17.6.13
11.6.13
Dios no juega a los dados
por Paul Davies
A comienzos de la década de 1920, un físico norteamericano, Clinton Joseph Davisson, inició una serie de investigaciones para la Bell Telephone Company en las que bombardeaba cristales de níquel con un haz de electrones similar al haz que produce la imagen en las pantallas de televisión. Percibió algunas regularidades curiosas en el modo en que los electrones se esparcían por la superficie del cristal, pero no comprendió de inmediato su enorme importancia.
Varios años después, en 1927, Davisson dirigió una versión mejorada del mismo experimento con un colega más joven, Lester Halbert Germer. Las regularidades eran muy pronunciadas, pero lo más importante fue que ahora se esperaban, en base a una notable teoría nueva de la materia desarrollada a mitad de los años veinte. Davisson y Germer estaban observando directamente y por primera vez un fenómeno que dio lugar al hundimiento de una teoría científica sólidamente implantada durante siglos y que volvía del revés nuestras nociones del sentido de la realidad, de la naturaleza de la materia y de nuestra observación de la misma.
En realidad, tan profunda es la revolución del conocimiento consiguiente y tan extravagantes son las consecuencias que incluso Albert Einstein, quizás el científico más brillante de todos los tiempos, se negó durante toda su vida a aceptar algunas de ellas.
La nueva teoría se conoce ahora como la mecánica cuántica y nosotros vamos a examinar sus asombrosas consecuencias sobre la naturaleza del universo y de nuestro propio papel dentro de él. La mecánica cuántica no es una mera teoría especulativa del mundo subatómico, sino un complejo entramado matemático que sostiene la mayor parte de la física moderna.
Sin teoría cuántica, nuestra comprensión global y pormenorizada de los átomos, los núcleos, las moléculas, los cristales, la luz, la electricidad, las partículas subatómicas, el láser, los transistores y otras muchas cosas se desintegraría. Ningún científico duda seriamente de que las ideas fundamentales de la mecánica cuántica sean correctas. Sin embargo, las consecuencias filosóficas de la teoría son tan pasmosas que, incluso pasados cincuenta años, todavía resuena la controversia sobre lo que en realidad significa. Para apreciar la profundidad de la revolución cuántica hace falta entender, en primer lugar, la imagen clásica de la naturaleza tal como la concebían los científicos por lo menos hasta el siglo XVII.
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