caso de la luz visible, el alargamiento de las ondas luminosas emanadas de una galaxia lejana hace que parezcan de color más rojo del que tendrían de estar la galaxia inmóvil con respecto a nosotros. El enrojecimiento cosmológico aumenta de forma directamente proporcional a la distancia que nos separa de las galaxias, que es exactamente el tipo de cambio que resultaría si el movimiento de expansión fuese uniforme y estuviera ocurriendo en todo el universo. El hecho de que todas las galaxias parezcan estar alejándose de nosotros no significa que estemos situados en el centro del cosmos, pues el mismo tipo de retroceso se vería desde cualquier otra galaxia. Las galaxias no se expanden alejándose de ningún punto especial; el universo no tiene centro ni borde discernibles, ni siquiera con ayuda de nuestros mayores telescopios.
Si las galaxias se mueven alejándose cada vez más, de ahí se deduce que deben haber estado más juntas en el pasado. Mirando hacia regiones lejanas del universo, los astrónomos pueden ver el tiempo pasado, puesto que la luz procedente de los objetos más lejanos, visibles normalmente por los telescopios, puede haber tardado varios miles de millones de años en llegar hasta nosotros, dada su lejanía.
Por tanto, los telescopios nos proporcionan una imagen del aspecto que tenía el universo hace miles de millones de años. Con ayuda de los radiotelescopios, el retroceso visual en el tiempo puede alcanzar alrededor de quince mil millones de años, momento en que ocurre un hecho notable. Las galaxias dejan de existir y, en realidad, todas las estructuras que ahora observamos –estrellas, planetas e incluso átomos normales– no podían haber estado presentes. Esta temprana época desempeñará un papel central en el tema de este libro y se estudiará detalladamente en el capítulo 9. De momento sólo es preciso mencionar que la expansión del universo fue entonces mucho más rápida que hoy, y que el contenido del universo estaba enormemente comprimido y caliente. Esta fase caliente, densa y en explosión ha sido denominada el Big Bang y hay astrónomos que creen que no sólo señala el comienzo del universo tal como ahora lo conocemos, sino quizás el comienzo del propio tiempo. El Big Bang no fue, por lo que nosotros podemos saber, la explosión de una gran masa de materia dentro de un vacío preexistente, pues esto implicaría un núcleo central y un límite en la distribución de la materia. Lo que en realidad representa el Big Bang, al parecer, es el límite de la existencia, un concepto que se aclarará en las páginas siguientes.

Capítulo II de Otros mundos