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15.3.13
El Chico Artificial cap.4
de Bruce Sterling
capitulo III
Cuando recobré el conocimiento mi cuerpo era una masa de dolor. Con los dedos entumecidos, rebusqué en el bolsillo de mi cazadora de combate y saqué el esmufo. Me lo tragué antes de abrir los ojos. El dolor desapareció y me incorporé con cuidado.
No estaba en mi casa, lo cual me sorprendió. Generalmente, Quade me recoge y me cuida si he sido golpeado severamente. Pero Quade estaba secuestrada. Me percaté que estaba en un edificio abandonado con Santa Ana Dos Veces Nacida.
«¡No te muevas!», dijo Santa Ana asustada. «¡Quédate acostado! Has sido horriblemente golpeado, Mr. Chico.»
Suspiré. «Eso es evidente.» Aparté los delgados, sangrientos harapos de mi disfraz de carnaval y me examiné. Tenía un aspecto asqueroso. «Parece como si me hubieran roto la clavícula.» Exploré mi magullado cuerpo con las yemas de mis dedos. «No, está bien. ¿Qué estás haciendo aquí? ¿Qué estoy haciendo yo aquí? Debería estar en mi casa cómodamente atendido y no aquí. ¿Por qué permanezco en las ruinas?», la miré con suspicacia. «¿Me has traído aquí a propósito?»
«Te encontramos herido e inconsciente», dijo indignada. «¿Qué te supones?»
«¿Cuánto tiempo he estado sin sentido?» Caminé hacia el estrecho pasillo de entrada y miré al exterior. Examiné la posición de las estrellas. «Es más de medianoche. ¿Dónde está mi guardiana? Debería haber sido liberada ahora que los Clon han completado su traición.» Rebusqué en los bolsillos interiores de mi cazadora de combate. «Todavía tengo mi localizador. Ya debería haberme encontrado si hubiese estado en casa.» Encendí el localizador para ver si todavía mis seis cámaras seguían en funcionamiento. Así era. Me volví a Santa Ana. ¿Has visto a mi sirviente, Quade Altman?»
«Lo siento, pero no», dijo Santa Ana. «Te he estado ocultando aquí durante horas. Por favor, deje de caminar, Mr. Chico. Parece enfermo. ¡Sus poros están repletos de pequeños gusanos negros! ¡Se introducían por tus heridas! ¡Si no hubiese encontrado estas pinzas en sus bolsillos, jamás los hubiese podido quitar»
«¿Pequeños gusanos negros?», dije confuso. De pronto supe lo que había hecho. «¡Eran mis ácaros foliculares! ¡Estúpida fanática! ¡Esas cosas viven en las heridas! ¡Comen células muertas, bacterias! ¡Me va a llevar una eternidad curarme!» Me agarré la cabeza. «Es lo peor que me podrías haber hecho! ¡Estoy conteniéndome para no partirte la cara!» agarré mi precioso nunchako, pero me detuve cuando vi su reacción de inocente enfado. Coloqué el arma en su posición inicial alrededor del cuello. Me puse delante. «Eres una mujer muy rara, Santa Ana. No entiendes nada de este mundo mío. ¿Sabes el perjuicio que me has causado?»
«Intentaba ayudar, Mr. Chico. Podíamos haber salido corriendo pero no lo hicimos cuando vimos que lo estabas pasando mal. Lo siento, pero ¿cómo podría saberlo?»
«¿Acaso solicité vuestra intervención?», dije retórico, aunque no lo sentía así. Me había bajado los humos otra vez. «Y deja de llamarme Mr. Chico, maldición. Llámame Chico o Arti.» Rebusqué de nuevo en mi cazadora y cogí unos estimulantes de la bolsa de drogas. El combate había sido tan duro como temía. Puse la cabeza entre mis rodillas y respiré profundamente hasta que me despejé. «Bien. Así está mejor. Veamos cómo estoy.» Examiné una de las heridas de mi hombro, retirando una lámina colocada sobre la piel. «Al menos has tenido la buena idea de untar estas cosas con coagulante.»
«Vi cómo lo hacía con Mr. Spinney hace una semana.»
«Perdona mientras me desnudo.» Me quité las ropas de combate y examiné las heridas que ella no había tocado. Abrió los ojos. Reí sonoramente. «¡Menuda enfermera estás hecha! ¡Tengo suerte de estar vivo contigo al lado.»
La hice un gesto. «Ven, haz algo útil por lo menos. Ayúdame a ponerme en la piel un poco de crema.» Saqué mi bolsa con las cremas curativas. «Vamos, mi piel no va a quemarte las manos. Este aceite alimentará a los pobres ácaros que han sobrevivido a tu desaguisado. Úntamelo por la espalda. Yo lo haré con el resto de mi cuerpo.» Reí con un poco de histerismo. El estimulante me estaba haciendo efecto.
«Te va a costar mucho estimularme sexualmente, muñeca Santa. No hace falta que te lo diga para que lo veas por ti misma. Comparto tu asco por esa especie de grosero acoplamiento.» Embadurné todo mi cuerpo de crema. Por suerte, los ácaros se multiplicaron adecuadamente en las correctas condiciones y pudieron continuar con su curativa obra. Sobre el resto de las heridas abiertas puse una cinta transparente para la piel con ácaros especiales. Mi cuerpo estaba cubierto de sangre seca, incluso mis narices; había perdido mucha. Mi pelo plástico estaba pegajoso. Me sentía débil, pero probablemente era a causa del esmufo; además, el estimulante se haría cargo de eso. Me vestí de nuevo.
«Volvamos a casa», dije. «¿Dónde está tu estrambótico amigo?»
«En la Plaza», dijo Santa Ana. «Ha estado caminando entre las ruinas durante horas. Parecía estar hechizado. Le dije que era peligroso, pero no me hizo caso.»
«Es un tío muy raro», dije. «No entiendo esa historia suya de la amnesia. No es un fallo en el ordenador. Está demasiado aturdido. Me inclino por una historia de drogas o un trauma de suicidio.»
Ana asintió. «Le ha sucedido algo horrible. Todavía necesita mi ayuda.»
«¿Cómo le hallaste?»
«La primera vez le encontré por la mañana temprano. Miraba la actuación del ballet de Telset. Siempre me han gustado los bailes. Es un poco pervertido, para mi gusto, pero tendré que acostumbrarme si pienso quedarme en Telset.»
«Muy liberal por tu parte.»
«Había tenido algunos problemas porque no llevaba máscara. Me hallaba parada tranquilamente en el borde de la multitud. Un hombre —Mr. Whitcomb— se puso a mi lado. Me di cuenta de que tampoco llevaba máscara, así que le sonreí, y él dijo: "Me encantaría, jovencita, que pudiera responderme a una pregunta: ¿son humanos la mayoría de esta gente?" Esas fueron sus palabras exactas. Creí que era una broma, pero parecía muy serio. Señaló a un hombre cercano a nosotros que tenía ocho patas y juró que era un extraterrestre. Dijo que el hombre había tratado de arrancarse la cara.»
«Las piernas mecánicas son muy normales en cualquier carnaval», objeté. «En realidad, están de moda. Probablemente, el hombre pensó que Whitcomb llevaba una careta con barba postiza.»
«Nos intercambiamos los nombres, y entonces me dijo que si tenía algo para beber. Dijo que le daba miedo preguntar a los participantes por comida o agua. Le di un poco de zumo. Parecía horriblemente sediento. Entonces comenzó a preguntarme un montón de cosas raras: que si era yo un corporativo, que si el Consejo de Directores estaba todavía activo en Telset. Parecía un poco desconcertado. Pero era muy correcto. Incluso afectuoso.»
«Ha perdido el rumbo», afirmé. «Será mejor que lo llevemos a mi casa antes de que se recobre. Money Manies adora los pequeños misterios como éste. Nada le complace más.»
Nos escurrimos en silencio por la Plaza Cascajo, dejando atrás el escondite de Ana. Encontramos enseguida a Whitcomb, estaba sentado tranquilamente sobre los muros derruidos de una pared, mirando la titánica estatua.
«Bien, joven ciudadano», dijo Whitcomb al verme. «De nuevo arriba ¿no? Estás hecho de fibra resistente. Me encantaría que pudieras decirme si ésta es la famosísima estatua de...»
«Moses Moses», dije.
«Sí, me lo imaginaba», dijo. Sonrió y comenzó a caminar. «Estoy a tu servicio.»
Los edificios de la Zona Descriminalizada, incluido el mío, eran los más viejos de Reveria. La mayoría de ellos fueron abandonados sin pesar; su peculiar desolación hace que los modernos reverianos los desprecien. Prefieren las casas abiertas, limpias o barrocas, trabajadas con materiales no nativos; como Muchas Mansiones, por ejemplo. Los edificios de la Zona fueron construidos por zumbadores orbitales, empleando las mismas técnicas que habían estado de moda durante la larga década de la Explotación de la Estrella de la Mañana.
En primer lugar, la isla de Telset fue achicharrada con láseres orbitales hasta hacerla estéril. Después aterrizaron las vainas orbitales, cargadas con zumbadores y materiales brutos. Las operaciones estaban dirigidas con las mismas técnicas de explotación que habían enriquecido a la Corporación de Reveria. Su objetivo era construir una ciudad capaz de albergar a cincuenta mil reverianos, más o menos la población de un anillo.
El resultado fue tan poco atrayente que la mayoría de los reverianos, que llevaban viviendo más de un siglo en sus anillos y los habían convertido en un lugar agradable y cómodo, decidieron simplemente permanecer en ellos. Podían ver todo lo que querían de la superficie del planeta desde sus zumbadores, que habían sido provistos de una unidad inteligente central y habían alcanzado un gran desarrollo durante los largos y difíciles años de la explotación minera.
Nosotros los reverianos no tenemos competidores en el manejo de los zumbadores; «zumbador» significa uno cualquiera de los diferentes tipos de mecanismos autopropulsados, pilotados a distancia. Aprendimos este arte de la manera más dura, explotando la minería de la hostil y carente de aire Estrella de la Mañana por control remoto. Cuando conquistamos Revería, nos dedicamos a usar nuestras habilidades en cientos de cosas útiles, tales como las cámaras flotantes que hacen posible mi estilo de vida, y los ejércitos de robots computerizados cuyas granjas orbitales y factorías nos enriquecen.
Muchos de los pioneros reverianos se biocontaminizaron, a causa de que, extrañamente, los protozoos de Reveria estaban increíblemente desarrollados. La bacteria más típica, por ejemplo, podía tener tres formas distintas: esférica, en varillas y espiral. Había cantidades enormes, pero también las había en anillo, en anillos espirales, en T, en cruz. Las había visto en el microscopio del Profesor Crossbow.
Los viejos edificios de la Zona fueron construidos entonces. Tenían sólidas puertas, sistemas de ventilación independientes y una ausencia total de adornos y mampostería donde pudiese amontonarse el polvo. Las paredes eran gruesas, desnudas y reforzadas con vigas de hierro (de una sola pieza, gracias a las explotaciones mineras). Las junturas y paredes estaban selladas increíblemente bien con láminas interiores metálicas; si era destruido el edificio, esto era lo último que quedaba.
Toda esta incomunicación del exterior resultó innecesaria cuando la computadora reveló que si se introducían cuidadosamente en el cuerpo ochenta y dos especies diferentes de bacterias reverianas, éstas nos suministrarían las vitaminas necesarias y las funciones digestivas, de la misma manera que mataban cualquier otra bacteria intrusa. Montar todo este ecosistema bacteriano era un proceso difícil, pero, una vez conseguido, se probó que ni tomando drogas podía estropearse. Los reverianos abandonaron gradualmente sus viejas construcciones. Cuando, en el Día del Zorro, fue destruido el Edificio del Presidente y muchos otros, el viejo Telset llegó a su fin. En el antiguo Telset ahora resuenan los ecos entre estructuras vacías, deshabitadas, hedonistas, como flores de piedra.
Pero yo soy un artista del combate. Amo estos viejos edificios hechos con zumbadores. Son como fortalezas. Mi casa, por ejemplo, es como un castillo. Tiene tres pisos, uno de ellos bajo tierra. Está oculto de los demás, lo cual me agrada. Tengo un jardín oculto entre los tejados. Un patio con pérgola donde tomo el sol. Sólo posee una puerta, pero he excavado pequeños agujeros en las paredes a manera de ventanas con cristales de cuarzo y pesadas contraventanas que disponen de alarmas visuales. Tengo generador propio, un pozo y un reciclador. Incluso he reparado el viejo sistema de ventilación y reforzado la estructura para un hipotético ataque con gas.
Tengo el lugar totalmente aislado, y mi computadora se hace cargo de las alarmas. Me siento seguro ante cualquier ataque, y creo haber tomado todas las precauciones necesarias; incluso algunas más en homenaje a mi paranoico Viejo Papá.
Pero nunca han sido puestas a prueba, hasta ahora.
Olí a gas lacrimógeno a una manzana de la casa. Eché a correr a pesar de los crujidos de mis piernas, que en otras circunstancias habrían sido gritos de dolor.
La mayoría del gas se había dispersado en la brisa nocturna, pero mis ojos chorreaban lágrimas cuando llegué a la puerta. Había sido forzada. Tenía restos de yeso en los bordes.
Cerré los conductos ocultos que disparaban los botes de gas. Puse tres dedos en los botones de entrada a la casa y tecleé el código de entrada.
Armitrage estaba todavía dentro. Se levantó del sofá inmediatamente, pero dejó caer su barra cuando me vio. «¡Estás vivo!», dijo. «¡Maldición, estás hecho papilla! ¡Pero estás vivo!»
Whitcomb y Santa Ana llegaron; Armitrage alzó su barra. «Vienen conmigo, Armitrage», dije.
Armitrage cerró la puerta con la punta de su barra y abrió los brazos, mostrando su camiseta bordada y sus hermosas mangas verdes. «Arti, juro que te abrazaría si no estuvieras empapado en tu propia sangre. Veo que has sido salvajemente castigado, seguro que ha sido una disputa de sangre. He estado aquí sentado, convencido que tu preciosa persona descansaba en el vientre de alguna raya.»
«Difícilmente», repliqué. «¿Qué ha pasado aquí? ¿Dónde está Quade? ¿Quién ha intentado entrar en mi casa?»
«Una por una.» Armitrage levantó la mano y comenzó a contar con los dedos.
«Primero, un grupo de hombres con ropajes multicolores se presentaron en la Zona e incendiaron tu palanquín. Le arrojaron algún tipo de líquido. Ardió de inmediato. Eso es lo que dicen los testigos. Segundo, tu guardiana fue raptada por los Clon en mitad de la muchedumbre. Pronunciaron tu nombre mientras se la llevaban. Así te cogieron, ¿verdad? Reconozco los impactos de sus cadenas.»
Levanté la mano. «Me avisaste. Lo reconozco. Me avisaste.»
«Tercero, alguien intentó entrar en tu casa, pero las alarmas me avisaron, despertándome de un profundo sueño. No hay más respuestas. Llegué tan pronto como pude pero no conseguí ver a nadie. En cierta manera, no pude ver nada a causa de tus malditos gases lacrimógenos.»
«Lo siento, Trage».
«Está bien», dijo. «De cualquier forma, te mentí en lo de profundamente dormido. Estaba aburrido.»
«¿Cuánto hace que estás aquí?»
«Más o menos una hora y media. Ha sido una pelma. Tu Viejo Papá ha estado yendo y viniendo de aquí para allá.»
«Sí, siempre lo hace cuando salta el sistema de alarma», aclaré. «Incluso durante los entrenamientos. Mierda, esperaba encontrar a Quade aquí. ¡En lugar de eso, soy atacado en todos los frentes! ¡Es una crisis!», dudé. «Podéis conversar entre los tres mientras me limpio las heridas y me doy un baño caliente. Armitrage, te presento a mis amigos, Santa Ana y Mr. Whitcomb. Ya sabes dónde está todo... bebidas, drogas, aperitivos, vídeos...» Me quedé quieto en el umbral mientras mi Viejo Papá paseaba alerta por la habitación, mirando a todos lados con ojos duros y relampagueantes. «¡Estamos siendo atacados, no es hora de absurdas medidas!», bramó.
«¡Bien!», exclamé. «Santa Ana, Mr. Whitcomb: mi padre, Rominuald Tanglin. Papá, entretenlos un poco ¿quieres?» Me mofé cuando vi que Santa Ana se ponía blanca y se agarraba al borde del sofá en busca de apoyo.
Dejé la habitación y subí al baño, vaciando la bañera una y otra vez hasta que el agua dejó de manar roja de sangre. Me lavé el pelo, me puse vendas nuevas y examiné las heridas que ahora bullían de ácaros. Me cosí temporalmente las heridas más grandes. Después me vestí con mis ropas de combate de repuesto y me calcé unas cómodas zapatillas. Volví con mis amigos.
Armitrage hablaba con Santa Ana, que miraba sin cesar el holograma de Tanglin. Whitcomb permanecía en una esquina escuchando las palabras grabadas de Tanglin y con un vaso en la mano. De pronto me di cuenta que Whitcomb creía que Tanglin era real.
«Ya estoy preparado para entrar en acción», dije enérgicamente. Ana parecía asombrada. «El estilo es un arma», expliqué. «No permito nunca que mis enemigos se burlen de mi estilo. Sería como tener dos tercios ya perdidos. Al menos, eso es lo que mi Viejo Papá me dice siempre, ¿no es así, viejo?» Me acerqué al holograma y puse mi mano en su torso. Desapareció. Whitcomb abrió los ojos.
«Ana me ha dicho de qué forma fuiste traicionado por Cerebro», dijo Armitrage. «Vamos a tu habitación un momento para discutir una estrategia.»
«De acuerdo», contesté. Dejamos a Santa Ana y Whitcomb y nos metimos en el cuarto de vídeos que estaba insonorizado. Armitrage cerró la puerta.
«¿Quiénes son esos dos tíos?», preguntó.
«¿Quieres decir Santa Ana y Whitcomb? Son inofensivos.» Reí. «Los dos están bordeando la línea entre la locura y la realidad. Ana de Niwlind y Whitcomb... no tengo ni idea de dónde es. Pero me gusta. ¿A ti no?»
«Me gusta la mujer», dijo Armitrage. «¿Qué tiene que ver con tu Viejo Papá?»
«Le conoció en Niwlind. Era su ídolo, o algo así. ¿Piensas realmente que es atractiva, Trage?»
«Cualquiera que lleve esas ropas y que luzca tan bien es algo más que atractiva», replicó. «Es una rompecorazones. Incluso un ciego envidiaría la forma en que miraba a Tanglin. Y en cuanto a ese hombre... Whitcomb, presiento que está detrás de todos tus problemas.»
«¿El? ¿Crees que es Rojo? ¿Qué motivo puede tener? Nunca le había visto antes.»
«¿Estás seguro. Chico? Me parece alguien familiar. Estoy por jurar que le he visto en algún vídeo.»
«Bueno... al menos está donde puede ser vigilado. Esto ha ido demasiado lejos. Me siento mejor, bastante herido como para estar un poco dramático, pero no derrotado. Voy a llamar a Money Manies y a Factor Escalofrío. Intentaré que algunos de los del Grupo se me unan para enfrentarme a Rojo. Manies se encargará de darnos dinero, así podré enfrentarme a Rojo en idénticas condiciones.»
«Déjalo de mi cuenta», afirmó Armitrage. «Va a ser el mayor acontecimiento artístico del año. Necesitarás mi ayuda.»
«¿Eres barato?»
«No, pero puedes confiar en mí.»
«Algo es algo.» Volvimos al cuarto de estar y encendí el comunicador. Intenté llamar a Manies. Había mucha estática, pero al final apareció una imagen.
Era un arco iris circular, envolviendo un mazo de seis flechas.
«¿Qué demonios es eso?», dijo Armitrage. «Parece una carta de ajuste.»
Seleccioné otros canales. «Está en todas partes», dije asombrado. «¡Alguien ha manipulado mi instalación eléctrica! ¡Es un insulto! ¡Maldición, no puedo creer que ningún reveriano haya caído tan bajo!» Miré sospechosamente a Whitcomb, pero parecía tan confundido como nosotros.
«Bien, esto prende la llama», dije. «Ahora mismo voy a ir a Muchas Mansiones a hablarle de tú a tú a mi patrón.» Mi pelo se había erizado; miré fieramente a mis compañeros.
«Iré contigo», dijo Armitrage. «Estos dos pueden quedarse a salvo aquí.» Abrió la puerta.
Había cuatro hombres y una mujer en una callejuela cercana. Los hombres llevaban unas máscaras simples ceñidas a los ojos y vestían unos sencillos bodis. Uno iba de rojo, otro de amarillo, otro de naranja y otro de azul. La mujer era Quade Altman. Estaba amordazada. Dos de los hombres la sujetaban por los brazos.
«Esos deben ser los que quemaron el palanquín», dijo tranquilamente Armitrage. Cerró la puerta.
«Y tienen como rehén a mi sirvienta», dije. «Armitrage, ¿sabes dónde está mi rifle? Siempre has sido mejor tirador que yo.»
«No voy a dispararles», protestó. «¡No es legal!»
«¡No he dicho eso! ¡Simplemente sube al tejado y vigila mientras yo salgo a ver qué quieren!»
Armitrage asintió. «Deja que les hable», dijo Ana. «Seré tu mediador; no van a herirme.»
La miré fríamente. «¡Si tratas de entrometerte de nuevo voy a rasgarte los pechos! ¡Siéntate de nuevo y cierra el pico!»
Dejé la puerta entreabierta y mandé dos de mis cámaras fuera. «¿Cómo preferís degustar mi gas lacrimógeno, bellacos descarriados?»
La figura roja se puso un megáfono en los labios. «No pretendas irritarnos más», dijo, mientras los ecos se perdían en la soledad de la noche como las voces de un dios. «La resistencia es inútil. ¡El poder de todo el planeta está tras nosotros!»
Retrocedí mientras los demás miraban al exterior. «¿De qué está hablando? ¿Acaso estoy tratando con un megalómano loco?»
«¿Por qué están vestidos así?», preguntó Whitcomb. «Rojo, naranja, amarillo y azul. ¿No son un poco feos esos colores tan brillantes?»
Santa Ana dijo: «Mr. Nimrod nos dijo que a los miembros de Cabal se los distinguía por los colores. ¿Recuerdas, Mr. Chico?»
«Recuerdo», asentí. «Pero ¿qué demonios quiere Cabal de mí? No soy un político. Ni tan siquiera rico, con respecto a los cánones de los plutócratas.»
«No debes gustarles mucho», dijo Santa Ana. «Después de todo, los calificaste como una banda de asesinos sangrientos. Dijiste que eran como una espina en la garganta de la cultura humana.»
«No dije nada de eso», repliqué. «Era a la Academia a la que insultaba, no a Cabal. ¡Espera! ¡La Academia!» Me apreté la cabeza y sentí una punzada de dolor; era el momento de tomar un poco más de esmufo.
Salí de nuevo. «¡Eh, vosotros! ¡El vejestorio impotente de colorado! ¡Te ofrezco dos posibilidades! Deja en paz a mi sirvienta y podrás irte; o dime tu nombre para poder retarte de acuerdo a las normas.»
«No estás en posición de exigir nada», dijo la voz suave y amplificada. «Sin embargo, ya que tus malos modos han sido apropiadamente castigados, estamos dispuestos a ser magnánimos. ¡Nos conformaremos con que nos des el anciano de negro que está contigo a cambio de tu sirvienta!»
«Ya me suponía que iba a pasar algo así», dijo Whitcomb tranquilamente.
«¡No me fío!», grité. «Una explosión atraerá a todos los artistas de la Zona. ¡Ellos se encargarán de haceros trizas!»
«¡Testarudo Chico! ¡Nos fuerzas a esto!» Rojo levantó la mano y arrancó de golpe la mordaza de la boca de Quade. De pronto, un callado y horrible lamento surgió de su garganta. Era impronunciable, impensable, como el grito de un animal. Nunca había oído tal sonido de dolor. La furia se apoderó de mi. Salté el umbral de la puerta y corrí hacia ellos, gruñendo.
De repente, como venida de ningún sitio, el hombre de azul sacó una pistola. Ni tan siquiera la había visto. Fue una suerte que cayese por culpa de mi rodilla herida; en ese momento se escuchó una detonación tras de mí, en la puerta, que hizo que ésta se abriese un poco más.
Mis enemigos decidieron atacar en ese momento. Armitrage disparó al hombre de azul, que sujetaba a Quade por su brazo izquierdo; cayó al suelo gritando y los demás se dispersaron mientras pedía ayuda. Me puse de nuevo en pie y agarré a Quade por el brazo mientras gritaba asustada, arrastrándola dentro de la casa. Se oyó otro disparo efectuado desde el tejado e inmediatamente un segundo grito.
Una vez dentro de la casa, Quade perdió el habla y comenzó a estremecerse convulsivamente. La mirada atormentada que revelaban sus abiertos ojos me llenó de una furia salvaje. Me arrojé por la puerta y cogí mi nunchako, dispuesto a matar a alguno de los hombres embozados, pero ya se habían dispersado por entre los recovecos de la Zona. Volví dentro, dando un portazo, mientras gruñía lleno de rabia y furor.
Armitrage bajó saltando los escalones, bailando de alegría. «¿No fue un buen tiro?» Se desprendió del rifle y abrazó a Quade. «¡Eres libre, mi preciosa amiga! Sonríe, no llores de alegría...» Su voz decayó; la soltó de pronto, como si hubiese estado abrazando un cuerpo vacío. «¡Por Dios, mira su cabeza! ¡Mira sus brazos y sus piernas!»
Con esfuerzo, conseguimos reclinar a Quade en el sofá. Tenía media docena de pinchazos en su cuero cabelludo y unas feas marcas rojas en sus brazos y piernas. «Son marcas de quemaduras», dije estúpidamente. «Dios mío, ha sido torturada.» La sacudí suavemente. «¿Quién puede ser capaz de hacerte esto, mi pequeña inocente?»
Algo en el tono de mi voz pareció impactarla. Abrió los ojos, mostrando las pupilas blancas con un toque amarillo, y volvió a gritar. Entonces entró en trance, perdiendo toda coordinación. Armitrage y yo la sujetamos, administrándole un poco de esmufo en la boca. Pronto dejó de gritar.
«Debe estar bajo los efectos de un shock», dije.
Armitrage negó con la cabeza. «Me temo que no, Arti. Mírala a los ojos. ¿Qué piensas?»
«¿Te refieres al color amarillento? A veces. No sé por qué.»
«Yo sí. Es una adicta a la sincofina y está bajo el síndrome de abstinencia . No sé dónde puede conseguirla. Ya no se vende. Debe haber encontrado algún tipo de sustitutivo, pero ahora está con el síndrome.»
«¿Por qué no le preguntamos dónde guarda la droga y le damos un poco?»
«Mira. Mira estos pinchazos en su cuero cabelludo. La han quitado la memoria. Estás frente a otra persona.»
«¡Pero eso es un asesinato!» Estreché el desgarbado cuerpo de Quade con mis brazos; era como una tabla. Las lágrimas impregnaron mis ojos. «¡Prometí protegerla! Le di un hogar. ¡Era mía! ¿Cómo han podido quitármela? ¡Afrenta de sangre! ¡Eso es! ¡Declaro una afrenta de sangre! ¡Profesor Angélico, considérate hombre muerto!»
Ana me miró, asustada, mientras acunaba la cabeza de Quade. «¿Profesor Angélico?»
«Sí», grité excitado. «Estoy seguro que era el que iba de rojo. Reconocí su voz y la manera de moverse. Voy a matarle. ¿Me ayudas, Armitrage?»
«Claro. ¿Quién es?» Después de contarle todo, Armitrage dijo: «¿Si no pertenece a Cabal, de dónde sacó esos sujetos que le acompañaban? Esos hombres no tienen pinta de trabajar por la cara. Sin embargo, Cabal está cargado de dinero. Al menos deben estar a su cargo, de otra forma no llevarían esa librea. No me gusta, Chico. No me importaría devanarle los sesos al Profesor, donde quiera que esté. Pero el gobierno planetario... esos están un poco por encima de las peleas con palos y cadenas. Volaron el Edificio del Presidente. Asesinaron a los miembros de Consejo de Directores. Asesinaron a Moses Moses.»
Whitcomb preguntó: «¿Es Cabal el gobierno del planeta?» Asentimos, asombrados de su ignorancia. «¿Asesinaron a Moses Moses?» Asentimos otra vez. «Todo esto es nuevo para mí», respondió Whitcomb. «Yo soy Moses Moses.»
Moses Moses aprovechó nuestro atónito silencio para explicarse. Su adornado ataúd gritante del Edificio del Presidente contenía un doble; el previsor Moses había escondido su verdadero ataúd gritante en un santuario secreto bajo el edificio, fuertemente armado y automatizado. Precisamente en el día de hoy, la fecha señalada, había vuelto a la vida, se había vestido por sí solo y caminado entre los escombros. Esto explicaba la senda despejada que había en la base de la estatua. «Fue una suerte que no construyeran la estatua veinte pasos más allá», dijo.
«¿Eres Moses Moses?», dije al fin. «Siempre había imaginado que sería un poco más... grande. Más mítico, o algo así.»
«Lo siento, pero sólo soy carne y sangre», dijo Moses Moses con una sonrisa. «Esperaba un mundo diferente cuando despertase, pero te aseguro que jamás me imaginé uno como éste. Pensaba que al menos alguien iba a recibirme. Nunca supuse que el centro de mi ciudad sería un montón de escombros.» Suspiró. «Es horrible. No reconozco nada. Y, sin embargo, posiblemente yo sea reconocido. He sido filmado por las cámaras de los hombres que te golpearon, Chico Artificial. Su jefe debe haberme reconocido. Debe haber intentado encontrarme por mediación tuya, incluso ha torturado a tu guardiana, tratando de sacarle información de las defensas de tu casa. Pero debe haberte sido fiel. De otra manera estaríamos muertos, estoy seguro. No tienen escrúpulos. No te quepa duda que estarán aguardándonos para liquidarnos.»
«Sí», afirmé. «Cabal no puede permitir que vivas. Debes ser el fantasma que menos quisieran ver. Eres un héroe, el Fundador de la Corporación. Maldita sea, en Revería eres la cosa más parecida a un dios.»
«Creo que me resultas familiar», afirmó Armitrage pensativo. «Perdona, pero... bien... ¿puedo estrecharte la mano? Siempre has sido mi ídolo.» Se estrecharon las manos con solemnidad. Armitrage se miró la palma como si esperase ver relucir una especie de aura. «Guau», gritó. «Es realmente un privilegio inesperado.»
Excepto la pobre Quade, todos estrechamos su mano. El viejo ritual nos hizo sentir mejor.
«Deberíamos irnos», dijo Armitrage. «Van a volver, y nos matarán, o nos lavarán el cerebro, si nos encuentran. Esos aparatos lavacerebros portátiles son horrorosos. Ya visteis lo que le han hecho a Quade. Cabal protege sus secretos.»
«Sí, pero debemos dejar a Quade al cuidado de alguien», respondí. Miré a Armitrage. «Eres el único de nosotros que todavía no han visto. Lleva a Quade a Conocimiento Disonante. Factor Escalofrío se encargará de ella. Además, es el único en el que puedo confiar.»
«¿Cuánto debo decirle?», preguntó Armitrage.
Fruncí el ceño. «Lo dejo de tu criterio. Voy a ir con estos dos a la casa de Money Manies. Es la única persona que conozco que puede luchar contra Cabal con los mismos medios.» Miré a Santa Ana. «Es nuestra única esperanza. Ahora que hemos visto a Moses Moses, nuestras vidas están en juego, no podemos hacer más.»
«Pero el Profesor Angélico insinuó que el mismo Manies era pro-Cabal.» Objetó Santa Ana. «¿Por qué no salimos a las calles y anunciamos simplemente que Moses Moses ha vuelto de nuevo? Pronto tendremos una multitud de seguidores a nuestro alrededor y entre todos resolveremos qué es lo que hay que hacer. Además, tenemos la verdad de nuestra parte. Cabal son unos usurpadores. No debemos escondernos en la oscuridad como ellos. Debemos hacernos ver.»
«Tal vez, pero no en mitad de la Zona Descriminalizada», objeté. «Están armados y pueden tener explosivos. Además, debemos proclamarlo al mundo entero, y no a un pequeño grupo. De otra manera, nos matarían y afirmarían que la Segunda Venida era una patraña. Necesitamos una película de vídeo, proyectarla para seis millones de reverianos a la vez. De esta forma no podrían pararnos. Money Manies puede ayudarnos. El tiene acceso a más canales que cualquier otro reveriano de Telset. Necesitamos su ayuda, o no sobreviviremos. Armitrage, sube al desván y consíguenos infrarrojos mientras examino a Quade. Coge también todo mi esmufo. Ya sabes dónde lo guardo.»
Me hubiese gustado llevarme el rifle, pero habría sido una causa más para llamar la atención. De cualquier forma, aún tenía mi nunchako. Mis brazos y piernas estaban entumecidos, de color púrpura y azul y cubiertas de ácaros. Ardían si las tocabas. El cuerpo tenía sus propios mecanismos de defensa y necesitaba que lo dejasen descansar. Pero no había tiempo.
Mientras me ocupaba de Quade, Santa Ana y Armitrage ponían al corriente a Moses Moses de lo que había ocurrido durante los últimos cuatrocientos veinticinco años, una charla que, evidentemente, iba a llevarles un montón de tiempo. Gesticulaban excitados, sacudían la cabeza y las manos, y se interrumpían constantemente. Todos tenían infrarrojos. Ana y Moses Moses se habían puesto un par de mis gafas para fiestas de noche, con frívolos adornos que les sentaban realmente mal. Armitrage sujetaba a Quade por el brazo; era alto y la punta de su cabeza le llegaba casi hasta el hombro de ella. Me puse mis gafas y, de inmediato, todo se tornó blanco, negro y reluciente. «¿Listos?», dije. Nos pusimos en marcha.
11.6.11
El chico artificial cap.3
Capitulo II
de Bruce Sterling
III
AHORA sólo me quedaba una semana para prepararme para el carnaval, ciertamente muy poco tiempo para una persona de mi posición. La mayor parte del tiempo disfrutaba de un estatus de manipulación, ¿qué reveriano no lo hace?, pero había veces que la interminable minuciosidad y los pequeños altercados me ponían enfermo; éste era uno de ellos. Sentía que me envejecían antes de tiempo.
El joven puede competir con el viejo en los juegos de dominación; el viejo tiene mayor ventaja en su control y experiencia, en el conocimiento de la motivación humana. Pero, gracias a la lucha artística y a la Zona Descriminalizada, el joven tiene ahora sus propias armas y sus propias reglas de comportamiento. En parte, y en muchos sentidos, este sistema ha llegado a ser un microcosmos dentro del vasto mundo exterior. Pero en nuestro microcosmos, el joven tiene al menos una posibilidad de luchar; en el mundo exterior, te tienes que resignar a cientos de años de amigable, gentil y delicada esclavitud.
En este pequeño mundo, yo soy un hombre respetado. Naturalmente, tengo mi pequeño clan de adeptos, el Frente Joven Artificial. Yo mismo restringí el número a doce, y la competencia para entrar fue muy dura, especialmente desde que decidí no golpear a los adeptos si ellos no lo deseaban.
de Bruce Sterling
III
AHORA sólo me quedaba una semana para prepararme para el carnaval, ciertamente muy poco tiempo para una persona de mi posición. La mayor parte del tiempo disfrutaba de un estatus de manipulación, ¿qué reveriano no lo hace?, pero había veces que la interminable minuciosidad y los pequeños altercados me ponían enfermo; éste era uno de ellos. Sentía que me envejecían antes de tiempo.
El joven puede competir con el viejo en los juegos de dominación; el viejo tiene mayor ventaja en su control y experiencia, en el conocimiento de la motivación humana. Pero, gracias a la lucha artística y a la Zona Descriminalizada, el joven tiene ahora sus propias armas y sus propias reglas de comportamiento. En parte, y en muchos sentidos, este sistema ha llegado a ser un microcosmos dentro del vasto mundo exterior. Pero en nuestro microcosmos, el joven tiene al menos una posibilidad de luchar; en el mundo exterior, te tienes que resignar a cientos de años de amigable, gentil y delicada esclavitud.
En este pequeño mundo, yo soy un hombre respetado. Naturalmente, tengo mi pequeño clan de adeptos, el Frente Joven Artificial. Yo mismo restringí el número a doce, y la competencia para entrar fue muy dura, especialmente desde que decidí no golpear a los adeptos si ellos no lo deseaban.
27.11.10
El chico artificial cap.2
Capitulo I
de Bruce Sterling
II
HACIA la tercera hora antes del amanecer me hallaba en la zona más norteña de la isla, en Muchas Mansiones, el desgarbado habitáculo de piedra de mi amigo y patrón, Mr. Manies. Me fascinaba el vigor de mi amigo, su gusto por la vida en esos parajes agrestes. Como siempre, su preciosa casita a la orilla del mar estaba frecuentada por toda clase de sirvientes, huéspedes, clientes, aduladores y sicofantes, pornoestrellas en alza y ambiciosos productores de vídeo; por no mencionar esas rarezas incalificables: animales domésticos alterados, los productos híbridos y mutantes de Manies, una variopinta muestra de terrarios y acuarios, grotescos hologramas vagabundos y un huésped, al menos, alienígena. A pesar de todo, sus famosísimos desayunos eran un relajo para él. Se le veía tranquilo y a gusto mientras cumplía sus obligaciones de anfitrión.
En total éramos cinco, lo habitual. Un grupo heterogéneo. Alruddin Spinney, el poeta, y Rufián Jack, el explorador, eran bastante conocidos y dos de los mejores amigos de Manies. Sin embargo, jamás había visto al Profesor Angélico de la Academia ni a Santa Ana Dos Veces Nacida, una refugiada política de Niwlind. Ambos habían bajado poco antes al planeta después de un largo y tedioso proceso de descontaminación en uno de los anillos orbitales.
Spinney era grande, corpulento, con una nuez de adán prominente y un pelo rojo y ensortijado. Tenía un aire de pacífica melancolía y sacaba frecuentemente de su bolsillo un trozo de carne roja que ofrecía a su mascota, una mantis verdosa de grandes patas, un pequeño monstruo que le seguía a todas partes. La mantis aceptaba el presente con la misma displicencia que su dueño, después comenzaba a mordisquear, respirando audiblemente por unos espiráculos tan grandes como mis dedos.
«La estrella de la mañana está preciosa esta noche ¿verdad?», dijo Rufián Jack mientras miraba desde la terraza la suave superficie coralina del mar. «¿Os he hablado alguna vez de cuando estuve allí?»
«Anda, ven». Money Manies reía. La conversación era su elemento. «Minamos esa estrella hace cuatrocientos años. No somos tontos. Quieres mofarte de nosotros con esas tonterías tuyas acerca de tu gran longevidad.»
«¿Quién ha dicho cuatrocientos años?», saltó Jack. «Estuve allí hace cincuenta. En mis años de flotante, ya sabes. Las últimas detonaciones fundieron su corteza, de ahí su alto albedo.» Rufián Jack me caía bien; podía haber sido un buen luchador. Se le podía perdonar su constante manía de mentir.
«Mr. Spinney», dijo el Profesor Angélico con su voz pedante y profunda, «¿está seguro que ese artrópodo ha sido también convenientemente descontaminizado? ¿Puedo preguntarle su área de origen? ¿Es acaso esa zona continental que nosotros llamamos familiarmente la Masa?»
«No sé, señor», dijo Spinney diplomático, dando palmadas a su animalito en el sólido caparazón transparente que cubría su enorme ojo compuesto. «El mar le había arrojado a los corales y se hallaba medio ahogado. De cualquier modo, le puedo asegurar que jamás he tenido curiosidad por sus gustos de la fauna bacteriana, si es a eso a lo que se refiere.»
«¿Cuál es su relación con la Masa?», preguntó Manies interesado.
«¿Mi relación? ¿Mi relación?», cortó Angélico. Parecía irritado; una de sus tres cámaras se aproximó, tomando un primer plano de rostro picado y sin color. «Soy un estudioso, señor. Me he doctorado en microbiología y sé algo de la epidemiología bacteriana. La Masa es la zona con el mayor grado de microorganismos del mundo, casi todos potencialmente hostiles al hombre. Y los insectos son los transmisores habituales de esas formas de vida.»
Spinney, sorprendido y envarado, puso un brazo protector sobre las verdosas articulaciones de su mascota. La mantis, cuyas mandíbulas trabajaban incansables, torció su delgado cuello para enfocar con uno de sus ojos compuestos al Profesor. Manies y Rufián Jack prorrumpieron en risas; incluso Santa Ana Dos Veces Nacida se permitió una breve sonrisa. «No causará problemas, Profesor», dijo Rufián Jack. «Mis investigaciones particulares me han demostrado que ésta especie de mantis es oriunda del extremo más oriental de Aeo. Fíjate en el moteado de sus articulaciones. Estamos completamente a salvo.»
«Es cierto, señor», dijo Angélico, visiblemente sorprendido por sus risas. «¿Acaso posee algún título académico?»
Rufián Jack frunció el ceño. «Soy un explorador», dijo con brusquedad. «Hasta la Academia necesita quien les informe.»
«Desde luego, Profesor», dijo Manies con voz seria. «Todos los aquí reunidos somos gente instruida y presiento que nos ha subestimado. Mi buen amigo Nimrod ha clasificado muchos especímenes de la fauna reveriana, aun a riesgo de su propia vida.» Las seis cámaras de Manies flotaron alrededor de Rufián Jack, encuadrándole; éste recobró su buen humor inmediatamente. «Mr. Spinney es un notable explorador y un distinguido poeta. Mi joven amigo, el Chico Artificial, ha escrito jugosos artículo sobre las armas de cadenas metálicas en la Revista de Brincología de Reveria y es uno de los mejores programadores de cámaras de nuestro planeta. Sería impertinente por mi parte que contara mis propios méritos, sólo diré que soy el autor del libro Teoría de Análisis Químico de la Clase Política, Santa Dos Veces Nacida es todavía extraña en nuestras costas pero estoy seguro que es tan inteligente como bonita. Y aquí está el desayuno.»
Dejamos el mirador y nos situamos alrededor de una mesa oval de madera. El programador de comida de Manies, Mr. Quizein, atravesó la puerta en su servosilla con los aperitivos. Quizein no podía levantarse de su silla hasta que las piernas no le crecieran de nuevo. Las había perdido recientemente al ser atacado por una raya mientras nadaba en los arrecifes. «Hola Quizein», dije. «No te dejas ver mucho últimamente.»
Quizein me ignoró mientras servía las entradas, almejas del tamaño de dedos con salsa roja. Cogí una con mis palillos. Estaba deliciosa.
Santa Ana no hizo ademán de comer, permanecía frente a mí con una expresión confundida en su ancho, pecoso rostro. Yo tenía una cámara siguiéndola. Money Manies, a cuyos ojos alertas y saltones no se le escapaban nada, dijo: «Mi querida Santa Ana, ¿acaso detecto síntomas de nostalgia en tu preciosa cara? Has pasado dos años en un anillo y todavía recuerdas tu tierra. Dinos qué es lo que te ha traído aquí. ¿Qué fuerza de Niwlind ha provocado tu exilio?»
Santa Ana se irguió con un gesto automático, barriendo los invisibles, oscuros miedos que se agazapaban tras ella. Dijo suavemente: «Sigo la senda de la justicia donde quiera me lleve. Si es a Revería, mejor. En Niwlind me dijeron que Revería es una especie de paraíso, que nadie tiene que trabajar y que el gobierno es una plutocracia invisible. Pero ahora creo que aquí hay mucho que hacer. Es verdad, Mr. Manies, añoro a mis pobres compañeros. Mi gobierno ha completado su policía genocídica y ha exterminado mi rebaño. Me hubiese gustado poder hacer más por ellos. Esa es la causa de mi melancolía.»
Manies dijo: «¿Te consideras entonces como una bienhechora de nuestro universo?» Ella movió la cabeza afirmativamente. Manies siguió: «Siempre he encontrado muy interesantes esa clase de doctrinas. Dinos algo más de tu obra. Está relacionada con especies alienígenas, ¿no es cierto? Esos que se llaman a sí mismos grazna-páramos, unas aves gigantes incapaces de volar ¿verdad? Y tú crees que son inteligentes, estás convencida que tienen un alma intangible, esencia, ánimo ¿No es así?»
Santa Ana tocó de nuevo las plumas de su pelo. «Eso dice mi corazón», dijo. «Y admito libremente que son, sin duda alguna, tan inteligentes como los humanos; pero tienen otro lugar en la esencia del universo. Es por esto por lo que he organizado conferencias para proteger su ecosistema. Nuestro gobierno es insensible y brutal y muchos de mis seguidores se vieron obligados a emplear métodos violentos. Yo fui arrestada y condenada. Se me mandó al exilio, y aquí estoy.»
Manies dijo: «¡Fascinante! Presumo que la mayoría de tus conciudadanos de Niwlind no comulgaban con tus ideas.»
«Cierto», dijo Santa Ana. «Los grazna no tienen lenguaje, o eso dicen. No tienen manos, ni utensilios, ni historia, ni arte. Se comen a los enfermos o mutilados —a menudo se producen estampidas— y atacan por igual a animales domésticos como a presas salvajes. Son irascibles, rugosos, feos. Oh, dicen muchas cosas poco halagüeñas.»
«Todas ciertas, entiendo», dijo Alruddin Spinney, haciendo una pausa para dar a su mantis una almeja.
«Sí», dijo Santa Ana. «Pero nunca han vivido con ellos en los páramos. Nunca les han visto danzar.»
«¿Te importaría decirme porqué esta amistad con los grazna-páramos?», preguntó Manies. «¿El porqué de esta curiosa inclinación?»
«¿Todas las formas de vida son sagradas?», dijo Santa Ana. «Sentí la llamada y la hice caso.»
«¿Cómo te preparaste para esa llamada? ¿Con un largo período de celibato?» Afirmó de nuevo. Los ojos de Manies brillaron. «¿Presumo que posees un aparato reproductor en perfecto estado?» Esta vez el movimiento afirmativo tardó un poco más.
«Suele pasar, y así lo demuestra mi experiencia», dijo Manies con un gesto impreciso. «Sugiero, querida Santa Ana, que tu altruismo y tu falta de sexualidad están íntimamente relacionados. Te felicito por tu hábil manipulación de ti misma.» Se comió otra almeja.
«Eso no es cierto», dijo Santa Ana. «Es verdad que he tratado de purificarme con la abstinencia, pero lo mejor de mí subsiste después de todo.»
«¿Tú crees?», dijo Manies. «Inténtalo. Deja que veamos cuanto de ti es innato y cuanto cultural; cuanto crece en ti sano y vigoroso y cuanto es modelado por los demás como un bonsai. Déjanos borrar todo vestigio de tu antidisciplina sexual. Mis pornoestrellas son seguramente las más hábiles de toda la humanidad. Podemos destruir tus miedos sexuales con drogas, querida Santa Ana; y después podrás volar como una gata salvaje entre sus recovecos. Te puedo asegurar que te va a encantar el cambio. Muchas mujeres son capaces de hacerse esclavas sólo para probarlo, pero yo te lo ofrezco a ti, libremente, con espíritu hedonista. Después podremos averiguar cuantos de tus miedos permanecen y qué queda de tu firmeza. ¿Te atreverías a embarcarte en ese viaje de exploración?»
Santa Ana dudó. Finalmente dijo: «Pienso que no pretende hacerme daño, Mr. Manies; así que controlaré mi enfado y mi repulsa. Espero que no vuelva a hacerme una oferta semejante de nuevo.»
Manies dijo sorprendido: «No he querido ofenderla, mi ofrecimiento era sincero y basado en una curiosidad meramente antropológica. ¿No es así, Jack?»
«Claro, claro», dijo Rufián Jack jugando indolentemente con el borde del mostacho. «Las aptitudes sexuales de Niwlind son fascinantes. Y si no, escuchad la siguiente historia que yo atestiguo personalmente», y empezó a contarnos una larga y bastante poco probable mentira que no acabó hasta que Quizein recogió los platos del aperitivo y nos dejó con unos cuencos de arroz con setas fritos con la sabrosa carne de los cangrejos de arena. Desde lejos nos llegó el brillante destello de la detonación de una isla flotante en algún lugar sobre el continente; escuchamos su profundo estallido.
«Es nuestra respuesta a la decadencia que dio a nuestra iglesia sus poderes morales», dijo Santa Ana. «Siempre he luchado en contra, y creo que éste mundo también necesita una profunda limpieza.»
«Necesitas un sitio donde poder llevar a cabo tu tarea», dijo Manies hospitalariamente. «¿Puedo ofrecerte mi casa? Advertiré a mis numerosos amigos y huéspedes acerca de tus hábitos; estoy seguro que harán un esfuerzo por no ofenderte.»
«No, gracias», dijo la santa. «Quiero ver ese pozo inmundo de depravación: la Zona Descriminalizada. He visto cintas de lo que sucede allí durante mi período de descontaminación. Creo que seré más necesaria allí.»
«¡Estás bromeando!», dije. «Porque tú, pequeña boba, vas a ser golpeada y violada antes de que des veinte pasos. La Zona es la Zona; no es un campo de juego para estúpidos y fanáticos locos.»
«Ahora sé dónde te he visto antes», dijo. «Reconozco tu voz. ¡Tú eres ese pequeño sujeto con la cabeza encrespada que golpeaba a esa mujer enorme y vociferante!»
«¿Has visto mi lucha con Chillona?», dije. «Entonces me has visto ganar. Me fracturó la espinilla, pero tan sólo eso. Ya está casi curada. Mira.» Puse mi pierna encima de la mesa y me quité los vendajes plásticos. No estaba vestido con mis ropas de combate, por lo tanto, había tardado en reconocerme.
«Ese artilugio alrededor de tu cuello», dijo. «Es exactamente igual que el que el Secretario Tanglin solía llevar para ejercitarse. ¡Incluso miras como él!»
Me sorprendí de su referencia a Tanglin. Me puse en guardia, entorné los ojos. «Soy su hijo», dije lentamente, recurriendo a la mentira. «Vino a Reveria hace treinta años.»
«¡Es horrible!», dijo tristemente. ¡Pensar que los huesos y la sangre de Rominuald han sido reducidos a esto! ¡Que lástima que haya muerto y que haya sido incapaz de elevarte, de darte algo de su excelente moral!», sacudió la cabeza. «Me das pena.»
Esto hizo que me enfadara. Un pequeño escalofrío en la parte trasera de mi cuello envió una corriente de electricidad estática a las terminales plastificadas de mi cabello. Esto hizo que se me erizase de inmediato. Manies, Spinney y Rufián Jack echaron para atrás sus sillas y se prepararon para retirarse. Mis cámaras se activaron y comenzaron a flotar en posición de combate sobre mí. «¿Qué sabes de Rominuald Tanglin?», dije.
«¡El Secretario Tanglin era mi ídolo!» dijo. «¡Era un gran líder, un gran hombre! Al menos, así era hasta que su esposa le destruyó deliberadamente y le volvió loco. ¡Hizo más por los grazna-páramos que cualquier otro hombre viviente!»
De repente, el Profesor Angélico, que había estado plácidamente ocupado con el arroz, apareció enfadado. «¿Rominuald Tanglin?», demandó. «¿El Rominuald Tanglin? ¿Tanglin el demagogo, el enemigo de la ciencia? ¿El hombre que condujo a aquel charlatán neutro, Crossbow, a la Disputa Gestalt? ¿Está relacionado de algún modo con Tanglin, joven?»
«Sí», dije. Puse ambas manos en mi nunchako y lo saqué por encima de mi cuello. «¿He oído que le llamabas charlatán neutro al Profesor Crossbow? Seguramente mis oídos me engañan.»
Angélico se enrabietó. «¿Pretendes amenazarme, jovencito?» (Escuché a Jack gruñir: «Oh Dios, lo ha hecho.») «¡Soy un científico, señor! ¡Estoy aquí con el beneplácito de Cabal y te advierto que ellos castigarán severamente cualquier tipo de agresión! ¡Mis cámaras están tomando todos tus movimientos y después enviaré las cintas a la Academia y a tu propio gobierno!»
No dije nada; me levanté y, utilizando mi nunchako, destrocé sus tres cámaras. Lo hice en dos segundos. Angélico estaba perplejo. Puse mi nunchako sobre mi cuello de nuevo y lo dejé colgando. Me senté. Spinney, Rufián Jack y Money Manies, que se habían apartado con celeridad tan pronto como cogí mi arma, volvieron a sus sillas.
«Gracias, Chico», dijo Manies más tranquilo. «Apreciamos tu control. Profesor, modere su retórica sin sentido si no quiere que Chico le aplaste la cabeza. Chico, piensa que es un extraño a las costumbres de Revería. Perdónale en atención mía.»
«De acuerdo, Manies», dije magnánimo. «En atención tuya privaré a mis fans de contemplar cómo golpeo al Profesor Angélico hasta convertirlo en pulpa.» La mención del Profesor Crossbow me había hecho enfadar. Conocía la alianza Crossbow-Tanglin en la Disputa Gestalt ya que Crossbow me había hablado de ella.
En cambio, estaba en mucho mejor disposición con Santa Ana. Ella era una de las docenas, no, millares, de mujeres que habían quedado prendadas del carisma de Tanglin. Incluso me gustaba un poco. Teníamos una común aversión al sexo.
Angélico estaba muy enfadado pero se refrenó como pudo no diciendo nada. Alruddin Spinney decidió de repente que había que hacer algo para romper la tensión. Cogió su mascota, la mantis, y la colocó encima de la mesa, enfrente suya, donde comenzó a mecerse alerta sobre sus finas patas. Spinney se puso un trozo de carne cruda sobre sus labios. «Besa, besa», dijo.
«¡Besa!»
La mantis se balanceó elegantemente y mordió el trozo de carne y también una pizca del labio inferior de Spinney. «¡Ay!», gritó Spinney dolorido. «¡Maldita seas! ¡Siempre lo ha hecho bien cuando practicamos!»
Todos reímos a costa de Spinney. Le di un poco de esmufo para quitar el dolor y parar la hemorragia. Una vez se hubo puesto un pequeño esparadrapo quedó tan bueno como antes. Mientras yo curaba a Spinney, la mantis desplegó sus alas y se posó en mi silla, donde empezó a remover mi plato con una pata, comiéndose los trozos sobrantes de almeja.
Quizein entró con el tercer servicio, una gruesa, cremosa tortilla de huevos de raya con ensalada de quelpo. Sabía tan increíblemente bien que hasta Angélico pareció recobrar su apetito.
«Supongo que te estás preparando para el quinto centenario que se celebra la semana que viene. Manies», dijo Spinney con un leve ceceo. La semana que viene es el quinto centenario de la fundación de la primera colonia en Revería, el Año Corporativo Reveriano 500. Es una celebración muy importante para todos los reverianos que habitan su superficie.
«Efectivamente», dijo Manies. «Estaré muy ocupado: he hecho muchos planes que espero llevar a cabo. Será todo muy vivaz. Parece que la mayoría del pueblo quiere una especie de carnaval.»
Había oído algo acerca del carnaval, rumores, pero ahora que Money Manies, un árbitro social de primer orden, lo confirmaba, los rumores me parecían ciertos. «Carnaval, carnaval», dije irritado. «Estoy harto de esos estúpidos carnavales. ¿Por qué no podemos tener un satiricón o una fiesta de agua? Maldita sea, firmaría por cualquiera.»
«Una fiesta de agua sería insuficiente para tal ocasión», dijo Spinney sonriendo. «Incluso un carnaval sería algo burlesco y extravagante hace quinientos años.»
Rufián Jack bromeó. «Moses Moses se removería inquieto en su tumba, si no estuviera reducida a átomos.»
«Vaya, vaya, ¿acaso mis oídos no han captado una clara burla a la memoria de nuestro Fundador Corporativo?», preguntó Money Manies peyorativo, reprendiendo a Rufián Jack con un gesto de sus regordetes dedos. «Ay, tu patriotismo ha sido manchado. Haces que se sonrojen las mejillas de la modestia reveriana.»
Jack entornó sus ojos, pero por el momento pareció aceptar de buen grado la represalia de Manies.
«Moses Moses no sólo se removería en su tumba», dijo Spinney gravemente. «No es una tumba ordinaria. Moses Moses fue enterrado vivo en un ataúd gritante. Desafortunadamente, fue asesinado tres siglos después por la explosión del Día del Zorro. Su intención real era volver a la vida en el Año Corporativo 500. Políticamente hablando, su vuelta habría sido un total desastre; pero si hablo como historiador, me hubiese encantado tener una ocasión para hablar con él. En cierta manera es un enigma.»
«¿Ya quién le importa?», explotó Jack cruelmente. «El pasado está muerto, Moses está muerto. ¡Murió el Día del Zorro, hace trescientos años!»
Pero yo recuerdo el Día del Zorro», dijo Money Manies con voz remota. «Yo era maravillosamente joven entonces. No más que tú, Chico. No pensaba en la muerte. Fue una conmoción completa. Pensamos que, con toda seguridad, el mundo iba a sufrir un colapso. Entonces, la Cúpula de los Jefes de Revería fue totalmente borrada —el Edificio del Congreso se derrumbó— ¡el ataúd gritante de Moses Moses desapareció! ¡De pronto, no había gobierno! Fue increíble para todos nosotros. Aunque la Cúpula de Directores nunca había sido muy vigorosa desde que Moses Moses mandó que le congelaran, cuando se esfumaron no teníamos a nadie para hacerse cargo. Todos temían el terrorismo, ¡la anarquía! Pero nunca proliferó.
«No lo hizo», dijo Spinney. «He estudiado los vídeos de historia. Esas tres semanas en las que no hubo gobierno fue el período mas asombroso de nuestra historia. Todas nuestras ciudades, incluso los anillos, eran un hervidero de rumores. ¿Por qué se había reunido la Cúpula en secreto después de años de indigencia? ¿Quién fue el responsable de la explosión? Entonces se autoproclamó la Cúpula Trasera, incluso más incapaz y negligente que la primera, y en los labios de todos estaba aquella palabra. Cabal. Cabal. Revería estaba gobernada por un concilio de conspiradores. Hombres y mujeres sin rostros. Todo el mundo decía que eran ricos, inmensamente poderosos; pero nada más.
«Sé que poseían riquezas porque el límite Corporativo en cuanto a la riqueza personal fue el mayor cisma de aquel período, y la única causa para un golpe de estado. La facción progresiva favoreció una relajación de las estructuras; la vieja Cúpula de Directores insistía en la prioridad de las palabras de Moses Moses. Destruir a Moses suponía destruir su lazo con la sociedad reveriana, acabar con la disciplina puritana de los Años Mineros. Ese fue el propósito de Cabal. Asesinaron a la totalidad de la Cúpula de Directores, destruyeron al Fundador de la Corporación Reveriana y tomaron el control. Su inmensa fortuna facilitó la contratación de espías y asesinos. Era imposible resistir. Nadie pudo parar su tremenda eficacia. ¡Nadie sabía los nombres ni las caras del enemigo!»
«Mierda», dijo Rufián Jack. «Se sabe que había trece cabalistas. Siete hombres y seis mujeres. A los hombres se les llamaba Rojo, Naranja, Amarillo, Azul, Verde, Índigo y Violeta. A las mujeres, Norte, Sur, Este, Oeste, Arriba y Abajo. Vivían en sus propios anillos, como cualquier orbitante, y se ponían en contacto con la Cúpula Trasera por medio de sus agentes. Cualquiera con diez años te lo puede decir.»
«Pero que viva en la superficie», dijo Spinney. «La mayoría de los orbitantes piensan justo lo contrario. Están convencidos que Cabal residía en la superficie y no en los anillos.»
«Mr. Spinney tiene razón», dijo de repente el Profesor Angélico. «El agente de Cabal con el que me encontré en la órbita me aseguró que los Cabalista vivían aquí, en Telset, y en Sylvain, Eros y Jucklet, las cuatro ciudades más grandes.» Me estremecí, como siempre, al escuchar el nombre de «Jucklet» ¡Jucklet! ¡Qué oído más fino tenía Moses Moses para los nombres!
«¿Te has encontrado con un agente en activo de Cabal?», dijo Money Manies interesado. «Es un raro privilegio, Profesor.»
«No tan raro», dijo Angélico. «En los anillos, tu propio nombre es mencionado en relación con Cabal; como seguramente bien sabes. Algunos aseguran que Cabal para tus ambiciones políticas. Otros piensan que tú mismo eres un miembro activo.»
«¿Yo, un Cabalista? ¡Algo prohibido!», dijo Manies. «Ya tengo los suficientes problemas manejando mis negocios como para dedicarme a cuestiones planetarias. Y con respecto a mis ambiciones políticas, ¡aborrezco el pensamiento! Yo soy simplemente un artista. Un editor. Anticuario. Un teórico social. Oh, tengo muchos sombreros, pero la sobriedad en el vestir de los políticos nunca me ha llamado la atención, se lo aseguro.»
«Excelente», dijo Angélico. «Podría decir exactamente lo mismo de algunos de mis más duros rivales.»
La hipocresía de esta referencia encubierta al Profesor Crossbow me disgustó. Crossbow había elegido un aliado político, Rominuald Tanglin, para su guerra interestelar de palabras con los miembros más reaccionarios de la Academia. Yo no sabía mucho acerca de todos los condicionantes que habían tenido lugar con la Disputa Gestalt —había ocurrido antes de mi llegada, después de todo—, pero sabía de qué lado estaban mis simpatías.
«¿Y cómo llamaría su alianza particular con Cabal, señor, sino como algo político?», dije. «Con toda seguridad ha demostrado que necesita su sangrienta ayuda para probar sus propios razonamientos seniles.»
«¿Sangrienta, señor?», dijo Angélico envarándose. «Pienso que ese adjetivo se te puede aplicar a ti y a tus amigos más que al gobierno de tu planeta. Y con respecto a mi alianza con Cabal, puedes llamarla como quieras. Me importa tan poco tu lenguaje como a ti la decencia humana.»
Mi pelo se erizó. Manies, Jack y Spinney se zambulleron bajo la mesa. Permanecí rígido. Angélico también. Dije: «Creo que la mejor forma de describir tu alianza con Cabal es que ésta es una sodomización doble de la justicia y la verdad. Tu retórica es tan cretina e hipócrita como estrecha tu mente. ¡Usted, señor, y su estúpida Academia son una inmensa raspa de pescado en la garganta de la inteligencia humana!» Angélico palideció. «¡Hay más información en una sola partícula del DNA de Crossbow que en esa mierda disecada que tienes por cerebro!»
Angélico cruzo sus brazos. «¡Eres libre de desplegar tu usual violencia, señor!» ¡Como puedes ver, estoy desarmado y no puedo hacer nada! ¡No dejes que la presencia de un ser decente te pare!» Señaló a Santa Ana, que inmediatamente se colocó entre nosotros. Mis cámaras lo estaban captando todo y no quería que nada se interpusiese entre nosotros, así que la empujé de tal forma que cayó sobre la mesa.
«Señor», dije. «¡Estoy seguro que eres tan inepto en el combate a cuerpo como en el lingüístico! ¡Si la falta de armamento te intimida, coge el mío con toda libertad!» Le lancé mi nunchako. Lo cogió, lo manoseó y gritó: «¡No voy a ensuciar mis manos con esta basura!» Torpemente, lo lanzó sobre la barandilla hacia el mar.
«¡Patán!», grité. «¡Mi nunchako favorito!» Sin hacer caso de mi pierna herida, me lancé sobre la mesa y le agarré por el pescuezo, arrojándole sobre la barandilla al mar, donde cayó aullando. Dos de mis cámaras siguieron la escena, grabando su desesperado chapoteo hasta que los sirvientes le rescataron. Me limpié las manos y volví a la mesa.
Mi anfitrión y sus dos amigos surgieron de debajo. «Se lo había buscado», dijo Manies. «Cierto», dijo Spinney. Recogió su mantis, que había encontrado un cómodo asiento en el cabello marrón de Santa Ana. Había estado muy interesado con el mechón de plumas que pendía de ellos.
«Una gran actuación, Chico», dijo Rufián Jack. «Realmente ha hecho que me arrepintiera de no haber traído mis propios cámaras.»
«Te enviaré una copia cuando las revele», dije. Abrí mis ropajes y me inyecté dos dosis de tranquilizante en el conducto plástico de mi antebrazo. Pronto me calmó el dolor. Junto con Spinney sentamos a Santa Ana en su silla. Restregué con un poco de esmufo sus labios, investigando el golpe de su cabeza —muy pequeño— y echándole agua en la cara. Enseguida despertó.
«¿Qué ha pasado?», dijo.
«Te has desmayado», le dije. «La excitación.»
Arqueó las cejas, dudando. «Me siento extraña. Como... ida.»
«Ya pasará», dije. «¿Por qué no te relajas y disfrutas?»
«¿Dónde está el Profesor?», dijo confundida.
«Se ha ido de repente», dijo. Manies. Nos dio un espasmo de risa, menos mal que Quizein entró con el cuarto servicio.
Ante la insistencia de Manies, el Doctor Kokokla, su médico personal, examinó a Santa Ana. Este le aseguró que estaba perfectamente y que tan sólo tenía un leve golpe en la cabeza, ofreciéndole un sedante que ella rechazó. Una de las estrellas porno de Manies entró en la terraza con mi nunchako perfectamente seco. Lo tomé y le di las gracias; me sentía a disgusto sin él.
«Nunca me he desmayado antes», dijo Santa Ana. «No entiendo cómo he podido herirme la parte posterior de mi cabeza si he caído de frente. Es posible que me estén engañando, señores. ¡Recuerdo que aquel sujeto me golpeó con su arma!»
«Así es», admitió Manies. «Perdóname, querida Santa Ana. Esta explosión de violencia ha sido culpa mía. Ha sido un fallo de cálculo. Disfruto con las reuniones de gentes de dispares gustos, pero nunca pensé que llegarían tan lejos como para implicarte en un combate físico. ¡Tales gestos de bravuconería entrañan un cierto riesgo!»
«¡Basta ya, Manies!», dije. -«Sí, Ana, te empujé. ¡Te interpusiste! Nuestro anfitrión es muy considerado y político, ¡pero no pienses que-el resto de nosotros va a tratarte igual! Y ahora, por Dios, compórtate como una persona civilizada o te arrojaré por encina del balcón.» Este tratamiento sólo podía enrabietar a la severa Santa Ana, pero el pensamiento de ser despiadadamente arrojada al mar le hizo reconsiderar la situación. Después de mirarnos a todos y cada uno, adoptó sus ademanes sociales y se sentó de nuevo. Al poco comenzó a comer. Se cree que el esmufo estimula el apetito y el gusto. Se sabe que acaba con el dolor, pero también que aturde, desorienta y que daña la coordinación y, a veces, el oído.
«Gracias por ser tan razonable, querida Santa Ana», dijo Manies. «Soy muy cuidadoso eligiendo los invitados a estos desayunos, basándome en mi Teoría Química de la Clase Política; pero a veces me salen combinados demasiado ácidos o demasiado básicos y entonces debo cargar con la consecuente explosión. ¡Es desconcertante pero muy divertido! Hace que me sienta joven. Soy muy viejo, querida Santa; por favor, respeta mis caprichos.»
«Le perdono, Mr. Manies», dijo Santa Ana. «Sé que tiene buen corazón. Cada uno tiene su propia sabiduría aunque sea un tanto impía.»
Manies sonrió como si aquello fuera el piropo más grande que jamás hubiese escuchado. Spinney y Rufián Jack hicieron un gesto ante su ingenuidad. «Sólo tengo cincuenta y dos años», dijo Ana. «Debes haber acumulado gran cantidad de conocimientos en tanto tiempo, aunque nunca te hayas sentido atraído por la teología. ¿Cual es tu Teoría del Análisis Químico?»
Spinney y Jack cerraron los ojos, pero en el fondo no nos importaba porque así podríamos dedicarnos a atacar el cuarto plato: rabo de castor marino a la brasa, que comimos con cuchillo y tenedor.
«La Teoría Química es, de hecho, una analogía», dijo Manies. Tocó un botón en el pesado brazalete que adornaba su muñeca derecha y apareció su secretaria Chalkwhistle, una neutra. Manies cogió un bolígrafo y papel de la neutra y comenzó a dibujar mientras hablaba. «Como sabes, querida Santa Ana, el cuerpo humano es un sistema inmensamente complejo, una especie de ecosistema con su propia flora y fauna. Lo mismo pasa con la Clase Política o nuestra sociedad humana. Sus reacciones, su estructura, es muy similar. La historia del cuerpo humano es la historia de sus macromoléculas orgánicas, sus acoplamientos (perdona la expresión) de átomos separados. De la misma forma, la historia de la Clase Política es la historia de gran cantidad de pequeños grupos, grupos unidos de amigos. No voy tan lejos como para llegar a decir que un simple átomo es una personalidad individual. En la mayoría de los casos, las personas pueden ser consideradas como pequeñas moléculas: ácidos, bases, sales, etcétera. Yo trabajo con sus átomos por pura comodidad.
«El efecto de un simple átomo en el cuerpo humano es imperceptible ¡pero si ese átomo está incluido en la molécula correcta, su influencia puede ser crucial! No importa qué átomo entra en la molécula; lo realmente importante es que ese átomo puede ser, por sus características, el correcto para esa determinada molécula. Es la estructura lo que cuenta, al igual que las relaciones entre distintos grupos de amigos más que entre los propios amigos. De hecho, algunos átomos son realmente raros, al igual que hay tipos de personalidades que son raras, y de esta forman pueden ejercen una influencia desproporcionada; pero es el acoplamiento lo que cuenta.
»Yo soy una encima, llevado constantemente a unir grupos moleculares para producir configuraciones más fuertes.»
«En otros mundos eres lo que sabes, no lo que eres», dijo Spinney. Spinney. Jack y yo estábamos hartos; habíamos escuchado la aburrida teoría de Manies varias veces. Era uno de los signos más patentes de su edad. No era más extraña ni disparatada que otras teorías refritas por gentes de su edad; Rominuald Tanglin, por ejemplo.
«¡Correcto! Tales aseveraciones muestran un entendimiento instintivo de este principio», dijo Manies feliz. «Permite que te sugiera un ejemplo. Quizá reconozcas esta molécula, delta-1, tetrahidrocanabinol.» Levantó su cuadernillo.
«Es una mezcla alucinógena y eufórica», dijo Manies. «Como puedes ver, su estructura es relativamente simple, cincuenta y tres átomos de carbono, hidrógeno y oxígeno, sin nitrógeno ni silíceo como en muchas drogas. He hecho una réplica deliberada de su estructura como una Analogía Química, para determinar sus efectos sobre las acciones de la Clase Política. Recuérdalo, querido Alruddin. Fue hacia la mitad del Año Satiricón, hace cinco años.»
«¡Seguro!», dijo Spinney entusiasmado. «¡Vaya fiesta! ¡Las gentes cantaban, gritaban, reían, chillaban, olvidaban sus prejuicios, jodían por las calles... aullando a la Estrella de la Mañana, se lanzaban al agua desde las Torres de Coral... y al amanecer había un gentío desnudo bañándose en la Bahía de Telset! ¡Fue increíble, impensable!» Se puso serio. «¿No irás a decirme que tú fuiste el responsable de todo, Manies?»
«¿Responsable, mi querido amigo?», dijo Manies con una sonrisa críptica. «Tú eras uno de los oxígenos! Podía haber durado indefinidamente si uno de mis carbonos no se hubiera fugado con un hidrógeno, rompiendo la estructura en un mero cannabinoide... Sin embargo, considero el episodio como un punto a favor de mi teoría. El experimento fue posible gracias a los esfuerzos de cincuenta y tres amigos que se acoplaron. Gracias, Chalkwhistle, es todo por ahora.» Manies borró lo escrito con un toque de su pulgar y se lo devolvió a su secretaria. «¿Alguien quiere un sorbete?»
Todos queríamos. Los sirvientes recogieron la mesa y trajeron sillas más cómodas. Manies repartió algunas drogas para después del desayuno y Spinney nos leyó parte de su nueva entrega para su Ciclo de Telset. El cielo oriental comenzó a arrebolarse con la aurora, y cuando apareció el sol amarillo sobre el horizonte, prorrumpimos en gritos de bienvenida. Las plácidas aguas del Golfo de la Memoria se tiñeron de oro por unos momentos, para pasar después al profundo azul zafiro de la mañana.
El desayuno había terminado; era hora de volver a casa.
de Bruce Sterling
II
HACIA la tercera hora antes del amanecer me hallaba en la zona más norteña de la isla, en Muchas Mansiones, el desgarbado habitáculo de piedra de mi amigo y patrón, Mr. Manies. Me fascinaba el vigor de mi amigo, su gusto por la vida en esos parajes agrestes. Como siempre, su preciosa casita a la orilla del mar estaba frecuentada por toda clase de sirvientes, huéspedes, clientes, aduladores y sicofantes, pornoestrellas en alza y ambiciosos productores de vídeo; por no mencionar esas rarezas incalificables: animales domésticos alterados, los productos híbridos y mutantes de Manies, una variopinta muestra de terrarios y acuarios, grotescos hologramas vagabundos y un huésped, al menos, alienígena. A pesar de todo, sus famosísimos desayunos eran un relajo para él. Se le veía tranquilo y a gusto mientras cumplía sus obligaciones de anfitrión.
En total éramos cinco, lo habitual. Un grupo heterogéneo. Alruddin Spinney, el poeta, y Rufián Jack, el explorador, eran bastante conocidos y dos de los mejores amigos de Manies. Sin embargo, jamás había visto al Profesor Angélico de la Academia ni a Santa Ana Dos Veces Nacida, una refugiada política de Niwlind. Ambos habían bajado poco antes al planeta después de un largo y tedioso proceso de descontaminación en uno de los anillos orbitales.
Spinney era grande, corpulento, con una nuez de adán prominente y un pelo rojo y ensortijado. Tenía un aire de pacífica melancolía y sacaba frecuentemente de su bolsillo un trozo de carne roja que ofrecía a su mascota, una mantis verdosa de grandes patas, un pequeño monstruo que le seguía a todas partes. La mantis aceptaba el presente con la misma displicencia que su dueño, después comenzaba a mordisquear, respirando audiblemente por unos espiráculos tan grandes como mis dedos.
«La estrella de la mañana está preciosa esta noche ¿verdad?», dijo Rufián Jack mientras miraba desde la terraza la suave superficie coralina del mar. «¿Os he hablado alguna vez de cuando estuve allí?»
«Anda, ven». Money Manies reía. La conversación era su elemento. «Minamos esa estrella hace cuatrocientos años. No somos tontos. Quieres mofarte de nosotros con esas tonterías tuyas acerca de tu gran longevidad.»
«¿Quién ha dicho cuatrocientos años?», saltó Jack. «Estuve allí hace cincuenta. En mis años de flotante, ya sabes. Las últimas detonaciones fundieron su corteza, de ahí su alto albedo.» Rufián Jack me caía bien; podía haber sido un buen luchador. Se le podía perdonar su constante manía de mentir.
«Mr. Spinney», dijo el Profesor Angélico con su voz pedante y profunda, «¿está seguro que ese artrópodo ha sido también convenientemente descontaminizado? ¿Puedo preguntarle su área de origen? ¿Es acaso esa zona continental que nosotros llamamos familiarmente la Masa?»
«No sé, señor», dijo Spinney diplomático, dando palmadas a su animalito en el sólido caparazón transparente que cubría su enorme ojo compuesto. «El mar le había arrojado a los corales y se hallaba medio ahogado. De cualquier modo, le puedo asegurar que jamás he tenido curiosidad por sus gustos de la fauna bacteriana, si es a eso a lo que se refiere.»
«¿Cuál es su relación con la Masa?», preguntó Manies interesado.
«¿Mi relación? ¿Mi relación?», cortó Angélico. Parecía irritado; una de sus tres cámaras se aproximó, tomando un primer plano de rostro picado y sin color. «Soy un estudioso, señor. Me he doctorado en microbiología y sé algo de la epidemiología bacteriana. La Masa es la zona con el mayor grado de microorganismos del mundo, casi todos potencialmente hostiles al hombre. Y los insectos son los transmisores habituales de esas formas de vida.»
Spinney, sorprendido y envarado, puso un brazo protector sobre las verdosas articulaciones de su mascota. La mantis, cuyas mandíbulas trabajaban incansables, torció su delgado cuello para enfocar con uno de sus ojos compuestos al Profesor. Manies y Rufián Jack prorrumpieron en risas; incluso Santa Ana Dos Veces Nacida se permitió una breve sonrisa. «No causará problemas, Profesor», dijo Rufián Jack. «Mis investigaciones particulares me han demostrado que ésta especie de mantis es oriunda del extremo más oriental de Aeo. Fíjate en el moteado de sus articulaciones. Estamos completamente a salvo.»
«Es cierto, señor», dijo Angélico, visiblemente sorprendido por sus risas. «¿Acaso posee algún título académico?»
Rufián Jack frunció el ceño. «Soy un explorador», dijo con brusquedad. «Hasta la Academia necesita quien les informe.»
«Desde luego, Profesor», dijo Manies con voz seria. «Todos los aquí reunidos somos gente instruida y presiento que nos ha subestimado. Mi buen amigo Nimrod ha clasificado muchos especímenes de la fauna reveriana, aun a riesgo de su propia vida.» Las seis cámaras de Manies flotaron alrededor de Rufián Jack, encuadrándole; éste recobró su buen humor inmediatamente. «Mr. Spinney es un notable explorador y un distinguido poeta. Mi joven amigo, el Chico Artificial, ha escrito jugosos artículo sobre las armas de cadenas metálicas en la Revista de Brincología de Reveria y es uno de los mejores programadores de cámaras de nuestro planeta. Sería impertinente por mi parte que contara mis propios méritos, sólo diré que soy el autor del libro Teoría de Análisis Químico de la Clase Política, Santa Dos Veces Nacida es todavía extraña en nuestras costas pero estoy seguro que es tan inteligente como bonita. Y aquí está el desayuno.»
Dejamos el mirador y nos situamos alrededor de una mesa oval de madera. El programador de comida de Manies, Mr. Quizein, atravesó la puerta en su servosilla con los aperitivos. Quizein no podía levantarse de su silla hasta que las piernas no le crecieran de nuevo. Las había perdido recientemente al ser atacado por una raya mientras nadaba en los arrecifes. «Hola Quizein», dije. «No te dejas ver mucho últimamente.»
Quizein me ignoró mientras servía las entradas, almejas del tamaño de dedos con salsa roja. Cogí una con mis palillos. Estaba deliciosa.
Santa Ana no hizo ademán de comer, permanecía frente a mí con una expresión confundida en su ancho, pecoso rostro. Yo tenía una cámara siguiéndola. Money Manies, a cuyos ojos alertas y saltones no se le escapaban nada, dijo: «Mi querida Santa Ana, ¿acaso detecto síntomas de nostalgia en tu preciosa cara? Has pasado dos años en un anillo y todavía recuerdas tu tierra. Dinos qué es lo que te ha traído aquí. ¿Qué fuerza de Niwlind ha provocado tu exilio?»
Santa Ana se irguió con un gesto automático, barriendo los invisibles, oscuros miedos que se agazapaban tras ella. Dijo suavemente: «Sigo la senda de la justicia donde quiera me lleve. Si es a Revería, mejor. En Niwlind me dijeron que Revería es una especie de paraíso, que nadie tiene que trabajar y que el gobierno es una plutocracia invisible. Pero ahora creo que aquí hay mucho que hacer. Es verdad, Mr. Manies, añoro a mis pobres compañeros. Mi gobierno ha completado su policía genocídica y ha exterminado mi rebaño. Me hubiese gustado poder hacer más por ellos. Esa es la causa de mi melancolía.»
Manies dijo: «¿Te consideras entonces como una bienhechora de nuestro universo?» Ella movió la cabeza afirmativamente. Manies siguió: «Siempre he encontrado muy interesantes esa clase de doctrinas. Dinos algo más de tu obra. Está relacionada con especies alienígenas, ¿no es cierto? Esos que se llaman a sí mismos grazna-páramos, unas aves gigantes incapaces de volar ¿verdad? Y tú crees que son inteligentes, estás convencida que tienen un alma intangible, esencia, ánimo ¿No es así?»
Santa Ana tocó de nuevo las plumas de su pelo. «Eso dice mi corazón», dijo. «Y admito libremente que son, sin duda alguna, tan inteligentes como los humanos; pero tienen otro lugar en la esencia del universo. Es por esto por lo que he organizado conferencias para proteger su ecosistema. Nuestro gobierno es insensible y brutal y muchos de mis seguidores se vieron obligados a emplear métodos violentos. Yo fui arrestada y condenada. Se me mandó al exilio, y aquí estoy.»
Manies dijo: «¡Fascinante! Presumo que la mayoría de tus conciudadanos de Niwlind no comulgaban con tus ideas.»
«Cierto», dijo Santa Ana. «Los grazna no tienen lenguaje, o eso dicen. No tienen manos, ni utensilios, ni historia, ni arte. Se comen a los enfermos o mutilados —a menudo se producen estampidas— y atacan por igual a animales domésticos como a presas salvajes. Son irascibles, rugosos, feos. Oh, dicen muchas cosas poco halagüeñas.»
«Todas ciertas, entiendo», dijo Alruddin Spinney, haciendo una pausa para dar a su mantis una almeja.
«Sí», dijo Santa Ana. «Pero nunca han vivido con ellos en los páramos. Nunca les han visto danzar.»
«¿Te importaría decirme porqué esta amistad con los grazna-páramos?», preguntó Manies. «¿El porqué de esta curiosa inclinación?»
«¿Todas las formas de vida son sagradas?», dijo Santa Ana. «Sentí la llamada y la hice caso.»
«¿Cómo te preparaste para esa llamada? ¿Con un largo período de celibato?» Afirmó de nuevo. Los ojos de Manies brillaron. «¿Presumo que posees un aparato reproductor en perfecto estado?» Esta vez el movimiento afirmativo tardó un poco más.
«Suele pasar, y así lo demuestra mi experiencia», dijo Manies con un gesto impreciso. «Sugiero, querida Santa Ana, que tu altruismo y tu falta de sexualidad están íntimamente relacionados. Te felicito por tu hábil manipulación de ti misma.» Se comió otra almeja.
«Eso no es cierto», dijo Santa Ana. «Es verdad que he tratado de purificarme con la abstinencia, pero lo mejor de mí subsiste después de todo.»
«¿Tú crees?», dijo Manies. «Inténtalo. Deja que veamos cuanto de ti es innato y cuanto cultural; cuanto crece en ti sano y vigoroso y cuanto es modelado por los demás como un bonsai. Déjanos borrar todo vestigio de tu antidisciplina sexual. Mis pornoestrellas son seguramente las más hábiles de toda la humanidad. Podemos destruir tus miedos sexuales con drogas, querida Santa Ana; y después podrás volar como una gata salvaje entre sus recovecos. Te puedo asegurar que te va a encantar el cambio. Muchas mujeres son capaces de hacerse esclavas sólo para probarlo, pero yo te lo ofrezco a ti, libremente, con espíritu hedonista. Después podremos averiguar cuantos de tus miedos permanecen y qué queda de tu firmeza. ¿Te atreverías a embarcarte en ese viaje de exploración?»
Santa Ana dudó. Finalmente dijo: «Pienso que no pretende hacerme daño, Mr. Manies; así que controlaré mi enfado y mi repulsa. Espero que no vuelva a hacerme una oferta semejante de nuevo.»
Manies dijo sorprendido: «No he querido ofenderla, mi ofrecimiento era sincero y basado en una curiosidad meramente antropológica. ¿No es así, Jack?»
«Claro, claro», dijo Rufián Jack jugando indolentemente con el borde del mostacho. «Las aptitudes sexuales de Niwlind son fascinantes. Y si no, escuchad la siguiente historia que yo atestiguo personalmente», y empezó a contarnos una larga y bastante poco probable mentira que no acabó hasta que Quizein recogió los platos del aperitivo y nos dejó con unos cuencos de arroz con setas fritos con la sabrosa carne de los cangrejos de arena. Desde lejos nos llegó el brillante destello de la detonación de una isla flotante en algún lugar sobre el continente; escuchamos su profundo estallido.
«Es nuestra respuesta a la decadencia que dio a nuestra iglesia sus poderes morales», dijo Santa Ana. «Siempre he luchado en contra, y creo que éste mundo también necesita una profunda limpieza.»
«Necesitas un sitio donde poder llevar a cabo tu tarea», dijo Manies hospitalariamente. «¿Puedo ofrecerte mi casa? Advertiré a mis numerosos amigos y huéspedes acerca de tus hábitos; estoy seguro que harán un esfuerzo por no ofenderte.»
«No, gracias», dijo la santa. «Quiero ver ese pozo inmundo de depravación: la Zona Descriminalizada. He visto cintas de lo que sucede allí durante mi período de descontaminación. Creo que seré más necesaria allí.»
«¡Estás bromeando!», dije. «Porque tú, pequeña boba, vas a ser golpeada y violada antes de que des veinte pasos. La Zona es la Zona; no es un campo de juego para estúpidos y fanáticos locos.»
«Ahora sé dónde te he visto antes», dijo. «Reconozco tu voz. ¡Tú eres ese pequeño sujeto con la cabeza encrespada que golpeaba a esa mujer enorme y vociferante!»
«¿Has visto mi lucha con Chillona?», dije. «Entonces me has visto ganar. Me fracturó la espinilla, pero tan sólo eso. Ya está casi curada. Mira.» Puse mi pierna encima de la mesa y me quité los vendajes plásticos. No estaba vestido con mis ropas de combate, por lo tanto, había tardado en reconocerme.
«Ese artilugio alrededor de tu cuello», dijo. «Es exactamente igual que el que el Secretario Tanglin solía llevar para ejercitarse. ¡Incluso miras como él!»
Me sorprendí de su referencia a Tanglin. Me puse en guardia, entorné los ojos. «Soy su hijo», dije lentamente, recurriendo a la mentira. «Vino a Reveria hace treinta años.»
«¡Es horrible!», dijo tristemente. ¡Pensar que los huesos y la sangre de Rominuald han sido reducidos a esto! ¡Que lástima que haya muerto y que haya sido incapaz de elevarte, de darte algo de su excelente moral!», sacudió la cabeza. «Me das pena.»
Esto hizo que me enfadara. Un pequeño escalofrío en la parte trasera de mi cuello envió una corriente de electricidad estática a las terminales plastificadas de mi cabello. Esto hizo que se me erizase de inmediato. Manies, Spinney y Rufián Jack echaron para atrás sus sillas y se prepararon para retirarse. Mis cámaras se activaron y comenzaron a flotar en posición de combate sobre mí. «¿Qué sabes de Rominuald Tanglin?», dije.
«¡El Secretario Tanglin era mi ídolo!» dijo. «¡Era un gran líder, un gran hombre! Al menos, así era hasta que su esposa le destruyó deliberadamente y le volvió loco. ¡Hizo más por los grazna-páramos que cualquier otro hombre viviente!»
De repente, el Profesor Angélico, que había estado plácidamente ocupado con el arroz, apareció enfadado. «¿Rominuald Tanglin?», demandó. «¿El Rominuald Tanglin? ¿Tanglin el demagogo, el enemigo de la ciencia? ¿El hombre que condujo a aquel charlatán neutro, Crossbow, a la Disputa Gestalt? ¿Está relacionado de algún modo con Tanglin, joven?»
«Sí», dije. Puse ambas manos en mi nunchako y lo saqué por encima de mi cuello. «¿He oído que le llamabas charlatán neutro al Profesor Crossbow? Seguramente mis oídos me engañan.»
Angélico se enrabietó. «¿Pretendes amenazarme, jovencito?» (Escuché a Jack gruñir: «Oh Dios, lo ha hecho.») «¡Soy un científico, señor! ¡Estoy aquí con el beneplácito de Cabal y te advierto que ellos castigarán severamente cualquier tipo de agresión! ¡Mis cámaras están tomando todos tus movimientos y después enviaré las cintas a la Academia y a tu propio gobierno!»
No dije nada; me levanté y, utilizando mi nunchako, destrocé sus tres cámaras. Lo hice en dos segundos. Angélico estaba perplejo. Puse mi nunchako sobre mi cuello de nuevo y lo dejé colgando. Me senté. Spinney, Rufián Jack y Money Manies, que se habían apartado con celeridad tan pronto como cogí mi arma, volvieron a sus sillas.
«Gracias, Chico», dijo Manies más tranquilo. «Apreciamos tu control. Profesor, modere su retórica sin sentido si no quiere que Chico le aplaste la cabeza. Chico, piensa que es un extraño a las costumbres de Revería. Perdónale en atención mía.»
«De acuerdo, Manies», dije magnánimo. «En atención tuya privaré a mis fans de contemplar cómo golpeo al Profesor Angélico hasta convertirlo en pulpa.» La mención del Profesor Crossbow me había hecho enfadar. Conocía la alianza Crossbow-Tanglin en la Disputa Gestalt ya que Crossbow me había hablado de ella.
En cambio, estaba en mucho mejor disposición con Santa Ana. Ella era una de las docenas, no, millares, de mujeres que habían quedado prendadas del carisma de Tanglin. Incluso me gustaba un poco. Teníamos una común aversión al sexo.
Angélico estaba muy enfadado pero se refrenó como pudo no diciendo nada. Alruddin Spinney decidió de repente que había que hacer algo para romper la tensión. Cogió su mascota, la mantis, y la colocó encima de la mesa, enfrente suya, donde comenzó a mecerse alerta sobre sus finas patas. Spinney se puso un trozo de carne cruda sobre sus labios. «Besa, besa», dijo.
«¡Besa!»
La mantis se balanceó elegantemente y mordió el trozo de carne y también una pizca del labio inferior de Spinney. «¡Ay!», gritó Spinney dolorido. «¡Maldita seas! ¡Siempre lo ha hecho bien cuando practicamos!»
Todos reímos a costa de Spinney. Le di un poco de esmufo para quitar el dolor y parar la hemorragia. Una vez se hubo puesto un pequeño esparadrapo quedó tan bueno como antes. Mientras yo curaba a Spinney, la mantis desplegó sus alas y se posó en mi silla, donde empezó a remover mi plato con una pata, comiéndose los trozos sobrantes de almeja.
Quizein entró con el tercer servicio, una gruesa, cremosa tortilla de huevos de raya con ensalada de quelpo. Sabía tan increíblemente bien que hasta Angélico pareció recobrar su apetito.
«Supongo que te estás preparando para el quinto centenario que se celebra la semana que viene. Manies», dijo Spinney con un leve ceceo. La semana que viene es el quinto centenario de la fundación de la primera colonia en Revería, el Año Corporativo Reveriano 500. Es una celebración muy importante para todos los reverianos que habitan su superficie.
«Efectivamente», dijo Manies. «Estaré muy ocupado: he hecho muchos planes que espero llevar a cabo. Será todo muy vivaz. Parece que la mayoría del pueblo quiere una especie de carnaval.»
Había oído algo acerca del carnaval, rumores, pero ahora que Money Manies, un árbitro social de primer orden, lo confirmaba, los rumores me parecían ciertos. «Carnaval, carnaval», dije irritado. «Estoy harto de esos estúpidos carnavales. ¿Por qué no podemos tener un satiricón o una fiesta de agua? Maldita sea, firmaría por cualquiera.»
«Una fiesta de agua sería insuficiente para tal ocasión», dijo Spinney sonriendo. «Incluso un carnaval sería algo burlesco y extravagante hace quinientos años.»
Rufián Jack bromeó. «Moses Moses se removería inquieto en su tumba, si no estuviera reducida a átomos.»
«Vaya, vaya, ¿acaso mis oídos no han captado una clara burla a la memoria de nuestro Fundador Corporativo?», preguntó Money Manies peyorativo, reprendiendo a Rufián Jack con un gesto de sus regordetes dedos. «Ay, tu patriotismo ha sido manchado. Haces que se sonrojen las mejillas de la modestia reveriana.»
Jack entornó sus ojos, pero por el momento pareció aceptar de buen grado la represalia de Manies.
«Moses Moses no sólo se removería en su tumba», dijo Spinney gravemente. «No es una tumba ordinaria. Moses Moses fue enterrado vivo en un ataúd gritante. Desafortunadamente, fue asesinado tres siglos después por la explosión del Día del Zorro. Su intención real era volver a la vida en el Año Corporativo 500. Políticamente hablando, su vuelta habría sido un total desastre; pero si hablo como historiador, me hubiese encantado tener una ocasión para hablar con él. En cierta manera es un enigma.»
«¿Ya quién le importa?», explotó Jack cruelmente. «El pasado está muerto, Moses está muerto. ¡Murió el Día del Zorro, hace trescientos años!»
Pero yo recuerdo el Día del Zorro», dijo Money Manies con voz remota. «Yo era maravillosamente joven entonces. No más que tú, Chico. No pensaba en la muerte. Fue una conmoción completa. Pensamos que, con toda seguridad, el mundo iba a sufrir un colapso. Entonces, la Cúpula de los Jefes de Revería fue totalmente borrada —el Edificio del Congreso se derrumbó— ¡el ataúd gritante de Moses Moses desapareció! ¡De pronto, no había gobierno! Fue increíble para todos nosotros. Aunque la Cúpula de Directores nunca había sido muy vigorosa desde que Moses Moses mandó que le congelaran, cuando se esfumaron no teníamos a nadie para hacerse cargo. Todos temían el terrorismo, ¡la anarquía! Pero nunca proliferó.
«No lo hizo», dijo Spinney. «He estudiado los vídeos de historia. Esas tres semanas en las que no hubo gobierno fue el período mas asombroso de nuestra historia. Todas nuestras ciudades, incluso los anillos, eran un hervidero de rumores. ¿Por qué se había reunido la Cúpula en secreto después de años de indigencia? ¿Quién fue el responsable de la explosión? Entonces se autoproclamó la Cúpula Trasera, incluso más incapaz y negligente que la primera, y en los labios de todos estaba aquella palabra. Cabal. Cabal. Revería estaba gobernada por un concilio de conspiradores. Hombres y mujeres sin rostros. Todo el mundo decía que eran ricos, inmensamente poderosos; pero nada más.
«Sé que poseían riquezas porque el límite Corporativo en cuanto a la riqueza personal fue el mayor cisma de aquel período, y la única causa para un golpe de estado. La facción progresiva favoreció una relajación de las estructuras; la vieja Cúpula de Directores insistía en la prioridad de las palabras de Moses Moses. Destruir a Moses suponía destruir su lazo con la sociedad reveriana, acabar con la disciplina puritana de los Años Mineros. Ese fue el propósito de Cabal. Asesinaron a la totalidad de la Cúpula de Directores, destruyeron al Fundador de la Corporación Reveriana y tomaron el control. Su inmensa fortuna facilitó la contratación de espías y asesinos. Era imposible resistir. Nadie pudo parar su tremenda eficacia. ¡Nadie sabía los nombres ni las caras del enemigo!»
«Mierda», dijo Rufián Jack. «Se sabe que había trece cabalistas. Siete hombres y seis mujeres. A los hombres se les llamaba Rojo, Naranja, Amarillo, Azul, Verde, Índigo y Violeta. A las mujeres, Norte, Sur, Este, Oeste, Arriba y Abajo. Vivían en sus propios anillos, como cualquier orbitante, y se ponían en contacto con la Cúpula Trasera por medio de sus agentes. Cualquiera con diez años te lo puede decir.»
«Pero que viva en la superficie», dijo Spinney. «La mayoría de los orbitantes piensan justo lo contrario. Están convencidos que Cabal residía en la superficie y no en los anillos.»
«Mr. Spinney tiene razón», dijo de repente el Profesor Angélico. «El agente de Cabal con el que me encontré en la órbita me aseguró que los Cabalista vivían aquí, en Telset, y en Sylvain, Eros y Jucklet, las cuatro ciudades más grandes.» Me estremecí, como siempre, al escuchar el nombre de «Jucklet» ¡Jucklet! ¡Qué oído más fino tenía Moses Moses para los nombres!
«¿Te has encontrado con un agente en activo de Cabal?», dijo Money Manies interesado. «Es un raro privilegio, Profesor.»
«No tan raro», dijo Angélico. «En los anillos, tu propio nombre es mencionado en relación con Cabal; como seguramente bien sabes. Algunos aseguran que Cabal para tus ambiciones políticas. Otros piensan que tú mismo eres un miembro activo.»
«¿Yo, un Cabalista? ¡Algo prohibido!», dijo Manies. «Ya tengo los suficientes problemas manejando mis negocios como para dedicarme a cuestiones planetarias. Y con respecto a mis ambiciones políticas, ¡aborrezco el pensamiento! Yo soy simplemente un artista. Un editor. Anticuario. Un teórico social. Oh, tengo muchos sombreros, pero la sobriedad en el vestir de los políticos nunca me ha llamado la atención, se lo aseguro.»
«Excelente», dijo Angélico. «Podría decir exactamente lo mismo de algunos de mis más duros rivales.»
La hipocresía de esta referencia encubierta al Profesor Crossbow me disgustó. Crossbow había elegido un aliado político, Rominuald Tanglin, para su guerra interestelar de palabras con los miembros más reaccionarios de la Academia. Yo no sabía mucho acerca de todos los condicionantes que habían tenido lugar con la Disputa Gestalt —había ocurrido antes de mi llegada, después de todo—, pero sabía de qué lado estaban mis simpatías.
«¿Y cómo llamaría su alianza particular con Cabal, señor, sino como algo político?», dije. «Con toda seguridad ha demostrado que necesita su sangrienta ayuda para probar sus propios razonamientos seniles.»
«¿Sangrienta, señor?», dijo Angélico envarándose. «Pienso que ese adjetivo se te puede aplicar a ti y a tus amigos más que al gobierno de tu planeta. Y con respecto a mi alianza con Cabal, puedes llamarla como quieras. Me importa tan poco tu lenguaje como a ti la decencia humana.»
Mi pelo se erizó. Manies, Jack y Spinney se zambulleron bajo la mesa. Permanecí rígido. Angélico también. Dije: «Creo que la mejor forma de describir tu alianza con Cabal es que ésta es una sodomización doble de la justicia y la verdad. Tu retórica es tan cretina e hipócrita como estrecha tu mente. ¡Usted, señor, y su estúpida Academia son una inmensa raspa de pescado en la garganta de la inteligencia humana!» Angélico palideció. «¡Hay más información en una sola partícula del DNA de Crossbow que en esa mierda disecada que tienes por cerebro!»
Angélico cruzo sus brazos. «¡Eres libre de desplegar tu usual violencia, señor!» ¡Como puedes ver, estoy desarmado y no puedo hacer nada! ¡No dejes que la presencia de un ser decente te pare!» Señaló a Santa Ana, que inmediatamente se colocó entre nosotros. Mis cámaras lo estaban captando todo y no quería que nada se interpusiese entre nosotros, así que la empujé de tal forma que cayó sobre la mesa.
«Señor», dije. «¡Estoy seguro que eres tan inepto en el combate a cuerpo como en el lingüístico! ¡Si la falta de armamento te intimida, coge el mío con toda libertad!» Le lancé mi nunchako. Lo cogió, lo manoseó y gritó: «¡No voy a ensuciar mis manos con esta basura!» Torpemente, lo lanzó sobre la barandilla hacia el mar.
«¡Patán!», grité. «¡Mi nunchako favorito!» Sin hacer caso de mi pierna herida, me lancé sobre la mesa y le agarré por el pescuezo, arrojándole sobre la barandilla al mar, donde cayó aullando. Dos de mis cámaras siguieron la escena, grabando su desesperado chapoteo hasta que los sirvientes le rescataron. Me limpié las manos y volví a la mesa.
Mi anfitrión y sus dos amigos surgieron de debajo. «Se lo había buscado», dijo Manies. «Cierto», dijo Spinney. Recogió su mantis, que había encontrado un cómodo asiento en el cabello marrón de Santa Ana. Había estado muy interesado con el mechón de plumas que pendía de ellos.
«Una gran actuación, Chico», dijo Rufián Jack. «Realmente ha hecho que me arrepintiera de no haber traído mis propios cámaras.»
«Te enviaré una copia cuando las revele», dije. Abrí mis ropajes y me inyecté dos dosis de tranquilizante en el conducto plástico de mi antebrazo. Pronto me calmó el dolor. Junto con Spinney sentamos a Santa Ana en su silla. Restregué con un poco de esmufo sus labios, investigando el golpe de su cabeza —muy pequeño— y echándole agua en la cara. Enseguida despertó.
«¿Qué ha pasado?», dijo.
«Te has desmayado», le dije. «La excitación.»
Arqueó las cejas, dudando. «Me siento extraña. Como... ida.»
«Ya pasará», dije. «¿Por qué no te relajas y disfrutas?»
«¿Dónde está el Profesor?», dijo confundida.
«Se ha ido de repente», dijo. Manies. Nos dio un espasmo de risa, menos mal que Quizein entró con el cuarto servicio.
Ante la insistencia de Manies, el Doctor Kokokla, su médico personal, examinó a Santa Ana. Este le aseguró que estaba perfectamente y que tan sólo tenía un leve golpe en la cabeza, ofreciéndole un sedante que ella rechazó. Una de las estrellas porno de Manies entró en la terraza con mi nunchako perfectamente seco. Lo tomé y le di las gracias; me sentía a disgusto sin él.
«Nunca me he desmayado antes», dijo Santa Ana. «No entiendo cómo he podido herirme la parte posterior de mi cabeza si he caído de frente. Es posible que me estén engañando, señores. ¡Recuerdo que aquel sujeto me golpeó con su arma!»
«Así es», admitió Manies. «Perdóname, querida Santa Ana. Esta explosión de violencia ha sido culpa mía. Ha sido un fallo de cálculo. Disfruto con las reuniones de gentes de dispares gustos, pero nunca pensé que llegarían tan lejos como para implicarte en un combate físico. ¡Tales gestos de bravuconería entrañan un cierto riesgo!»
«¡Basta ya, Manies!», dije. -«Sí, Ana, te empujé. ¡Te interpusiste! Nuestro anfitrión es muy considerado y político, ¡pero no pienses que-el resto de nosotros va a tratarte igual! Y ahora, por Dios, compórtate como una persona civilizada o te arrojaré por encina del balcón.» Este tratamiento sólo podía enrabietar a la severa Santa Ana, pero el pensamiento de ser despiadadamente arrojada al mar le hizo reconsiderar la situación. Después de mirarnos a todos y cada uno, adoptó sus ademanes sociales y se sentó de nuevo. Al poco comenzó a comer. Se cree que el esmufo estimula el apetito y el gusto. Se sabe que acaba con el dolor, pero también que aturde, desorienta y que daña la coordinación y, a veces, el oído.
«Gracias por ser tan razonable, querida Santa Ana», dijo Manies. «Soy muy cuidadoso eligiendo los invitados a estos desayunos, basándome en mi Teoría Química de la Clase Política; pero a veces me salen combinados demasiado ácidos o demasiado básicos y entonces debo cargar con la consecuente explosión. ¡Es desconcertante pero muy divertido! Hace que me sienta joven. Soy muy viejo, querida Santa; por favor, respeta mis caprichos.»
«Le perdono, Mr. Manies», dijo Santa Ana. «Sé que tiene buen corazón. Cada uno tiene su propia sabiduría aunque sea un tanto impía.»
Manies sonrió como si aquello fuera el piropo más grande que jamás hubiese escuchado. Spinney y Rufián Jack hicieron un gesto ante su ingenuidad. «Sólo tengo cincuenta y dos años», dijo Ana. «Debes haber acumulado gran cantidad de conocimientos en tanto tiempo, aunque nunca te hayas sentido atraído por la teología. ¿Cual es tu Teoría del Análisis Químico?»
Spinney y Jack cerraron los ojos, pero en el fondo no nos importaba porque así podríamos dedicarnos a atacar el cuarto plato: rabo de castor marino a la brasa, que comimos con cuchillo y tenedor.
«La Teoría Química es, de hecho, una analogía», dijo Manies. Tocó un botón en el pesado brazalete que adornaba su muñeca derecha y apareció su secretaria Chalkwhistle, una neutra. Manies cogió un bolígrafo y papel de la neutra y comenzó a dibujar mientras hablaba. «Como sabes, querida Santa Ana, el cuerpo humano es un sistema inmensamente complejo, una especie de ecosistema con su propia flora y fauna. Lo mismo pasa con la Clase Política o nuestra sociedad humana. Sus reacciones, su estructura, es muy similar. La historia del cuerpo humano es la historia de sus macromoléculas orgánicas, sus acoplamientos (perdona la expresión) de átomos separados. De la misma forma, la historia de la Clase Política es la historia de gran cantidad de pequeños grupos, grupos unidos de amigos. No voy tan lejos como para llegar a decir que un simple átomo es una personalidad individual. En la mayoría de los casos, las personas pueden ser consideradas como pequeñas moléculas: ácidos, bases, sales, etcétera. Yo trabajo con sus átomos por pura comodidad.
«El efecto de un simple átomo en el cuerpo humano es imperceptible ¡pero si ese átomo está incluido en la molécula correcta, su influencia puede ser crucial! No importa qué átomo entra en la molécula; lo realmente importante es que ese átomo puede ser, por sus características, el correcto para esa determinada molécula. Es la estructura lo que cuenta, al igual que las relaciones entre distintos grupos de amigos más que entre los propios amigos. De hecho, algunos átomos son realmente raros, al igual que hay tipos de personalidades que son raras, y de esta forman pueden ejercen una influencia desproporcionada; pero es el acoplamiento lo que cuenta.
»Yo soy una encima, llevado constantemente a unir grupos moleculares para producir configuraciones más fuertes.»
«En otros mundos eres lo que sabes, no lo que eres», dijo Spinney. Spinney. Jack y yo estábamos hartos; habíamos escuchado la aburrida teoría de Manies varias veces. Era uno de los signos más patentes de su edad. No era más extraña ni disparatada que otras teorías refritas por gentes de su edad; Rominuald Tanglin, por ejemplo.
«¡Correcto! Tales aseveraciones muestran un entendimiento instintivo de este principio», dijo Manies feliz. «Permite que te sugiera un ejemplo. Quizá reconozcas esta molécula, delta-1, tetrahidrocanabinol.» Levantó su cuadernillo.
«Es una mezcla alucinógena y eufórica», dijo Manies. «Como puedes ver, su estructura es relativamente simple, cincuenta y tres átomos de carbono, hidrógeno y oxígeno, sin nitrógeno ni silíceo como en muchas drogas. He hecho una réplica deliberada de su estructura como una Analogía Química, para determinar sus efectos sobre las acciones de la Clase Política. Recuérdalo, querido Alruddin. Fue hacia la mitad del Año Satiricón, hace cinco años.»
«¡Seguro!», dijo Spinney entusiasmado. «¡Vaya fiesta! ¡Las gentes cantaban, gritaban, reían, chillaban, olvidaban sus prejuicios, jodían por las calles... aullando a la Estrella de la Mañana, se lanzaban al agua desde las Torres de Coral... y al amanecer había un gentío desnudo bañándose en la Bahía de Telset! ¡Fue increíble, impensable!» Se puso serio. «¿No irás a decirme que tú fuiste el responsable de todo, Manies?»
«¿Responsable, mi querido amigo?», dijo Manies con una sonrisa críptica. «Tú eras uno de los oxígenos! Podía haber durado indefinidamente si uno de mis carbonos no se hubiera fugado con un hidrógeno, rompiendo la estructura en un mero cannabinoide... Sin embargo, considero el episodio como un punto a favor de mi teoría. El experimento fue posible gracias a los esfuerzos de cincuenta y tres amigos que se acoplaron. Gracias, Chalkwhistle, es todo por ahora.» Manies borró lo escrito con un toque de su pulgar y se lo devolvió a su secretaria. «¿Alguien quiere un sorbete?»
Todos queríamos. Los sirvientes recogieron la mesa y trajeron sillas más cómodas. Manies repartió algunas drogas para después del desayuno y Spinney nos leyó parte de su nueva entrega para su Ciclo de Telset. El cielo oriental comenzó a arrebolarse con la aurora, y cuando apareció el sol amarillo sobre el horizonte, prorrumpimos en gritos de bienvenida. Las plácidas aguas del Golfo de la Memoria se tiñeron de oro por unos momentos, para pasar después al profundo azul zafiro de la mañana.
El desayuno había terminado; era hora de volver a casa.
8.6.10
EL CHICO ARTIFICIAL cap.1
de BRUCE STERLING
I
Reveria brilla, el borde del planeta delimitado en una confusión luminosa producto de su atmósfera, sus mares, vastos y poco profundos, centellean, sus grandes continentes de coral sobresalen marrones, verdes y blancos entre deshilachadas nubes. El cielo sobre Telset, mi ciudad isla, es tan límpido como el cristal del zoom de una cámara; antes de pasar la proyección he tenido cuidado de conectar con los satélites meteorológicos. El efecto es hipnótico y relajante; la cámara desciende rápidamente de arriba hacia abajo, pasando de una vista general de la ciudad a un distrito y luego a una simple calle, una persona, a mí, y mi propia imagen se infla hasta llenar por completo la pantalla. El sonido proclama:
«Damas y caballeros, el Chico Artificial. Esta proyección ha sido posible gracias al señor Richer Money Manies y el Chico Artificial. Todos los derechos reservados en C. R. Y. 499 por el Chico Artificial para la Compañía del Conocimiento Disonante, Reveria.»
La mayoría de mi audiencia eran flotantes, que circunvalan nuestro coralino planeta sobre plataformas orbitales del tamaño de ciudades. Yo mismo los traje a la superficie del planeta y me encargué personalmente de captar su atención durante estos primeros treinta segundos de proyección. Los reverianos orbitales piensan en Reveria como algo querido pero lejano, en cambio los habitantes de la superficie, como yo mismo, lo consideran más bien original y dulce. Yo rompo este efecto de distanciamiento. Permanezco erguido bajo la cámara descendente, mis pequeños ojos rasgados y delimitados por una línea negra tan fríos y malignos como los de una víbora Desafío al espectador. Creo en los retos directos: están en el corazón del combate artístico.
Generalmente me preguntan cómo me convertí en un artista del combate y por qué me llaman el Chico Artificial. Pero dejan de hacer esas preguntas impertinentes cuando he terminado de golpearles sin piedad. Cualquier entrevista formal que he concedido la he terminado siempre «perdiendo los nervios» y vapuleando sonoramente al periodista. Pero han pasado los días en los que yo creía esto necesario de cara a crearme una reputación de furia y violencia gratuita. Ahora, intento contarlo todo.
¿Por qué, pues, la gente me llama el Chico Artificial? Mi respuesta es que todo artista del combate debe tener un apodo, y mi característica ha sido siempre el tener un aspecto juvenil y una salvaje artificialidad. «Chico», en Reveria, significa persona joven, pero la palabra también puede aplicarse a alguien irreverente y con poco respeto por los demás.
Más adelante explicaré y analizaré mi imagen en la película, una imagen que conozco bien, una imagen que, de hecho, me obsesiona. Muchas veces, me he levantado en el ocaso y trabajado sin interrupción durante las dieciocho horas que dura la noche reveriana, editando y depurando mis propias cintas para el señor Manies y el mercado. La imagen que proyecta la cinta es la de un hombre muy joven. Resistente, pero no excesivamente fuerte ni musculoso; su piel de un marrón oscuro, curtida por el sol, bajo una delgada capa de aceite verdoso. Bajo, de un metro y sesenta y cinco centímetros de altura. Sobre su torso, una gruesa cazadora de cuero con adornos metálicos, sujeta a los hombros por dos anchas correas; un rígido y pesado collar protege la parte trasera de su cuello. Viste un pantalón metálico con elásticos en la cintura y articulaciones, y lustrosas zapatillas negras de combate. Su cabeza parece la apropiada para un cuerpo juvenil; su cara es imberbe y sin rasgos sobresalientes, de anchas mandíbulas, barbilla estrecha y puntiaguda y ojos oblicuos y rasgados, delimitados por pintura negra. Su pelo es poco común, cada hebra de cabello está individualmente laminada en plástico, formando una maraña de rígidas, negras y puntiagudas púas. Sobre él, suspendidas en el aire, seis pequeñas y silenciosas cámaras, cada una con dos sistemas de lentes y un equipo de sonido, cuidadosamente programadas. Estas cámaras flotantes van siempre con él.
En su mano derecha, descuidadamente, lleva su arma. Se trata de dos delicadas barras de cuarenta y cinco centímetros de largo cada una, cubiertas de un plástico negro almohadillado y repelente de sangre, unidas por los extremos a una reluciente cadena de metal de veinte centímetros. Agarra una de sus barras por la mitad, dejando la otra libre. El sólido relleno de metal bajo la cubierta de plástico asegura un contundente impacto, mientras que la suave maleabilidad del plástico proporciona mejores golpes contundentes que los actuales desgarramientos y destrozos producidos por los sólidos mangos de metal. Pero, sobre todo, en lo que más cree el Chico Artificial es en el arte del combate. El arte en el combate te permite tener a tus oponentes sumidos a tus pies, aturdidos, insensibles y sin conocimiento. Combatir actuando no es arrancarle a uno grandes pedazos de carne sangrante.
El Chico Artificial se mueve con gracia felina. Es perfectamente consciente en todo momento de la exacta posición de cada centímetro de su cuerpo; su arma se agita como una cosa viva, obediente a sus deseos; no en vano tiene noventa y ocho largos años de experiencia. «¿Noventa y ocho años, Chico?» Puedo oír a mi audiencia preguntar. «¿No son veinte años más de los que has estado vivo?» Exactamente. Y es por esto por lo que soy el Chico Artificial.
Tengo los primeros momentos de mi «nacimiento» filmados en cinta. Fueron rodados por el profesor Crossbow, mi tutor durante los primeros veinte años de mi vida, una persona con la cual tengo una profunda deuda. Era gran habilidad de eso (el profesor Crossbow es un neutro, así que me referiré a eso como «eso», siempre he preferido el pronombre) tomar planos de acercamiento a mi cara. En los primeros momentos de la cinta, resulta obvio que, aparte del hecho de que él no dice absolutamente nada, estamos mirando a Rominuald Tanglin, mi personalidad anterior. Tiene doscientos veintiún años estándares y éstos son los que aparenta. Líneas de locura surcan su cara; sus ojos se mueven rápidamente de un lado a otro como dos pelotas negras al rojo vivo; hay tensión en la pálida línea de sus fruncidos labios. Está a punto de realizar un suicidio mental. Su cabello le baja hasta los hombros y sus maneras tienen esa especie de frivolidad del viejo estilo; hay media docena de puntitos rasurados en donde los contactos metálicos tocarán su cabeza, confiriéndole un aire peculiar de artificiosidad.
La máquina que va a matarlo desciende sobre él, desplegando seis contactos relucientes. Tanglin no dice nada todavía, pero su garganta se mueve visiblemente. Se produce el contacto; hay una descarga; Tanglin muere instantáneamente y sus ojos están cerrados. Su cara reposa con total relajación. La fina barbilla se desencaja y se forma un hilillo de baba en la comisura del labio inferior; aparece la mano de Crossbow que lo limpia con una esponja. El cuerpo, momentáneamente vacío de toda personalidad, reposa en la silla, pero unos brazos de plástico transparente, difícilmente visibles, mantienen la cabeza derecha. Se forman lágrimas en los conductos abiertos de los ojos que resbalan por las mejillas sin vida. El borrador de memoria ha hecho su trabajo. La mente de Tanglin se ha ido, su personalidad ha sido arrancada. La máquina se separa de la cabeza. Enseguida, Crossbow limpia las lágrimas y quita las abrazaderas de la cabeza. A los pocos segundos vuelve la consciencia, he nacido y alzo mi cabeza.
«Hola», dice cortés Crossbow. Fascinado, levanto mi mano y toco la fría humedad de mis mejillas. «Hola», digo mientras me restriego los ojos con los dedos.
Crossbow: ¿Sabes quién eres?
Yo: Sí. Soy R. T. (pausa) R. T. Arti. (Masco las palabras mientras muevo mi boca).
Crossbow: ¿Y sabes quién soy yo?
Yo: Sí. Eres mi amigo, el profesor Crossbow. Estamos en tu casa, en Reveria.
Crossbow: (con infinita delicadeza) ¡Muy bien! (yo sonrío radiante). Caminemos un poco, Arti, ¿quieres? Estupendo. (Me levanto de la silla. Soy un recién nacido, pero mi cuerpo no ha olvidado sus reflejos. Comienzo a pasear por la habitación con la antinatural seguridad y gracia de esos cientos de años de experiencia. La cámara nos sigue. Los recuerdos parecen amenazantes, voluminosos y angulares en la habitación de Crossbow, a pesar de su calidez, de los gratos paneles de madera, de su mobiliario y sus tiros de aire, de sus terrarios y acuarios de cristal, de su pantalla de proyección.) Allí. ¿Cómo te sientes ahora, Arti?
Yo: Me siento estupendamente, profesor.
Crossbow: ¡Maravilloso! Ahora bebe esto (me pasa una taza de cerámica llena de un espeso líquido negro prácticamente cristalizada con inhibidores de la testosterona) y después nadaremos en el acantilado. Más tarde cenaremos y entonces será momento de empezar con tus lecciones. ¿No estarás dormido, verdad?
Yo: (dejando a un lado la taza vacía) ¡No! (impaciente) Vayamos a nadar.
La cinta acaba cuando salimos por la puerta. Crossbow no era especialmente entusiasta de las cintas de vídeo, excepto cuando se trataba de su trabajo científico, en el cual la Academia exigía una meticulosa grabación de cada paso del proceso científico.
No así Rominuald Tanglin. Tanglin, o «el Viejo Papá» como mis amigos y yo mismo habíamos llegado a llamarle, era un fanático creyente del poder del vídeo. Era un constructor de imágenes, y en un momento determinado, uno de los más poderosos políticos del planeta Niwlind (a pesar de que aquel mundo era bien conocido por la retorcida habilidad de sus intrigas). Yo no llegaba a tanto, pero sentía que había heredado algo de sus destacadas habilidades en este campo.
Para Tanglin debió ser muy duro destruir cientos de años de cintas grabadas en el ordenador personal que yo había heredado de él, pero era consciente que esa vasta carga de recuerdos podría destruir una joven personalidad en desarrollo. Aun así, me dejó las grabaciones de los dos últimos años de su vida, cuidadosamente editados, con el legado de todos sus gestos y ademanes. Este ordenador, un modelo muy desarrollado de Niwlind, fue especialmente diseñado para Tanglin; él lo conocía mucho mejor de lo que yo pueda hacerlo nunca. Escondió cuidadosamente sus últimas cintas en algún sitio de la memoria, de tal forma que un programa virus las activaba de acuerdo a unos códigos variables. Las cintas iban personalmente dirigidas a mí, casi siempre precedidas por la carátula del insano rostro del Viejo Papá. Siempre me las dirigía como «Chico» o «Hijo», así que ni tan siquiera mis más cercanos amigos conocían nuestra verdadera relación.
¿Con cuánta frecuencia me he encontrado de repente con los desvaríos del Viejo Papá mientras visionaba sin descanso las cintas de mis proezas en los combates? Docenas de veces al menos; de hecho, su holograma proyectado aparecía y desaparecía constantemente por la casa. Me instruía en técnicas de política, o me hablaba de la perfidia de su esposa Crestillomeem, o de la acechante presencia de criaturas alienígenas a las que él llamaba «sanguijuelas». Estas «sanguijuelas» fueron su particular obsesión durante los últimos meses. Decía que había desarrollado sus técnicas en el manejo del arma para protegerse de «ellos». «Ellos», insistía, eran los degenerados supervivientes de la Cultura Antigua; de piel gris y huesos de caucho, con brillantes, huecas calaveras delineadas dentro de un tosco vestido de fibra negra. Por supuesto, estas locas afirmaciones no tenían la más mínima prueba de realidad. Según fui creciendo, dejé de creer en ello.
Había cientos de cintas. Debió haber hecho una cada día durante los dos años de descontaminación que pasó en el anillo orbital de emigración. Durante su última semana, en la casa del profesor Crossbow, en los Acantilados de Tethys, a sesenta millas de Telset, estuvo editándolas. Algunas cintas, especialmente aquellas en las que vierte detalles sobre su paranoica teoría acerca de la Cultura Antigua, emanan una intensa convicción que demuestra cómo debió haberse servido de sus habilidades para llegar a la privilegiada posición de Primer Secretario del gobierno de Niwlind.
¿Por qué me he convertido en un luchador artista? Bien, ¿qué más hay? Era joven, aunque aún poseía la gracia habitual de la edad. Mi cuerpo todavía recordaba su antiguo tren de combate. Y el arte en el combate es algo que todo joven persigue; es necesaria la vitalidad de la juventud, su despreocupación, su temeridad. Este tiempo moderno es duro para los jóvenes. Nuestros remotos antepasados, y algunos humanos contemporáneos, eran lo bastante estúpidos como para vivir en planetas de baja tecnología y morir pronto, algunos incluso antes de un solo siglo de vida. No eran capaces de vivir una y otra vez, suprimiendo con el peso de tantos siglos de poder y experiencia a su hijos e hijas. Es difícil encontrar un sitio para respirar cuando eres joven; es difícil para alguien que tiene doscientos años entender los sentimientos de otro que tiene dieciocho. Una respuesta de Revería ha sido la Zona Descriminalizada, un área libre de toda limitación legal o social.
Cuando la Zona Descriminalizada fue abierta, hace veinte años, muchos ciudadanos se asombraron y escandalizaron por el repentino brote de violencia anárquica que surgió entre las pequeñas bandas de errantes, ociosos, peligrosos y desafiantes delincuentes. Sus violentas actividades captaron el interés y la simpatía de otros muchos que padecían una frustración similar. Las filmaciones que contenían escenas de personas golpeadas salvajemente comenzaron a tener una audiencia cada vez mayor, y no sólo entre la masa juvenil. El dinero del vidente comenzó a introducirse en la industria. Comenzaron a ponerse de moda diversas formas de arte en el combate, los indisciplinados matones comenzaron a desaparecer pronto, y el combate artístico llegó a ser una profesión.
En la casa del profesor al nordeste de Telset, sobre un acantilado del continente Aeo, yo era un devoto seguidor. Al principio, el profesor lo desaprobaba, pero poco a poco, según iba creciendo, dejó que tomase mis propias determinaciones. En cierta manera, cada vez le veía menos neutro según iba explorando los acantilados y documentando la increíblemente intricada ecología de Reveria.
Un día dejé una simple nota al profesor y embarqué en mi bote rumbo a la ciudad. Tardé dos semanas en establecerme y volví a por mi computadora. Mi nota no estaba, pero así era el profesor. Mi partida le había liberado de su última responsabilidad. Imaginé que mi viejo tutor se había echado a la mar y que sencillamente se dejaba llevar por la superficie del Golfo de la Memoria.
Pronto descubrí que amaba Telset. Es una isla de doce millas de largo por cinco de ancho, plantada como una joya en las brillantes aguas del Golfo de la Memoria. Tiene la forma de una huella de zapatilla. La parte más norteña es Prospect Point; la ciudad original, Vieja Telset, está en el centro del acantilado este. Los orbitales pueden ver el golfo como una unidad: un lago del tamaño de un océano, completamente rodeado por los arrecifes de coral del continente atolón que llamamos Aeo.
Hace quinientos años, los conquistadores de Reveria sumieron Telset en un estado de roja y ardiente oscuridad con sus láseres orbitales, matando a todos los nativos. Cuando la superficie se enfrío, poblaron los suelos estériles con su propia fauna y flora, la mayoría traída de Niwlind. Las especies foráneas evolucionaron bien, pero según fue pasando el tiempo comenzaron a sucumbir ante las especies nativas, más arraigadas, que eran transportadas por el viento y los pájaros. Ahora la isla es una mezcla dispar de especies de una docena de planetas distintos, cada una ocupando su nicho dentro de un ecosistema caótico y cosmopolita.
Los límites de la ciudad de Telset son difusos; sus modernas villas de granito, travertina, mármol, metal o madera se dispersan por toda la isla. Ocultas en los bosques o medio enterradas entre acantilados, atisban por encima de la hierba, agazapadas en cañadas, calas y valles. Telset es como un laberinto de cables; lo cual hace de ella una ciudad poco compacta. El entretenimiento principal de sus habitantes son lo vídeos: vídeos aburridos, de arte, sobre la vida, el pasado. Es nuestra forma de vivir.
He explorado Telset a pie y en zumbador. Conozco los grandes, amazacotados y desiertos edificios del Viejo Telset como la palma de mi mano; la mayor parte del Viejo Telset es ahora la Zona Descriminalizada, mi campo de acción. Conozco a la perfección los canales de los Acantilados de Telset —tal vez demasiado bien—; los he recorrido en mi pequeño esquife Azote de los Mares y he nadado entre ellos y explorado con zumbadores acuáticos. He visto castores marinos, pesados tragabarros, patinadores y rayas, estelantes, enmarañadores, espumeantes y cormoranes. He visto enormes holotaurios vomitando fango, tan grandes como casas, arrastrando su gomoso cuerpo a los acantilados, y los he acariciado con mis manos. He visto las vastas costras cilíndricas de la Torre de Coral y las he escalado, zambulléndome después desde su cumbre hasta el mar. He visto Telset, la he tocado, oído, palpado, y he olido el aroma salobre de su aire oceánico. Pero ante todo, he conocido a su gente.
Aquellos de entre mi audiencia que han seguido de cerca mi carrera (y sé de algunos que han formado verdaderas bibliotecas con mis cintas) saben que comencé mi carrera como joven miembro de Conocimiento Disonante, una secta dirigida durante los últimos ocho años por una espectacular pareja: Agente Escalofrío y su Dama Hielo. Hielo y Escalofrío fueron los responsables de mi desarrollo como actor y experto en cintas de vídeo. El hecho de que a veces haya desafiado y maltratado a alguno de sus miembros (Seis Dedos, Martillo, Multimáscaras, Tortazo Feliz, Mosca Bill Flaco, Cadenas, Cerebro, Sumo, Cojo o Párpados) no quiere decir que no sienta un sincero afecto por todos esos extraordinarios artistas y luchadores.
Ellos me proporcionaron mis primeras cámaras. Me contaron innumerables trucos para la correcta representación de una obra dramática. Me ayudaron a encontrar mi primera casa. Me enseñaron cómo vestir, los rituales del combate y el Código del artista. El Código dirige nuestras vidas. Nos habríamos matado unos a otros hace tiempo si no fuese por el Código.
Tiene ocho años corrientes de existencia. Desde entonces, he escalado a lo más alto de este sangriento estandarte.
A pesar de la tecnomedicina, los artistas de la lucha pasan gran parte de su tiempo cicatrizando sus heridas. No se puede estar luchando continuamente, hay límites: las facturas del médico y el daño físico. Esto quiere decir que, incluso los mejores en el ranking de luchadores, tienen unas ganancias moderadas con respecto a la clase alta de Revería. Pero el dinero no lo es todo; en mi mente juvenil, la fama y el respeto significaban mucho más. Tenía suficiente dinero como para vivir cómodamente y sin ahogos en la Zona Descriminalizada. Mi casa tenía un sistema computerizado de alarma, y yo contaba con pagarés reales, una firme réplica del esmufo, y un guarda personal, Quade Altman.
¿Por qué un guardián humano cuando podía adquirir fácilmente una simple máquina que se encargase de sus desagradables tareas? Desde luego no era por sexo; mi libido estaba dormida desde que el profesor Crossbow me la dio, mi cara imberbe y mi voz suave y aguda eran prueba de ello. Tampoco era para guardar las apariencias reverianas típicas, estado-consciente y dominación-consciente. No, simplemente me gustaba porque era muy buena suplicando.
Todavía tengo el vídeo de nuestro primer encuentro. No pude resistir sus plegarias cuando se arrodilló ante mí entre los escombros de su mosaico en tres dimensiones. (Yo mido un metro y sesenta y cinco, mientras que Quade llega casi hasta los dos metros y medio.) Dos miembros de Estranguladores Perfectos habían irrumpido en su apartamento, ocultándose de los de Conocimiento Disonante durante una pelea. Como eran dos gamberros empedernidos, se dedicaron a destrozar sus obras de arte, unos excelentes mosaicos tridimensionales. Desafortunadamente para ellos, los gritos histéricos de Quade y el ruido de los mosaicos haciéndose trizas me alertaron; así que entré en escena y no paré de golpearlos hasta convertirlos en pulpa. Fue maravilloso; mis cámaras lo captaban todo mientras Quade sufría un cambio en sus maneras que me cautivó. Cayó de rodillas en su increíble longitud, echó sus brazos sobre mi cuello y comenzó a suplicar; literalmente me rogó que la protegiera y la llevara a un lugar seguro. Dudé: en aquellos días quería tener una imagen de inhumanidad. Pero finalmente decidí que así podría hacer cintas de vídeo nuevas y me la llevé; ella cayó desmayada. Después descubrí que esto le sucedía a menudo debido a ciertos problemas circulatorios producidos por la atmósfera de Revería; pero aquello fue una gran actuación, y además hizo algunos de sus mejores mosaicos en mi casa.
Llevaba conmigo dos años. Tenía la espinilla fracturada y estaba curándome, viendo vídeos y haciendo un poco de humo, cuando Quade entró en mi habitación con una luz de noche y algo de comida. «Las estrellas están preciosas esta noche», dijo distraída. Estaba ruborizada; sus ojos brillaban, y ese peculiar tono amarillento que a veces los nublaba había desaparecido. No sabía exactamente qué le sucedía, pero enseguida temí que era algo relacionado con el sexo; ella no tenía ningún amante. Yo había intentado vanamente durante dos años algo que consolase sus instintos, pero los resultados habían sido relativos. «¿Te froto la espalda?», murmuró. «¿Quieres que te coloque la almohada? ¿Te doy un masaje? ¿Te traigo las pesas?»
«Me mimas demasiado, Quade», dije. «Pero dame una servilleta, no me gusta tomar la comida caliente si estoy desnudo.» Levanté la tapa del recipiente; el vapor se diluyó en el aire. Había trocitos de raya asados con hierbas de los pantanos; ninguna proteína importada de los anillos. Tengo un gusto peculiar aunque a algunos les parece poco corriente. Algunos fanáticos pueden no estar de acuerdo pero, ya que conquistamos la isla, ¿por qué no disfrutar con sus manjares? Sería un insulto a Reveria actuar de otra manera; así podemos apreciar los bienes que nos reserva.
Quade abandonó la habitación de tres increíbles zancadas. Estaba a punto de empezar a comer cuando oí el sonido tintineante del comunicador personal. Apagué mi canal propio de vídeo y apareció la cara de sapo de mi genial amigo y patrón, Mr. Richer Money Manies.
«Hola, Money Manies», dije. «Encantado de verte.»
«Igual digo, Chico», dijo Manies, lamiéndose los labios. «Estás intentando seducirme con tu cuerpo atrofiado e imberbe ¿verdad? No has elegido bien tu verdadera vocación, querido. Deberías haberte dedicado al porno.»
«Lo siento», dije tapándome con la almohada. «No pretendo satisfacer tus depravados gustos.» Quade volvió para recoger la bandeja; la atraje sobre mí. «Quade, pequeña, acaríciame el pie», la dije, más que nada para pinchar a Manies. Mientras ella se arrodillaba al pie de la cama para acariciar adorablemente mis pies, cogí con los palillos un trocito crujiente de hierba y se lo ofrecí. Lo comió agradecida. Me aseguré que Manies lo veía todo a través de mi cámara. «Un maravilloso crepúsculo ¿verdad, Manies? Me he levantado a tiempo de verlo.»
«Sí, fascinante, fascinante», dijo distraído Manies, sus ojos azules se abrieron un poco. «Pero aún es posible darle un toque escarlata. Escucha, querido. Dentro de doce horas voy a dar otro de mis famosos desayunos. ¿Podemos quedar tres horas antes del amanecer? Necesito completar con urgencia un grupo de artistas del combate y tú eres el mejor de entre los mejores, Chico.»
«Apuesto que eso se lo dices a todos los luchadores que no puedes seducir», dije. «De cualquier forma, estaré allí. Supongo que es inútil que esta pierna herida te sirva de excusa.» Aparté la pierna en cuestión, mostrándole la envoltura transparente y los electrodos que ayudaban a regenerar el hueso. «Caminaré, así me mantendré en forma.»
Manies resopló. «¡Qué mundano! ¿Es este el Chico Artificial, la superestrella? Te enviaré a cuatro de mis más apetitosas pornoestrellas para que te transporten en una litera cubierta y perfumada. ¿Por qué correr riesgos? Podrías encontrar algún luchador descerebrado poco dispuesto a besar la punta de tu nunchako. No, deja que yo me encargue del transporte.» Hizo un ademán con sus gruesos dedos. «¿Qué has estado haciendo durante tu convalecencia, querido? ¿Visionando vídeos?»
«Exacto.»
«¿Qué canal?»
«Ninguno en especial; algunas cosas emitidas desde la zona desierta. Producto de algún flotante; el trabajo de ordenador es excelente. Hay algo que me interesa; ella trabaja con un zumbador manipulante. No es una observadora pasiva, capta cosas y las enfoca. Es una innovadora.» Cortamos nuestro canal de comunicación visual y conectamos con el 85. «Oh, conozco el trabajo de esa mujer», dijo Manies. «Es Cewaynie Wetlock. Es muy reciente, no tan vieja como tú.»
Nunca había oído hablar de ella. Nos dedicamos a criticar su trabajo durante dos horas. Manies me hizo jurarle que le haría una cinta con sus críticas (unas críticas que serían enviadas a Cewaynie Wetlock). El tiempo no significa nada para un reveriano de trescientos años, pero al ajado anciano le parecía correcto hacer los esfuerzos necesarios para divertirme.
I
Reveria brilla, el borde del planeta delimitado en una confusión luminosa producto de su atmósfera, sus mares, vastos y poco profundos, centellean, sus grandes continentes de coral sobresalen marrones, verdes y blancos entre deshilachadas nubes. El cielo sobre Telset, mi ciudad isla, es tan límpido como el cristal del zoom de una cámara; antes de pasar la proyección he tenido cuidado de conectar con los satélites meteorológicos. El efecto es hipnótico y relajante; la cámara desciende rápidamente de arriba hacia abajo, pasando de una vista general de la ciudad a un distrito y luego a una simple calle, una persona, a mí, y mi propia imagen se infla hasta llenar por completo la pantalla. El sonido proclama:
«Damas y caballeros, el Chico Artificial. Esta proyección ha sido posible gracias al señor Richer Money Manies y el Chico Artificial. Todos los derechos reservados en C. R. Y. 499 por el Chico Artificial para la Compañía del Conocimiento Disonante, Reveria.»
La mayoría de mi audiencia eran flotantes, que circunvalan nuestro coralino planeta sobre plataformas orbitales del tamaño de ciudades. Yo mismo los traje a la superficie del planeta y me encargué personalmente de captar su atención durante estos primeros treinta segundos de proyección. Los reverianos orbitales piensan en Reveria como algo querido pero lejano, en cambio los habitantes de la superficie, como yo mismo, lo consideran más bien original y dulce. Yo rompo este efecto de distanciamiento. Permanezco erguido bajo la cámara descendente, mis pequeños ojos rasgados y delimitados por una línea negra tan fríos y malignos como los de una víbora Desafío al espectador. Creo en los retos directos: están en el corazón del combate artístico.
Generalmente me preguntan cómo me convertí en un artista del combate y por qué me llaman el Chico Artificial. Pero dejan de hacer esas preguntas impertinentes cuando he terminado de golpearles sin piedad. Cualquier entrevista formal que he concedido la he terminado siempre «perdiendo los nervios» y vapuleando sonoramente al periodista. Pero han pasado los días en los que yo creía esto necesario de cara a crearme una reputación de furia y violencia gratuita. Ahora, intento contarlo todo.
¿Por qué, pues, la gente me llama el Chico Artificial? Mi respuesta es que todo artista del combate debe tener un apodo, y mi característica ha sido siempre el tener un aspecto juvenil y una salvaje artificialidad. «Chico», en Reveria, significa persona joven, pero la palabra también puede aplicarse a alguien irreverente y con poco respeto por los demás.
Más adelante explicaré y analizaré mi imagen en la película, una imagen que conozco bien, una imagen que, de hecho, me obsesiona. Muchas veces, me he levantado en el ocaso y trabajado sin interrupción durante las dieciocho horas que dura la noche reveriana, editando y depurando mis propias cintas para el señor Manies y el mercado. La imagen que proyecta la cinta es la de un hombre muy joven. Resistente, pero no excesivamente fuerte ni musculoso; su piel de un marrón oscuro, curtida por el sol, bajo una delgada capa de aceite verdoso. Bajo, de un metro y sesenta y cinco centímetros de altura. Sobre su torso, una gruesa cazadora de cuero con adornos metálicos, sujeta a los hombros por dos anchas correas; un rígido y pesado collar protege la parte trasera de su cuello. Viste un pantalón metálico con elásticos en la cintura y articulaciones, y lustrosas zapatillas negras de combate. Su cabeza parece la apropiada para un cuerpo juvenil; su cara es imberbe y sin rasgos sobresalientes, de anchas mandíbulas, barbilla estrecha y puntiaguda y ojos oblicuos y rasgados, delimitados por pintura negra. Su pelo es poco común, cada hebra de cabello está individualmente laminada en plástico, formando una maraña de rígidas, negras y puntiagudas púas. Sobre él, suspendidas en el aire, seis pequeñas y silenciosas cámaras, cada una con dos sistemas de lentes y un equipo de sonido, cuidadosamente programadas. Estas cámaras flotantes van siempre con él.
En su mano derecha, descuidadamente, lleva su arma. Se trata de dos delicadas barras de cuarenta y cinco centímetros de largo cada una, cubiertas de un plástico negro almohadillado y repelente de sangre, unidas por los extremos a una reluciente cadena de metal de veinte centímetros. Agarra una de sus barras por la mitad, dejando la otra libre. El sólido relleno de metal bajo la cubierta de plástico asegura un contundente impacto, mientras que la suave maleabilidad del plástico proporciona mejores golpes contundentes que los actuales desgarramientos y destrozos producidos por los sólidos mangos de metal. Pero, sobre todo, en lo que más cree el Chico Artificial es en el arte del combate. El arte en el combate te permite tener a tus oponentes sumidos a tus pies, aturdidos, insensibles y sin conocimiento. Combatir actuando no es arrancarle a uno grandes pedazos de carne sangrante.
El Chico Artificial se mueve con gracia felina. Es perfectamente consciente en todo momento de la exacta posición de cada centímetro de su cuerpo; su arma se agita como una cosa viva, obediente a sus deseos; no en vano tiene noventa y ocho largos años de experiencia. «¿Noventa y ocho años, Chico?» Puedo oír a mi audiencia preguntar. «¿No son veinte años más de los que has estado vivo?» Exactamente. Y es por esto por lo que soy el Chico Artificial.
Tengo los primeros momentos de mi «nacimiento» filmados en cinta. Fueron rodados por el profesor Crossbow, mi tutor durante los primeros veinte años de mi vida, una persona con la cual tengo una profunda deuda. Era gran habilidad de eso (el profesor Crossbow es un neutro, así que me referiré a eso como «eso», siempre he preferido el pronombre) tomar planos de acercamiento a mi cara. En los primeros momentos de la cinta, resulta obvio que, aparte del hecho de que él no dice absolutamente nada, estamos mirando a Rominuald Tanglin, mi personalidad anterior. Tiene doscientos veintiún años estándares y éstos son los que aparenta. Líneas de locura surcan su cara; sus ojos se mueven rápidamente de un lado a otro como dos pelotas negras al rojo vivo; hay tensión en la pálida línea de sus fruncidos labios. Está a punto de realizar un suicidio mental. Su cabello le baja hasta los hombros y sus maneras tienen esa especie de frivolidad del viejo estilo; hay media docena de puntitos rasurados en donde los contactos metálicos tocarán su cabeza, confiriéndole un aire peculiar de artificiosidad.
La máquina que va a matarlo desciende sobre él, desplegando seis contactos relucientes. Tanglin no dice nada todavía, pero su garganta se mueve visiblemente. Se produce el contacto; hay una descarga; Tanglin muere instantáneamente y sus ojos están cerrados. Su cara reposa con total relajación. La fina barbilla se desencaja y se forma un hilillo de baba en la comisura del labio inferior; aparece la mano de Crossbow que lo limpia con una esponja. El cuerpo, momentáneamente vacío de toda personalidad, reposa en la silla, pero unos brazos de plástico transparente, difícilmente visibles, mantienen la cabeza derecha. Se forman lágrimas en los conductos abiertos de los ojos que resbalan por las mejillas sin vida. El borrador de memoria ha hecho su trabajo. La mente de Tanglin se ha ido, su personalidad ha sido arrancada. La máquina se separa de la cabeza. Enseguida, Crossbow limpia las lágrimas y quita las abrazaderas de la cabeza. A los pocos segundos vuelve la consciencia, he nacido y alzo mi cabeza.
«Hola», dice cortés Crossbow. Fascinado, levanto mi mano y toco la fría humedad de mis mejillas. «Hola», digo mientras me restriego los ojos con los dedos.
Crossbow: ¿Sabes quién eres?
Yo: Sí. Soy R. T. (pausa) R. T. Arti. (Masco las palabras mientras muevo mi boca).
Crossbow: ¿Y sabes quién soy yo?
Yo: Sí. Eres mi amigo, el profesor Crossbow. Estamos en tu casa, en Reveria.
Crossbow: (con infinita delicadeza) ¡Muy bien! (yo sonrío radiante). Caminemos un poco, Arti, ¿quieres? Estupendo. (Me levanto de la silla. Soy un recién nacido, pero mi cuerpo no ha olvidado sus reflejos. Comienzo a pasear por la habitación con la antinatural seguridad y gracia de esos cientos de años de experiencia. La cámara nos sigue. Los recuerdos parecen amenazantes, voluminosos y angulares en la habitación de Crossbow, a pesar de su calidez, de los gratos paneles de madera, de su mobiliario y sus tiros de aire, de sus terrarios y acuarios de cristal, de su pantalla de proyección.) Allí. ¿Cómo te sientes ahora, Arti?
Yo: Me siento estupendamente, profesor.
Crossbow: ¡Maravilloso! Ahora bebe esto (me pasa una taza de cerámica llena de un espeso líquido negro prácticamente cristalizada con inhibidores de la testosterona) y después nadaremos en el acantilado. Más tarde cenaremos y entonces será momento de empezar con tus lecciones. ¿No estarás dormido, verdad?
Yo: (dejando a un lado la taza vacía) ¡No! (impaciente) Vayamos a nadar.
La cinta acaba cuando salimos por la puerta. Crossbow no era especialmente entusiasta de las cintas de vídeo, excepto cuando se trataba de su trabajo científico, en el cual la Academia exigía una meticulosa grabación de cada paso del proceso científico.
No así Rominuald Tanglin. Tanglin, o «el Viejo Papá» como mis amigos y yo mismo habíamos llegado a llamarle, era un fanático creyente del poder del vídeo. Era un constructor de imágenes, y en un momento determinado, uno de los más poderosos políticos del planeta Niwlind (a pesar de que aquel mundo era bien conocido por la retorcida habilidad de sus intrigas). Yo no llegaba a tanto, pero sentía que había heredado algo de sus destacadas habilidades en este campo.
Para Tanglin debió ser muy duro destruir cientos de años de cintas grabadas en el ordenador personal que yo había heredado de él, pero era consciente que esa vasta carga de recuerdos podría destruir una joven personalidad en desarrollo. Aun así, me dejó las grabaciones de los dos últimos años de su vida, cuidadosamente editados, con el legado de todos sus gestos y ademanes. Este ordenador, un modelo muy desarrollado de Niwlind, fue especialmente diseñado para Tanglin; él lo conocía mucho mejor de lo que yo pueda hacerlo nunca. Escondió cuidadosamente sus últimas cintas en algún sitio de la memoria, de tal forma que un programa virus las activaba de acuerdo a unos códigos variables. Las cintas iban personalmente dirigidas a mí, casi siempre precedidas por la carátula del insano rostro del Viejo Papá. Siempre me las dirigía como «Chico» o «Hijo», así que ni tan siquiera mis más cercanos amigos conocían nuestra verdadera relación.
¿Con cuánta frecuencia me he encontrado de repente con los desvaríos del Viejo Papá mientras visionaba sin descanso las cintas de mis proezas en los combates? Docenas de veces al menos; de hecho, su holograma proyectado aparecía y desaparecía constantemente por la casa. Me instruía en técnicas de política, o me hablaba de la perfidia de su esposa Crestillomeem, o de la acechante presencia de criaturas alienígenas a las que él llamaba «sanguijuelas». Estas «sanguijuelas» fueron su particular obsesión durante los últimos meses. Decía que había desarrollado sus técnicas en el manejo del arma para protegerse de «ellos». «Ellos», insistía, eran los degenerados supervivientes de la Cultura Antigua; de piel gris y huesos de caucho, con brillantes, huecas calaveras delineadas dentro de un tosco vestido de fibra negra. Por supuesto, estas locas afirmaciones no tenían la más mínima prueba de realidad. Según fui creciendo, dejé de creer en ello.
Había cientos de cintas. Debió haber hecho una cada día durante los dos años de descontaminación que pasó en el anillo orbital de emigración. Durante su última semana, en la casa del profesor Crossbow, en los Acantilados de Tethys, a sesenta millas de Telset, estuvo editándolas. Algunas cintas, especialmente aquellas en las que vierte detalles sobre su paranoica teoría acerca de la Cultura Antigua, emanan una intensa convicción que demuestra cómo debió haberse servido de sus habilidades para llegar a la privilegiada posición de Primer Secretario del gobierno de Niwlind.
¿Por qué me he convertido en un luchador artista? Bien, ¿qué más hay? Era joven, aunque aún poseía la gracia habitual de la edad. Mi cuerpo todavía recordaba su antiguo tren de combate. Y el arte en el combate es algo que todo joven persigue; es necesaria la vitalidad de la juventud, su despreocupación, su temeridad. Este tiempo moderno es duro para los jóvenes. Nuestros remotos antepasados, y algunos humanos contemporáneos, eran lo bastante estúpidos como para vivir en planetas de baja tecnología y morir pronto, algunos incluso antes de un solo siglo de vida. No eran capaces de vivir una y otra vez, suprimiendo con el peso de tantos siglos de poder y experiencia a su hijos e hijas. Es difícil encontrar un sitio para respirar cuando eres joven; es difícil para alguien que tiene doscientos años entender los sentimientos de otro que tiene dieciocho. Una respuesta de Revería ha sido la Zona Descriminalizada, un área libre de toda limitación legal o social.
Cuando la Zona Descriminalizada fue abierta, hace veinte años, muchos ciudadanos se asombraron y escandalizaron por el repentino brote de violencia anárquica que surgió entre las pequeñas bandas de errantes, ociosos, peligrosos y desafiantes delincuentes. Sus violentas actividades captaron el interés y la simpatía de otros muchos que padecían una frustración similar. Las filmaciones que contenían escenas de personas golpeadas salvajemente comenzaron a tener una audiencia cada vez mayor, y no sólo entre la masa juvenil. El dinero del vidente comenzó a introducirse en la industria. Comenzaron a ponerse de moda diversas formas de arte en el combate, los indisciplinados matones comenzaron a desaparecer pronto, y el combate artístico llegó a ser una profesión.
En la casa del profesor al nordeste de Telset, sobre un acantilado del continente Aeo, yo era un devoto seguidor. Al principio, el profesor lo desaprobaba, pero poco a poco, según iba creciendo, dejó que tomase mis propias determinaciones. En cierta manera, cada vez le veía menos neutro según iba explorando los acantilados y documentando la increíblemente intricada ecología de Reveria.
Un día dejé una simple nota al profesor y embarqué en mi bote rumbo a la ciudad. Tardé dos semanas en establecerme y volví a por mi computadora. Mi nota no estaba, pero así era el profesor. Mi partida le había liberado de su última responsabilidad. Imaginé que mi viejo tutor se había echado a la mar y que sencillamente se dejaba llevar por la superficie del Golfo de la Memoria.
Pronto descubrí que amaba Telset. Es una isla de doce millas de largo por cinco de ancho, plantada como una joya en las brillantes aguas del Golfo de la Memoria. Tiene la forma de una huella de zapatilla. La parte más norteña es Prospect Point; la ciudad original, Vieja Telset, está en el centro del acantilado este. Los orbitales pueden ver el golfo como una unidad: un lago del tamaño de un océano, completamente rodeado por los arrecifes de coral del continente atolón que llamamos Aeo.
Hace quinientos años, los conquistadores de Reveria sumieron Telset en un estado de roja y ardiente oscuridad con sus láseres orbitales, matando a todos los nativos. Cuando la superficie se enfrío, poblaron los suelos estériles con su propia fauna y flora, la mayoría traída de Niwlind. Las especies foráneas evolucionaron bien, pero según fue pasando el tiempo comenzaron a sucumbir ante las especies nativas, más arraigadas, que eran transportadas por el viento y los pájaros. Ahora la isla es una mezcla dispar de especies de una docena de planetas distintos, cada una ocupando su nicho dentro de un ecosistema caótico y cosmopolita.
Los límites de la ciudad de Telset son difusos; sus modernas villas de granito, travertina, mármol, metal o madera se dispersan por toda la isla. Ocultas en los bosques o medio enterradas entre acantilados, atisban por encima de la hierba, agazapadas en cañadas, calas y valles. Telset es como un laberinto de cables; lo cual hace de ella una ciudad poco compacta. El entretenimiento principal de sus habitantes son lo vídeos: vídeos aburridos, de arte, sobre la vida, el pasado. Es nuestra forma de vivir.
He explorado Telset a pie y en zumbador. Conozco los grandes, amazacotados y desiertos edificios del Viejo Telset como la palma de mi mano; la mayor parte del Viejo Telset es ahora la Zona Descriminalizada, mi campo de acción. Conozco a la perfección los canales de los Acantilados de Telset —tal vez demasiado bien—; los he recorrido en mi pequeño esquife Azote de los Mares y he nadado entre ellos y explorado con zumbadores acuáticos. He visto castores marinos, pesados tragabarros, patinadores y rayas, estelantes, enmarañadores, espumeantes y cormoranes. He visto enormes holotaurios vomitando fango, tan grandes como casas, arrastrando su gomoso cuerpo a los acantilados, y los he acariciado con mis manos. He visto las vastas costras cilíndricas de la Torre de Coral y las he escalado, zambulléndome después desde su cumbre hasta el mar. He visto Telset, la he tocado, oído, palpado, y he olido el aroma salobre de su aire oceánico. Pero ante todo, he conocido a su gente.
Aquellos de entre mi audiencia que han seguido de cerca mi carrera (y sé de algunos que han formado verdaderas bibliotecas con mis cintas) saben que comencé mi carrera como joven miembro de Conocimiento Disonante, una secta dirigida durante los últimos ocho años por una espectacular pareja: Agente Escalofrío y su Dama Hielo. Hielo y Escalofrío fueron los responsables de mi desarrollo como actor y experto en cintas de vídeo. El hecho de que a veces haya desafiado y maltratado a alguno de sus miembros (Seis Dedos, Martillo, Multimáscaras, Tortazo Feliz, Mosca Bill Flaco, Cadenas, Cerebro, Sumo, Cojo o Párpados) no quiere decir que no sienta un sincero afecto por todos esos extraordinarios artistas y luchadores.
Ellos me proporcionaron mis primeras cámaras. Me contaron innumerables trucos para la correcta representación de una obra dramática. Me ayudaron a encontrar mi primera casa. Me enseñaron cómo vestir, los rituales del combate y el Código del artista. El Código dirige nuestras vidas. Nos habríamos matado unos a otros hace tiempo si no fuese por el Código.
Tiene ocho años corrientes de existencia. Desde entonces, he escalado a lo más alto de este sangriento estandarte.
A pesar de la tecnomedicina, los artistas de la lucha pasan gran parte de su tiempo cicatrizando sus heridas. No se puede estar luchando continuamente, hay límites: las facturas del médico y el daño físico. Esto quiere decir que, incluso los mejores en el ranking de luchadores, tienen unas ganancias moderadas con respecto a la clase alta de Revería. Pero el dinero no lo es todo; en mi mente juvenil, la fama y el respeto significaban mucho más. Tenía suficiente dinero como para vivir cómodamente y sin ahogos en la Zona Descriminalizada. Mi casa tenía un sistema computerizado de alarma, y yo contaba con pagarés reales, una firme réplica del esmufo, y un guarda personal, Quade Altman.
¿Por qué un guardián humano cuando podía adquirir fácilmente una simple máquina que se encargase de sus desagradables tareas? Desde luego no era por sexo; mi libido estaba dormida desde que el profesor Crossbow me la dio, mi cara imberbe y mi voz suave y aguda eran prueba de ello. Tampoco era para guardar las apariencias reverianas típicas, estado-consciente y dominación-consciente. No, simplemente me gustaba porque era muy buena suplicando.
Todavía tengo el vídeo de nuestro primer encuentro. No pude resistir sus plegarias cuando se arrodilló ante mí entre los escombros de su mosaico en tres dimensiones. (Yo mido un metro y sesenta y cinco, mientras que Quade llega casi hasta los dos metros y medio.) Dos miembros de Estranguladores Perfectos habían irrumpido en su apartamento, ocultándose de los de Conocimiento Disonante durante una pelea. Como eran dos gamberros empedernidos, se dedicaron a destrozar sus obras de arte, unos excelentes mosaicos tridimensionales. Desafortunadamente para ellos, los gritos histéricos de Quade y el ruido de los mosaicos haciéndose trizas me alertaron; así que entré en escena y no paré de golpearlos hasta convertirlos en pulpa. Fue maravilloso; mis cámaras lo captaban todo mientras Quade sufría un cambio en sus maneras que me cautivó. Cayó de rodillas en su increíble longitud, echó sus brazos sobre mi cuello y comenzó a suplicar; literalmente me rogó que la protegiera y la llevara a un lugar seguro. Dudé: en aquellos días quería tener una imagen de inhumanidad. Pero finalmente decidí que así podría hacer cintas de vídeo nuevas y me la llevé; ella cayó desmayada. Después descubrí que esto le sucedía a menudo debido a ciertos problemas circulatorios producidos por la atmósfera de Revería; pero aquello fue una gran actuación, y además hizo algunos de sus mejores mosaicos en mi casa.
Llevaba conmigo dos años. Tenía la espinilla fracturada y estaba curándome, viendo vídeos y haciendo un poco de humo, cuando Quade entró en mi habitación con una luz de noche y algo de comida. «Las estrellas están preciosas esta noche», dijo distraída. Estaba ruborizada; sus ojos brillaban, y ese peculiar tono amarillento que a veces los nublaba había desaparecido. No sabía exactamente qué le sucedía, pero enseguida temí que era algo relacionado con el sexo; ella no tenía ningún amante. Yo había intentado vanamente durante dos años algo que consolase sus instintos, pero los resultados habían sido relativos. «¿Te froto la espalda?», murmuró. «¿Quieres que te coloque la almohada? ¿Te doy un masaje? ¿Te traigo las pesas?»
«Me mimas demasiado, Quade», dije. «Pero dame una servilleta, no me gusta tomar la comida caliente si estoy desnudo.» Levanté la tapa del recipiente; el vapor se diluyó en el aire. Había trocitos de raya asados con hierbas de los pantanos; ninguna proteína importada de los anillos. Tengo un gusto peculiar aunque a algunos les parece poco corriente. Algunos fanáticos pueden no estar de acuerdo pero, ya que conquistamos la isla, ¿por qué no disfrutar con sus manjares? Sería un insulto a Reveria actuar de otra manera; así podemos apreciar los bienes que nos reserva.
Quade abandonó la habitación de tres increíbles zancadas. Estaba a punto de empezar a comer cuando oí el sonido tintineante del comunicador personal. Apagué mi canal propio de vídeo y apareció la cara de sapo de mi genial amigo y patrón, Mr. Richer Money Manies.
«Hola, Money Manies», dije. «Encantado de verte.»
«Igual digo, Chico», dijo Manies, lamiéndose los labios. «Estás intentando seducirme con tu cuerpo atrofiado e imberbe ¿verdad? No has elegido bien tu verdadera vocación, querido. Deberías haberte dedicado al porno.»
«Lo siento», dije tapándome con la almohada. «No pretendo satisfacer tus depravados gustos.» Quade volvió para recoger la bandeja; la atraje sobre mí. «Quade, pequeña, acaríciame el pie», la dije, más que nada para pinchar a Manies. Mientras ella se arrodillaba al pie de la cama para acariciar adorablemente mis pies, cogí con los palillos un trocito crujiente de hierba y se lo ofrecí. Lo comió agradecida. Me aseguré que Manies lo veía todo a través de mi cámara. «Un maravilloso crepúsculo ¿verdad, Manies? Me he levantado a tiempo de verlo.»
«Sí, fascinante, fascinante», dijo distraído Manies, sus ojos azules se abrieron un poco. «Pero aún es posible darle un toque escarlata. Escucha, querido. Dentro de doce horas voy a dar otro de mis famosos desayunos. ¿Podemos quedar tres horas antes del amanecer? Necesito completar con urgencia un grupo de artistas del combate y tú eres el mejor de entre los mejores, Chico.»
«Apuesto que eso se lo dices a todos los luchadores que no puedes seducir», dije. «De cualquier forma, estaré allí. Supongo que es inútil que esta pierna herida te sirva de excusa.» Aparté la pierna en cuestión, mostrándole la envoltura transparente y los electrodos que ayudaban a regenerar el hueso. «Caminaré, así me mantendré en forma.»
Manies resopló. «¡Qué mundano! ¿Es este el Chico Artificial, la superestrella? Te enviaré a cuatro de mis más apetitosas pornoestrellas para que te transporten en una litera cubierta y perfumada. ¿Por qué correr riesgos? Podrías encontrar algún luchador descerebrado poco dispuesto a besar la punta de tu nunchako. No, deja que yo me encargue del transporte.» Hizo un ademán con sus gruesos dedos. «¿Qué has estado haciendo durante tu convalecencia, querido? ¿Visionando vídeos?»
«Exacto.»
«¿Qué canal?»
«Ninguno en especial; algunas cosas emitidas desde la zona desierta. Producto de algún flotante; el trabajo de ordenador es excelente. Hay algo que me interesa; ella trabaja con un zumbador manipulante. No es una observadora pasiva, capta cosas y las enfoca. Es una innovadora.» Cortamos nuestro canal de comunicación visual y conectamos con el 85. «Oh, conozco el trabajo de esa mujer», dijo Manies. «Es Cewaynie Wetlock. Es muy reciente, no tan vieja como tú.»
Nunca había oído hablar de ella. Nos dedicamos a criticar su trabajo durante dos horas. Manies me hizo jurarle que le haría una cinta con sus críticas (unas críticas que serían enviadas a Cewaynie Wetlock). El tiempo no significa nada para un reveriano de trescientos años, pero al ajado anciano le parecía correcto hacer los esfuerzos necesarios para divertirme.
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