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17.3.14

EL JARDÍN DEL TIEMPO

J. G. BALI.ARD

Al atardecer, cuando la gran sombra de la villa alcanzaba la terraza, el conde Axel abandonó su biblioteca y bajó los anchos escalones de estilo rococó que conducían hacia las flores del tiempo. Una figura alta e imperiosa con una chaqueta de terciopelo negro; un alfiler de corbata de oro brillaba bajo su barba a lo Jorge V. En una de sus enguantadas manos mecía ligeramente un bastón. Comenzó a inspeccionar las exquisitas flores de cristal, sin emoción, mientras escuchaba los sonidos del clavicordio de su esposa, que estaba tocando un rondó de Mozart en la sala de música. Los ecos de la melodía vibraban a través de los translúcidos pétalos.
El jardín de la villa se extendía unos doscientos metros bajo la terraza, llegando hasta un lago en miniatura cruzado por un puente blanco que conducía a un menudo pabellón en la orilla opuesta. Axel nunca se aventuraba más allá del lago. La mayor parte de las flores del tiempo crecían en un pequeño arriate justamente bajo la terraza, amparadas por el alto muro que circundaba la finca. Desde la terraza, el conde podía ver por encima del muro la llanura que había más allá; una eran extensión de terreno abierto que avanzaba en ondulaciones hasta el horizonte, donde ascendía suavemente antes de perderse de vista. La llanura rodeaba la casa por todas partes, y su monótono vacío acentuaba la soledad y la suave magnificencia de la villa. Aquí, en el jardín, el aire parecía más brillante y el sol más cálido, mientras que en la llanura estaba siempre pálido y remoto.
Como de costumbre, antes de empezar su usual paseo vespertino, el conde Axel miró a lo largo de la llanura hasta la última elevación, donde el horizonte estaba iluminado como un escenario por los rayos del sol vespertino.
Cuando las delicadas y armoniosas notas de Mozart llegaban a él procedentes de las graciosas manos de su esposa, vio que las primeras filas de un enorme ejército se movían lentamente en el horizonte. A primera vista le pareció que avanzaban ordenadamente, pero en una inspección más detallada pudo comprobar que el ejército estaba formado por un vasto y confuso tropel de gente hombres y mujeres entremezclados con unos cuantos soldados de raídos uniformes, y todos ellos avanzando como una marea humana. Algunos lo hacían dificultosamente, bajo pasadas cargas suspendidas de toscos yugos que rodeaban sus cuellos; otros luchaban con toscas carretas de madera, ayudando con sus manos el girar de las ruedas. Solo unos cuantos caminaban libres, pero todos avanzaban al mismo paso, recortándose sus figuras a la luz del huidizo sol.
La multitud estaba casi demasiado lejos para ser visible; sin embargo, Axel siguió observando, con expresión fría y vigilante, hasta que se hizo claramente perceptible la vanguardia de un inmenso populacho. Por último, cuando la luz del día comenzó a desvanecerse, la multitud alcanzo la cresta de la primera ondulación bajo el horizonte; entonces, Axel abandonó la terraza y descendió a pasear entre las flores del tiempo.
Las flores crecían a una altura de dos metros; sus delgados tallos, como varillas de cristal, sostenían una docena de hojas. Al extremo de cada tallo estaba la flor del tiempo, del tamaño de una copa. Los opacos pétalos exteriores guardaban su corazón de cristal. Su brillantez diamantina presentaba mil facetas. Al ser movidas ligeramente por la brisa vespertina, refulgían como lanzas de fuego.
Muchos de los tallos habían perdido su flor, y Axel los examinaba cuidadosamente, con un destello de esperanza en los ojos en su búsqueda de algún nuevo brote.
Por último, seleccionó una gran flor de un tallo cercano al muro, se quitó los guantes y la arrancó con sus fuertes dedos.
Cuando llevaban la flor a la terraza esta comenzó a centellear y a deshacerse, y la luz procedente del corazón fue desvaneciéndose. Lentamente, el cristal también empezó a disolverse, y solo los pétalos de alrededor permanecían intactos. El aire que rodeaba a Axel se tomó brillante y vívido. En un instante, la tarde pareció transformarse, alternando sutilmente sus dimensiones de tiempo y espacio. El oscurecido pórtico de la casa quedó despojado de su pátina, y relumbraba con una espectral blancura, como surgido repentinamente de un sueno.
Alzando la cabeza, Axel miró fijamente otra vez por encima del muro. Solo el lejano borde del horizonte estaba iluminado por el sol, y la gran multitud que antes había avanzado casi una cuarta parte del camino de la llanura, había retrocedido ahora basta el horizonte. Todos habían vuelto atrás abruptamente, en una reversión del tiempo, y ahora parecían inmóviles.
La flor, en la mano de Axel, se había contraído hasta adquirir el tamaño de un dedal de cristal. Los pétalos estaban crispados alrededor del desvanecido corazón. Un desmayado centelleo tembló por un instante desde el centro y se extinguió rápidamente; entonces, Axel sintió derretirse la flor como una gota de rocío en su mano.
El crepúsculo se cerraba alrededor de la casa, extendiendo sus grandes sombras sobre la llanura, fusionando el horizonte con el cielo. El clavicordio estaba silencioso y las flores del tiempo no reflejaban su música, ahora inmóviles, formando parte del bosque embalsamando.
Durante unos minutos Axel las miró, contando las flores que aún quedaban; después saludó a su esposa, que cruzaba la terraza arrastrando el borde de su vestido de noche, de brocado, por las baldosas.
- Qué hermoso atardecer, Axel - habló la mujer, conmovida como si fuesen obra de su marido las ornamentales sombras y el nítido aire.
Su rostro era sereno e inteligente; llevaba el pelo recogido por detrás con un broche de piedras montadas en plata. El vestido, escotado, revelaba un largo y delgado cuello y una barbilla altanera. Axel la examinaba con profundo orgullo. Le ofreció su brazo y juntos bajaron las escaleras hasta el jardín.
- Uno de los más largos atardeceres de este verano - confirmó Axel, añadiendo -: He arrancado una flor perfecta, querida. Una joya. Con suerte nos servirá para varios días - frunció el entrecejo y miró involuntariamente al muro -. Cada vez parecen estar más cerca.
Su mujer le sonrió alentadoramente y apretó su brazo con efusión. Ambos sabían que el jardín del tiempo estaba muriendo.
* * *
Tres tardes después, como había previsto (aunque más pronto de lo que esperaba), el conde Axel arrancó otra flor del jardín del tiempo.
Cuando aquel día miró por encima del muro, la chusma había alcanzado la mitad de la llanura, extendiéndose como una masa ininterrumpida. Creyó oír murmullos de voces traídos por el aire, un hosco ronroneo pleno de lamentos y gritos. Afortunadamente, su mujer estaba ante el clavicordio y los maravillosos contrapuntos de una Fuga de Bach se esparcían a través de la terraza, ocultando otros ruidos.
Entre la casa y el horizonte la llanura estaba dividida en cuatro grandes declives, y la cresta de cada uno de ellos era visible en la declinante luz. Axel se había prometido a sí mismo que nunca los contaría, pero el número era demasiado pequeño para pasar inadvertido, particularmente porque servían de referencia en el avance del ejército.
Ahora la avanzadilla había traspasado la primera cresta e iba camino de la segunda, y el grueso de la multitud presionaba detrás de los primeros. Mirando a izquierda y derecha de aquel compacto grupo, Axel pudo apreciar la ilimitada extensión del mismo. Lo que al principio pudo creer que formaba el cuerpo total de la masa no eran sino las avanzadillas. El verdadero centro no era visible todavía y Axel estimaba que cuando este, por fin, alcanzara la llanura no quedaría un palmo de terreno sin hollar.
Intentaba ver algunos vehículos o máquinas pero todo aquello era una maraña amorfa y sin coordinación. No había estandartes, banderas, mascotas ni cortapicas; con la cabeza inclinada, la multitud avanzaba sin tregua.
Repentinamente, las avanzadillas de la chusma aparecieron en lo alto de la segunda cresta y avanzaron hormigueando por la llanura. Lo que más asombró a Axel fue la increíble distancia que habían cubierto en tan poco tiempo. Las figuras se veían mucho más grandes que la vez anterior.
Rápidamente, Axel salió de la terraza, seleccionó una flor del tiempo del jardín y la arrancó del tallo. Esta despidió su compacta luz y Axel volvió a la terraza. Cuando la flor se redujo a una perla helada en su mano miró hacia la llanura y vio con alivio que el ejército había retrocedido hasta el horizonte. Entonces advirtió que el horizonte estaba mucho más cerca que cuando arrancó la flor; lo había confundido con la primera cresta.
* * *
Cuando se unió a la condesa en el paseo vespertino no le dijo nada de lo sucedido, pero ella se dio cuenta de su desconcierto e hizo todo lo posible para disipar su preocupación.
Mientras bajaban los escalones, la condesa señaló al jardín del tiempo.
- ¡Qué maravilloso panorama, Axel! ¡Hay tantas flores todavía!
Axel asintió, sonriendo interiormente ante la tentativa de su mujer para tranquilizarle. La entonación con que ella había pronunciado la palabra «todavía» revelaba su propio conocimiento del próximo fin. De hecho, restaba una escasa docena de flores de los cientos que habían crecido en el jardín, y en su mayor parte eran tan solo capullos. Solamente tres o cuatro habían alcanzado la plenitud. Cuando caminaban hacia el lago, Axel trataba de decidir si debía arrancar primero las flores desarrolladas o dejarlas para el final. Estrictamente, sería mejor dar tiempo suficiente para que los capullos creciesen y madurasen, y este beneficio se perdería si retenía las flores formadas hasta el final, como deseaba hacer para la última acción defensiva. Se dio cuenta, empero, que en cualquier caso era lo mismo; el jardín moriría pronto y las pequeñas flores requerían más tiempo para crecer que él podía otorgarles.
Cruzando el lago, él y su esposa miraron sus cuerpos reflejados en las oscuras aguas. Amparado por el «pavillon» por un lado y el muro por el otro, Axel se sentía tranquilo y seguro, y la llanura, con su alborotada multitud, parecía una pesadilla de la cual había despertado felizmente. Puso un brazo alrededor del suave talle de su esposa y la atrajo hacia sí cariñosamente, dándose cuenta de que no la había abrazado desde hacía años, aunque sus vidas habían sido eternas, y podía recordar, como si fuera ayer, cuando la trajo a vivir en la villa.
- Axel - le preguntó su mujer, con repentina seriedad -. Antes que el jardín muera..., ¿puedo arrancar yo la última flor?
Entendiendo su petición, él asintió lentamente con la cabeza.
* * *
Una por una, durante los dos atardeceres siguientes, Axel arrancó las flores que quedaban, dejando tan solo un pequeño capullo que crecía justamente bajo la terraza, destinado a su esposa.
Había cogido las flores al azar, rehusando contarlas o racionarías y arrancando dos o tres capullos a la vez cuando era necesario. La horda había alcanzado la segunda y tercera cresta; nublaba el horizonte. Desde la terraza, Axel podía ver con claridad la revuelta turba bajando por la depresión hacia la cresta final, y de cuando en cuando los sonidos de sus voces llegaban hasta él mezclados con gritos de cólera y chasquidos de látigos. Las carretas de madera daban tumbos por todos los lados sobre sus ruedas y los conductores luchaban por controlarlas. Por lo que podía distinguir Axel, ni un solo miembro de la multitud estaba enterado de la dirección que llevaban. Más bien cada uno avanzaba ciegamente sobre el terreno, pisando los talones a la persona que iba delante. Sin motivo que aducir, Axel tenía la vaga esperanza de que el verdadero núcleo, bajo el lejano horizonte, pudiera cambiar de dirección y la multitud alterase su curso gradualmente, desviándose de la villa, y retrocediera en la llanura como una resaca en el mar.
En el penúltimo atardecer, cuando arrancó la flor del tiempo, la avanzadilla de la chusma había alcanzado la tercera cresta y pasaba hormigueante ante ella. Mientras esperaba a la condesa, Axel miró las dos florecitas que quedaban; solo conseguirían hacerles retroceder un corto trecho en el próximo atardecer. Los tallos de cristal a los que arrancó las flores se alzaban en el aire, pero todo el jardín había perdido su lozanía.
* * *
Axel pasó la mañana siguiente tranquilamente en su biblioteca, encerrando sus manuscritos más raros en las cámaras de cristal situadas en las galerías. Caminó lentamente ante los retratos, puliendo cada uno de los cuadros cuidadosamente; después, puso las cosas en orden en su escritorio y cerró la puerta tras él. Durante la tarde halló trabajo en la sala, ayudando a su esposa que limpiaba sus ornamentos y ponía en orden los jarrones y bustos.
Al atardecer, cuando el sol declinaba por detrás de la casa, ambos estaban cansados y polvorientos y no habían cruzado la palabra en todo el día. Cuando su mujer se dirigía a la sala de música, la llamó.
- Esta noche cogeremos las flores juntos, querida - anunció lentamente -. Una para cada uno.
Lanzó una ojeada por encima del muro. Pudo oír a unos seiscientos metros el rugir de la chusma avanzando hacia la casa.
Rápidamente, Axel arrancó su flor, un capullo no mayor que un zafiro. A medida que este iba perdiendo su luz, el tumulto de afuera pareció ceder momentáneamente; después, comenzó de nuevo.
Cerrando sus oídos al clamor, Axel dirigió la vista hacia la villa, contando las seis columnas del pórtico; después, se fijó en la plateada superficie del lago que reflejaba la última luz del atardecer, y en las sombras que se cruzaban entre los árboles y se extendían por el crespo césped. Axel se detuvo sobre el puente donde él y su mujer habían visto sucederse, cogidos del brazo, tantos y tantos veranos.
-¡Axel!
Afuera, el tumulto se hacía ensordecedor; mil voces bramaban a veinte metros escasos de allí. Una piedra cruzó por encima de la valla y cayó en el jardín del tiempo, rompiendo algunos de los vítreos tallos. La condesa corrió hacia él cuando una nueva oleada retumbó a lo largo del muro. Después, una pesada baldosa cruzó por encima de sus cabezas y se estrelló en una de las ventanas del invernadero.
-¡Axel!
La rodeó con sus brazos, ajustándose la corbata que ella había ladeado con su hombro.
-¡Rápido, querida, la última flor!
La condujo al jardín. La condesa tomó el tallo, arrancó la flor limpiamente y la protegió entre las palmas de sus manos.
Por un momento el tumulto desmayó y Axel recobró su sangre fría. Al vívido centelleo de la flor vio el blanquecino rostro y los asustados ojos de su mujer.
- Retenla todo lo que puedas, querida, hasta que muera la última de sus fibras.
Permanecieron juntos en la terraza. De pronto, el griterío de afuera aumentó. La multitud estaba golpeando la verja de hierro y toda la villa temblaba ante este impacto.
Cuando el último rayo de luz desapareció, la condesa elevó sus manos como si liberase un invisible pájaro; después, en un acceso final de valor, tomó las manos de su esposo con una sonrisa radiante que se desvaneció rápidamente.
-¡Oh Axel!- lloró.
Como una espada, la oscuridad descendió súbitamente sobre ellos.
* * *
Pesadamente, la multitud que había afuera pasó por encima de los residuos del muro que cercaba la finca; acarreaban sus carretas por encima de él y a lo largo de los baches que una vez habían sido primoroso camino. Las ruinas de lo que antes fuera una espaciosa villa eran holladas por una incesante marea humana. El lago estaba seco. En su fondo quedaban troncos de árboles quebrados y el viejo puente deshecho. Brotaban las malas hierbas entre el largo césped de la pradera, cubriendo los senderos.
La mayor parte de la terraza se había derrumbado y casi toda la multitud cruzaba rectamente por el césped, desviándose de la destruida villa; pero uno o dos de los más curiosos treparon y buscaron entre su armazón. Las puertas habían sido sacadas de sus goznes y los suelos estaban agrietados. En la sala de música se veía un viejo clavicordio hecho astillas y algunas de sus teclas aún reposaban entre el polvo. Todos los libros estaban esparcidos por el suelo, fuera de sus estantes, y los lienzos habían sido acuchillados, cubriendo con sus tiras el suelo.
Cuando el cuerpo mayor de la multitud alcanzó la casa cubrió el muro en toda su extensión. Toda la gente junta caminaba a tropezones por el seco lago, por la terraza, y atravesando la casa cruzaban hacia la parte norte. Solo una zona soportaba esta ola sin fin. Justamente bajo la terraza, entre el derruido balcón y el muro, había unos matorrales espinosos de unos dos metros de altura. El punzante follaje formaba una masa impenetrable y la gente pasaba a su alrededor cuidadosamente. Muchos de ellos estaban demasiado ocupados buscando su camino entre las destrozadas losas para mirar el centro de los matorrales espinosos, donde dos estatuas de piedra, una junto a la otra, miraban alrededor desde su zona protegida. La mayor de las dos figuras representaba a un hombre con barba que llevaba una chaqueta de cuello alto y un bastón en una mano. Junto a él había una mujer con un traje de seda. Su rostro era suave y sereno. En su mano derecha sostenía ligeramente una rosa de pétalos tan suaves que casi eran transparentes.
Cuando el sol se puso tras la casa, un rayo de luz pasó a través de una cornisa rota e hirió la rosa y, reflejándose sobre las estatuas, iluminó la piedra gris de tal manera que, por un fugaz momento, esta fue indistinguible de la ya hacía tiempo desvanecida carne de los originales de las estatuas.

19.9.11

EL PEZ

de J. G. Ballard

Dormían siempre durante las horas de sol. Todos los ciudadanos estarían ya en su hogar y las casas permanecerían silenciosas, con las cortinas corridas, cuando el sol saliese sobre las montañas de sal, calcinando las calles con su fuego. La mayoría eran ancianos y se quedaban pronto dormidos en la penumbra de sus chalés; pero Granger, con su mente incansable y su único pulmón, permanecía a menudo despierto, por las tardes, intentando fijar su atención en la lectura de viejos cuadernos de navegación que Holliday había rescatado para él de las plataformas espaciales destrozadas.
A las seis, los frentes térmicos retrocedían hacia el Sur, sobre los bancos de algas, y, uno por uno, los acondicionadores de aire de los dormitorios se apagaban. Mientras tanto, la ciudad volvía poco a poco a la vida y las ventanas se abrían al frescor del crepúsculo. Granger se dirigió a grandes pasos a almorzar en el bar Neptuno, contemplando a izquierda y derecha los grupos de ancianos, sentados en los porches, que se observaban unos a otros en las sombrías calles.
Unos ocho kilómetros más al Norte, en el vacío hotel de Idle End, Holliday descansaba casi siempre otra hora más, contemplando las torres de coral que brillaban a lo lejos como blancas pagodas v escuchando el rumor de la brisa al chocar con ellas. A lo lejos podía verse el simétrico pico de Hamilton, la más cercana de las islas Bermudas, sobresaliendo del piso del océano seco como una montaña, con su estrecho anillo de playa visible aún en el crepúsculo, como una línea de espuma del perdido océano.

* * *

Aquella tarde se sentía más predispuesto que nunca a bajar a la ciudad. No solo encontraría a Granger en su reservado del Neptuno, con su extraña conversación, mezcla de sermón e ironía —era en realidad la única persona con quien Holliday podía hablar, y sin poderlo evitar había llegado a sentirse dependiente del otro, más viejo que él—, sino que Holliday mantendría su última entrevista con el oficial de emigración y debería tomar una decisión de la que dependería su porvenir.
En cierto modo, esta decisión estaba ya tomada cuando Bullen, el oficial de emigración, le había comunicado su viaje un mes antes. No se molestó en presionar a Holliday, que no tenía condiciones especiales que ofrecer, ni las cualidades de carácter o dotes de mando que serían necesarias en los nuevos mundos. Sin embargo, Bullen había señalado un pequeño pero relevante hecho en el que Holliday, a su vez, había pensado en el mes intermedio.
—Recuerde, Holliday —le previno al final de la entrevista en su despacho, contiguo a la oficina del sheriff—. El promedio de edad de la colonia es superior a los sesenta. Dentro de diez años, usted y Granger pueden ser los únicos supervivientes aquí, y si su pulmón fallara, usted se quedaría solo.
Se detuvo un momento para darle tiempo a comprender, y añadió en voz baja:
—Todos los jóvenes se van en el próximo viaje —los dos chicos de los Merryweathers, Tom Juranda («¡Valiente salvaje! Cuidado, Marte, cuidado», pensaba Holliday)—. ¿Se da cuenta de que usted será el único menor de cincuenta años?
—Katy Summers se queda —respondió Holliday.
La sola vista de un vestido de organdí blanco y un largo cabello pajizo le daba ánimos.
El oficial de emigración consultó su lista y asintió con un gruñido.
—Sí, pero se queda para cuidar de su abuela. Tan pronto como muera esta señora, Katy se marchará. Después de todo, no hay nada aquí que merezca quedarse, ¿verdad?
—No —corroboró Holliday, automáticamente.
No había nada ahora. Durante mucho tiempo había pensado, equivocadamente, que sí lo había. Katy era de su misma edad, veintidós años, la única persona, aparte de Granger, que parecía comprender su determinación de permanecer en la olvidada Tierra. Pero su abuela murió tres días después y Katy comenzó a hacer el equipaje. No sabía cómo había podido pensar que ella se quedaría, y le preocupaba que sus suposiciones pudieran estar basadas en premisas igualmente falsas.
Salió a la terraza y contempló el resplandor fosforescente de los fragmentos de mineral que brillaban a lo lejos, entre los bancos de arena. Sus habitaciones estaban en el piso décimo, el único en buen estado del edificio, pues como la colonia estaba instalada en el lecho del océano, la presión había abierto grandes grietas en las paredes, grietas que poco a poco se alargaban hacia el techo. El piso bajo prácticamente había desaparecido. Pero cuando le llegara el turno al piso siguiente —seis meses más tarde, a lo sumo—, ya le habrían obligado a abandonar su viejo refugio y a volver a la ciudad. Inevitablemente tendría que compartir un chalé con Granger.
A lo lejos se oía el rugido de un motor. A pesar de la oscuridad, Holliday distinguió el helicóptero del oficial de emigración, que se dirigía hacia el hotel, el único edificio notable de la localidad, y que viró cuando Bullen hubo inspeccionado la ciudad, parándose lentamente al llegar al campo de aterrizaje.
«Las ocho», comprobó Holliday. Su entrevista era a las ocho y media del día siguiente. Bullen pasaría la noche con el sheriff, cumpliendo sus obligaciones como sepulturero y juez de paz. Durante doce horas Holliday era libre, capaz aún de tomar importantes decisiones (o, más exactamente, de no tomarlas), pero exponiendo su propia vida. Este era el último viaje del oficial de emigración, su circuito final desde las desiertas ciudades cercanas a Santa Elena, pasando por las Azores v las Bermudas alrededor del principal ferry del Atlántico situado en las Canarias. Únicamente dos de las grandes plataformas espaciales continuaban en órbita navegable —cientos de ellas caían continuamente del cielo—, y una vez que caían eran abandonadas. Los únicos capaces de recogerlas eran unos cuantos oficiales de comunicaciones.

* * *

Por dos veces en su camino a la ciudad, Holliday hubo de bajar la máquina limpiadora sujeta al parachoques frontal del jeep, con el fin de limpiar el camino de sal. Algas mutadas, con sus cambios acelerados por el radiofósforo, se movían en el aire, a ambos lados de la carretera, como enormes cactos, transformando los oscuros bancos de sal en blancos jardines lunáticos. Pero esta evidencia de ilimitada soledad solo servía para fortalecer su deseo de permanecer en la Tierra. Muchas noches, cuando no conversaba con Granger en el Neptuno, tratando de exponerle su filosofía, recorría el piso del océano, penetraba en las destrozadas plataformas o paseaba con Katy Summers por los bosques de algas. Algunas veces lograba que Granger se les uniera, con la esperanza de que la experiencia de este —que había sido biólogo marino— aumentara su propio conocimiento de la flora batipelágica, pero el auténtico lecho del mar había desaparecido bajo las interminables colinas de sal, y aquello era exactamente igual que pasear por el Sahara.
Cuando entró en el Neptuno —un salón estrecho que daba al campo de aterrizaje y que en ocasiones servía como sala de espera a los cientos de emigrantes del Hemisferio Sur que iban a ser transportados a las Canarias—, Granger le llamó y, apoyando su bastón en la ventana, señaló la línea oscura del helicóptero del oficial de emigración, aparcado cerca.
—Lo sé —dijo Holliday con voz cansada—. Le he visto venir.
—Lo sabes —repitió Granger, con su brazo bajo la camisa hawaiana para disimular su pulmón hundido (lo perdió treinta años antes, buceando)—. Yo no iré a Marte la semana que viene.
Holliday le miró sombríamente.
—Yo tampoco.
Vio el gesto de asombro de Granger y añadió en tono burlón:
—¿No lo sabía?
Granger rugió:
—¿De verdad no irás? ¿Lo has decidido?
—Equivocado. Y correcto. No lo he decidido; pero no iré. ¿Comprende la diferencia?
—Perfectamente, doctor Schopenhauer —Granger sonrió. Apartó su vaso—. ¿Sabes, Holliday? Tu único problema es que te tomas demasiado en serio. No te das cuenta de lo ridículo que resultas.
—Ridículo, ¿por qué?
—¿Qué importancia tiene que estés decidido o no? Lo único que importa es tener el valor suficiente para marchar a las Canarias y desde allí al amplio y azul más allá. ¿Por qué quieres quedarte? La Tierra está muerta y arrasada. Pasado, presente y futuro no existirán aquí mucho tiempo. ¿No sientes ninguna responsabilidad por tu propio destino biológico?
—Me trae sin cuidado —y cambiando de tema, Holliday sacó una hoja de pedido del bolsillo de su camisa y se la entregó a Granger, que era el encargado de los almacenes de distribución—. Necesito una nueva bomba para el refrigerador de la sala. Treinta watios Frigidaire. ¿De acuerdo?
Granger gruñó exasperado.
—Por Dios. Pareces un Robinsón Crusoe empeñado en quedarte en este montón de chatarra para tratar de arreglarla de nuevo. Eres el único hombre que ha decidido quedarse cuando todo el mundo se marcha. Tal vez seas un poeta o un soñador; pero ¿no te das cuenta que estas dos especies están ahora extinguidas?

* * *

Holliday contemplaba el helicóptero, apoyado en la barandilla; las luces de la colonia se reflejaban en las colinas de sal que rodeaban la ciudad. Cada día se alejaban unos pocos más. En diez años, su vida podía ser muy bien la de un Crusoe. Afortunadamente, los grandes depósitos de agua y keroseno —gigantescos cilindros, del tamaño de un gasómetros—, durarían aún aproximadamente unos cincuenta años. Sin ellos, desde luego, no habría tenido opción.
—Por favor, dejemos esto —dijo a Granger—. Usted sólo trata de encontrar en mí una justificación para su forzosa estancia. Quizá esto sea mi fin, pero prefiero terminar aquí a hacerlo en el vacío. De todos modos, tengo la corazonada de que un día volverán. Alguien querrá volver para tener un sentimiento vivo de lo que era la vida aquí. Esto no es una cáscara de fruta que podemos tirar cuando se nos acaba. Hemos nacido aquí. Es el único lugar que queda en nuestra memoria.
Granger asintió. Estaba a punto de decir algo, cuando un arco brillante iluminó la oscura ventana, después lo perdieron de vista. Cayó en el campo, tras los depósitos.
Holliday se puso rápidamente en pie y miró por la ventana.
—Debe de haber sido una plataforma espacial. Parecía una de las grandes, probablemente una de los rusos.
Se oyó una gran explosión, amplificada por el eco, entre las torres de coral. Varios relámpagos iluminaron la noche. Hubo una serie de pequeñas explosiones, y después una difusa nube de vapor apareció en el Noroeste.
—En el lago Atlántico —comentó Granger—. Vamos allí a echar un vistazo. Debe haber algo interesante.
Y allí fue donde Holliday descubrió el pez.

* * *

El lado Atlántico era una estrecha franja de agua estancada, de unos dieciséis kilómetros de longitud por dos de ancho, al norte de las islas Bermudas, resto de lo que había sido el Océano Atlántico y único vestigio de los mares que un día cubrieron los dos tercios de la superficie terrestre. La frenética explotación exhaustiva de los océanos en el siglo anterior, para proveer de oxígeno a las atmósferas de los nuevos planetas, los había agotado rápida e irremediablemente, y con su muerte habían sobrevenido mutaciones climáticas y otros cambios geográficos que aseguraron la extinción de la Tierra misma. El oxígeno se extraía electrolíticamente del agua de mar, se comprimía y se embarcaba; el hidrógeno liberado se descargaba en la atmósfera. Ahora solo quedaba una pequeña capa de densidad, de aire oxigenado de poco más de un kilómetro de espesor, y la gente que quedaba en la Tierra se vio obligada a habitar los vacíos lechos de los mares, abandonando las envenenadas planicies continentales.
En el hotel de Idle End, Holliday pasaba incontables horas en su biblioteca, donde había acumulado libros y revistas sobre las ciudades de la antigua Tierra, y Granges le hablaba a menudo de su propia juventud, cuando los mares estaban casi llenos y él trabajaba como biólogo marino en la Universidad de Miami, con un fabuloso laboratorio formado para él a lo largo de las playas.
—Los mares son nuestro recuerdo —decía a Hollyday con frecuencia—. Al desecarlos, borramos nuestro propio pasado, y, en cierto modo, nuestros propios seres. Esta es otra razón por la que debes irte. Sin el mar, la vida es insoportable. Somos poco más que fantasmas con recuerdos, ciegos y sin hogar, llenando los secos miembros de un esqueleto.
Llegaron al lago en media hora, y se abrieron camino a través de las ciénagas. En la penumbra, las grises dunas saladas se extendían varios kilómetros con grietas que formaban láminas hexagonales; una densa nube de vapor oscurecía la superficie del agua. Aparcaron en un bajo promontorio y examinaron la armadura circular de la plataforma espacial. Era uno de los mayores vehículos, de unos doscientos metros de diámetro, el que yacía en las aguas poco profundas, con su casco lleno de agujeros. A su alrededor, las plantas habían sido segadas por el impacto y extendidas en el lago por la explosión. Más allá se veían los motores apuntando al cielo.
Caminando por la orilla, la parte central del lago a su derecha, pasaron junto a la plataforma, en cuyo borde estaban grabadas las iniciales CCCP. El vehículo gigante había trazado un enorme surco en las vecinas charcas, junto al lago, y Granger se metió en las templadas aguas buscando seres microscópicos. Aquí y allá había pequeñas anémonas y estrellas de mar, de cuerpos enjutos y retorcidos. Algas como telillas se agarraban a sus botas de goma, con sus núcleos brillando como joyas en la luz fosforescente. Atravesaron una de las mayores charcas, de unos cien metros, donde el agua fluía de una grieta lateral. Granger se movía lentamente, recogiendo especies en un frasco, cuando Holliday se detuvo en el estrecho pasillo entre la charca y el lago, mirando la superficie de la plataforma que aparecía en la oscuridad, con su popa como la de un barco.
Examinaba un destrozado depósito de aire, cuando vio algo moverse en la superficie de la cubierta. Por un momento pensó que sería un superviviente del choque, pero cayó en la cuenta de que había sido solo un reflejo en la superficie de aluminio de algo que se movía en el agua.
—¿Has tirado algo? —preguntó Granger.
—No —respondió sin pensar—. Debe de haber sido un pez que ha saltado.
—¿Un pez? No hay un solo pez vivo en todo el planeta. Toda la especie zoológica murió hace diez años.
Entonces, el pez saltó de nuevo.
Durante unos segundos permanecieron inmóviles, emocionados, en la sombra. Lo vieron otra vez, cuando el esbelto cuerpo de plata salió de las tibias aguas de escasa profundidad. Sus cortas aletas le llevaban de un lado a otro.
—Un pez-perro —murmuró Granger—. De la familia del tiburón. Altamente adaptable. Tiene que ser eso para sobrevivir aquí. Debe de ser el único pez vivo.
Holliday se movió, con sus pies hundidos en el escurridizo fango.
—¿No es el agua demasiado salada?
Granger cogió en sus manos un poco de agua y la probó.
—Salada, pero bastante diluida.
Miró al lago.
—Acaso existe una evaporación continua desde la superficie del lago, que produce una condensación localizada aquí, una especie de débil destilación.
Dio una palmada en el hombro del otro.
—Holliday, esto puede ser interesante.
El pez-perro continuaba saltando, retorciendo su cuerpo y aleteando. Montones de lodo rodeaban la charca; solo en algunos sitios, pocos, hacia el centro, el agua medía algo más de treinta centímetros.
Holliday señaló una hendidura en el lodo, y comenzó a correr hacia ella.

* * *

Cinco minutos más tarde había alcanzado la brecha. Después regresó al jeep y lo condujo, cuidadosamente, por los estrechos pasillos, entre las charcas. Puso la máquina limpiadora y comenzó a empujar los lados del charco donde estaba el pez. Al cabo de dos horas había estrechado mucho el diámetro y la profundidad del agua había aumentado casi al doble. El pez-perro había dejado de saltar y nadaba por la superficie, mordiscando las incontables plantas que el jeep había arrojado dentro del agua. Su cuerpo plateado parecía blanco y borroso, con unas pequeñas aletas recortadas y poderosas.
Granger, sentado en el motor del jeep, con la espalda apoyada en el parabrisas, contemplaba a Holliday con admiración.
—Tienes recursos —dijo sonriendo—. Nunca pude imaginarlo.
Holliday lavó sus manos en el agua y anduvo por el revuelto lodo que circundaba el charco. Unos metros delante de él, el pez-perro giraba.
—Quiero conservarlo vivo —dijo Holliday—. ¿Se da cuenta, Granger? Los peces permanecieron cuando los grandes anfibios emergieron de los mares hace doscientos millones de años, lo mismo que nosotros dos permaneceremos ahora. En el fondo, todos los peces son imágenes nuestras vistas en el espejo del mar.
Descendió del montículo. Sus pantalones estaban empapados y llenos de sal. Aspiró el aire húmedo. Al Este, sobre la masa de la costa de Florida, elevándose sobre el océano como un enorme transporte aéreo, aparecieron los primeros frentes térmicos del alba.
—¿Haremos bien dejándolo aquí hasta la tarde?
Granger se puso al volante.
—No te apures. Vamos, necesitas descansar.
Señaló el borde saliente de la plataforma espacial.
—Eso le dará sombra por unas cuantas horas; ayudará a mantener una baja temperatura.

* * *

Cuando se acercaban a la ciudad, Granger vio a la gente abandonar los porches, cerrando los postigos de sus cabinas de acero.
—¿Qué hay de tu entrevista con Bullen? —preguntó a Holliday—. Te estará esperando.
—¿Dejar esto? ¿Después de lo de anoche? Ni pensarlo.
Granger movió su cabeza cuando aparcaba junto al Neptuno.
—¿No le estarás dando demasiada importancia a un pez-perro? Hubo millones de ellos; eran la plaga de los mares.
—Se está apartando del asunto —dijo, intentando secarse la sal de los ojos—. Ese pez significa que aún se puede hacer algo. La Tierra no está muerta y exhausta, después de todo. Podemos crear nuevas formas de vida, un reino biológico completamente nuevo.
Sumido en su visión, Holliday se sentó al volante cuando Granger fue al bar a recoger un cántaro de cerveza. Volvió con el oficial de emigración.
Bullen apoyó un pie en el parachoques, mirando dentro del jeep.
—Bien, ¿qué hay de eso, Holliday? Quiero partir pronto. Si no le interesa, me iré. Hay una nueva y rica vida allí; es el primer paso hacia las estrellas. Tom Juranda y los chicos de Merryweather se van la semana próxima. ¿Quiere irse con ellos?
—Lo siento —respondió Holliday secamente.
Puso el cántaro de cerveza en el coche y arrancó, alejándose por la desierta y polvorienta carretera.
Media hora más tarde, cuando salió a la terraza en Idle End, fresco después de una buena ducha, vio al helicóptero, con su negra hélice, alejándose rápidamente hasta desaparecer tras el bosque de algas hacia el casco de la nave espacial.
—Vamos.
—¿Qué llevas ahí?
Señaló una lata que Holliday había colocado en el departamento de herramientas.
—Migas de pan.
Granger suspiró y cerró la puerta.
—Estoy impresionado. Realmente impresionado. Tendrás que cuidar de mí. Yo también necesito aire.
A unos seis kilómetros del lago, Holliday señaló unas huellas de neumáticos impresas en la sal blanda, que continuaban hacia adelante.
—Hay alguien allí.
Granger se encogió de hombros.
—¿Y qué? Habrán ido probablemente a ver la plataforma —miró a su compañero—. ¿No quieres compartir tu Nuevo Edén con nadie? ¿O solo con un viejo biólogo?
Holliday sonrió.
—Esas plataformas me molestan. Al paso que van conseguirán que la Tierra parezca un montón de chatarra. Aunque, si no fuese por esta, no habría encontrado el pez.
Llegaron al lago y caminaron hacia la charca; las huellas de neumáticos continuaban. A doscientos metros de la plataforma había un coche que bloqueaba el paso de Holliday y Granger; sus ocupantes habían continuado a pie.
—Es el coche de los Merryweathers —señaló Holliday mientras examinaban el alargado Buick, pintado de amarillo y adornado con sirenas y banderines—. Los dos muchachos deben de haber venido.
Granger añadió:
—Uno de ellos está en lo alto de la plataforma.
El más joven de los hermanos había escalado la nave y actuaba de árbitro en las travesuras de los otros dos chicos, su hermano y Tom Juranda, un muchacho alto y fuerte, con traje de cadete espacial. Estaban en la orilla de la charca del pez, arrojando a ella piedras y bloques de sal.
Abandonando a Granger, Holliday se adelantó gritando. Demasiado distraídos para oírle los chicos continuaban tirando piedras al charco, cuando el más joven de los Merryweathers los avisó desde la plataforma. Antes que Holliday se acercara, Tom Juranda empezó a dar patadas al barro y acabó por echarlo dentro del agua.
—¡Juranda! ¡Vete de ahí! ¡Deja esas piedras!
Alcanzó a Juranda cuando este estaba a punto de tirar al agua un trozo de sal del tamaño de un ladrillo, le sujetó y le obligó a soltar la sal, que cayó, convirtiéndose en un montón de cristales rotos.

* * *

Estaba vacía. Una profunda grieta se había abierto en el barro y el agua se había escapado a otras charcas vecinas. En el centro del estanque, entre un montón de piedras y bloques de sal, yacía aplastado, pero retorciéndose aún, el cuerpo del pez-perro, revolviéndose sin esperanza en la escasa cantidad de agua que quedaba. La sangre, rojo oscura, manaba de las heridas de su cuerpo, salpicando la sal.
Holliday se dirigió a Juranda y sacudió al joven salvajemente por los hombros.
—¡Juranda! ¿Te das cuenta de lo que has hecho?...
Exhausto, Holliday fue al centro de la charca, quitó las piedras y permaneció contemplando al pez que se retorcía espasmódicamente a sus pies.
—Lo siento, Holliday —se disculpó el mayor de los Merryweathers—. No sabíamos que el pez era tuyo.
Holliday le volvió la espalda, con los brazos caídos. Se sentía cansado y confundido, incapaz de dominar su rabia y su desilusión.
Tom Juranda empezó a reír y gritar. La tensión se rompió, y los muchachos corrieron hacia su coche, jugando y burlándose de Holliday.
Granger los dejó marchar; después se dirigió al joven.
—¡Holliday! —llamó—. Vamos, muchacho.
Holliday sacudió su cabeza, con los ojos fijos en el lacerado cuerpo del pez.
Granger se unió a él. Las sirenas sonaban cada vez más lejos.
—¡Esos malditos crios!
Tomó a Holliday por un brazo.
—Lo siento—dijo—. Pero no es el fin del mundo.
Holliday se agachó para coger el pez. El barro que le rodeaba estaba manchado de sangre. Sus manos vacilaron y se incorporó.
—No hay nada que hacer, ¿verdad?
Granger examinó al pez. Aparte de una herida en uno de sus costados y de su cabeza aplastada, la piel estaba intacta.
—¿Por qué no disecarlo? —sugirió seriamente.
Holliday le miró incrédulo. Por un momento no dijo nada. Entonces, casi enloquecido, exclamó:
—¿Disecarlo? ¿Está usted loco? ¿Piensa que quiero convertirme en un monigote, que quiero llenar mi propia cabeza con paja?
Girando sobre sus talones, volvió la espalda a Granger y salió bruscamente de la charca.

CCCP. Siglas, en ruso, equivalentes a URSS.