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18.9.13

Citas de Las enseñanzas de don Juan


El poder reside en el tipo de conocimiento que uno posee. ¿Qué sentido tiene conocer cosas inútiles? Eso no nos prepara para nuestro inevitable encuentro con lo desconocido.

Nada en este mundo es un regalo. Lo que ha de aprenderse debe aprenderse arduamente.

Un hombre va al conocimiento como va a la guerra: bien despierto, con miedo, con respeto y con absoluta confianza. Ir de cualquier otra forma al conocimiento o a la guerra es un error, y quien lo cometa puede correr el riesgo de no sobrevivir para lamentarlo.
Cuando un hombre ha cumplido estos cuatro requisitos ‑estar bien despierto, y tener miedo, respeto y absoluta confianza‑ no hay errores por los que deba rendir cuentas; en tales condiciones, sus acciones pierden la torpeza de las acciones de un necio. Si un hombre así fracasa o sufre una derrota, no habrá perdido más que una batalla, y eso no le provocará lamentaciones lastimosas.

Ocuparse demasiado de uno mismo produce una terrible fatiga. Un hombre en esa posición está ciego y sordo a todo lo demás. La fatiga misma le impide ver las maravillas que lo rodean.

Cada vez que un hombre se propone aprender tiene que esforzarse como el que más, y los limites de su aprendizaje están determinados por su propia naturaleza. Por tanto, no tiene sentido hablar del conocimiento. El miedo al conocimiento es natu­ral; todos lo experimentamos, y no podemos ha­cer nada al respecto. Pero por temible que sea el aprendizaje, es más terrible la idea de un hombre sin conocimiento.

Enfadarse con la gente significa que uno consi­dera que los actos de los demás son importantes. Es imperativo dejar de sentir de esa manera. Los actos de los hombres no pueden ser lo suficiente­mente importantes como para contrarrestar nues­tra única alternativa viable: nuestro encuentro inmutable con el infinito.

Cualquier cosa es un camino entre un millón de caminos. Por tanto, un guerrero siempre debe tener presente que un camino es sólo un camino; si siente que no debería seguirlo, no debe perma­necer en él bajo ninguna circunstancia. Su decisión de mantenerse en ese camino o de abandonarlo debe estar libre de miedo o ambición. Debe obser­var cada camino de cerca y de manera deliberada. Y hay una pregunta que un guerrero tiene que hacerse, obligatoriamente: ¿Tiene corazón este camino?
Todos los caminos son lo mismo: no llevan a ninguna parte. Sin embargo, un camino sin cora­zón nunca es agradable. En cambio, un camino con corazón resulta sencillo: a un guerrero no le cuesta tomarle gusto; el viaje se hace gozoso; mientras un hombre lo sigue, es uno con él.

Existe un mundo de felicidad donde no hay diferencia entre las cosas porque en él no hay nadie que pregunte por las diferencias. Pero ése no es el mundo de los hombres. Algunos hombres tienen la arrogancia de creer que viven en dos mundos, pero eso es pura arrogancia. Hay un único mundo para nosotros. Somos hombres, y debemos transitar con alegría el mundo de los hombres.

El hombre tiene cuatro enemigos naturales: el miedo, la claridad, el poder y la vejez. El miedo, la claridad y el poder pueden superarse, pero no la vejez. Su efecto puede ser pospuesto, pero nunca vencido.

COMENTARIO

La esencia de todo cuanto me dijo don Juan al principio de mi aprendizaje se halla encapsulada en la naturaleza abstracta de estas citas, seleccio­nadas del primer libro, Las enseñanzas de don Juan. En la época en que se produjeron los hechos que se describen en el libro, don Juan hablaba mucho de aliados, de plantas de poder, de Mes­calito, del humito, del viento, de los espíritus de los ríos y los montes, del espíritu del chaparral, etcétera. Cuando más adelante le recordé la importancia que había dado a aquellos elementos y le pregunté que por qué no hablaba ya de ellos, admitió sin rubor que me había soltado toda aquella palabrería pseudoindia al principio de mi aprendizaje por mi bien.
Me quedé estupefacto. Me pregunté cómo podía afirmar tal cosa que, obviamente, era falsa. Resultaba evidente que lo decía con sinceridad, y si había alguien capacitado para juzgar la veracidad de sus palabras y de sus estados de ánimo, ése era yo.
‑No te lo tomes tan en serio ‑dijo, riendo‑. Disfruté mucho contándote todas esas bobadas, y aún disfruté más porque sabía que lo hacía por tu bien.
‑¿Por mi bien, don Juan? ¿Qué aberración es ésta?
‑Sí, por tu bien. Te engañé dirigiendo tu atención sobre elementos de tu mundo que te provocaban una profunda fascinación, y tú te tragaste el anzuelo, el sedal y la plomada.
»Lo único que me hacía falta era captar toda tu atención. Pero ¿cómo podría haberlo hecho cuando tenías un espíritu tan poco disciplinado? Tú mismo me repetías una y otra vez que permanecías conmigo porque encontrabas fascinante lo que yo decía sobre el mundo. Lo que no sabías expresar era que la fascinación que sentías se debía a que apenas reconocías vagamente cada elemento del que te hablaba. Por supuesto, pensabas que aque­lla vaguedad era chamanismo, y te atrajo, lo que quiere decir que te quedaste.
‑¿Le hace eso a todos, don Juan?
‑No a todos, porque no todos vienen a mí y, sobre todo, porque no me intereso por cualquie­ra. Estuve y estoy interesado en ti, sólo en ti. Mi maestro, el nagual Julián, me engañó de un modo similar. Me engañó a causa de mi sensuali­dad y mi avaricia. Me prometió conseguirme todas las mujeres bonitas que lo rodeaban y me prometió cubrirme de oro. Me prometió una for­tuna, y caí en la trampa. Todos los chamanes de mi linaje han sido engañados de ese modo des­de tiempo inmemorial. Los chamanes de mi lina­je no son maestros o gurús. Les importa un comino enseñar su conocimiento. Quieren here­deros para su conocimiento, no gente vagamente interesada en su conocimiento por razones inte­lectuales.
Don Juan tenía razón cuando dijo que me había atrapado con su artimaña. Yo creía que ha­bía encontrado al chamán informante ideal al que todo antropólogo aspira. Fue en esta época cuan­do, bajo los auspicios de don Juan y debido a su influencia, escribí diarios y recolecté viejos mapas que mostraban los sitios de los pueblos de los indios yaqui a lo largo de los siglos, comen­zando por las crónicas de los jesuitas de finales del siglo XVIII. Registraba todos esos sitios e identificaba los cambios más sutiles, y me pre­guntaba y sopesaba por qué se trasladaban los pueblos a otros lugares y por qué se disponían de forma ligeramente distinta cada vez que se reubicaban.
Las pseudoespeculaciones sobre la razón, y las dudas razonables, me abrumaban. Recopilé miles de páginas llenas de posibilidades y notas abrevia­das, extraídas de libros y de crónicas. Era un perfecto estudiante de antropología. Don Juan me ani­maba en mi fantasía tanto como podía.
‑No hay voluntarios en el camino del guerre­ro ‑me dijo don Juan a guisa de explicación‑. Un hombre ha de ser forzado a seguir el camino del guerrero en contra de su voluntad.
‑¿Y qué hago con las miles de notas que reco­pilé a causa de sus engaños, don Juan? ‑le pre­gunté entonces.
Su respuesta me conmocionó.
‑¡Escribe un libro sobre ellas! ‑respon­dió‑. De todos modos, seguro que si empiezas a escribirlo nunca las utilizarás. Son inútiles; pero ¿quién soy yo para decírtelo? Averígualo por ti mismo. Sin embargo, no te propongas escribir un libro como lo haría un escritor. Propónte hacerlo como un guerrero, como un chamán guerrero.
‑¿Qué quiere decir con eso, don Juan?
‑No lo sé. Averígualo por ti mismo.
Tenía toda la razón. Nunca utilicé aquellas notas. En cambio, y sin que yo lo pretendiera, me encontré escribiendo acerca de la existencia de un sistema de cognición diferente y de sus inconcebi­bles posibilidades.

5.8.11

INTRODUCCIÓN A "LA RUEDA DEL TIEMPO"

de Carlos Castaneda

Esta serie de citas han sido especialmente seleccionadas a partir de los ocho primeros libros que escribí sobre el mundo de los chamanes del México antiguo. Las citas proceden directamente de las explicaciones que, como antropólogo, recibí de mi maestro y mentor don Juan Matus, un chamán indio yaqui de México. Don Juan pertenecía a un linaje de chamanes cuyos orígenes se remontaban hasta los chamanes que vivieron en México en tiempos antiguos.
Don Juan me introdujo a su mundo de la manera más eficaz que pudo; un mundo que era, naturalmente, el de aquellos chamanes de la antigüedad. Don Juan estaba, por tanto, en una posición clave. Conocía la existencia de otro ámbito de la realidad, un ámbito que no era ni ilusorio ni producto de los caprichos de la fantasía. Para don Juan y para el resto de sus compañeros chamanes, que eran quince, el mundo de los chamanes de la antigüedad era tan real y pragmático como cualquier otra cosa.
Este libro empezó como un sencillo intento de recopilar una serie de descripciones, dichos e ideas procedentes de la sabiduría de aquellos chamanes, que podrían ser una interesante fuente para leer y pensar. Pero cuando el trabajo estaba en marcha se produjo un inesperado cambio de rumbo: me di cuenta de que las citas, en sí mismas, estaban imbuidas de un ímpetu extraordinario. Revelaban una línea encubierta de pensamiento que no se me había hecho evidente hasta entonces. A la vez que señalaban la dirección que habían seguido las explicaciones de don Juan durante los trece años en que me guió como aprendiz.
Las citas revelaban, mejor de lo que cualquier conceptualización podría hacerlo, una insospechada e invariable línea de acción que don Juan había seguido con el fin de fomentar y facilitar mi entrada en su mundo. Llegué a la certeza, más allá de toda especulación, de que si don Juan había seguido aquella línea, ése debía haber sido también el modo en que su propio maestro le había impulsado, a su vez, a entrar en el mundo de los chamanes.
La línea de acción de don Juan Matus consistía en un intento deliberado de empujarme hacia lo que, según decía, era un sistema cognitivo diferente. Cuando don Juan hablaba de sistema cognitivo, se refería a la definición usual de cognición, o sea: «los procesos responsables de la conciencia cotidiana, entre los que se cuentan la memoria, la experiencia, la percepción y el empleo experto de cualquier sintaxis dada». Lo que don Juan afirmaba era que los chamanes del México antiguo poseían en verdad un sistema cognitivo diferente al del hombre corriente.
Aplicando toda la lógica y todos los razonamientos a mi alcance como estudiante de ciencias sociales, tuve que rechazar esta afirmación suya. Comenté a don Juan una y otra vez que lo que afirmaba era absurdo. Para mí se trataba, cuando menos, de una aberración intelectual.
Tomó trece años de duro trabajo, por su parte y por la mía, para hacer vacilar mi confianza en el sistema normal de cognición que nos hace comprensible el mundo que nos rodea. Esta maniobra me llevó a un estado muy extraño: un estado de cuasi desconfianza en la, de otro modo, implícita aceptación de los procesos cognitivos de nuestro mundo cotidiano.
A1 cabo de trece años de duro asedio tuve que reconocer, contra mi voluntad, que don Juan Matus procedía en verdad desde otro punto de vista. En consecuencia, era cierto que los chamanes del México antiguo tenían un sistema de cognición diferente. El hecho de reconocerlo hizo arder todo mi ser. Me sentí un traidor. Me parecía que estaba proclamando la más horrenda de las herejías.
Cuando don Juan percibió que había vencido la peor de mis resistencias, me inculcó su perspectiva tan extensa y profundamente como pudo, y yo tuve que admitir sin reservas que en el mundo de los chamanes los practicantes de chamanismo juzgaban el mundo desde puntos de vista que son indescriptibles mediante nuestros recursos conceptuales. Por ejemplo, percibían la energía tal como fluye libremente en el universo, libre de las ataduras de la socialización y de la sintaxis, como pura energía vibratoria. A este acto lo llamaban ver.
El objetivo primordial de don Juan fue ayudarme a percibir la energía tal como fluye en el universo. En el mundo de los chamanes, percibir la energía de esta manera es un primer paso imprescindible para adquirir una visión más global y más libre de un sistema cognitivo diferente. Don Juan utilizó otras extrañas unidades cognitivas con la finalidad de que yo, en respuesta, viera. Una de las más importantes era lo que él llamaba recapitulación, que consistía en el escrutinio sistemático de la propia vida, fragmento a fragmento; un examen que no se realiza a la luz de la crítica o de la búsqueda de defectos, sino a la luz de un esfuerzo por comprender la propia vida y de cambiar su rumbo. Don Juan afirmaba que cuando un practicante ha contemplado su vida con el desapego que requiere la recapitulación, ya no hay modo de que regrese a su antigua vida.
Ver la energía tal como fluye en el universo significaba, para don Juan, tener la capacidad de percibir al ser humano como un huevo luminoso o como una bola luminosa de energía, y ser capaz de distinguir en esa bola luminosa de energía ciertas características comunes a todos los hombres, tales como un punto brillante que se destaca en la ya de por sí brillante luminosidad de la bola de energía. Según los chamanes, era en ese punto brillante, al que llamaban punto de encaje, donde la percepción se ensamblaba o encajaba. Siguiendo la lógica de esta idea, podían afirmar que nuestra cognición del mundo se producía en ese punto brillante. Por extraño que parezca, don Juan Matus tenía razón, en el sentido de que eso es exactamente lo que sucede.
La percepción de los chamanes estaba sujeta, por tanto, a un proceso diferente al de la percepción del hombre corriente. Los chamanes aseguraban que el hecho de percibir la energía directamente los conducía a lo que ellos calificaban de hecho energético. Llamaban hecho energético a una visión que era consecuencia de ver directamente la energía, y que les llevaba a conclusiones definitivas e irreductibles; no era posible desvirtuarlas mediante la especulación o el intento de hacer que cupiera dentro de nuestro sistema de interpretación usual.
Don Juan decía que, para los chamanes de su linaje, uno de estos hechos energéticos era que definimos el mundo que nos rodea mediante procesos cognitivos, y que tales procesos no son inalterables; no vienen dados. Son una cuestión de aprendizaje, resultado de la práctica y el uso. Esta idea se extendía hasta otro hecho energético más: los procesos de la cognición usual son producto de nuestra formación, tan sólo eso.
Don Juan Matus sabía, sin rastro de duda, que lo que me contaba acerca del sistema cognitivo de los chamanes del México antiguo era una realidad. Entre otras cosas, don Juan era un nagual, lo que implicaba, según los practicantes de chamanismo, que era un líder nato, una persona capaz de percibir hechos energéticos sin detrimento de su bienestar personal. Estaba capacitado, por tanto, para guiar con éxito a sus semejantes por avenidas de pensamiento y de percepción imposibles de describir.
Considerando todo lo que me había enseñado don Juan acerca de su mundo cognitivo, llegué a la conclusión, que era la conclusión que él mismo compartía, de que la unidad más importante de ese mundo era el concepto de intento. Para los chamanes del México antiguo, el intento era una fuerza que podían visualizar cuando veían la energía tal como fluye en el universo. La consideraban una fuerza omnipresente que intervenía en todos los aspectos del tiempo y del espacio. Era lo que impulsaba todo. Pero lo que resultaba de valor inconcebible para aquellos chamanes era que el intento una pura abstracción estaba íntimamente ligado al hombre. El hombre podía siempre manipularlo. Los antiguos chamanes de México se dieron cuenta de que el único modo de afectar esta fuerza era mediante un comportamiento impecable. Sólo los practicantes más disciplinados podían lograr tal proeza.
Otra estupenda unidad de aquel extraño sistema cognitivo residía en la comprensión que tenían los chamanes acerca de los conceptos de tiempo y espacio, y el modo en que los utilizaban. Para ellos, el tiempo y el espacio no eran los mismos fenómenos que forman parte de nuestras vidas en virtud de constituir parte integral de nuestro sistema cognitivo normal. Para el hombre corriente, la definición clásica de tiempo es «un continuo no espacial en el que los eventos se producen en una sucesión aparentemente irreversible que va desde el pasado hacia el futuro a través del presente». Y el espacio se define como «la extensión infinita del campo tridimensional, dentro del cual existen las estrellas y las galaxias: el universo».
Para los chamanes del México antiguo, el tiempo era algo así como un pensamiento; un pensamiento pensado por algo de tal magnitud que rebasaba toda comprensión. Su razonamiento lógico era que el hombre, siendo parte de ese pensamiento pensado por fuerzas inconcebibles para su mente, todavía retenía un pequeño porcentaje de dicho pensamiento; un porcentaje que podía ser redimido bajo determinadas circunstancias de extraordinaria disciplina.
El espacio era, para aquellos chamanes, un ámbito abstracto de actividad. Lo llamaban el infinito y se referían a él como la suma total de los esfuerzos de todas las criaturas vivas. El espacio era, para ellos, más accesible, algo casi práctico. Era como si tuvieran un mayor porcentaje en la formulación abstracta del espacio. Según las versiones aportadas por don Juan, los chamanes del México antiguo nunca contemplaron el tiempo y el espacio como oscuras abstracciones tal como lo hacemos nosotros. Para ellos, tanto el tiempo como el espacio, si bien incomprensibles en sus formulaciones, formaban parte integral del hombre.
Aquellos chamanes poseían otra unidad cognitiva, llamada la rueda del tiempo. Su manera de explicar la rueda del tiempo era decir que el tiempo era como un túnel de longitud y anchura infinitas, un túnel con surcos reflectantes. Cada uno de los surcos era infinito, y había un número infinito de ellos. Los seres vivos eran compelidos, por la fuerza de la vida, a fijar sus miradas en uno de los surcos. Mirar sólo uno de los surcos implicaba ser atrapados por él, vivir ese surco.
La meta final de un guerrero es la de enfocar, mediante un acto de profunda disciplina, su atención inquebrantable en la rueda del tiempo con el fin de hacerla girar. Los guerreros que han logrado hacer girar la rueda del tiempo son capaces de mirar en el interior de cualquier otro surco y extraer de él lo que deseen.
Al librarse de la fuerza hechizante que nos obliga a contemplar sólo uno de esos surcos, los guerreros pueden mirar en cualquiera de las dos direcciones: al tiempo cómo se acerca o cómo se aleja de ellos.
Vista de este modo, la rueda del tiempo constituye una irresistible influencia que atraviesa las vidas de los guerreros y llega aún más allá, como sucede con las citas de este libro. Parecen hiladas por un resorte que tiene vida propia. Ese resorte, explicado según la cognición de los chamanes, es la rueda del tiempo.
Bajo el impacto de la rueda del tiempo, el fin de este libro se convirtió, pues, en algo que no formaba parte del plan original. Las citas se convirtieron en el factor dominante, por sí mismas y en sí mismas, y la pauta que me impusieron fue la de mantenerme todo lo posible al espíritu con el que fueron transmitidas. Fueron transmitidas con un espíritu de frugalidad y de propósito definitivo.
Otra cosa que intenté hacer con las citas, sin éxito, fue organizarlas en una serie de categorías que facilitasen su lectura. Sin embargo, cualquier categorización resultaba insostenible. No había manera satisfactoria de establecer arbitrarias categorías de significado en algo tan amorfo y tan vasto como es todo un mundo cognitivo.
Lo único que podía hacer era supeditarme a las citas y permitir que fueran ellas mismas las que crearan un esbozo del armazón constituido por los pensamientos y los sentimientos que los chamanes del México antiguo tuvieron sobre la vida, la muerte, el universo y la energía. Las citas no sólo reflejan el modo en que aquellos chamanes concebían el universo, sino también los procesos de vivir y de coexistir en nuestro mundo. Y lo que es más importante todavía: señalan la posibilidad de manejar simultáneamente dos sistemas de cognición sin detrimento de uno mismo.