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8.5.12

LA ESPECIE

de John Shirley y William Gibson

Pudo haber sido en el Club Justine, o en Jimbo's, o en el Sad Jack's, o en el Rafters; Coretti nunca estuvo seguro de dónde la vio por primera vez. Ella podría haber estado en cualquier momento en cualquiera de esos bares. Buceaba entre la submarina semivida de las botellas y las copas y las lentas volutas del humo de tabaco... se movía en su elemento natural, bar tras bar.
Ahora, Coretti recordaba el primer encuentro como si lo viese por el lado equivocado de un potente telescopio: pequeño, nítido y muy lejano.
Se había fijado en ella por primera vez en el Salón Clandestino. Se llamaba Clandestino porque se entraba por un angosto callejón trasero. Las paredes del callejón estaban atiborradas de graffiti; las luces enrejaladas salpicadas de mariposas nocturnas. Bajo los pies crujían las escamas de pintura que se desprendían de los ladrillos pintados de blanco. Y luego se entraba en un sombrío espacio habitado por una impresión ligeramente desorientadora de la media docena de bares diferentes que, en el mismo local y bajo distintas administraciones, habían probado suerte y habían fracasado.
Coretti iba a veces porque le agradaba la cansada sonrisa del barman negro, y porque los escasos clientes rara vez trataban de ponerse sociables.
No era muy buen conversador frente a desconocidos, ni en fiestas ni en bares.
Era muy bueno en el colegio local, donde enseñaba introducción a la lingüística; podía hablar con el jefe del departamento sobre secuencialización y opciones en aperturas de diálogos. Pero nunca podía hablar con extraños en bares o en fiestas. No iba a muchas fiestas. Iba a muchos bares.
Coretti no sabía vestirse. La ropa era un lenguaje y Coretti un tartamudo de la indumentaria, incapaz de formular esa especie de enunciado básico, coherente y con estilo que transmite comodidad a los desconocidos. Su ex esposa solía decirle que se vestía como un marciano; que su aspecto era el de alguien que no pertenecía a ninguna parte de la ciudad. Nunca le había gustado oírlo, porque era cierto.
Nunca había conocido a una chica como la que estaba sentada con el dorso ligeramente arqueado a la luz suboceánica que se derramaba por la barra del Clandestino. La misma luz que se atornillaba en las lentes de las gafas del camarero, que se enroscaba en los cuellos de las botellas, que salpicaba opacamente el espejo. En aquella luz el vestido de la chica tenía el verde de las mazorcas jóvenes, como el de una vaina a medio pelar que mostraba la espalda, el valle de los senos, y gran parte de los muslos por los cortes laterales. Esa noche el pelo de ella era cobrizo. Y esa noche, los ojos de ella eran verdes.
Coretti avanzó resueltamente entre las desiertas mesas de cromo y fórmica hasta que llegó a la barra, donde pidió un bourbon puro. Se quitó el abrigo de tres cuartos con capuchón y lo recogió en el regazo para sentarse a un taburete de ella. Estupendo, gritó para sus adentros, pensará que estás escondiendo una erección. Y se sorprendió al advertir que tenía una erección que esconder. Se estudió en el espejo que había tras el mostrador: un hombre de unos treinta años, de pelo oscuro y menguante, con un rostro estrecho sobre un pescuezo largo, demasiado largo para el cuello abierto de una camisa de nailon estampada con dibujos de automóviles de 1910 en tres vivos colores.
Llevaba una corbata de anchas diagonales marrones y negras, demasiado estrecha, supuso, para las puntas del cuello, que ahora le parecían grotescamente largas. O no combinaba el color. Algo pasaba.
Junto a él, en la oscura claridad del espejo, la mujer de ojos verdes parecía Irma La Douce.
Pero mirando más de cerca, estudiando ese rostro, se estremeció. La cara de la chica era como la de un animal. Una cara hermosa, pero simple, astuta, bidimensional. Cuando sienta que la estás mirando, pensó Coretti, te brindará la sonrisa, la mueca desdeñosa, o lo que sea que esperas.
Impulsivamente, Coretti dijo: —¿Puedo, eh..., invitarte a una copa?
En momentos como ése, Coretti se veía poseído por un agónico y rígido tic lingüístico.
Ah.
Dio un respingo.
 Ah.
—¿Quieres, ah... invitarme a una copa? Pues, qué amable de tu parte —dijo ella, desconcertándolo—. Eso estaría muy bien. —Muy de lejos, Coretti notó que esa respuesta había sido tan formal e insegura como su invitación. La chica agregó—: Un Tom Collins sería perfecto para esta ocasión.
¿Para esta ocasión? ¿Perfecto? Azorado, Coretti pidió dos tragos y pagó.
Una mujer grande con téjanos y una camisa vaquera con encajes se apoyó a su lado en la barra y pidió cambio al barman. —Vaya, vaya —dijo. Luego caminó ampulosamente hasta la máquina de discos y tecleó la de Conway y Loretta: «Tú eres la razón de que nuestros hijos sean feos». Coretti se volvió hacia la mujer de verde y murmuró, atropelladamente:
—¿Te gusta la música country?
¿Te gusta...?
—Se hizo un reproche secreto por haber formulado así las cosas, y trató de sonreír.
—Sí, mucho —respondió ella, con un levísimo timbre en la voz—. Me gusta mucho.
La vaquera se sentó junto a él y le preguntó a chica: —¿Te está molestando el monstruito éste?
Y la mujer de verde y ojos de animal replicó: —Oh, qué va, cielo, me gusta. —Y se rió. La risa estrictamente necesaria. El dialectólogo que había en Coretti se movió incómodamente: un cambio de expresión e inflexión demasiado perfecto. ¿Una actriz? ¿Una mimo con talento? La palabra mimético le vino de golpe a la mente, pero la dejó a un lado para estudiar el reflejo de la mujer en el espejo; las hileras de botellas le ocluían los senos como una túnica de vidrio.
—Me llamo Coretti —dijo él, mientras el duende verbal lo llevaba bruscamente a un estilo de tipo rudo nada convincente—. Michael Coretti.
—Encantada —dijo ella, con voz demasiado baja para que la otra mujer la oyese, y cayendo, una vez más, en una mediocre parodia de Emily Post.
—Conway y Loretta —dijo la vaquera a nadie en particular.
—Antoniette —dijo la mujer de verde, e inclinó la cabeza. Terminó el trago, fingió mirar un reloj, dijo gracias-por-la-copa con excesiva cortesía y se marchó.
Diez minutos después, Coretti la seguía por la Tercera Avenida. Nunca en su vida había seguido a nadie, y aquello lo aterraba y excitaba al mismo tiempo. Doce metros le parecían una distancia discreta, pero, ¿qué haría si ella miraba hacia atrás?
La Tercera Avenida no es una calle oscura, y fue allí, a la luz de un poste, como la de un reflector de teatro, donde ella empezó a cambiar. La cañe estaba desierta.
Ella estaba cruzando la calle. Bajó de la acera y empezó. Comenzó con tonos en el pelo; al principio Coretti pensó que serían reflejos de luz. Pero allí no había neón que proyectase las manchas de color que aparecieron; colores que se deslizaban y se fundían como manchas de aceite.
Luego, los colores se disolvieron y a los tres segundos era rubia albina. Pensó otra vez que se trataba de un juego de la luz hasta que el vestido comenzó a retorcerse, arrugándose sobre el cuerpo como un plástico ajustable. Una parte cayó por completo y quedó en la calzada como un jirón rizado, extendida como la piel de un animal fabuloso. Cuando Coretti pasó al lado, era una chisporroteante espuma verde que se disolvía, consumiéndose. Cuando volvió a mirarla, el vestido de la chica era otro, un raso verde de reflejos cambiantes. También los zapatos habían cambiado.
Tenía los hombros descubiertos salvo por delgadas cintas que le cruzaban la parte más estrecha de la espalda. El pelo era ahora corto, erizado.
Descubrió que estaba apoyado en la vitrina ahumada de una joyería; que el aliento le salía entrecortado y áspero en la humedad de esa noche de otoño. Oyó los latidos de la discoteca, a dos calles de distancia. Los movimientos de ella adoptaron sutilmente un nuevo ritmo: un cambio de énfasis en el balanceo de las caderas, en el modo en que apoyaba los tacones en el pavimento. El portero la dejó pasar con una vaga inclinación de cabeza. Detuvo a Coretti, examinó su licencia de conducir y frunció el ceño al verle el abrigo de capucha. Ansioso, Coretti rastreó con los ojos el aluvión de luces en lo alto de la lechosa escalera de plástico que había detrás del portero. Allí había desaparecido ella, entre los destellos robóticos y el estruendo redundante.
El hombre lo dejó pasar de mala gana; Coretti subió a trancos la escalera, haciendo temblar las luces bajo los translúcidos escalones de plástico.
Nunca había estado en una discoteca; se encontró en un entorno diseñado para la satisfacción total por medio de la distracción. Nervioso, se abrió paso entre el movimiento y los estilos y los mecánicos cantos urbanos que estallaban en los altavoces. La buscó casi a ciegas por la pista de baile atiborrada de figuras inmóviles en la luz estroboscópica.
Y la encontró en la barra, bebiendo un trago en un vaso alto y extravagante y escuchando a un  joven vestido con una holgada camisa de seda clara y pantalones negros muy ceñidos. Ella asentía a intervalos que Coretti consideró apropiados. Coretti pidió una botella de bourbon. La chica bebió cinco de esos tragos largos y luego siguió al joven hasta la pista de baile.
Se movía en perfecta armonía con la música, mostrando una serie de poses; ejecutó toda la secuencia prescrita, con gracia pero sin arte, acoplándose perfectamente. Siempre, siempre acoplándose a la perfección. Su compañero bailaba de modo mecánico, haciendo con esfuerzo los movimientos del ritual.
Terminado el baile, la chica se volvió abruptamente y se perdió entre la gente. La masa movediza se cerró sobre ella como si se hubiera derretido.
Coretti se zambulló tras ella, sin quitarle los ojos de encima, y fue el único que advirtió el cambio. Cuando llegó a la escalera, la chica tenía el pelo castaño rojizo y llevaba un vestido largo de color azul. Una flor blanca le asomaba entre el pelo, detrás de la oreja izquierda; el pelo era ahora más largo y liso. Los pechos se le habían agrandado un poco, y las caderas eran un tanto más pesadas. Subió las escaleras de dos en dos, y Coretti empezó a temer por ella. Todos esos tragos.
Pero el alcohol no parecía hacerle ningún efecto.
Coretti la siguió sin perderla de vista ni un instante, con el corazón latiéndole más rápido que las disco-pulsaciones que dejaba a sus espaldas, convencido de que en cualquier momento ella se volvería, lo miraría furibunda, pediría auxilio.
Recorridas dos manzanas de la Tercera Avenida, dobló hacia Lothario's. Ahora tenía algo distinto en el modo de andar. Lothario's era un tranquilo conjunto de salas decoradas con helechos y espejos Art Deco. Del techo colgaban lámparas imitación Tiffany que se alternaban con ventiladores de aspas de madera cuya rotación era demasiado lenta para agitar las volutas de humo que flotaban a la deriva entre el zumbido conscientemente leve de las conversaciones. Después de la ruidosa discoteca, Lothario's resultaba familiar y reconfortante. Un pianista de jazz en mangas de camisa de rayas finas y corbata de nudo holgado competía suavemente con las charlas y las risas de una docena de mesas.
La chica estaba en la barra; sólo la mitad de los taburetes estaban ocupados, pero Coretti se decidió por una mesa junto a la pared, a la sombra de una palmera enana, y pidió un bourbon.
Se tomó el bourbon y pidió otro. Esta noche no sentía mucho el alcohol.
La chica estaba sentada junto a un joven, otro joven con el acostumbrado conjunto de facciones blandas y regulares. Ella le rozaba apenas el muslo con el suyo. No parecían estar hablando, pero Coretti tuvo la impresión de que se comunicaban de algún modo. Se inclinaban el uno hacia el otro, ligera, silenciosamente. Casoretti se sintió incómodo. Fue a los lavabos y se mojó la cara. De regreso, se las arregló para pasar a menos de un metro de ellos. Los labios de ellos no se movieron hasta que él estuvo cerca.
Se turnaban para musitar palabras realistas:
—...vi sus primeras películas, pero...
—Pero él es bastante inmoderado, ¿no te parece?
—Claro, pero en el sentido de que...
Y por primera vez, Coretti supo lo que eran, lo que debían ser. Eran de la especie que se ve en los bares, que parecen genuinamente cómodos allí. No son borrachos, sino artefactos humanos.
Parte de la instalación. Pertenecen a ese sitio.
Algo en él ansiaba un enfrentamiento. Llegó a su mesa, pero descubrió que no podía sentarse.
Dio media vuelta, tomó aliento y caminó rígidamente hacia la barra. Quería darle a la chica un golpecito en el sedoso hombro y preguntarle quién era, y qué era exactamente, y señalar la fría ironía del hecho de que fuese él, Coretti, el que se vestía como un marciano, el que espiaba conversaciones, el forastero, el de la ropa y la conversación que nunca encajaban, quien había por fin adivinado su secreto.
Pero no se atrevió, y no hizo más que sentarse junto a ella y pedir un bourbon.
—Pero, ¿no crees —preguntó ella a su compañero— que todo eso es relativo?
Los dos taburetes detrás del acompañante fueron rápidamente ocupados por una pareja que hablaba de política. Antoinette y Camisa de Golf entraron en el tema político como si nada, reciclando, levantando el volumen de la voz lo estrictamente necesario para ser escuchados. El rostro de ella, al hablar, no mostraba ninguna expresión. Era un pájaro gorjeando en una rama.
Estaba tan cómodamente sentada en el taburete que parecía instalada en un nido. Camisa de Golf pagaba los tragos. Siempre tenía la cantidad exacta, a menos que quisiera dejar una propina.
Coretti los vio consumir metódicamente seis cocteles cada uno, como insectos chupando néctar.
Pero en ningún momento subieron la voz, ni se les enrojecieron las mejillas, y cuando al fin se levantaron, lo hicieron moviéndose sin la menor huella de ebriedad: un defecto, pensó Coretti, un punto débil de su camuflaje.
No le prestaron la más mínima atención mientras los seguía a tres bares sucesivos.
Al entrar en el Waylon's, pasaron por una metamorfosis tan rápida que a Coretti le costó seguir las fases del cambio. Era uno de esos sitios donde en las puertas de los lavabos hay placas que dicen «Pointers» y «Setters», y una plaquita en imitación de madera de pino en los recipientes de charqui y salchichas en salmuera:
Tenemos un trato con el banco. Ellos no sirven cerveza y nosotros no aceptamos cheques.

En el Waylon's era gorda y con ojeras oscuras. Tenía manchas de café en el conjunto de poliéster. El hombre que la acompañaba vestía téjanos y camiseta, y llevaba una gorra roja de béisbol con un parche rojo y blanco de Peterbilt. Coretti casi los perdió mientras pasaba un frenético minuto en el «Pointers», parpadeando desconcertado frente a un letrero de cartón escrito a mano que decía:
Apuntamos al buen servicio; apunte usted también al servicio, por favor.

La Tercera Avenida se perdía cerca de los muelles en una petrificada maraña de ladrillos. En la última manzana, la calzada estaba marcada a intervalos por vómitos brillantes; un anciano dormitaba frente a televisores en blanco y negro, sellados para siempre tras los turbios ventanales ahumados de hoteles decadentes.
El bar que allí encontraron no tenía nombre. Un as de diamantes se desmoronaba poco a poco en la ventana sin lavar; el barman tenía cara de puño cerrado. Un transistor FM de marfil plástico ofrecía rock suave a las irregulares filas de mesas desiertas. Bebieron cerveza y aguardiente. Eran viejos ahora, dos nulidades que bebían y fumaban a la luz de bombillas desnudas, tosiendo frente a un paquete de arrugados Camel que ella sacó del bolsillo de un mugriento impermeable marrón.
A las dos y veinticinco de la mañana estaban en la terraza del nuevo hotel que se alzaba sobre el muelle. Ella llevaba un vestido de noche y él iba de traje oscuro. Bebían coñac y fingían admirar las luces de la ciudad mientras Coretti los observaba tras dos onzas de Wild Turkey servido en un vaso de cristal Waterford.
Bebieron hasta la hora de cerrar. Coretti entró con ellos en el ascensor. Sonrieron por cortesía, pero aparte de eso no le hicieron caso. Había dos taxis frente al hotel; ellos tomaron uno, Coretti el otro.
—Siga a ese taxi —dijo Coretti atropelladamente mientras enseñaba los últimos veinte dólares al avejentado conductor hippie.
—Claro que sí, hermano, claro que sí... —El taxista siguió al otro taxi durante seis manzanas hasta llegar a otro hotel, éste más modesto. Ellos bajaron y entraron. Coretti bajó despacio del taxi, respirando ruidosamente.
Estaba muerto de envidia: por la personificación de la conformidad, esa mujer que no era una mujer, ese empapelado humano. Coretti miró hacia el hotel, y perdió la calma. Dio media vuelta.
Caminó hasta su casa. Dieciséis manzanas. En un momento dado advirtió que no estaba borracho. Nada borracho.
Por la mañana llamó para suspender su clase de primera hora. Pero la resaca no llegaba. No tenía la boca reseca, y al mirarse en el espejo del baño vio que no tenía los ojos enrojecidos.
Por la tarde durmió, y soñó con gente de caras ovinas, reflejadas en espejos detrás de hileras de botellas.
Esa noche salió a cenar, solo, y no comió nada. La comida le devolvía la mirada, de alguna forma. La revolvió en el plato para que pareciera que había comido un poco, pagó y se fue a un bar.
Y a otro. Y a otro bar, buscándola. Ahora usaba la tarjeta de crédito, si bien ya tenía la Visa muy sobrecargada. Si vio a la chica, no la reconoció.
A veces vigilaba el hotel donde la había visto entrar. Observaba detalladamente a cada pareja que llegaba y salía. No porque pudiese reconocerla tan sólo por el aspecto, pero tenía que haber una
sensación, una especie de reconocimiento intuitivo. Observaba a las parejas y nunca estaba seguro.
Durante las semanas siguientes visitó de manera sistemática hasta el último agujero de la ciudad donde sirvieran alcohol. Armado al principio con un plano y cinco Páginas Amarillas arrancadas, fue avanzando hasta los locales más tenebrosos, sitios con números telefónicos que no aparecían en las listas. Algunos ni siquiera tenían teléfono. Se hizo socio de dudosos clubs privados, descubrió refugios que funcionaban fuera de horario y sin licencia, a los que había que llevar la propia consumición, y se sentaba nerviosamente en oscuras salas dedicadas a espacios de sexualidad marginal cuya existencia desconocía.
Pero continuó en lo que había de convertirse en su circuito de todas las noches. Comenzaba siempre por el Clandestino. Ella nunca estaba allí, ni en el sitio siguiente, ni el siguiente. Los camareros lo conocían, y les agradaba verlo llegar, porque consumía continuamente y no parecía emborracharse nunca. Tal vez miraba a los demás clientes con algo de insistencia, ¿y qué?
Coretti perdió el empleo.
Había faltado demasiadas veces a clase. Le había dado por vigilar el hotel cada vez que tenía tiempo, hasta de día. Lo habían visto en demasiados bares. No parecía mudar nunca de ropa.
Rechazaba clases nocturnas. Interrumpía una clase por la mitad para quedarse mirando distraídamente por la ventana.
Se sintió secretamente contento por el despido. En el restaurante universitario lo miraban con extrañeza al ver que no podía comer. Y ahora disponía de más tiempo para la búsqueda.
Coretti la encontró a las dos y cuarto de la madrugada de un miércoles en un bar gay llamado El Establo. El local, de paredes cubiertas con planchas de madera rústica decoradas con cabestros y oxidados implementos agrícolas, era una estridencia de perfumes, risas y cerveza. Ella era la compañera de risas de todo el mundo, con un vestido azul de lentejuelas, una pluma verde en el peinado marrón. Con una avasallante sensación de alivio casi celular, Coretti tomo conciencia de una suerte de admiración, un extraño orgullo que ahora sentía por ella, y por la especie de ella.
También pertenecía a ese sitio. Era representativa, una mariquita que no planteaba ninguna amenaza para los maricas ni para sus machos. El hombre que la acompañaba se había convertido en un hombre sin edad, de cejas meticulosamente platinadas, jersey de angora y trinchera.
Bebieron y bebieron, y salieron riendo —con la clase de risa exactamente adecuada— a la lluvia. Un taxi esperaba, con los limpiaparabrisas que imitaban el ritmo del corazón de Coretti.
Maniobrando torpemente por la acera mojada, Coretti se escabulló en el taxi, temiendo la reacción de ellos.
Coretti estaba en el asiento trasero, al lado de ella.
El hombre de sienes plateadas habló con el conductor. El taxista murmuró algo al micrófono, soltó el embrague y se alejaron bajo la lluvia, por las calles oscurecidas. El paisaje urbano no impresionaba a Coretti que, mirando dentro de él mismo, veía que el taxista detenía el coche, que el hombre gris y a la mujer risueña lo empujaban hacia afuera y señalaban, sonrientes, la puerta de un hospital psiquiátrico. O: el taxi que se detenía, la pareja que le daba la espalda y meneaba apenada la cabeza. Y una docena de veces tuvo la impresión de ver que el taxi paraba en una desierta calle lateral donde metódicamente lo estrangulaban. Coretti muerto, abandonado bajo la lluvia. Porque era un extraño.
Pero llegaron al hotel de Coretti.
Bajo el débil resplandor de la luz interior del taxi, observó atentamente cómo el hombre metía la mano en el abrigo para sacar el dinero del viaje. Coretti vio claramente el forro del abrigo, que hacía una sola pieza con el jersey de angora. Ningún abultamiento de billetera, ningún bolsillo. Pero se abrió una especie de ranura. Se abrió cuando el hombre la tocó con los dedos, y la ranura vomitó dinero. Tres billetes doblados fueron suavemente extraídos de la ranura. Estaban algo húmedos. Se secaron mientras el hombre los desdoblaba, como las alas de una mariposa que se asoma por primera vez a la luz.
—Quédese con el cambio —dijo el hombre, saliendo del taxi. Antoinette se deslizó hacia afuera y Coretti la siguió mientras su mente sólo veía la ranura. La ranura húmeda, bordeada de rojo, como una agalla.
El vestíbulo estaba desierto y el recepcionista inclinado sobre un crucigrama. La pareja cruzó el vestíbulo silenciosamente hasta el ascensor; Coretti los siguió de cerca. En un momento trató de capturar la mirada de ella, pero ella no le hizo caso. Y una vez, mientras el ascensor subía siete pisos por encima del de Coretti, la mujer se dobló hacia adelante y olfateó el cenicero mural de cromo, como un perro que husmea la tierra.
Los hoteles, muy avanzada la noche, nunca están en calma. Los pasillos nunca están en completo silencio. Hay innumerables suspiros que apenas se oyen, crujidos de sábanas, y voces apagadas que recitan fragmentos de sueños. Pero en el pasillo del noveno piso, Coretti tuvo la sensación de moverse en un vacío perfecto, silencioso; sus zapatos no hacían ningún ruido sobre la moqueta incolora, y hasta el latido de su corazón de extraño se ahogaba en el vago diseño que decoraba el empapelado.
Trató de contar los pequeños óvalos de plástico atornillados en las puertas, cada uno con sus tres cifras, pero el pasillo parecía extenderse sin cesar. Por fin el hombre se detuvo frente a una puerta, una puerta revestida como todas las demás con una plancha en imitación de palo de rosa, y puso la mano en la cerradura, aplanando la palma sobre el metal. Se oyó un leve roce, luego un clic del mecanismo, y la puerta se abrió por completo. Cuando el hombre apartó la mano, Coretti vio una astilla de hueso, rosa grisácea y con forma de llave, que se replegaba húmedamente en la carne pálida.
No había luces encendidas en aquella habitación, pero el tenue aura de neón de la ciudad se filtraba por las celosías y le permitió ver las caras de una docena o más de personas, sentadas en la cama y en el sofá y en los sillones y en los taburetes de la pequeña cocina. Al principio creyó que tenían los ojos abiertos, pero entonces se dio cuenta de que las opacas pupilas estaban ocultas tras una membrana nictitante, un tercer párpado que reflejaba las tenues sombras de neón de la ciudad.
Vestían lo que el último bar que habían visitado requería; amorfos abrigos del Ejército de Salvación compartían asiento con prendas informales suburbanas de vivos colores, batas de noche junto a polvorientos uniformes de fábrica, cuero de motociclista junto a un afelpado tweed Harris. Con el sueño, toda falsa humanidad había desaparecido.
Eran pájaros pasando la noche en su árbol.
Su pareja fue a sentarse junto a los demás en el borde del mostrador de fórmica de la kitchenette, y Coretti vaciló en medio de la moqueta vacía. Años luz de aquella alfombra parecían distanciarlo de los otros, pero algo lo llamaba desde lejos, prometiéndole paz y descanso. A pesar de eso, vaciló, estremeciéndose con una indecisión que parecía surgir del núcleo genético de cada célula de su cuerpo.
Hasta que abrieron los ojos, todos simultáneamente; las membranas se deslizaron hacia los lados y mostraron la extraña calma de los habitantes de la más oscura fosa oceánica.
Coretti gritó, y salió corriendo, y corrió por pasillos y resonantes escaleras de hormigón hasta la lluvia fría y las calles casi vacías.
Coretti nunca regresó a su habitación del tercer piso de aquel hotel. Un flemático detective doméstico recogió los textos de lingüística, la única maleta de ropa, todo lo cual terminó por venderse en subasta. Coretti alquiló un cuarto en una pensión administrada por una ceñuda abstemia bautista que hacía rezar a sus inquilinos antes de cada una de las recalentadas cenas. No le molestaba que Coretti nunca se sumase a aquellas comidas; él le explicó que en el trabajo le daban de comer gratis. Coretti mentía libre y hábilmente. Nunca bebía en la pensión, y nunca volvía borracho. El señor Coretti era un poco raro, pero siempre pagaba puntualmente el alquiler. Y era muy tranquilo.
Coretti dejó de buscarla. Dejó de ir a los bares. Bebía de una bolsa de papel mientras iba y venía del trabajo en el depósito de una editorial, en una zona en la que por ser industrial se permitían pocos bares.
Trabajaba por la noche.
A veces, al amanecer, sentado al borde de la cama sin hacer, abandonándose al sueño —ahora nunca dormía acostado—, pensaba en ella. Antoinette. Y en ellos. La especie. A veces hacía adormiladas elucubraciones... Quizás eran como los ratones de las casas, la especie de animal pequeño que ha evolucionado para vivir sólo en estructuras hechas por el hombre.
Una especie de animal que vive sólo de bebidas alcohólicas. Con peculiares metabolismos que convierten el alcohol y las diversas proteínas de las bebidas, del vino y de la cerveza, en todo cuanto necesitan. Y pueden cambiar por fuera, como los camaleones o las escorpinas, para protegerse. Para poder vivir entre nosotros. Y tal vez, pensaba Coretti, crecieran por etapas. En las primeras fases parecerían humanos, comerían lo que los humanos comen, y percibirían que eran diferentes sólo como un vago desasosiego.
Una especie de animal con su propia astucia, con su propio conjunto de instintos urbanos. Y la capacidad de reconocer a los de su propia especie cuando están cerca. Tal vez.
Y tal vez no.
Coretti se hundió en el sueño.
Un miércoles, pasadas después de tres semanas en el nuevo empleo, la patrona abrió su puerta —nunca golpeaba— y le dijo que lo llamaban al teléfono. Tenía la voz tensa por la habitual desconfianza, pero Coretti la siguió por el oscuro corredor hasta la sala de estar del segundo piso, donde estaba el teléfono.
Al llevarse el anticuado artefacto negro al oído, lo primero que oyó al principio fue sólo música, y luego una especie de ruido que se fue disolviendo en una fragmentada amalgama de conversaciones. Risas. Nadie se impuso al ruido del bar para hablarle, pero la canción de fondo era
«Tú eres la razón de que nuestros hijos sean feos».
Y luego el tono de marcar, cuando la persona que llamaba colgó.
Más tarde, solo en su habitación, escuchando los firmes pasos de la patrona en la sala de abajo, Coretti se dio cuenta de que no había necesidad de permanecer donde estaba. El llamamiento había llegado. Pero la patrona exigía que quien quisiese marcharse le avisara con tres semanas de anticipación. Eso significaba que le debía dinero. El instinto le dijo que se lo dejara.
Un obrero cristiano de la habitación vecina tosió dormido cuando Coretti se levantó y bajó al teléfono de la sala. Coretti le dijo al capataz del turno de noche que renunciaba a su empleo. Colgó y volvió a su habitación, cerró la puerta y se quitó la ropa lentamente hasta quedar desnudo frente a la chillona litografía enmarcada de Jesús que había encima del escritorio marrón de metal.
Contó nueve billetes de diez. Los puso cuidadosamente junto las manos rezadoras que decoraban la tapa del escritorio.
Era dinero de aspecto agradable. Era dinero perfectamente bueno. El mismo lo había hecho.
Esta vez no estaba para trivialidades. Ella bebía un margarita, y él pidió lo mismo. Ella pagó, sacándose el dinero de entre los senos, que se agitaban bajo un vestido escotado, con un diestro movimiento de la mano. Coretti alcanzó a ver la agalla que se cerraba allí. Se sintió excitado, pero por algún motivo esta vez no tuvo una erección. Tras el tercer margarita las caderas de los dos se tocaron, y algo empezó a propagarse por el cuerpo de él en lentas ondas orgásmicas. El punto de contacto era pegajoso; una zona del tamaño de la yema del pulgar en el sitio donde se abría el vestido de ella. Coretti era dos hombres: el de adentro, fundiéndose con ella en total comunión celular, y la cáscara, sentada con naturalidad en un taburete del bar, con los codos flanqueando el trago, los dedos jugando con una paletilla de agitar cocteles. Sonriendo afablemente al vacío.
Tranquilo en la fría penumbra.
Y una vez, pero sólo una vez, una preocupada y distante parte de Coretti le hizo bajar la mirada hacia donde latían unos tubos de color rubí, y donde se movían, entre los dos, unos zarcillos que remataban en labios afilados. Como los tentáculos entrelazados de dos extrañas anémonas.
Estaban copulando, y nadie lo sabía.
Y el barman, cuando les trajo la nueva copa, les ofreció su sonrisa cansada y dijo: —Sigue lloviendo, ¿verdad? No va a parar nunca.
—Ha llovido así toda la condenada semana —respondió Coretti—. Ha llovido hasta en los tragos.
Y lo dijo bien. Como un verdadero ser humano.

30.3.11

FRAGMENTOS DE UNA ROSA HOLOGRÁFICA

de WILLAIM GIBSON

Aquel verano Parker tenía problemas para dormir.
Había bajas de tensión en la red; las súbitas caídas del delta-inductor lo hacían volver en sí dolorosamente.
Para evitar esas caídas, usaba trozos de cable, pinzas minúsculas y cinta negra que conectaban el inductor a una consola de PSA. La pérdida de corriente en el in¬ductor activaba el circuito de la consola.
Compró una cinta de PSA que comenzaba con el sujeto dormido en una playa tranquila. La cinta había sido grabada por un joven yogui rubio con visión de 20-20 y un sentido del color anormalmente agudo. El muchacho había sido embarcado en un vuelo a Barbados con el úni¬co propósito de dormir una siesta y hacer los ejercicios matinales en un brillante tramo de playa privada. En la lámina de la microficha del estuche transparente se ex¬plicaba que el yogui podía pasar en cualquier momento de alfa a delta sin un inductor. Parker, que no lograba dormir sin inductor desde hacía dos años, se preguntó si aquello era posible.
Sólo una vez había logrado pasar la cinta entera, aunque a estas alturas ya conocía todas y cada una de las sensaciones de los primeros cinco minutos subjetivos. Creía que la parte más interesante de la secuencia era un ligero error de edición al comienzo de la complicada ru¬tina respiratoria: una fugaz toma de la playa blanca que recogía la figura de un guardia haciendo la ronda a lo largo de una cerca de alambre; llevaba una pistola negra de repetición apoyada en el brazo.
Mientas Parker dormía, las redes de la ciudad se vaciaron de corriente.
La transición de delta a delta-PSA era una oscura implosión, como entrando en otra carne. La familiaridad amortiguaba el choque. Sintió la arena fría bajo los hom¬bros. La brisa de la mañana le hizo aletear en los tobillos el ruedo de los sufridos tejanos. El muchacho no tardaría en despertar, y empezaría con su Ardha-Matysendra ¬etcétera; con otras manos, Parker buscó a tientas la consola de PSA en la oscuridad.

Las tres de la mañana.
Preparándote una taza de café en la oscuridad, usando una linterna al verter el agua hirviente.
El sueño grabado de la mañana se desvanece: a través de otros ojos, el oscuro penacho de un carguero cubano se confunde con el horizonte que navega, surcando la pantalla gris de la mente.
Las tres de la mañana.
Deja que ayer se ordene a tu alrededor en planas imá¬genes esquemáticas. Lo que dijiste; lo que ella dijo; mi¬rándola empacar; llamando el taxi. Como quiera que las barajes, siempre forman el mismo circuito impreso, jero¬glíficos que convergen en un componente central: tú, de pie bajo la lluvia, gritando al taxista.
La lluvia era amarga y ácida, casi del color de la orina. El taxista te llamó imbécil; tú igual tuviste que pagar tarifa doble. Ella llevaba tres maletas. Con el respirador y las gafas, el hombre parecía una hormiga. Se alejó peda¬leando bajo la lluvia. Ella no miró hacia atrás.
Lo último que viste de ella fue una hormiga gigante haciéndote un corte de mangas.

La primera vez que Parker vio una unidad PSA fue en un barrio de chabolas de Texas llamado la jungla de Judy.
Era una consola enorme revestida de barato plástico cro¬mado. Meter un billete de diez dólares en la ranura te proporcionaba cinco minutos de atletismo en la ingravi¬dez de un spa orbital suizo, perhilelios de veinte metros con una modelo de Vague de dieciséis años: cosas apasio¬nantes tratándose de la Jungla, donde era más fácil conseguir una pistola que un baño caliente.
Un año después estaba en Nueva York con documen¬tos falsos. Entonces, dos empresas líderes acababan de llevar las primeras consolas portátiles a las principales tien¬das, justo a tiempo para la Navidad. Las salas de PSA porno, de breve apogeo en California, nunca se recupe¬raron.
También había llegado la holografía, y las cúpulas de Fuller de una manzana de ancho que habían sido los tem¬plos holográficos de la infancia de Parker eran ahora su¬permercados de varias plantas, o albergaban polvorientas videogalerías donde aún se podía encontrar las viejas consolas que bajo lánguidas luces de neón anunciaban la PER
CEPCIÓN SENSORIAL APARENTE a través de la néblina azul del humo de los cigarrillos.
Ahora Parker tiene treinta años y escribe guiones para emisiones de PSA, programando los movimientos ocu¬lares de las cámaras humanas de la industria.

La caída de tensión continúa.
En la habitación, Parker pincha la superficie de alu¬minio pulido del despertador Sendai. La luz testigo titi¬la, se apaga. Café en mano, camina hasta el armario que ella vació la víspera. El haz de la linterna sondea los ana¬queles desnudos buscando pruebas de amor, encuentra la tira de cuero de una sandalia rota, una cinta de PSA y una postal. La postal es el holograma del reflejo, en luz blanca, de una rosa.
En el fregadero, mete la tira de la sandalia en la má¬quina de desperdicios. Lenta a causa de la caída de ener¬gía, la trituradora se queja, pero traga y digiere. Sujetándolo cuidadosamente entre el índice y el pulgar, baja el holograma hacia las ocultas mandíbulas giratorias. La má¬quina emite un chillido cuando los dientes de acero ras¬gan el laminado plástico, y la rosa queda desmenuzada en mil fragmentos.
Luego Parker se sienta en la cama sin hacer, fumando. La cinta está en la consola, lista para empezar, Algunas cintas de mujeres lo desconciertan, pero duda de que sea ésa la razón por la que ahora vacila en encender la má¬quina.
Aproximadamente una cuarta parte del total de usua¬rios de PSA son incapaces de asimilar cómodamente la imagen corporal subjetiva del sexo opuesto. Con los años, algunas estrellas del medio PSA se han ido haciendo pro¬gresivamente andróginas a fin de captar este segmento de la audiencia.
Sin embargo, las cintas de Angela nunca lo habían intimidado. (Pero, ¿y si ha grabado a un amante?) No, no puede ser por eso: es sólo que la cinta es una verdadera incógnita.

Cuando Parker tenía quince años, sus padres le consi¬guieron un puesto de aprendiz en la sucursal norteameri¬cana de una empresa de plásticos japonesa. En aquel en¬tonces se sintió afortunado: el índice de aspirantes a aprendiz era enorme. Durante tres años vivió con su gru¬po en una residencia, cantando cada mañana, en forma¬ción, los himnos de la empresa, y por lo general arreglán¬doselas para saltar la cerca al menos una vez al mes, para buscar chicas o ir al holódromo.
El aprendizaje habría terminado al cumplir su vigési¬mo aniversario, con lo cual habría quedado como candidato a la condición de empleado con contrato. Una semana antes de cumplir los diecinueve, con dos tarjetas de crédito robadas y una muda de ropa, saltó la cerca por última vez. Llegó a California tres días antes de la caída del caótico régimen neosecesionista. En San Francisco, grupos de vándalos gobernaban las calles. Alguno de los cuatro distintos ayuntamientos «provisionales» habían acumulado reservas de alimentos con tanta eficacia que era casi imposible conseguirlos en la calle.
Parker pasó la última noche de la revolución en un barrio incendiado de Tucson, haciendo el amor con una delgada adolescente de Nueva Jersey que le explicó los mejores aspectos de su horóscopo entre ataques de llanto casi silencioso que no parecían tener nada que ver con nada de lo que él decía o hacía.
Años más tarde, advirtió que ya no tenía la menor idea de cuál había sido el motivo original para interrumpir su aprendizaje.
Los primeros tres cuartos de la cinta han sido borrados; tecleas avance rápido a través de una neblina estática de cinta borrada, donde gusto y olor se funden en un único canal. La recepción de audio es un ruido blanco: el no-sonido del primer mar oscuro... (La recepción prolongada de sonido de una cinta borrada puede provocar aluci¬naciones hipnagógicas.)

Parker estaba escondido entre la maleza junto a una ca¬rretera de Nueva México, viendo cómo ardía un tanque en la autopista. Las llamas iluminaban la línea blanca quebrada que había seguido desde Tucson. La explosión se había visto a tres kilómetros de distancia, una sábana blanca de relámpago abrasador que había convertido las pálidas ramas de un árbol desnudo sobre el cielo noctur¬no en un negativo fotográfico de sí mismas: ramas de carbón sobre un fondo de magnesio.
Muchos de los refugiados estaban armados.
Texas debía las chabolas que humeaban bajo las cá¬lidas lluvias del Golfo a la incómoda neutralidad que había conservado frente al intento de secesión de la Costa.
Los pueblos estaban hechos de madera terciada, cartón, láminas de plástico que ondulaban al viento, y car¬casas de vehículos. Tenían nombres como Jump City y Sugaree, y gobiernos vagamente definidos y territorios que se movían constantemente con los vientos furtivos de una economía de mercado negro.
Las tropas federales y estatales enviadas para barrer los pueblos fuera de la ley rara vez encontraban algo. Pero tras cada rastreo, algunos hombres no regresaban. Algu¬nos habían vendido sus armas y quemado sus uniformes, y otros se habían acercado demasiado al contrabando que se les había encomendado encontrar.
Pasados tres meses, Parker quiso marcharse, pero las mercancías eran los únicos salvoconductos para cruzar los cordones del ejército. La oportunidad le llegó acci¬dentalmente: a últimas horas de una tarde, cuando bor¬deaba la nube de grasiento humo de cocina que flotaba sobre la Jungla, tropezó y casi cayó sobre el cuerpo de una mujer en el lecho seco de un arroyo. Las moscas se levantaron en una nube furiosa y luego volvieron a po¬sarse, sin hacerle caso. Tenía una chaqueta de cuero, y Parker solía pasar frío por las noches. Se puso a buscar alguna rama en el lecho del arroyo.
En la espalda de la chaqueta, justo bajo el omóplato, había un orificio redondo del diámetro de un lápiz. El forro de la chaqueta había sido rojo, pero ahora estaba negro, duro y brillante de sangre seca. Con la chaqueta colgada de la punta del palo, Parker fue a buscar agua.
Nunca lavaba la chaqueta; en el bolsillo izquierdo en¬contró casi una onza de cocaína envuelta en plástico y cinta adhesiva transparente. El bolsillo derecho contenía quince ampollas de Megacilina.-D y una navaja automá¬tica de veinticinco centímetros y mango de asta. El anti¬biótico valía el doble de su peso en cocaína.
Hundió la navaja hasta el mango en un tocón podrido que habían pasado por alto los leñadores de la Jungla, y dejó la chaqueta colgando allí, con las moscas revolo¬teando alrededor.
Aquella noche, en un bar con techo de lata corrugada, esperando a uno de los «abogados» que conseguían pases para cruzar el cordón, probó por vez primera la máquina de PSA. Era enorme, toda neón y cromo, y el dueño estaba muy orgulloso de ella: él mismo había ayudado a secuestrar el camión.
Si el caos de los noventa refleja un cambio radical en los paradigmas del alfabetismo visual, el alejamiento final de la tradición Lascaux/Gutenberg por parte de una sociedad preholográfica, ¿qué pode¬mos esperar de esta nueva tecnología, con sus promesas de codificación discreta y subsiguiente reconstrucción de toda la gama de las percepciones sensoriales?
Roebuck y Pierhal, Historia americana reciente: Panorama de sistemas

Avance rápido por el sibilante no-tiempo de cinta bo¬rrada...
...al interior del cuerpo de ella. Luz europea. Calles de una ciudad extraña.
Atenas. Avisos en caracteres griegos y el olor a polvo... ...y el olor a polvo.
Mira por los ojos de ella (pensando, esta mujer no te ha conocido todavía; apenas has salido de Texas) hacia el monumento gris, los caballos de piedra, donde las palomas revolotean en círculo...
...y la estática se apodera del cuerpo del amor, lo deja limpio y gris. Olas de ruido blanco rompen en una playa que no está. Y termina la cinta.

Ahora la luz del inductor está encendida.
Parker yace en la oscuridad, recordando los mil frag¬mentos de la rosa holográfica. Un holograma tiene esta cualidad: recuperado e iluminado, cada fragmento revela la imagen completa de la rosa. Cayendo hacia delta, él mismo ve la rosa, y cada uno de sus fragmentos esparci¬dos revela un todo que jamás conocerá: tarjetas de crédi¬to robadas... un barrio incendiado... conjunciones plane¬tarias de un desconocido... un tanque ardiendo en una autopista... un chato paquete de droga... una navaja au¬tomática afilada en hormigón, fina como el dolor.
Pensando: cada uno somos fragmentos de otro, y ¿fue siempre así? Aquel instante de un viaje europeo, abando¬nado en el mar gris de una cinta borrada: ¿está ella más cerca ahora, o es más real, porque él haya estado allí?
Ella lo había ayudado a obtener los documentos, le consiguió el primer trabajo en PSA. ¿Era ésa la historia de ellos? No, la historia era la superficie negra del deltai-nductor, el armario vacío, y la cama sin hacer. La histo¬ria era su aversión al cuerpo perfecto en el que desperta¬ba si bajaba la tensión, su furia hacia el conductor del taxi a pedal, y la negativa de ella a mirar hacia atrás entre la lluvia contaminada.
Sin embargo, cada fragmento muestra la rosa desde un ángulo distinto, recordó, pero delta se apoderó de él y no alcanzó a preguntarse qué podía significar eso.

1.9.10

EL CONTINUO DE GERNSBACK

de William Gibson

Supongo que la cosa empezó en Londres, en aquella falsa taberna griega de Battersea Park Road, con un almuerzo a expensas de la empresa de Cohen.
Por fortuna, el asunto empieza a desvanecerse, a convertirse en un episodio. Cuando todavía capto la extraña visión, es periférica; meros fragmentos de cromo de científico loco, que se limitan al rabillo del ojo. Hubo aquella ala volante sobre San Francisco la semana pasada, pero era casi translúcida. Y los descapotables de aleta de tiburón se han vuelto más escasos, y las autopistas evitan discretamente desplegarse, para no convertirse en esos esplendorosos monstruos de ochenta carriles que forzosamente tuve que recorrer el mes pasado en mi Toyota alquilado. Y sé que nada de eso me seguirá hasta Nueva York; mi visión se está estrechando, centrándose en una única longitud de onda de probabilidad. He trabajado duro para lograrlo. La televisión ayudó mucho.
Supongo que la cosa empezó en Londres, en aquella falsa taberna griega de Battersea Park Road, con un almuerzo a expensas de la empresa de Cohen. Comida recalentada, y luego tardaron treinta minutos en encontrar un cubo de hielo para el retsina. Cohen trabaja en Barris-Watford, que publica libros de formato grande, en rústica, sobre temas de moda: historias ilustradas de los letreros de neón, la máquina tragamonedas, los juguetes de cuerda del Japón Ocupado. Yo había ido para fotografiar una serie de anuncios de calzado; chicas californianas de piernas bronceadas y juguetonas zapatillas fluorescentes hicieron travesuras para mí en las escaleras mecánicas de St. John's Wood y en los andenes de Tooting Bec. Una magra y hambrienta agencia de publicidad había decidido que los misterios del London Transport venderían zapatillas de nailon de suela reticular. Ellos deciden; yo hago las fotos. Y Cohen, a quien conocía vagamente de los viejos tiempos en Nueva York, me había invitado a almorzar la víspera de mi partida desde Heathrow. Apareció acompañado por una mujer joven vestida muy a la moda y llamada Dialta Downes, que carecía virtualmente de mentón y era, sin duda, una conocida historiadora del pop art.
Retrospectivamente, la veo caminando junto a Cohen bajo un aviso de neón flotante que destella intermitentes "Por aquí está la locura" en enormes mayúsculas sin serif.
Cohen nos presentó y me explicó que Dialta era la principal animadora del último proyecto de Barris-Watford, una historia ilustrada de lo que ella llamó el "modernismo aerodinámico americano". Cohen lo llamaba "gótico de pistola de rayos". El título provisorio de la obra era La futurópolis aerodinámica: el mañana que nunca fue.
Hay en los británicos una obsesión por los elementos más barrocos de la cultura pop americana, algo parecido al extraño fetichismo de los alemanes con los indios-y-vaqueros o la aberrante ansia de los franceses por las viejas películas de Jerry Lewis. En Dialta Downes esto se manifestaba en una manía por un estilo arquitectónico, exclusivamente norteamericano, del que la mayoría de los norteamericanos casi no son conscientes. Al principio yo no sabía bien de qué me hablaba, pero luego empecé a comprender. Me encontré recordando la televisión matutina de los domingos en los años cincuenta.
A veces, el canal local pasaba, como relleno, viejos y gastados noticiarios. Uno se sentaba con un bocadillo de manteca de cacahuete y un vaso de leche; y una voz de barítono hollywoodense, plagada de ruidos de estática, te decía que había Un Coche Volador En Tu Futuro. Y tres ingenieros de Detroit se ponían a dar vueltas en un viejo y enorme Nash alado; y los veías pasar retumbando por alguna abandonada carretera de Michigan. En realidad nunca te mostraban cuándo despegaba, pero se iba volando hasta la tierra del nunca jamás de Dialta Downes, verdadero hogar de una generación de tecnófilos totalmente desinhibidos.
Ella hablaba de esos retazos de la arquitectura "futurista" de los años treinta y cuarenta con que uno se cruza todos los días en las ciudades americanas sin tenerlos en cuenta: las marquesinas de los cines, diseñadas para que irradien una energía misteriosa, las tiendas de baratijas con fachadas de aluminio acanalado, las sillas de tubos cromados que acumulan polvo en los vestíbulos de los hoteles. Ella veía esas cosas como segmentos de un mundo de sueños, abandonados en un presente perezoso; quería que yo se los fotografiase.
La década de los treinta dio luz a la primera generación de diseñadores industriales; hasta entonces todos los sacapuntas habían parecido sacapuntas: el básico mecanismo victoriano, tal vez con algún arabesco decorativo en los bordes. Tras el advenimiento de los diseñadores, algunos sacapuntas parecían haber sido armados en túneles de viento. En la mayoría, el cambio era sólo superficial: bajo la aerodinámica cáscara cromada uno descubría el mismo mecanismo victoriano. Lo cual en cierto modo era lógico, pues los diseñadores norteamericanos más famosos habían sido reclutados en las filas de los escenógrafos de Broadway. Todo era un escenario teatral, una serie de exquisitos decorados para jugar a vivir en el futuro.
Durante la sobremesa, Cohen sacó un grueso sobre de manila lleno de fotografías en papel brillante. Vi las estatuas aladas que guardan la presa Hoover, adornos de hormigón de doce metros de altura que apuntan con firmeza hacia un huracán imaginario. Vi una docena de fotos del Johnson's Wax Building de Frank Lloyd Wright, pegadas sobre carátulas de viejos números de Amazing Stories, obra de un artista llamado Frank R. Paul; a los empleados del Johnson's Wax les habría parecido que estaban entrando en una de las utopías que Paul pintaba con aerógrafo. El edificio de Wright daba la impresión de haber sido diseñado para gente que llevara togas blancas y sandalias de acrílico. Me demoré en un esbozo de un avión de hélice especialmente pomposo, todo ala, como un gordo y simétrico búmeran, con ventanas en lugares inverosímiles. Unas flechas rotuladas indicaban la posición de la sala de baile y dos canchas de squash. Databa de 1936.
—Esta cosa no podría haber volado, ¿verdad? —miré a Dialta Downes.
—Qué va, de ninguna manera, aun con esas doce hélices enormes; pero a ellos les encantaba el aspecto, ¿entiendes? De Nueva York a Londres en menos de dos días, comedores de primera clase, camarotes privados, cubiertas para tomar sol, jazz y baile por las noches... Los diseñadores eran populistas, y trataban de dar al público lo que el público quería. Lo que el público quería que fuese el futuro.
Hacía tres días que estaba en Burbank, tratando de infundir carisma a un roquero de aspecto realmente aburrido, cuando recibí el paquete de Cohen. Es posible fotografiar lo que no está; resulta muy difícil y es, por lo tanto, un talento muy vendible. Si bien es cierto que no lo hago mal, no soy exactamente el mejor, y aquel pobre tipo agotó la credibilidad de mi Nikon. Salí deprimido, porque me gusta hacer bien mi trabajo, pero no deprimido del todo, porque me aseguré de recibir el cheque por el trabajo, y resolví reponerme con el sublime, seudoartístico encargo de Barris Watford. Cohen me había enviado algunos libros sobre el diseño de los años treinta, más fotos de edificios aerodinámicos, y una lista con los cincuenta ejemplos favoritos de Dialta Downes en California.
La fotografía arquitectónica implica a veces una gran dosis de espera: el edificio se convierte en una especie de reloj de sol, mientras uno aguarda a que una sombra se aleje de un detalle que se quiere fotografiar, o que la masa y el equilibrio de la estructura se muestren de una cierta manera. Mientras esperaba, me imaginé en la América de Dialta Downes. Cuando aislé algunos de los edificios de fábricas en el cristal esmerilado de la Hasselblad, aparecieron con una especie de siniestra dignidad totalitaria, como los estadios que Albert Speer construía para Hitler. Pero el resto era inexorablemente cursi: material efímero moldeado por el subconsciente colectivo norteamericano de los años treinta, y que tendía a sobrevivir ante todo en zonas deprimentes, bordeadas de moteles polvorientos, colchonerías al por mayor y pequeños depósitos de automóviles de ocasión. Me dediqué sobre todo a las estaciones de servicio. Durante el apogeo de la Era Downes, encargaron a Ming el Implacable el diseño de las estaciones de servicio de California. Partidario de la arquitectura de su Mongo natal, Ming recorrió la costa de arriba abajo, levantando estructuras de pistola de rayos con estuco blanco. Muchas de ellas presentaban superfluas torres centrales rodeadas de esos extraños rebordes de radiador que eran el sello distintivo del estilo y las hacían parecer capaces de generar potentes estallidos de puro entusiasmo tecnológico, si tan sólo se pudiese encontrar el interruptor que las ponía en marcha. Fotografié una en San José una hora antes de que llegaran las motoniveladoras y arremetieran contra la estructural verdad de yeso, listones y hormigón barato.
—Considera eso —había dicho Dialta Downes— una especie de América alternativa: un 1980 que nunca sucedió. Una arquitectura de sueños frustrados.
Y ese fue mi estado de ánimo mientras recorría las estaciones de intrincada mezcla socioarquitectónica en mi Toyota rojo; mientras iba sintonizando la imagen de una vaga Norteamérica que no fue, de plantas de Coca-Cola que parecían submarinos varados, y de cines de quinta que parecían templos de alguna secta perdida que había adorado los espejos azules y la geometría. Y mientras andaba entre aquellas ruinas secretas se me ocurrió preguntarme qué pensarían del mundo en el que yo vivía los habitantes de ese futuro perdido.
La década de los treinta soñó con mármol blanco y cromo aerodinámico, cristal inmortal y bronce bruñido, pero los cohetes de las portadas de las revistas de Gernsback habían caído en Londres en plena noche, chillando. Después de la guerra, todo el mundo tuvo coche —sin alas— y la prometida autopista para conducirlo, con lo que hasta el mismo cielo se oscureció, y los gases carcomieron el mármol y agujerearon el cristal milagroso.
Y un día, en las afueras de Bolinas, mientras me preparaba para fotografiar un ejemplar especialmente lujoso de la arquitectura marcial de Ming, atravesé una delgada membrana, una membrana de probabilidad... Casi sin darme cuenta, fui más allá del Borde... Y miré hacia arriba y vi una cosa con doce motores que parecía un búmeran inflado, todo ala, volando hacia el este con un zumbido monótono y una gracia elefantina, tan bajo que pude contar los remaches en esa piel de plata opaca y oír —quizás— un eco de jazz. Se la llevé a Kihn.
Merv Kihn, periodista independiente, con una dilatada trayectoria en pterodáctilos de Texas, campesinos visitados por ovnis, monstruos de Loch Ness de segunda y las diez principales teorías conspiratorias del rincón más lunático del inconsciente colectivo norteamericano.
—Está bien —dijo Kihn, sacando brillo a las amarillas gafas de caza Polaroid con el dobladillo de la camisa hawaiana—, pero no es mental; le falta lo más importante.
—Pero lo vi, Mervyn, estábamos sentados junto a una piscina, al brillante sol de Arizona. El había ido a Tucson a esperar a un grupo de funcionarios jubilados de Las Vegas cuya líder recibía mensajes de Ellos en el horno de microondas. Yo había conducido toda la noche y lo sentía.
—Claro que lo viste. Claro que lo viste. Has leído mis cosas. ¿No has entendido mi solución general para el problema de los ovnis? Es muy, muy sencilla: la gente —se colocó cuidadosamente las gafas sobre la nariz larga y ganchuda y me clavó su mejor mirada de basilisco— ve... cosas. La gente ve esas cosas. No hay nada, pero la gente ve esas cosas. No hay nada, pero la gente ve de todos modos. Quizá porque lo necesita. Has leído a Jung, y deberías saber de qué se trata... Tu caso es tan obvio: admites que pensabas en esa arquitectura chiflada, que fantaseabas... Mira, estoy seguro de que habrás probado tus drogas, ¿no es cierto? ¿Cuánta gente sobrevivió a los sesenta en California sin sufrir alguna que otra alucinación? Por ejemplo esas noches en que descubrías que ejércitos enteros de técnicos de Disney se habían ocupado de bordarte en los tejanos hologramas animados de jeroglíficos egipcios, o esos momentos en que...
—Pero no fue así.
—Claro que no. Claro que no fue así; ocurrió "en un marco de clara realidad", ¿no es cierto? Todo normal, y de pronto ahí está el monstruo, el mandala, el cigarro de neón. En tu caso, un gigantesco avión de novela de aventura. Sucede todo el tiempo. Ni siquiera estás loco. Eso lo sabes, ¿verdad? —sacó una cerveza de la maltratada nevera portátil de telgopor que tenía junto a la silla.
—La semana pasada estuve en Virginia. En el condado de Grayson. Entrevisté a una chica de dieciséis años que había sido atacada por una cabeza de oso.
—¿Una qué?
—Una cabeza de oso. La cabeza cortada de un oso. Pues esta cabeza, verás, flotaba por ahí en su propio platillo volador, que se parecía un poco a los tapacubos del Caddy antiguo del primo Wayne. Tenía ojos colorados y brillantes, como dos brasas de cigarro, y antenas telescópicas de cromo que se le abomban por detrás de las orejas —Mervyn eructó.
—¿La atacó? ¿Cómo?
—No lo quieras saber; sin duda eres impresionable. "Era una cabeza fría —dijo, ensayando su mal acento sureño— y metálica." Hacía ruidos electrónicos. Eso es auténtico, amigo, un material que llega directamente del inconsciente colectivo; esa niña es una bruja. No tiene sitio en esta sociedad. Habría visto al diablo si no hubiese crecido con El hombre biónico y todas esas reposiciones de Star Trek. Está conectada a la vena principal. Y sabe que eso le sucedió. Me fui diez minutos antes de que apareciesen los fanáticos de los ovnis con el polígrafo.
Debió de pensar que yo estaba disgustado, porque puso cuidadosamente la cerveza junto a la nevera y se incorporó.
—Si quieres una explicación más elegante, te diría que viste un fantasma semiótico. Todas esas historias de contactos, por ejemplo, comparten un tipo de imaginería de ciencia-ficción que impregna nuestra cultura. Podría aceptar extraterrestres, pero no extraterrestres que pareciesen salidos de un cómic de los años cincuenta. Son fantasmas semióticos, trozos de imaginería cultural profunda que se han desprendido y adquirido vida propia, como las aeronaves de Julio Verne que siempre veían esos viejos granjeros de Kansas. Pero tú viste otra clase de fantasma, eso es todo. Ese avión fue en otro tiempo parte del inconsciente colectivo. Tú, de alguna manera, sintonizaste con eso. Lo importante es no preocuparse.
Pero yo me preocupaba.

Kihn se peinó el menguante pelo rubio y se fue a oír lo que Ellos habían dicho por el radar últimamente; yo corrí las cortinas de mi habitación y me acosté a preocuparme en la oscuridad refrigerada.
Aún estaba preocupándome cuando desperté. Kihn me había dejado un mensaje en la puerta: volaba hacia el norte en un avión alquilado para verificar un rumor sobre mutilaciones de ganado (“mutis”, decía él; otra de sus especialidades periodísticas).
Comí, me duché, tomé una desmigajada pastilla dietética que había estado un tiempo dando tumbos en el fondo del estuche de la afeitadora y emprendí el regreso a Los Angeles.
La velocidad limitaba mi visión al túnel de las luces del Toyota. El cuerpo podría conducir, me decía, mientras la mente funcionase. Funcionase y se mantuviese alejada del extraño y periférico acompañamiento visual de las anfetaminas y el agotamiento, la vegetación espectral, luminosa, que crece en el rabillo del ojo mental cuando se recorren autopistas a altas horas de la noche. Pero la mente tiene sus propias ideas, y la opinión de Kihn respecto a lo que yo ya consideraba mi “visión” me resonaba interminablemente en la cabeza, girando en órbita asimétrica. Fantasmas semióticos. Fragmentos del Sueño Colectivo caracoleando al viento a mi paso. Por algún motivo, aquel bucle de retroacción agravó el efecto de la pastilla dietética, y la vegetación que crece junto a la carretera comenzó a adoptar los colores de una imagen de satélite captada con infrarrojos, jirones brillantes que estallaban al paso del Toyota.
Entonces salí de la autopista y media docena de latas de cerveza parpadearon dándome las buenas noches antes de apagar las luces. Me pregunté qué hora sería en Londres, y traté de imaginar a Dialta Downes desayunando en su apartamento de Hampstead, rodeada de aerodinámicas estatuillas de cromo y libros sobre la cultura americana.
Las noches del desierto son enormes en esa región; la luna está más cerca. Miré la luna un buen rato y llegué a la conclusión de que Kihn tenía razón: lo importante era no preocuparse. A todo lo ancho del continente, día tras día, gente que era más normal de lo que yo jamás habría aspirado ser veía pájaros gigantes, patagones, refinerías de petróleo voladoras: ellos mantenían a Kihn ocupado y solvente. ¿Por qué habría yo de alterarme por una fugaz visión de la imaginación popular de los años treinta en el cielo de Bolinas? Resolví dormirme, sin otras preocupaciones que las serpientes de cascabel y los hippies caníbales; a salvo en medio de la amistosa basura de una carretera de mi bien conocido continuo. Al día siguiente iría a Nogales a fotografiar los viejos burdeles, cosa que pretendía hacer desde hacía años. El efecto de la pastilla dietética había terminado.

Me despertó la luz, y luego las voces.
La luz venía de alguna parte a mis espaldas, y arrojaba sombras movedizas al interior del automóvil. Eran voces serenas, confusas, de hombre y de mujer conversando.
Tenía el cuello tieso y una sensación de arena en los ojos. La pierna se me había dormido, presionada contra el volante. Busqué atolondradamente las gafas en el bolsillo de la camisa y por fin logré ponérmelas.
Entonces miré hacia atrás y vi la ciudad.
Los libros sobre el diseño de los años treinta estaban en el maletero; uno de ellos contenía esbozos de una ciudad idealizada inspirada en Metrópolis y en Lo que vendrá, pero donde todo se escuadraba, lanzándose hacia arriba entre las nubes perfectas de un arquitecto hasta unos muelles de zepelines y unos delirantes chapiteles de neón. Aquella ciudad era un modelo a escala de la que se alzaba a mis espaldas. Los chapiteles se erguían unos sobre otros en brillantes zigurats que subían hasta una dorada torre del templo central rodeado por los dementes rebordes de radiador de las gasolineras de Mongo. Podías esconder el Empire State en la más pequeña de aquellas torres. Calles de cristal subían entre los chapiteles, transitadas de arriba abajo por formas plateadas y lisas como gotas de mercurio. El aire estaba atiborrado de naves: aviones de alas gigantescas, cosas pequeñas, plateadas, velocísimas (a veces, una de las formas de mercurio de los puentes celestes se elevaba con gracia en el aire para sumarse a la danza), dirigibles de más de un kilómetro de longitud, cosas con forma de libélula que planeaban, girocópteros...
Cerré los ojos y di media vuelta en el asiento. Cuando los abrí, me obligué a mirar el cuentakilómetros, el pálido polvo de la carretera sobre el plástico negro del tablero, el cenicero desbordante.
—Psicosis anfetamínica —dije. Abrí los ojos. El tablero seguía allí, el polvo, las colillas aplastadas. Con mucho cuidado, sin mover la cabeza, encendí las luces altas.
Y los vi.
Eran rubios. Estaban de pie junto a su automóvil, un aguacate de aluminio con una aleta central de tiburón y ruedas lisas y negras como las de un juguete infantil. El rodeaba con el brazo la cintura de la muchacha, y señalaba hacia la ciudad. Ambos estaban vestidos de blanco: ropas holgadas, las piernas desnudas, zapatos de un blanco inmaculado. Ninguno parecía advertir mis luces. El decía algo que era sabio y fuerte, y ella asentía, y de pronto me asusté: un susto distinto. La cordura había dejado de ser un problema; sabía, por alguna razón, que la ciudad a mis espaldas era Tucson: un sueño que Tucson había proyectado arrancándolo del sueño colectivo de toda una época. Que era real, completamente real. Pero la pareja frente a mí vivía en él, y ellos me asustaban.
Eran los hijos de los ochenta que nunca fueron, los ochenta de Dialta Downes; los Herederos del Sueño. Eran blancos, rubios, y probablemente de ojos azules. Eran americanos. Dialta había dicho que el futuro había llegado a América primero, pero que había pasado de largo. Pero no allí, en el corazón del sueño. Allí habíamos seguido adelante, dentro de una lógica de sueños que no sabía nada de polución, de los límites finitos del combustible fósil, de guerras extranjeras que era posible perder. Ellos eran limpios, felices, y totalmente satisfechos de sí mismos y del mundo. Y en el Sueño, aquél era el mundo de ellos.
Detrás de mí, la ciudad iluminada: unos reflectores barrían el cielo por puro placer. Imaginé a la gente atestando las plazas de mármol blanco, metódica y alerta, los ojos luminosos brillando de entusiasmo por las avenidas inundadas de luz y por los coches plateados.
Tenía todo el siniestro gusto de la propaganda de las Juventudes Hitlerianas.
Puse el coche en primera y avancé despacio, hasta que el parachoques quedó a poco menos de un metro de ellos. Seguían sin verme. Bajé la ventanilla y escuché lo que decía el hombre. Sus palabras eran luminosas y huecas, como el tono de un folleto de alguna Cámara de Comercio, y supe que creía en ellas totalmente.
—John —oí que decía la mujer—, hemos olvidado tomar nuestras pastillas alimenticias –la mujer sacó dos obleas de una cosa que llevaba en el cinto y le dio una a él. Regresé a la autopista y me puse en marcha hacia Los Angeles, estremeciéndome y sacudiendo la cabeza.
Llamé a Kihn desde un puesto de gasolina. Uno nuevo, en mal Español Moderno. Había regresado de su expedición y no pareció molestarle la llamada.
—Sí, ésa sí que es rara. ¿Trataste de sacar fotos? No es porque fuera a salir nada, pero añade un frisson interesante a la historia, que las fotos no hayan salido...
Pero, ¿qué debería hacer?
—Ver mucha televisión, sobre todo programas de juegos y telenovelas. Películas porno. ¿Has visto Nazi Love Motel? La pasan por cable, aquí. Es horrible de verdad. Justo lo que necesitas.
¿Qué me estaba diciendo?
—Deja de gritar y escúchame. Te voy a revelar un secreto profesional: puedes exorcizar todos esos fantasmas semióticos con la peor programación. Si a mí me quita de encima a los fanáticos de los ovnis, a ti te puede liberar de esos futuroides modernistas. Inténtalo. ¿Qué puedes perder?
Y entonces me rogó que lo dejara en paz, aduciendo que tenía una cita temprano con el Elegido.
–¿El qué?
–Esos viejos de Las Vegas; los de los microondas.
Pensé en hacer una llamada a Londres, a cobro revertido, hablar con Cohen en Barris-Watford y decirle que su fotógrafo se iba a pasar una larga temporada en la Zona Gris. Al final, dejé que una máquina me preparase un café realmente imposible y volví al Toyota para terminar el viaje a Los Angeles.
Los Angeles fue una mala idea, y pasé allí dos semanas. Era el país primordial de Downes; había allí demasiado Sueño, y demasiados fragmentos del Sueño aguardando para tenderme una celada. Casi destrozo el coche en un paso a nivel cerca de Disneylandia, cuando la carretera se abrió en abanico como un truco de origami y me dejó zigzagueando entre una docena de minicarriles llenos de sibilantes lágrimas de cromo con aletas de tiburón. Peor aún. Hollywood estaba lleno de gente que se parecía demasiado a la pareja que había visto en Arizona. Contraté a un director italiano que se las arreglaba haciendo trabajos de laboratorio y diseñando terrazas alrededor de las piscinas mientras esperaba la llegada de su nave; hizo copias de todos los negativos que había acumulado durante el encargo de Downes. No quise ver el material. Eso, sin embargo, no pareció molestar a Leonardo, y cuando hubo terminado el trabajo examiné las copias al vuelo, como quien mira un mazo de baraja, las empaqueté y las envié a Londres vía aérea. Luego fui en taxi hasta una sala donde pasaban Nazi Love Motel, y mantuve los ojos cerrados todo el tiempo.
El telegrama de felicitación de Cohen me llegó una semana después a San Francisco. A Dialta le habían encantado las fotos. El admiró el modo en que me había “metido en el asunto”, y esperaba volver a trabajar conmigo. Esa tarde vi un ala volante sobre Castro Street, pero tenía algo de tenue, como si estuviese sólo a medias.
Corrí hasta el quiosco de periódicos más cercano y busqué todo lo que había sobre la crisis petrolera y los peligros de la energía nuclear. Acababa de decidir comprar un billete aéreo para ir a Nueva York.
—Vaya mundo en el que vivimos, ¿verdad? —el propietario era un negro delgado de mala dentadura y evidente peluca. Asentí, buscando monedas en los bolsillos del pantalón, deseando encontrar un banco de parque donde poder sumergirme en la dura evidencia de la casi distopía humana en que vivimos—. Pero podría ser peor, ¿verdad?
–Así es –dije–, o peor aún, podría ser perfecto.
El hombre se quedó mirándome mientras me alejaba por la calle con mi pequeño fajo de catástrofes condensadas.

11.5.10

Johnny Mnemonic

de William Gibson

Metí la escopeta en una mochila de Adidas y la acomodé entre cuatro pares de calcetines de tenis, que no era para nada mi estilo, pero que era lo que pretendía: si creen que eres un bestia inexperto, actúa como un profesional; si creen que eres un profesional, actúa como un bestia inexperto. Yo soy muy profesional. Así que decidí parecer lo más bestia posible. En los tiempos que corren creo que hay que ser bastante profesional antes de aspirar siquiera a la bestialidad. Tuve que fabricar aquellas balas de calibre doce a partir de masa de cobre, en el torno, y colocarles la carga yo mismo; tuve que desenterrar una vieja microficha con instrucciones para cargar cartuchos manualmente; tuve que fabricar una gatillo para el disparador; todo muy delicado. Pero sabía que funcionaría.

Había fijado el encuentro en el Drome a las 23:00, pero fui en metro hasta tres paradas más allá de la estación más próxima y deshice el camino andando. Un procedimiento impecable. Me observé en la pared de cromo de una cafetería, la cara afilada tipicamente caucásica coronada de pelo oscuro y tieso. Las chicas del Under the Knife eran las mejores de Sony Mao y fue complicado evitar que añadiesen el detalle chic de pliegues en los parpados. Probablemente no engañaría a Ralfi Face, pero tenía que permitirme acercarme a su mesa.

El Drome era una sala angosta con una barra al fondo de uno de los laterales y mesas en el otro, atestada de chulos, matones y un arcano conjunto de traficantes. Las Hermanas del Perro Magnético estaban en la puerta aquella noche, y no había planeado tratar de salir de allí con ellas de por medio si las cosas no salían bien. Medían dos metros y eran delgadas como galgos. Una era negra y la otra blanca, pero aparte de eso ambas parecían tan idénticas como la cirujía estética podía conseguir. Habían sido amantes durante años y eran duras de pelar a la hora de pelear. Nunca estube totalmente seguro de cual de ellas había sido originariamente un hombre.

Ralfi estaba sentado en su mesa de costumbre. Y me debía un montón de pasta. Yo tenía cientos de megabytes almacenados en mi cabeza en una base de datos pasiva a la que yo no tenía acceso consciente. Ralfi la había puesto allí. Sin embargo, no había vuelto a por ella. Sólo Ralfi podía recuperar la información, con una clave de su propia invención. Para empezar, no soy barato, pero es que mi tarifa de almacenamiento fuera de tiempo es astronómica. Y Ralfi había sido muy tacaño.

Entonces había oído que Ralfi Face había puesto precio a mi cabeza. Así que había dispuesto encontrarme con él en el Drome, pero lo había dispuesto como Edward Bax, importador clandestino, ultimamente en Rio y Peking.

El Drome apestaba a negocios, un regusto metálico de tensión nerviosa. Tios musculosos diseminados entre la multitud flexionaban sus músculos ante los demás mientras intentaban sonrisas impasibles, algunos de ellos tan perdidos bajo superestruturas de injertos musculares que sus siluetas no eran propiamente humanas.

Perdonenme. Perdonenme, amigos. Soy Eddie Bax, el Importador Eddie el Rápido, con su profesionalmente indescriptible mochila de deporte, y por favor, ignorad esta mierda lo suficientemente grande como para dejar entrar mi mano derecha por ella..

Ralfi no estaba solo. Ochenta kilos de buey rubio californiano yacían alerta en la silla de al lado, con aspecto de conocer todas las artes marciales habidas y por haber.

Eddie Bax el Rápido ocupó la silla situada frente a ellos antes de que las manos del buey abandonasen la mesa.

– ¿Le das betún a tu cinturón? – pregunté con entusiasmo.

El asintió mientras sus ojos azules realizaban un patrón automático de inspección entre mis ojos y mis manos.

– Yo también – dije –. Lo tengo aquí en la mochila – introduje velozmente mi mano a través de la abertura y quité el seguro. Click – Dos cañones del calibre doce con los gatillos acoplados.

– Eso es una escopeta – dijo Ralfi poniendo una de sus manos rollizas sobre el tenso pecho de nylon azul de su chico para refrenarlo –. Johnny tiene una arcaica arma de fuego en su mochila. Demasiado para Edward Bax.

Me pregunté si siempre había se había llamado Ralfi Nosequé o Nosecuantos, pero debía su mote a su excepcional vanidad. Sobre algo parecido a una pera demasiado madura, se había puesto la cara, popular hacía veinte años, de Christian White; Christian White, de la Banda Aria Reggae, creada por Sony Mao y vencedor final de la competición de los rockeros. Soy un experto en el trivial.

Christian White: clásica cara del pop con los músculos ampliamente desarrollados de un cantante y pómulos cincelados. Angelical bajo cierta luz, hermosamente depravada bajo otra. Pero los ojos de Ralfi estaban vivos tras aquella cara y eran pequeños, oscuros y fríos.

– Por favor, – dijo – arreglemos esto como hombres de negocios – su voz tenía un tono de sinceridad que atrapaba con horrible facilidad y las esquinas de su hermosa boca modelo Christian White siempre sonreían –. Este es Lewis – dijo señalando en dirección al pedazo de buey –, una montaña de carne – Lewis ni se inmutó, daba la sensación de ser algo montado a partir de un kit –. Tú no eres una montaña de carne, Johnny.

– Seguro que sí lo soy, Ralfi, una bonita montaña de carne repleta de implantes donde puedes almacenar tu colada sucia mientras tratas de conseguir gente para matarme. Dado lo que tengo en la mochila, Ralfi, parece que tendrás que dar alguna explicación.

– Es esa última remesa de mercancia, Johnny – suspiró profundamente –. Como intermediario que soy...

– Contrabandista – le correjí.

– Como intermediario, soy muy cuidadoso con los proveedores.

– Sólo le compras a aquellos que roban lo mejor. Lo sé.

Suspiró de nuevo.

– Intento – dijo cansinamente – no comprarle a timadores... En esta ocasión me temo que lo he hecho.

El tercer suspiro fue la señal para que Lewis accionase el disruptor neural que habían sujetado con cinta adhesiva bajo el lado de la mesa en el que yo estaba. Concentré todo mi ser en apretar el dedo índice de mi mano derecha pero parecía que ya no formaba parte de mí. Podía sentir el metal de la escopeta y la cinta acolcahada. Había envuelto con ella el pequeño asidero, pero mis manos eran de cera helada, distantes e inertes. Esperaba que Lewis fuese una auténtica montaña de carne, lo suficientemente estúpido como para lanzarse sobre la mochila de deporte y presionar mi dedo rígido contra el gatillo, pero no lo era.

– Hemos estado muy preocupados por tu culpa, Johnny. Muy preocupados. Verás, lo que llevas dentro es propiedad de la Yakuza. Un tonto se lo quitó, johnny. Un tonto muerto.

Lewis se río tontamente.

Todo cobró sentido entonces, un sentido desagradable, como bolsas de arena mojada colocadas alrededor de mi cabeza. El asesinato no era del estilo de Ralfi. Ni siquiera Lewis era del estilo de Ralfi. Pero se había metido entre los Hijos del Crisantemo de Neon y algo que les pertenecía o, más correctamente, algo de ellos que le pertenecía a alguien más. Ralfi, por supuesto, podía usar la clave para sacarme la información pasiva y yo escupiría su peliagudo programa sin recordar un mísero bit. Para un contrabandista como Ralfi, aquello hubiese sido normalmente suficiente. Pero no para la Yakuza. La Yakuza sabría de la existencia de los Calamares y su uso, y no querrían preocuparse de que alguien sacase de mi cabeza aquellos oscuros y perdurables datos de su programa. Yo no sabía mucho sobre los Calamares, pero había escuchado historias sobre ellos y había decidido no contárselo jamás a mis clientes. No, a la Yakuza no le gustaría aquello; se parecía demasiado a una prueba, algo incriminatorio. Y la Yakuza no había llegado a donde lo había hecho dejando pruebas a su alrededor. O vivas.

Lewis sonreía burlonamente. Creo que estaba visualizando un punto situado justo detrás de mi frente e imaginando cómo podría llegar hasta él por las bravas.

– Hey, – dijo una voz baja, femenina, desde algún lugar tras mi hombro derecho – vaqueros, seguro que no os estais divirtiendo demasiado.

– Desaparece, puta – dijo Lewis sin apenas mover un ápice su rostro. Ralfi estaba pálido.

– Relájate. ¿Quieres contratar una buena guardaespaldas? – cogió una silla y se sentó rápidamente antes de que ninguno de ellos pudiese detenerla. Estaba apenas dentro de mi campo de visión, una chica delgada con gafas especulares y el desaliñado pelo negro cortado de forma desmañada. Llevaba una cazadora de cuero negro abierta sobre una camiseta de rayas diagonales rojas y negras –. Podría con ocho como tú.

Lewis bufó exasperado e intentó tirarla de la silla de un guantazo. De algún modo no llegó a alcanzarla, ella adelantó su mano, que pareció rozar al pasar la muñeca de Lewis. Sangre brillante roció la mesa. Él se sujetó con fuerza la muñeca mientras la sangre se escurría por entre sus dedos.

¿Pero no había atacado ella con la mano desnuda?

Lewis iba a necesitar una selladora de tendones. Se levantó con cuidado, sin molestarse en retirar la silla, que cayó hacia atrás, y salió de mi campo de visión sin decir una palabra.

– Lo mejor es que busque un médico para que le eche un vistazo – dijo ella –. Es un corte muy feo.

– No tienes ni idea – dijo Ralfi, que sonaba repentinamente agotado – del tamaño del montón de mierda en el que acabas de meterte.

– ¿En serio? ¡Señor! Me apasionan los misterios. Como porqué este amigo tuyo está tan quieto. Como congelado. O para qué es esta cosa de aquí – y levantó la pequeña unidad de control de que alguna forma le había quitado a Lewis. Ralfi parecía enfermo.

– Tú, ah, ¿quizás quieres un cuarto de millón a cambio de darme eso e irte a dar un paseo?

Levantó una de sus manos rollizas y se la pasó por su cara enjuta y pálida.

– Lo que yo quiero – dijo ella moviendo la unidad en sus dedos para que girase y reluciese – es trabajar. Un empleo. Tu chico se ha lastimado la muñeca. Pero un cuarto de millón servirá como anticipo de mis honorarios.

Ralfi dejó de contener la respiración y rompió a reir, dejando al descubierto los dientes, que no habían sido adaptados al estándar Christian White. Entonces ella apagó el disruptor.

– Dos millones – dije.

– Ese es mi chico – dijo ella y rió –. ¿Qué hay en la mochila?

– Una escopeta.

– Brutal – dijo en lo que podía haber sido algún tipo de cumplido.

Ralfi no dijo nada en absoluto.

– La palabra son millones. Molly Millones, Millones para Molly. ¿Quieres salir de aquí, jefe? La gente está empezando a mirarnos –. Se levantó. Llevaba unos vaqueros de cuero del color de la sangre seca.

Y yo ví por primera vez que las lentes especulares eran implantes quirúrgicos, plata que surgía suavemente de la parte superior de sus pómulos, encerrando los ojos tras el dispositivo. Vi mi nueva cara reflejada en cada una de ellas.

– Me llamo Johnny – dije –. Nos llevamos al señor cara (N.T: juego de palabras con el apellido de Ralfi Face) con nosotros.

Él estaba fuera, esperando. Parecía el típico turista, con bermudas de plástico y una estúpida camisa hawaiana estampada con publicidad del microprocesador más popular de su empresa., un tipo ligeramente bajo de estatura, el tipo que con más probabilidad acabaría borracho de sake en un bar de los que servían diminutas galletitas de arroz con guarnición de algas marinas. Parecía del tipo que llora cuando canta el himno de la empresa, que aplaude sin fin a los barman. Y los chulos y los traficantes lo dejarían en paz, catalogándolo como un conservador nato. No lo suficientemente arriba, y cuidadoso con sus fondos cuando los tenía.

Tal como supuse después, debia haberse amputado parte de su pulgar izquierdo, por encima de la primera articulación, reemplazándolo por uno protésico insertado en el munón y equipado con un cable y un enganche construidos a partir de uno de los diamantes analógicos de un Ono-Sendai. Después había enrollado cuidadosamente el cable de tres metros de filamento monomolecular.

Molly realizó algún tipo de intercambio con las Hermanas del Perro Magnético, dándome la oportunidad de sacar a Ralfi por la puerta con la mochila de deporte apoyada levemente contra la base de su columna vertebral. Ella parecía conocerlas. Oí como la negra se reía.

Miré hacia arriba, un reflejo repentino, quizás porque nunca solía hacerlo, hacia los ascendentes arcos de luz y las sombras de las geodésicas sobre ellas. Quizás eso me salvó.

Ralfi siguió caminando, pero no creo que intentase escapar. Yo creo que ya se había rendido. Probablemente ya tenía una idea de a lo que nos enfrentabamos.

Recuerdo perfectamente como quedó hecho pedazos.

Al recordarlo con detenimiento, veo como Ralfi avanzaba un paso mientras el ingeniero pequeñajo surgía de ninguna parte en concreto, sonriendo. Una imagen fugaz de una reverencia y su pulgar derecho se separó. Un truco de magia. El pulgar quedó suspendido en el aire. ¿Espejos? ¿Alambres? Y Ralfi se detuvo, de espaldas a nosotros, con oscuras manchas de sudor bajo los sobacos de la chaqueta de su traje de verano. Lo sabía. Debía saberlo. Y entonces el pulgar sospresa, pesado como el plomo, centelleó mientras giraba como un yo-yo y el hilo invisible que lo conectaba con la mano del asesino atravesó lateralmente el craneo de Ralfi, justo encima de las cejas, chasqueó y descendió, rajando el torso con forma de pera de Ralfi diagonalmente desde el hombro hasta las costillas. El corte fue tan fino que no apareció sangre hasta que las sinapsis fallaron y la primera convulsión dejó al cuerpo a merced de la gravedad.

Ralfi se derrumbó entre una nube rosa de fluídos, las tres partes separadas rodaron por el suelo de baldosas. En absoluto silencio.

Alcé la mochila de deporte y mi mano se estremeció. El impacto casi rompió mi muñeca.

Parecía que estaba lloviendo; una cortina de agua se precipitó desde una geodésica rota y empapó los adoquines detrás de nosotros. Nos escondimos en el estrecho hueco entre una boutique quirúrgica y una tienda de antiguedades. Ella acababa de asomar uno de sus ojos especulares por la esquina para localizar un sencillo módulo Volks enfrente del Drome, con las luces rojas brillando. Estaban limpiando los restos de Ralfi. Haciendo preguntas.

Yo estaba cubierto de una pelusa blanca chamusacada. Los calcetines de tenis. La mochila de deporte formaba una destrozada cinta de plástico alrededor de mi muñeca.

– No sé como demonios no me percaté de él.

– Porque es rápido, muy rápido – se abrazó las rodillas, se balanceó hacia atrás y se incorporó de un salto –. Su sistema nervioso está mejorado. Está diseñado a medida – sonrió y emitió un gruñido de deleite –. Voy a cazar a ese tío. Esta noche. Es el mejor, el número uno, el de más caché, el que marca el estado del arte.

– Lo que vas a hacer, ya que soy el chico de los dos millones de dólares, es sacar mi culo de aquí. Ese amiguito tuyo de antes ha sido construido en su mayor parte dentro de tanques de laboratorio de Chiba City. Es una asesino de la Yakuza.

– Chiba. Oh, sí. Mira, Molly también ha estado en Chiba – y me mostró sus manos, con los dedos ligeramente extendidos. Sus dedos eran delgados, afilados, increíblemente blancos en contraste con la laca color Borgoña de sus uñas. Entonces unas cuchillas surgieron limpiamente de las fundas bajo sus uñas, cada una de ellas un pequeño bisturí de doble filo de pálido acero azul.

***

Nunca había pasado mucho tiempo en Nighttown. Allí nadie tenía nada con que pagarme mi memoria, y la mayoría de ellos pagaban regularmente un pico por olvidar. Generaciones de mosquitos se habían estampado contra el neón desde que las cuadrillas de mantenimiento se habían rendido. Incluso a mediodía los arcos parecían negros de hollín en contrate con la bombilla más débil.

¿A dónde ir cuando el grupo criminal más rico del mundo te está buscando con dedos tranquilos e inalcanzables? ¿Dónde esconderse de la Yakuza, tan poderosa que es propietaria de sus propios satélites de telecomunicaciones y al menos tres lanzaderas? La Yakuza es una auténtica multinacional, como la ITT y la Ono-Sendai. Cincuenta años antes de que yo naciese la Yakuza ya había absorvido las Triadas, la Mafia y la Liga Corsa.

Molly tenía una respuesta. Te escondes en el Foso, la zona más deprimida, donde cualquier influencia externa generaba veloces y concéntricas ondas de amenaza en bruto. Te escondes en Nighttown. Mejor aún, te escondes sobre Nighttown, dado que el Foso está invertido y el fondo del cuenco que formaba tocaba el cielo, un cielo que Nighttown nunca veía, sudando bajo su propio firmamento de resina acrílica donde los Lo Tek se agazapaban como gárgolas con cigarrillos del mercado negro suspendidos de sus labios.

Ella también tenía otra respuesta.

– Así que está cerrado con siete candados, ¿no, Johnny-san? ¿No hay ninguna forma de sacar ese programa sin la clave?

Me condujo a través de las sombras que había tras la iluminada plataforma del metro. Los muros de cemento estaban recubiertos de graffitis, años de ellos mezclándose en un único metamural de ira y frustración.

– La información almacenada se sustenta en una serie de prótesis microquirúrgicas contra el autismo modificadas – recité de memoria en una soporífera versión de mi verborrea comercial habitual –. La clave del cliente está almacenada en un chip especial; aparte de los Calamares, de los que no nos gusta hablar en nuestro negocio, no hay forma de recuperar la clave. No se me puede sacar drogandome, ni con descaragas eléctricas, ni torturándome. Yo no la sé, nunca la supe.

– ¿Calamares? ¿Esas cosas espeluznantes con tentaculos?

Salimos a un calle desierta del mercado. Figuras penunbrosas nos observaban desde un improvisada plaza apestada de cabezas de pescado y fruta podrida.

– Detectores de interferencias superconductoras cuánticas (N.T: en ingles Squid (calamar) es el acrónimo de superconducting quantum interfence detectors). Los usaban en la guerra para localizar submarinos, saltándose los sistemas cibernéticos del enemigo.

– ¿Sí? ¿Cosas de la Armada? ¿De cuando la guerra? ¿Un Calamar podría leer ese chip tuyo? – ella se había detenido y sentí sus ojos sobre mí tras aquellos espejos gemelos.

– Incluso los modelos antiguos pueden medir un campo magnético de una billonésima parte de la fuerza geomagnética; es como localizar un susurro en medio de un estadio lleno de gente vociferando.

– La policía ya puede hacer eso, con micrófonos parabólicos y lasers.

– Pero tus datos aún estarán seguros – dije con orgullo profesional –. Ningún gobierno permitiría a sus policías tener Calamares, ni siquiera a los más fiables. Demasiadas oportunidades de cachondeos interdepartamentales; te montarían un watergate muy probablemente.

– Cosas de la Armada – dijo, y su sonrisa resplandeció en las sombras –. Cosas de la Armada. Tengo un amigo aquí abajo que estuvo en la Armada, Jones. Creo que será mejor que te lo presente. Pero es un yonqui. Así que tendremos que llevarle algo.

– ¿Un yonqui?

– Un delfín.

Era algo más que un delfín, pero desde el punto de vista de otro delfín debía parecer que no llegaba a serlo. Le observé arremolinarse en su tanque galvanizado. El agua salpicó por el lateral, empapando mis zapatos. Era un residuo de la última guerra. Un ciborg.

Salió del agua, mostrando los discos incrustados en sus costados, una especie de chiste visual, cuya gracia casi se perdía bajo una coraza articulada, desmañada y prehistórica. Habían creado dos deformidades idénticas a cada lado de su cráneo para albergar sensores. Heridas plateadas centellearon en las secciones expuestas de su piel palido-grisacea.

Molly silbó. Jones sacudió su cola y se derramó más agua por el lateral del tanque.

– ¿Qué es este sitio? – miré con atención vagas formas en la oscuridad, cadenas oxidadas y cosas bajo tela impermeable. Encima del tanque colgaba un desamañado marco de madera, con hileras de polvorientas luces de Navidad cubriendo todo el espacio interior del marco –. Disneylandia. Un zoo y una cabalgata de carnavales, por no hablar de la Ballena de Guerra. Todo eso. La ballena Jones es...

Jones se alzó de nuevo y me miró fijamente con un ojo triste y viejo.

– ¿Cómo puede hablar? – de repente me sentí ansioso por salir de allí.

– Eso tiene truco. Dí hola, Jones.

Y todas las lámparas se iluminaron a la vez. Brillaban intermitentemente en rojo, blanco y azul.

RBARBARBA

RBARBARBA

RBARBARBA

RBARBARBA

RBARBARBA

– Es bastante hábil usando símbolos, ya verás, pero el código es limitado. En la Armada lo tenían enchufado a una pantalla audiovisual – ella extrajo el pequeño paquete de uno de los bolsillos de la cazadora –. Pura mierda, Jones. ¿La quieres? – él se quedó quieto en el agua y comenzó a hundirse. Sentí un pánico insólito al recordar que él no era un pez, que podía ahogarse –. Queremos acceso al banco de datos de Johnny, Jones. Y lo queremos enseguida.

Las luces tililaron y se apagaron.

– ¡Encuéntralo, Jones!

A

AAAAAAAAA

A

A

A

Luces azules, formando una cruz.

Oscuridad.

– ¡Pura! Está limpia. Vamos, Jones.

BBBBBBBBB

BBBBBBBBB

BBBBBBBBB

BBBBBBBBB

BBBBBBBBB

Un resplandor color blanco sodio resaltó los rasgos de Molly, en un austero tono monocromo, con sombras que surgían de sus pómulos.

R       RRRRR

R        R        

RRRRRRRRR

       

R        R

RRRRR R

Los brazos de la esvástica roja giraron proyectados en sus lentes plateadas.

– Dásela – dije – Ya lo tenemos.

Ralfi Face. Que falta de imaginación.

Jones se encaramó con la mitad de su cuerpo acorazado por encima del borde de su tanque y pensé que el metal cedería. Molly le clavó la pistola inyectora en la parte superior, insertándo la aguja entre dos planchas. El propelente siseó. Estallaron patrones de luz que se extendíeron por todo el marco y después palidecieron hasta desaparecer.

Le dejamos flotando a la deriva, retorciendose lánguidamente en el agua oscura. Quizás estaba soñando con la guerra en el Pacífico, con las minas cibernéticas que había esquivado olfateando delicadamente sus sistemas electrónicos con el Calamar que había empleado para extraer la patética clave de Ralfi del chip sepultado en mi cabeza.

– Puedo verles comentiendo el error de desmovilizarle, dejándole fuera de la Armada con su maquinaria intacta, pero ¿qué hizo que un delfín cibernético se convirtiera en adicto a esa mierda?

– La guerra – dijo ella –. Fueron ellos. La Armada lo hizo. ¿Cómo sinó hubiesen hecho que trabajasen para ellos?

– No estoy seguro de que esto sea un buen negocio – dijo el pirata, regateando en busca de más dinero –. El destinatario es un satélite de comunicaciones que no aparece en los registros...

– Hazme perder el tiempo y no será nada de nada – dijo Molly amenazándole con su dedo índice por encima de la arañada consola de plástico.

– ¿Quizás quieres comprar la señal de microondas en alguna otra parte? – era un chico duro tras su rostro fabricado por Mao. Un habitante de Nighttown de nacimiento, probablemente.

La mano de Molly recorrió velozmente la parte delantera de la chaqueta del chico, cortándole una solapa sin apenas tocar el tejido.

– ¿Tenemos un trato o no?

– Trato – dijo él mientras miraba asombrado su solapa rota con lo que debió esperar que pareciese sólo un interes cortés –. Hay trato.

Mientras yo comprobaba los dos discos que habíamos comprado, ella sacó del bolsillo de cremallera de su cazadora la hoja de papel que le había dado. Lo desdobló y lo leyó silenciosamente, moviendo sus labios. Se encogió de hombros.

– ¿Es esto?

– Dispara – dije, golpeando los botones de grabación de las dos consolas simultáneamente.

– Christian White – recitó ella – y su Banda Aria de Reggae.

Condenado Ralfi, un fan hasta la muerte.

La transición al modo activo es siempre menos abrupta de lo que espero que sea. El local del pirata era la habitación pintada en tono pastel de una agencia de viajes cerrada que contaba con una consola, tres sillas y un poster descolorido de un balneario orbital suizo. Un par de pájaros de juguete con cuerpos de cristal soplado y delgadas piernas estaban sorbiendo monótonamente de un bol de agua de poliestileno en una repisa que estaba junto al hombro de Molly. Cuando entré en fase, aceleraron gradualmente sus movimientos hasta que sus cabezas emplumadas se convirtieron en arcos sólidos de color. Los indicadores luminosos que contaban los segundos en el reloj de plástico de la pared se habían convertido en parrillas pulsantes sin sentido, y Molly y el chico con la cara fabricada por Mao se volvieron nebulosos, sus brazos se movían borrosamente a ratos, con fantasmales ademanes rápidos como los de un insecto. Y entonces todo se fundió en una estática gris y fría y entoné un poema sin fin en un lenguaje artificial.

Me senté y recité durante tres horas el programa robado del fallecido Ralfi.

La galería ocupaba cuarenta kilómetros hasta el final, una desastrada superposición de cúpulas abarrotadas que cubrían lo que una vez fue una arteria suburbana. Si apagaban los arcos en un día despejado, una gris aproximación de la luz solar se filtraba a través de capas acrílicas, una imagen parecida a los bocetos de prisiones de Giovanni Piranesi. Los tres kilómetros más al sur del techo eran Nighttown. Nighttown no pagaba impuestos y no tenía servicios públicos. Los arcos de neón no funcionaban, y las geodésicas estaban negras por el humo de décadas de fuegos de cocina. En la oscuridad casi total de un mediodía de Nighttown, ¿quién se daría cuenta de unas pocas docenas de niños locos perdidos entre el entramado de vigas?

Habíamos estado ascendiendo durante dos horas, por escalinatas de cemento y escaleras de mano de acero con peldaños agujereados, atravesando estructuras abandonadas y máquinas cubiertas de polvo. Habíamos empezado en lo que parecía un patio de mantenimiento abandonado, con segmentos de techo triangulares apilados. Todo allí estaba cubierto con aquella homogénea capa de graffiti de spray: nombres de pandillas, fechas que retrocedían hasta principios de siglo. Los graffiti nos acompañaron cuesta arriba, haciéndose menos frecuentes gradualmente hasta que sólo un simple nombre se repetía a intervalos: LO TEK. En goteantes letras mayúsculas negras.

– ¿Quién es Lo Tek?

– Nosotros no, jefe – ella ascendió por una temblequeante escalera de aluminio y despareció por un agujero que había en una de las planchas de plástico corrugado –. Tecnología sencilla, técnicas sencillas – (N.T.: del inglés LOw TEChnology, Low TECnique). El plástico amortiguaba su voz. La seguí por las escaleras, provocando que me doliesen las muñecas. – Hasta los Lo Tek pensarán que esa escopeta tuya está anticuada.

Una hora más tarde me arrastraba a través de otro agujero, éste abierto en una plancha curva de madera contrachapada, y me topé con mi primer Lo Tek.

– Tranqui – dijo Molly mientras apoyaba su mano sobre mi hombro –. Sólo es Dog. Hey,

Dog.

En el estrecho foco de su linterna, él nos inspecionaba con su único ojo y jadeaba lentamente sacando una gran parte de su lengua grisácea, lamiendose los enormes dientes caninos. Me pregunté cómo catalogaban los transplantes de dientes de Doberman como tecnología sencilla. Los inmunosupresores no crecían en los árboles precisamente.

– Moll. – Los dientes aumentados entorpecían su pronunciación. Un hilo de saliva colgaba del distorsionado labio inferior –. Sos oí de llegar. Hace un buen rato. – Debía tener quince años, pero los dientes caninos y el brillante mosaico de cicatrices combinado con el jadeo y la cuenca de sus ojos le confería una máscara de bestialidad total. Había requerido tiempo y cierto tipo de creatividad el ensamblar aquella cara, y su actitud me decía que disfrutaba viviendo con aquel rostro. Llevaba un par de vaqueros deteriorados, negros de mugre y gastados por los dobleces. Su pecho y sus pies estaban desnudos. Hizo con su boca algo parecido a una sonrisa –. Sos están siguiendo.

A lo lejos, en Nighttown, un vendedor de agua anunciaba a gritos sus mercancía.

– ¿Moviendo las hilos, Dog? – ella movió su linterna hacia un lado y vi finas cuerdas atadas a pernos, cuerdas que iban hasta el borde y desaparecían.

– ¡Apaga la puta luz!

Ella la apagó.

– ¿Cómo es que el que sos sigue no trae luz?

– No la necesita. Esas son malas noticias, Dog. Si tus centinelas caen sobre él, volverán a casa en pedacitos fáciles de transportar.

– ¿Es amigo, Moll? – sonaba inquieto. Yo escuchaba como movía sus pies sobre el gastado contrachapado.

– No. Pero es cosa mía. Y éste – dijo dándome una palmada – es un amigo. ¿Entendido?

– Claro – dijo, sin demasiado entusiasmo, caminando hacia el borde de la plataforma, donde estaban los pernos. Empezó a enviar un mensaje dando tirones de las tensas cuerdas.

La vista de Nighttown bajo nosotros parecía un pueblo de juguete para ratas; diminutas ventanas dejaban ver luces de velas y sólo unos pocos rectángulos brillantes y toscos iluminados por linternas eléctricas y lámparas de carburo. Imaginé a los viejos en sus interminables partidas de dominó, bajo cálientes y densas cortinas de agua que caían de húmedos barreños colocados en postes entre las chabolas de contrachapado. Entonces traté de imaginarle trepando pacientemente a través de la oscuridad con su llamativa camisa para turistas, desinteresado y parsimonioso. ¿Cómo iba a seguir nuestra pista allí?

– Bien, – dijo Molly – esto apesta.

– ¿Fumas? – Dog sacó un paquete estrujado de su bolsillo y me ofreció un cigarrillo aplastado. Miré de reojo la marca mientras me lo encendía con una cerilla de cocina. Yiheyuan con filtro. Fabrica de Cigarrillos de Peking. Decidí que los Lo Tek traficaban en el mercado negro. Dog y Molly volvieron a su discusión, que parecía girar en torno a la intención de Molly de usar algunas propiedades en concreto de los Lo Tek.

– Te he hecho cientos de favores, tío. Quiero ese suelo. Y quiero la música.

– No eres una Lo Tek...

Siguieron así durante la mayor parte del siguiente kilómetro de recodos, mientras Dog nos guiaba por pasarelas bamboleantes y escalas de cuerda. Los Lo Tek unían sus redes y sus amontonadas casa al tejido de la ciudad con enormes gotas de pegamento y dormían sobre el abismo en hamacas enganchadas. Sus dominios eran tan exiguos que en algunos lugares sólo consistían en asideros y plataformas serrados en los refuerzos de las geodésicas.

Suelo Mortal, lo llamó ella. Arrastrándome tras ella, mis nuevos zapatos de Eddie Bax resbalaban contra el metal gastado y el contrachapado húmedo, y me pregunté cómo podría haber algo más letal que el resto del territorio. Al mismo tiempo noté que las protestas de Dog eran rituales y que ella ya contaba con conseguir todo lo que quería.

En algún lugar debajo de nosotros Jones estaría dando vueltas en su tanque, sintiendo las primeras punzadas del sindrome de abstinencia. La policía debería estar aburriendo a los habituales del Drome con preguntas sobre Ralfi. ¿Qué hizo? ¿Con quién estaba antes de salir del local? Y la Yakuza debería estar usando sus fantasmales poderes en los bancos de datos de la ciudad, buscando débiles imágenes mías reflejadas en números de cuentas, negocios con bonos, facturas de servicios públicos. Estamos en una economía de la información. Te lo enseñan en la escuela. Lo que no te enseñan es que es imposible desplazarse, vivir, operar a cualquier nivel sin dejar rastros, bits, aparentemente insignificantes fragmentos de información personal. Fragmentos que pueden ser recuperados, ampliados...

Pero a esas alturas el pirata habría colocado nuestro mensaje en la cola de transmisiones ocultas hacia el satélite de comunicaciones de la Yakuza. Un mensaje sencillo: Haced que se retire vuestro cazador o sacaremos a la luz vuestro programa.

El programa. Yo no tenía ni idea de lo que era. Aún no lo sé. Yo sólo recité la cantinela, sin comprender nada. Probablemente era información de investigaciones, una forma avanzada de espionaje industrial que había alcanzado la Yakuza. Un negocio elegante, robarla de Ono-Sendai como una forma de obtener y retener educadamente su información a cambio de un rescate, amenazando con cargarse los avances en investigación del conglomerado haciéndolos públicos.

Pero, ¿porqué no podíamos jugar todos? ¿No serían más felices con algo que poder devolver a Ono-Sendai, más felices de lo que estarían al matar a un Johnny cualquiera de Memory Lane?

Su programa iba de camino a una dirección en Sidney, un lugar en el que guardaban las cartas de sus clientes y no hacían preguntas una vez que habías pagado un pequeño adelanto. Correo de superficie de cuarta clase. Había borrado la mayor parte de la otra copia y grabado nuestro mensaje en el hueco resultante, dejando lo suficiente del programa para que lo identificasen como el auténtico.

Me dolía la muñeca. Quería detenerme, tumbarme, dormir. Sabía que pronto acabaría fallando un asidero y caería, sabía que los puntiagudos zapatos negros que había comprado para mi tarde como Eddie Bax habían sido una mala compra y me arrastrarían en la caída hacia Nighttown. Pero él surgió en mi mente como un holograma religiosos barato, resplandeciendo, la imagen aumentada de su camisa Hawaiana asomando como un fogonazo de reconocimiento de alguna condenada banda urbana.

Así que seguí a Dog y Molly a través del cielo de los Lo Tek, equipado y construido con restos que incluso en Nighttown no querrían.

El Suelo Mortal alcanzaba ocho metros de alto en algunas partes. Un gigante parecía haber hilvanado un cable de acero a través de todos los elementos de una chatarrería y haberlo tensado. Chirriaba cuando se movía, y se movía constantemente, bamboleándose y moviéndose bruscamente mientras la concurrencia de Lo Teks se reunían en las gradas de contrachapado que lo rodeaba. La madera se había vuelto plateada por la edad, pulida por el uso prolongado y repleta de grabados de iniciales, amenazas, declaraciones de amor. Estaba suspendido de un conjunto separado de cables, que se perdían en la oscuridad más allá del crudo resplandor blanquecino de los dos antiquísimas focos suspendidos sobre el Suelo.

Una chica con dientes como los de Dog golpeó el suelo con pies y manos. Sus pechos estaban tatuados con espirales color añil. Después cruzó el Suelo, riendo, agarrada a un chico que estaba bebiendo un líquido oscuro de una botella de litro. Las cicatrices y tatuajes eran una moda entre los Lo Teks. Y los dientes. La electricidad que empleaban para iluminar el Suelo Mortal parecía una excepción a su estética general, llevada a cabo en nombre de... ¿un ritual, un deporte, arte? No lo sabía, pero podía ver que el Suelo era algo especial. Tenía el aspecto de haber sido construido durante generaciones.

Sujeté la inutil escopeta bajo mi chaqueta. Su solidez y rudeza eran reconfortantes incluso aunque no tuviese más balas. Y se me ocurrió que no tenía ni idea en absoluto de qué estaba sucediendo en realidad, o que se suponía que iba a suceder. Ni de cual iba a ser mi futuro, porque había empleado la mayor parte de mi vida como un receptáculo ciego que era llenado con los conocimientos de otros para ser vaciado después, recitando lenguajes artificiales que nunca había entendido. Un chico muy profesional. Seguro.

Y entonces me percaté de lo silenciosos que se habían vuelto los Lo Tek. Él estaba allí, en el borde de la zona iluminada, entrando en el Suelo Mortal a través del corredor de silenciosos Lo Tek con la calma de un turista. Y cuando nuestros ojos se encontraron por primera vez con un mutuo reconocimiento, un recuerdo encajó como un puzzle en mi cabeza, Paris, y un largo Mercedes eléctrico deslizándose en la lluvia hacia Notre Dame; Bunkers móviles, caras japonesas tras las gafas y un centenar de Nikons alzándose en un fototropismo ciego, flores de acero y cristal. Tras sus ojos, cuando me econtraron, despareció la cortina y lo recordé.

Busqué a Molly Millones, pero había desaparecido.

Los Teks se separaron para dejarle subir por la escalera. Hizo una reverencia, sonrió y se quitó sus sandalias, dejándolas una al lado de la otra, perfectamente alineadas, y entonces bajó al Suelo Mortal. Vino a por mí, atravensando aquella plataforma de chatarra bamboleante con tanta facilidad como un turista que pasease por una moqueta sintética en cualquier hotel barato.

Molly saltó al Suelo, moviéndose sin parar.

El Suelo estalló en vítores.

Iba a ser comentado y amplificado, con micrófonos colocados en los cuatro gruesos alambres situados en las esquinas y micrófonos de ambiente sujetados al azar en fragmentos oxidados de maquinaria. En alguna parte los Lo Tek tenían un amplificador y un sintetizador, y ahora pude distinguir las formas de los comentaristas en lo alto, sobre los crueles focos blancos.

Comenzó un redoble de tambor, eletrónico, como un corazón amplificado, regular como un metrónomo.

Ella se había quitado la cazadora de cuero y las botas; su camiseta no tenía mangas y llegaban a intuirse débiles marcas de la circuitería de Chiba City instalada a lo largo de sus delgados brazos. Sus vaqueros de cuero brillaban bajo los focos. Ella empezó a danzar. Flexionaba sus rodillas, con los pies en tensión sobre un aplastado depósito de gasolina, y el Suelo Mortal empezó a moverse arriba y abajo como respuesta. El sonido que produjo fue como el del fin del mundo, como si los alambres que sostenían el cielo chasqueasen y se rozasen entre ellos por todo el firmamento.

Él la dejó hacer durante unos cuantos latidos de corazón y entonces avanzó, evaluando el movimiento del Suelo perfectamente, como un hombre que saltaba de una baldosa a otra en un jardín ornamental.

Separó su pulgar con la gracia de un hombre que observa la reglas de cortesía social y lo arrojó hacia ella. Bajo los focos, el filamento provocaba reflejos de arco iris. Ella se arrojó al suelo y rodó sobre sí misma, incorporándose de nuevo cuando el látigo molecular pasó, mientras las uñas de acero surgieron con un chasquido en lo que debío ser un gesto automático de defensa.

El ritmo del tambor se aceleró y ella se adaptó a él, su pelo oscuro revuelto alrededor de las vacias lentes plateadas, su boca apretada, los labios tensos por la concentración. El Suelo Mortal tronó y rugió, y los Lo Tek prorumpieron en gritos de emoción.

Él retrajo el filamento, lo hizo girar en un círculo de un metro aproximado de fantasmal policromía y lo situó delante de él, manteniendo la mano sin pulgar al nivel de su esternón. Un escudo.

Y Molly pareció dejar que algo fluyese, algo proveniente de su interior, y que fue el comienzo real de su danza estilo perro rabioso. Saltó, se retorció, arremetió contra los laterales, cayendo con ambos pies sobre un vagón de tren de aleción, enganchado directamente a uno de los cables que se sostenían el conjunto. Me tapé los oídos con las manos y caí de rodillas, mareado por el ruído, pensando que el Suelo y las gradas estaban derrumbándose, cayendo hacia Nighttown, y nos vi despedazándonos entre las chabolas y los húmedos baños, reventando contra las tejas como fruta podrida. Pero los cables resistieron y el Suelo Mortal subió y bajó y se comportó como un enloquecido mar de metal. Y Molly bailaba sobre él.

Y al final, justo antes de que él preparase el ataque final con el filamento, ví en su cara una expresión que no parecía estar en consonancia. No era miedo, ni furia. Creo que era incredulidad, incomprensión aturdida entremezclada con pura repulsión estética ante lo que estaba viendo, lo que estaba oyendo, lo que le estaba sucediendo. Retrajo el filamento remolineante y el disco fantasmal se contrajo hasta el tamaño de un plato mientras subía el brazo por encima de su cabeza y lo volvía a bajar, arqueando el pulgar en busca de Molly como si fuese algo vivo.

El Suelo la llevó hacia abajo y el filamento pasó justo por encima de su cabeza.; el Suelo dio un bandazo, dejándole a él en el camino del tenso filamento. Podría haber pasado inocuamente sobre su cabeza y haberse recogido en su dispositivo diamantino. Pero le rebanó la mano justo a la altura de la muñeca. Había un agujero en el Suelo frente a él, y por él se arrojó como un buceador, con una gracia extráñamente deliberada, un kamikaze derrotado rumbo a Nighttown. Creo que en parte se dejó caer para conseguir unos pocos segundos de silencio honroso. Ella lo había matado gracias a un choque de culturas.

Los Lo Tek rugieron, pero alguien apagó el amplificador, y Molly atravesó el Suelo Mortal en silencio, agotada, con la cara pálida y desvaída, hasta el cable más lejano y se eschucó sólo un débil sonido metálico de metal castigado y chirriar de hierros oxidados. Buscamos la mano amputada por todo el Suelo, pero nunca la encontramos. Todo lo que encontramos fue una gracil arco en un segmento de acero oxidado que el filamento había atravesado. Sus bordes brillaban como cromo nuevo.

Nunca supimos si la Yakuza había aceptado nuestros términos, o incluso si habían recibido nuestro mensaje. Hasta donde sé, su programa aún está esperando por Eddie Bax en una estantería en el cuarto trasero de una tienda de regalos en el tercer piso del Sydney Central-5. Probablemente la Yakuza le revendió el original a Ono-Sendai hace meses. Pero quizá recibieron la emisión del pirata, porque nadie ha venido buscándome aún, y ya ha pasado casi un año. Si vienen, tendrán que hacer un largo camino de subida a través de la oscuridad, pasando por delante de los centinelas de Dog, y tampoco me parezco mucho a Eddie Bax a estas alturas. Dejé que Molly se ocupase de eso, con anestesia local. Y mis nuevos dientes ya casi han crecido.

Decidí quedarme aquí. Cuando reflexioné en el Suelo Mortal, antes de que él llegase, ví el vacío que era mi vida. Y supe que estaba harto de ser un contenedor. Así que ahora bajo y voy a ver a Jones, casi cada noche. Somos socios, Jones y yo, y Molly Millones también. Molly lleva nuestros negocios en el Drome. Jones sigue en Disneylandia, pero tiene un tanque más amplio, con agua del mar fresca que traen una vez a la semana. Y tiene su chute cuando lo necesita. Aún le habla a los críos con su rectángulo de luces, pero conmigo habla a través de una pantalla nueva que hay en el cobertizo que le alquilo, una pantalla mejor que la que usaba en la Armada.

Y estamos ganando mucho dinero, más dinero del que había ganado antes, porque el Calamar de Jones puede leer los rastros de todo lo que cualquiera hubiese almacenado en mi cabeza, y me lo proporciona en en la pantalla en lenguajes que puedo entender. Así que estamos enterándonos de muchas cosas de mis antiguos clientes. Y un día haré que un cirujano me quite toda el silicio de mi cabeza y viviré con mis propios recuerdos y los de nadie más, como lo hace el resto del mundo. Pero no por ahora.

Entretanto, todo va de maravilla aquí arriba, en lo alto de la oscuridad, mientras fumo un cigarillo chino con filtro y escucho la condensación que gotea de las geodésicas. Se está realmente tranquilo aquí arriba, salvo que un par de Lo Tek decidan bailar en el Suelo Mortal.

Es también instructivo. Con Jones ayudándome a entender las cosas, me voy a convertir en el chico más profesional en la ciudad.